Les envío este relato. Espero les guste y estoy, por supuesto, abierto a las críticas. Saludos.
Lentamente abrió los ojos. Las gotas de sudor que le corrían por la frente confundíeron sus primeras y borrosas imágenes por unos segundos. Alcanzó a divisar los muros grises que le rodeaban, cuya humedad pronto percibió le penetraba los huesos. Estaba solo. No escuchó ruidos ni voces, salvo el lejano cantar de un pájaro. Apenas podía moverse, sus extremidades maniatadas sirvieron para aumentar su confusión y desazón. Miró entonces en dirección a una pequeña abertura, por cuyos barrotes se colaban los rayos del sol, que caprichosos se empecinaban en transmitirle las únicas sensaciones del mundo exterior. Le asaltó un gesto de sorpresa justo en el momento en que un rostro curioso apareció entre esos barrotes. Era un rostro absolutamente desconocido que, a juzgar por el movimiento de sus labios, se esforzaba en vano por transmitirle un mensaje. Un instante después, atribulado, giró su cabeza. En uno de los rincones de la celda, la imagen de una mujer, vestida enteramente de blanco, volvió a conmoverlo. Era bella, de mirada penetrante y dulce a la vez, lo miraba fijamente. Le transmitía paz, le transmitía calma. El ruido de las llaves esfumó al instante esa imagen frágil, permutándola por otra más real y menos agradable. El guardia desenfundó su aterrador machete, al tiempo que sus facciones duras, prometedoras de un regodeo en el sufrimiento ajeno, heló su sangre. Los golpes se sucedían, incrementando el calvario, mientras la risa burlona del funesto verdugo le conmovía su esencia. Y nuevamente la soledad. Horas de soledad y agonía. Ya con fuerzas suficientes, pudo entreabrir los ojos y notar que la luz del día había dado paso a una espesa oscuridad. El canto de múltiples grillos había reemplazado al de los pájaros. Una gotera en el techo liberaba periódicamente cantidades ínfimas de fluido vital, de color marrón a causa del óxido de las vetustas vigas, y cuyo choque contra el piso causaba un chasquido seco e infernal, penetrando en su tímpano y destrozándolo de a poco. Ese ruido lo estaba enloqueciendo. Un encapuchado, íntegramente ataviado de negro, con un hacha en su mano, contaba los chasquidos en medio de una sonrisa maléfica, acompañando el fastidioso concierto con movimiento pendular de su mortal juguete. Frío, sangre, temblor, miedo, dolor, terror, siniestro conjunto de emociones que evidenciaban el prolegómeno macabro de un triste final. Pero no, no podía ser posible. Allí estaba otra vez esa mujer, mirándolo fijamente, quizá desafiándolo a liberarse. Y nuevamente los extraños, que se aferraban a los barrotes en medio de la penumbra. Contemplaban displicentes unos, golpeaban los muros otros. Sus rostros comenzaron a girar en su mente, cada vez a mayor velocidad, mientras la bella mujer se le acercaba, lenta pero inexorablemente. Las imágenes de su pasado lo asaltaban, una tras otra, en perfecta cronología: su infancia, sus seres queridos, sus amigos, sus aciertos, sus errores. Le horrorizó por un momento el simple hecho de pensar qué pasaría al llegar a la última. Los grillos parecían emitir cantos cada vez más sonoros, la mujer lo miraba ahora con mayor intensidad, los extraños giraban y giraban en su mente, el sudor era más profuso, los recuerdo más nítidos, las gotas más irritantes, la funesta y encapuchada sonrisa más intimidante. Su cerebro iba a estallar. A punto de enloquecer, nuevamente las llaves del carcelero y entonces, el grito de auxilio y liberación que nació en lo más profundo de su alma, irrumpió con fuerza desgarradora, atravesando los muros para perderse raudamente en la inmensidad de los campos lindantes. El deseo era ahora más fuerte que el miedo o el dolor. Perdió la consciencia. Pasaron horas. Más al despertar, algo extraño sucedía. La luz del día le permitió apreciar en su cuerpo las llagas, testigos silenciosos de la curiosa y brutal diversión de su carcelero. Había llagas, pero ya no dolor. Sus manos y sus pies podían moverse libremente. Juntó fuerzas. De pie, tembloroso, observó la puerta de su celda. Estaba abierta, invitándolo a salir. Una sonrisa de alivio se dibujó en su rostro. Avanzó con paso lento, uno tras otro. Al llegar a la puerta, se sobresaltó. El guardia estaba allí, expectante, implacable. Era una imagen pétrea, con su abominable herramienta de tortura cuidadosamente enfundada. Su mirada inmóvil se prolongaba hacia algún punto en el infinito. Parecía una estatua, una forma granítica sin vida. No sabía si avanzar o volver al encierro. Vacilante, tomó ánimo, se armó de valor, se acercó a él, extendió un dedo de su mano y, al tocarlo, notó que mágicamente la estatua se derrumbaba. Su martirio se había reducido a un montón de escombros. Sin dejar de mirarlos, caminó por un largo pasillo y de pronto, la libertad. Una extensa y verdosa pradera se extendía ahora ante sus ojos, en medio de una mañana soleada. Podía ver los pájaros, cuyos cantos habían sido su única distracción, su pequeño gran oasis en el desierto del encierro. Los árboles frondosos movían sus hojas al compás de la cálida brisa, que al tocar su cuerpo lo impregnaba con un delicioso perfume, mezcla de rosa y tilo. Una ardilla curiosa, al pie de un tronco cercano, parecía darle la bienvenida. Los rostros extraños, otrora preocupados, asentían a su paso, a la vera del sendero, dando muestras de satisfacción. Otros caminaban sin siquiera mirarlo. Quizá iba entendiendo. Complacido y feliz, devolvió la cortesía a cuantos quisieran aceptarla, pero con tanta distracción, que la piedra en el sendero le valió un tropiezo. No importaba. Estaba libre. Miró la piedra con risueña ingenuidad cuando de pronto, aún en el suelo, alzó la vista y divisó una silueta, cuyo cuerpo se cubría de un blanco inmaculado. Era la mujer. Otra vez esa mujer. Incorporándose, sostuvieron la vista el uno sobre el otro durante unos instantes, hasta que no pudo soportar la tentación de preguntarle a ella quién era, por qué estaba allí y qué había pasado. La mujer, sonriendo, le mostró el sendero que tenía por delante, tan apetecible de transitar como la vida misma. No era un lecho de rosas, era simplemente un camino plagado de encantos, como la belleza de los campos y los pájaros, pero también de escollos, como la piedra anterior. Sin embargo, valía la pena recorrerlo. Algunas personas intentarán tal vez ayudarlo y otras contemplarán fríamente mientras siguen su marcha, pero de él dependía, y sólo de él, caminar por el sendero libremente, construyéndolo, aprendiendo o bien permanecer prisionero de sus recuerdos y prejuicios. Porque en definitiva es el poder de la mente y los pensamientos los que permiten ver un sendero promisorio o un encierro atormentado. Un chispazo de inspiración estimuló su entendimiento, como el rayo que ilumina los campos en medio de una noche cerrada. Supuso entonces que al enfocarse en el futuro con esperanza, creatividad y voluntad férrea, los recuerdos pueden prevenir errores y alentar logros, pero ya no se mirará hacia atrás, estancándose en el pasado y privándose del porvenir. Adicionalmente, derrumbar los prejuicios posibilita caminar más, y por ende llegar más lejos. La figura de la mujer se esfumaba y sus últimos vestigios se perdían en la brisa. Nunca le dijo quien era, pero tenía todo un sendero por recorrer para intentar averiguarlo…