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Un soviético, un chileno, un escocés y un ruso

temulentiatemulentia Pedro Abad s.XII
editado febrero 2012 en Literatura
Cuatro lecturas y tres recomendaciones.
El primero, 100% aprobado, pese a su cargante tendencia stalinista: Mijail Sholojov, premio nobel de 1965, con Pasternak los únicos soviéticos. Escritorazo, lleno de polémicas y acusaciones. Solyenitzen, como muchos otros, afirmaba que no era el autor de su opera prima y magna, El don apacible. De hecho el absurdo llegó a manos de esa pseudociencia literaria llamada estilística, que cree analizar textos contando palabras en computadoras, llegando a las más ridículas conclusiones (una crítica demoledora a ésta se puede leer en What is stylistics and why are they saying such terrible things about it, que está en el excelente libro Is there a text in this class? de Stanley Fish).
Campos roturados es la obra que recomiendo (peor que El don apacible, pero mejor que Ellos lucharon por su patria o que la nouvelle El destino de un hombre). Sholojov es escritor de largo aliento y con calma tolstoiana recrea la vida en un koljos o granja colectiva en la URSS de principio de los 30. Tengan cuidado con ediciones viejas, ya que, por ejemplo la de Pueblos Unidos, de Uruguay, sólo tiene el primer tomo -ya que fue editada antes que Sholojov publicase el segundo. Planeta la publicó completa, en un tomo gigante, muy incómodo. La escritura de Sholojov tiene cuatro dimensiones que compiten entre sí en el texto : una poética, bellísima, de cosaco campesino; otra de aventura, entretenida , trepidante; otra cómica hasta decir basta (el abuelo Schukar está muy bien construido); y una última, política (en este caso más aún que en el Don) completamente tendenciosa.
El segundo recomendado es un chileno ya olvidado en estos tiempos, quien causó cierto revuelo en el lejano 1938. Era un poeta y ese año publicó su única novela, aplaudida por su amigo Pablo Neruda (quien, entre nos, era incorregible: tenía relaciones con la hermana de nuestro autor). Rubén Azócar se llama el hombre y esta única novela tiene un muy buen título: Gente en la isla. Está ambientada en el Chiloé de fines del siglo XIX y, si bien pierde un poco de actualidad el uso costumbrista de expresiones locales en los diálogos -con el sempiterno glosario de la época, al final del libro-, el narrador tiene una voz poética que construye una historia de pasión estupenda. Sin contar que además ofrece la recuperación de una romántica memoria histórica olvidada ya por la mayoría, como por ejemplo, las extraña existencia del pirata mapuche Ñancupel.
El tercero de la lista de las lecturas gratas es uno que no requiere presentación. Leyendo la obra La novela de aventuras, de Jean-Yves Tadié, quien repasa a mis viejos ídolos Verne, Dumas, Stevenson y Conrad, descubrí una que escapó a mis lecturas pasadas, El mayorazgo de Ballantrae, del querido Robert Louis Stevenson. Pese a que ya estoy en la mitad de los treinta, disfruté como un niño. Muy recomendable, ya sea para leer y recordar ese placer que nos tenía despierto hasta la madrugada, queriendo conocer como Edmundo Dantes escapaba del castillo de If o como Miguel Strogoff, ciego, se las arreglaba para detener a Ivan Ogareff o para regalar a los lectores jóvenes que se idiotizan con sagas comerciales mal escritas que sólo pueden aspirar a devenir en una mala película o serie de tv. de cable.
El cuarto, no es para recomendar. Es un escritor que comenzó en la URSS pero, por comprensibles razones familiares -madre detenida por Stalin- terminó en la disidencia. Vasilii Aksiónov escribió a fines de los 80 y principios de los 90 la saga moscovita. Escribe muy bien, es brillante como narrador satírico. Además conoce de profundis el interesante universo poético y político de la revolución. Pero su sátira es excesiva, aborda una obra de mil páginas con el mismo estilo. Todo revolucionario, todo comunista es un ridículo tramposo o un mafioso. Termina haciendo el efecto de película estadounidense de la guerra fría. Al compararlo con Sholojov o Alexei Tolstoi, escritores ganadores del temible Premio Stalin en recompensa por su fidelidad al régimen, pierde ya que éstos, al menos, tamizan de vez en cuando su escritura permitiendo una mínima flexibilidad en su mirada al otro bando. Honestamente, en la página 200 ya me tenía saturado y no pude seguir.
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