#1. EL BAÑO
Me gustan los baños en la madrugada. Hoy voy a darme uno. El silencio me cautiva.
Espero que se llene un poco y que el agua adquiera un calor abrasador. Mientras tanto me analizo en el espejo. Me veo desnuda. Subida al váter, observo mis defectos y mis virtudes desde todas las perspectivas posibles. Me miro directamente al cuerpo y observo que tengo los brazos demacrados, con marcas alienadas en todos los sentidos. Intento recordar los motivos de cada una, pero son tan variados que al momento desisto y cambio de opinión. Me hago muecas a mi misma. Hasta que me doy cuenta de que la bañera se ha llenado lo suficiente como para sumergirme. Me gusta que el agua esté ardiendo, porque me estremece sentir tal calor en mi cuerpo. Me relaciono con el agua, el frío, y el invierno. Y necesito complementarme con mi polo opuesto: el fuego, el calor. Es un calor que -casi- lo considero interno, como algo necesario para subsistir. Es un calor repentino que recorre todas mis curvas, que tiene la capacidad de hacer que se ericen todos mis vellos. Es un calor que me ablanda. Me deja extasiada. Me tumbo despacio, quiero disfrutar lentamente de esta sensación transitoria. Sin motivo me empecino con mis pechos. Los observo y acabo manoseándolos. No puedo evitar apretarlos, estrujarlos... acariciarlos para notar los poros. Y tras un rato dedicándoles mis manos a los pezones, observo de fondo la figura nebulosa de unos pies, que poco a poco voy enfocando. No me gustan mis pies,... pero sí. Es algo extraño. Ellos me soportan. Todo lo que valgo, lo soportan ellos. Me llevan y traen, y no me han fallado nunca. Tengo las uñas pintadas. Parece que tuviera en cada dedo un país o/e islote. Imagino que mis pies dan pie a batallas entre piratas, historias de tesoros perdidos y loros que me susurran palabras bonitas. Puede que todos esos sonidos que percibo mientras mis orejas están sumergidas, sean las sirenas de los esos islotes, o ballenas que cantan para que me duerma como me ha ocurrido más de una vez. Eran ellas las que me dormían con sus cantos suicidas. Puede que sean sirenas camufladas. Mis pies han hecho plantearme mil cosas. En un tris inspirativo, abro el grifo con el pie (con el izquierdo que es el que más me gusta) y dejo que el agua caiga hirviendo sobre mis dedos. Vuelvo a estremecerme. Me encanta esa sensación. Intento dejar la mente en blanco y escuchar el silencio. Resulta complejo porque escucho como una especie de avalancha acuática gracias al ruido del grifo... pero me gusta, me tranquiliza. Al rato de estar metida en la bañera y flipando como una cría , me sorprendo y emociono porque ha vuelto a colarse el gato. Siempre viene cuando me baño. Parece que le gusta contar las gotas que caen de las losetas llenas de vaho, que le gustara notar su pelo húmedo, o que disfrutara con el sonido del chapoteo de mis pies inquietos, mientras reflexiono mirando a un infinito con forma de luz, de lámpara anaranjada, y soleada. Pienso que es un afortunado. Es al único al que le concedo mi cuerpo. ¿Y si fuera una persona reencarnada? [...] Podría ser... ¿no?
Lo observo detenidamente. Está plácido tumbadito en el váter. Tiene los ojos rasgados. Está bastante a gusto. Nos observamos mutuamente. Es una mirada firme y conectada. Parece que quiere hablarme.
Me encantaría ser una gata y comunicarme con él. Descubrir todas sus intenciones y sus pensamientos. Sé que tiene algo que decirme. Sigo observándolo, y ahora la que se siente felina soy yo. Dilato mis pupilas, estoy atenta... Esperando algo de él. Quiero juguetear. Atacarle, restregarme con él. Yo sería una gatita a la que le apasionaría el agua, sin duda. A él le gusta. Compartiríamos esa afición. Puede que sea mi alma gemela disfrazada de gato. Puede que me esté esperando para cuando me cambie de cuerpo. Ahora parece que estoy loca, porque quiero creer en la reencarnación, o que soy zoofilica, menuda barbaridad. Ahora lo planteo y pienso que Kami no durará lo suficiente en mi vida, y si creyera en la reencarnación, él volvería a trasladarse de cuerpo, y perdería a mi alma gemela para siempre. Quisiera reencarnarme en gato, y que él fuera mi pareja. Es bueno, oscuro, y sigiloso. Sus ojos verdes me pierden. Seguro que me gustaría si fuera felina, o si él tuviera esa misma mirada penetrante siendo humano. Si cupiera la posibilidad de reencarnarme en algo, sin duda querría hacerlo en un gato. Independientes e inteligentes. He estado más de veinte minutos sumergida en el agua pensando cosas incoherentes como éstas. Sin más remedio he tenido que dejar el rostro en la superficie, aunque en alguna que otra ocasión he puesto a prueba mi capacidad pulmonar. Relajada, me planteo un aseo en condiciones. Lo hago desganada, asqueada. Sólo quería estremecerme, reflexionar, relajarme... y arrugarme. No me hubiera importado salir sin enjabonarme, pero ya que estaba, tenía que aprovechar el agua. Me doy una miniducha. Salgo cubierta por una toalla a la que muerdo rabiosa. Saludo a Kami, mi amor gatuno, y lo acaricio. Me dirijo al cuarto. Él me persigue y yo sonrío. No puedo evitar estar con la toalla un rato, caer en la tentación de tumbarme un momento..
y hoy, por la mañana, me he despertado desnuda. Me acosté desnuda y húmeda.