Relato #1:
En el tiempo que llevo trabajando han fallecido cinco personas. Traté a las cinco. La primera que falleció fue una mujer de pelo canoso. Tendría alrededor de unos 75 años, aún era joven. El Alzheimer le estaba jugando una mala pasada. Ella ya no reconocía a las personas. Aún conservaba el habla, un gran privilegio, ya que la mayoría de personas con a ...lzheimer se olvidan hasta de entablar una frase con sentido, y de pronunciar un simple fonema. Yo le decía que era tocaya de mi madre y se reía. No recordaba la edad que tenía, ni cuántos hijos, ni qué coño hacía en ese sitio inhalando desazón. Ella no sabía nada y con la mirada te agradecía tu compañía. Lo que más me extraba de ella es que a todo le daba la razón: “tienes el culo muy gordete, eh!” le decía intentando ponerle los pliegues del pañal en condiciones, a lo que ella contestaba –“sí que es verdad” mientras asentía con la cabeza y te ofrecía una leve sonrisa. Alguna que otra vez le he cantado alguna que otra copla de su época y ella ha seguido sin equivocarse el ritmo y la letra. El alzheimer es un mundo, no sabes cómo vas a acabar ni qué vas a recordar. Ésta señora recordaba las coplas de su adolescencia a la perfección, pero no sabía los nombres de sus hijos. Falleció de un infarto. No tenía demasiadas visitas.
Gloria era una señora de edad avanzada. Su edad se acercaba a los noventa, y aun así me parecía joven. Era una señora muy respetada con un hijo capitán, el cual la visitaba a menudo. Tenía los ojos claros y yo siempre le decía que los tenía preciosos, muy parecidos a los de mi abuela. Siempre te agradecía de voz y con una mirada tierna que le dieras el agua, ya que ella no podía sostener el vaso. Tenía una úlcera en el culete que con el paso de los días, irremediablemente, crecía sin cesar. La pobre se quejaba todo el tiempo que la tenían sentada en aquel sofá pestilente. Yo también me hubiese quejado hasta el último segundo. Nunca pude ayudarla como hubiera querido, pero le hice sus últimos días más llevaderos. Me llamaba con un “Señorita” y siempre acababa diciéndome lo guapita que le parecía. Era una señora agradable a la que creo que no le había llegado su hora. Falleció bebiendo agua. Siempre le entraba una tos odiosa al ingerir cualquier tipo de líquido, y en una de esas odiosas ocasiones Gloria hizo su último esfuerzo por recuperar el oxígeno, pero no lo consiguió. Supongo que tendría los pulmones encharcados. Aún recuerdo cómo sonaba la tos, y el intento de inhalar. Se reía cuando le decía (en otras ocasiones donde le entraba la tos) que me había dado un susto de muerte.
Con José me llevé una sorpresa. Hospitalizó un día porque por lo visto tenía una gastroenteritis. No volvió del hospital. Nadie se esperaba lo de aquel señor. Era fumador y paralítico. Siempre que pasaba por el pabellón de hombres me miraba enfurruñado, como si me tuviese el mismo coraje que desprendía con el resto de compañeras. Era algo exigente e impaciente, quería las cosas en el momento. En un principio yo no quería tener trato con él porque creí que me ofendería con algún comentario sobre mi manera de hacer el trabajo. Al final no fue para tanto. Me aconsejaba con algunas cosas para que todo fuese más fácil para los dos. Hice migas con él, y ahora ya no está. A veces me olvido de su falta y le coloco los platos en el comedor, y cuando recuerdo su ausencia me entra un escalofrío horrible. Espero que esté descansando en paz.
Felipe tenía 94 años. Cuando entré a trabajar no lo conocí porque nunca bajaba al comedor, donde yo solía estar. Con el paso de los días me cambié al pabellón de hombres y por fin lo conocí. Estaba demasiado delgado, siempre sentado al lado de la ventana, con su televisor y el volumen a tope, puesto que tenía un oído perdido.
Observaba mi manera de fregar la habitación con mucho interés. Seguía con la mirada a la fregona... Impaciente al momento en el que debía levantar los pies, para que yo lo mirase y le diese las gracias por colaborar. Le encantaba sentirse útil. Cuando le hacía la cama siempre me contaba la misma historia: “chica, desde que estoy aquí interno, siempre… he hecho la cama solo, y he ayudado a las compañeras… pero no sé qué me pasa, que ya no puedo”. Se negaba comer. Yo le llevaba la bandeja y el tiraba las cosas por la ventana como si así pudiese desaparecer sin problemas el trozo de filete y las verduras. Se notaba que estaba mal. Un día ingresó por algo leve y no volvió del hospital. Es una incógnita el motivo de su fallecimiento. Yo quiero pensar que fue por edad, porque era su hora. Auqnue también podría plantearme la anemia enorme que me transmitía su rostro, y en el desfallecimiento que a diario me mostraban sus ojos; Pero no, es mejor pensar que se trató de una muerte natural.
Luis era el hombre más joven. Tenía unos 55 años. Era un hombre autista del que nunca (desde que trabajo allí) supe como era una palabra vocalizada por él. Algunos quejidos y ruidos, pero ninguna palabra en claro. Siempre jugaba a balancear una pelota de goma que llevaba colgada al cuello con una cuerdecita (que ahora conservo yo). Podía tirarse todo el día balanceando y agitando su pelotita de colores. Le encantaba. Sus compañeros de vez en cuando entablaban alguna que otra conversación, pero él nunca mostró interés. Sólo parecía reaccionar cuando se le daba de comer, que te miraba a los ojos como diciéndote que ya podías darle otra cucharada de puré.
Me encantaría saber todo aquello que le rondaba la mente. Una mañana me tocó levantarlo para el aseo y para mi sorpresa me encontré con su miembro y una corrida en la cama. ¿¡Qué habría soñado ¡? Me sorprende tanto que para algunas cosas básicas y necesarias como la comunicación y el afecto... lo hubiese perdido, y sin embargo que cupiese en su cerebro autista el deseo de masturbarse y la posibilidad de plantearse en su mente algún pensamiento que le estimulase de aquella manera. Falleció por una infección. Le habían operado de la boca, todas las piezas extraídas de golpe. Se tragó su propia sangre. Desde las 7 de la mañana que se levantó vomitando cuajarones de sangre hasta las 6 de la tarde, que dio su último suspiro. Me quedo con el tierno recuerdo de que entraba al ascensor muy despacio porque le daba miedo, y levantaba en exceso las piernas para no pisar el hueco entre el suelo del piso y el del ascensor.
Cinco personas que se han ido en unas fechas tan señaladas como las navidades. Detrás de la palabra ‘estorbo’ que va unida a la de ‘vejez’ existen miles de historias. Historias que son olvidadas para los más jóvenes, los que podemos interesarnos. No sé el grado de empatía que tiene la gente ni el porqué de los miles de ingresos de ancianos en las residencias, puesto que cada familia es un mundo, pero lo que sí sé es el sufrimiento diario y la soledad a la que están sometidas todas estas personas con las que trato a diario, que se mueren por diez minutos de tu compañía, una caricia o un beso. Cosas que quizás no reciben por parte de sus familiares desde hace décadas. No sé qué tipo de relación tenéis con vuestros mayores, pero os aseguro que una visita de vez en cuando no hace mal a nadie. El día de mañana lo agradeceréis, como ellos os lo agradecerán ahora. Hay que darse cuenta del gran esfuerzo que ellos hicieron por mantener una familia y hacer que su árbol genealógico se expandiera. Que de un día para otro los mismos hijos –como ya he tenido el caso- les digan que van al médico y de repente se encuentren rodeados de otros ancianos olvidados, sin que se hayan despedido, sin el último beso. No hay derecho, ni a esos lloros, ni a esa depresión innecesaria que los lleva al barrio de los callados. Y no es suficiente con una visita al año para darse toques en el pecho, ni tampoco es necesario que todos los días unx se entregue un par de horas, pero con una simple media hora a menudo, o unas cuantas llamadas, ellos son felices. No sabéis lo bonito que es ver a un anciano sonreír porque su nieta le ha llamado, o que reciban una carta o un detalle de un ser querido... La cara de felicidad y la disposición inmediata que tienen ante una visita. Por favor, hago un llamamiento a todas las personas que ahora mismo pueden y tienen todo el tiempo a su favor: ¡Visitad y llamad a vuestros mayores! No sabéis cuando se irán de vuestro lado, ni cómo habrán pasado sus últimas horas. La muerte no avisa, ni la soledad tampoco. Y no hablo por ellos, sino por nosotros mismos… que algún día nos encontraremos en la misma situación.