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Un poema en la chaqueta

IagoFPIagoFP Anónimo s.XI
editado junio 2008 en Narrativa
Un poema en la chaqueta.













Vivía por aquel entonces de un modo semejante a la intemporalidad: Períodos de obnubilación moteados de horas de clarividencia, tan fortuitas y desordenadas, que el tiempo era una unidad entrópica de la que preferí verme desatendido. La única pauta con la que ordenaba frugalmente mi vida en la parrilla de Bogotá durante el 93 fue el dividirla en hechos que reconocía como míos y de los cuales guardaba consciencia (horas de trabajo como empleado de una agencia de guardas de seguridad en el parking de la plaza de losa de Virgen de Guadalupe) y hechos que conocía no más que como difusos o dudosos de ser adjudicados a mi mano ( soldados a la mente por las horas de ociosa escritura, lecturas hispanoamericanas, e ímprobas jornadas con la proa de la lengua encallada en cualquier montón de cubos de hielo y vasos) y gracias a dicha ordenanza (mantenida gracias al trabajo y por tanto, gracias al trabajo) me vi eximido de cierta psicosis perceptiva, de existir sin márgenes precisos entre vigilia y sueño o acto y elucubración fantástica.

Gracias a tener un horario de consciencia obligada lograba organizar el tiempo difuso del día pasado y saber a ciencia cierta de mi realidad terrestre y así mantener cierto control, aunque la intuición de estarme atribuyendo hechos o llamadas telefónicas que soñé o conjeturas que no poseí si no que leí o el disculparme de palos y patadas que he dado pero creo haber recibido en la mandíbula y viceversa era un pavor constante.

Al hecho de que los conductores me mirasen, objetivamente con indiferencia y cercanía, le atribuía un recelo oscuro en la pupila, o un odio batido en cada parpadeo por cualquier atrocidad que pudiera haber llevado a cabo (y que, como se sobreentiende, no era capaz ni de atribuirme ni de ofrecérmela como ajena). Esta obsesión creciente con el ojo humano incrementó su peligro cuando hará no se bien que medida de tiempo pero no más allá de tres meses, con las uñas de ambas manos segadas con los dientes debido a la preocupación y una gota de sudor atragantada por la vergüenza, me acerqué a un hombre de mediana edad para disculparme cuando este se bajó de su coche de clase media. En un punto inconcreto del centro de alguna madrugada creía haber entrado en su local y haber terminado, sin saber como o porqué mal motivo, llamándole hija de la gran puta a voces a una camarera chicana por su talante autoritario y arisco delante de él, que con cierta costumbre de tratar beodos intratables, me invitó a marchar. Al día siguiente carecía de valor para disculparme nuevamente ante el hombre de rasgos marcados debido a que, tras su expresión de extrañeza, y cierto análisis razoné que el impertinente inciso lo había causado el medievalista Ignatius Really con la propietaria de un bar Francés, y que había sabido del suceso tras una relectura de “la conjura de los necios” del norteamericano J. Kennedy Toole.

He llegado a un toque tangencial con cierta locura debido a que paulatinamente he comenzado a desusar rasgos de mi carácter personal como la pasividad o la indiferencia así como costumbres con respecto al modo de ordenar las prendas de vestir o colocar el cuarto de estar de la pieza. Por otro lado descubro una facha de rasgos nuevos como por ejemplo, la, que supongo que ha de ser, estrambótica costumbre de llevar una pequeña cucharilla del café en el bolsillo izquierdo o una irritabilidad constante hacia los tonos amarillos y estridentes que pueda llevar impresos cualquier objeto. Sin embargo, el recordatorio de imágenes que configuran mi existencia preliminar y benjamín los conservo y manejo con soltura sabiendo por ejemplo de una madre en Lima y de una prima de ascendencia cordobesa y mirada febril y verde que subsiste siete cuadras más adelante en equilibrio y por obra y gracia del mercado ilícito, por lo bajo y tras acordarlo en conversaciones formadas por murmullos de sala de cine, de pequeñas dobleces de papel de periódico con pequeñas dosis de cocaína que, por relaciones de parentesco, acostumbra a dejarme en un precio menor del que suele acordar con los compradores adolescentes.

Como acostumbra, a pesar de la imposibilidad de recordar detalles siempre se es consciente de lo que, en el presente, uno ha perdido: En el caso que acaece una cartera con contenido diverso y una baraja de folios con poemas tachados en mi nerviosa caligrafía, todo ello contenido en una canadiense de cuero marrón. Decido intentar recuperarlo razonando que algún conocido pueda tenerlos en su apartamento o, por lo menos, pueda darme indicios de mi conducta pasada y así, siguiéndome a mi mismo la noche que precede a este día, poder dar con mi canadiense de cuero marrón, la cual posee las estrofas de las que nada recuerdo. Con la memoria completamente nublada y un aroma a azahar que verificaba la carencia de sueño impregnando cada idea junto con un notorio dolor de cabeza, fui a la procura de la prenda que había extraviado.

Me dirigí hacia la pieza de mi prima. Al arribar en el portal, subí con primor las escaleras irregulares hasta el cuarto piso, apoyando la palma de la mano para no tropezar con la separación desmedida de los escalones, en la pared desconchada. Llamé a la puerta tres veces hasta que mi prima abrió, cubierta por un batón que formaba un grueso escote con pliegues en forma de V y el cabello recogido y graso aunado con descuido entre los omóplatos. Dormida y algo torpe, me invitó a pasar a su desordenado ático, oscuro como el interior inaccesible de una caja de zapatos, y con escasa circulación de aire. Tomamos asiento en dos sillas de mimbre en la cocina:

- Bueno Santiago ¿Qué te traes? Que no estoy para muchas visitas – se echa la mano a la boca y bosteza con fruición – ya ves tú.
- Nada, mira, ¿No me habré dejado aquí la chaqueta? Como de costumbre.
- ¿Chaqueta? Si nunca llevas, además, hace un calor que mata desde hace días, si, es que ayer llegaste aquí sin camisa ni nada chico.
- ¿Qué?
- ¿No te acuerdas? Ibas – se frota el ojo, de claridades aun nubladas – ibas hasta las trancas
- Pues es que no se donde leches dejé la chaqueta.
- Pues si que estás tu bien, ¿Pero seguro que llevabas chaqueta? ¿Este mes usaste chaqueta loco?.
- Si ¿Venía solo?
- Si
- ¿De donde venía? ¿Sabes?
- Venías de estar con tu amigo dijiste, el esmirriado ese, el que escribe que me pilla a veces
- ¿Wilson?
- Ese, el gilipuertas ese
- Bien, pues, bueno, nada prima, tengo una prisa de la leche, me marcho a hacerle una visita antes de comer.
- Bueno, como veas, puedes quedarte a comer aquí.
- No, gracias.
- Ya sabes donde está la puerta primo – reclina la cabeza y señala con el dedo índice la dirección de la entreabierta puerta principal.

Me despedí con un vago ademán y deshice mi recorrido hasta situarme frente a la catedral, modesta y falta de reformas aunque cercada por una verja concurrida por vendedores tocados por la asepsia. Comencé a cuestionar si la certeza de la pérdida de la canadiense, junto con la atribución del trabajo de orfebre poético, y por tanto a paladear el dolor de cabeza que con insistencia se desdoblaba entre las sienes, así como a intentar esclarecer un mínimo la memoria, acción imposible. Tan solo por la oscura certeza de la existencia de la chaqueta y por distraer los dolores padecidos, Tomé tras orientarme la dirección más precisa hacía casa de Wilson, a la que llegué tras un circunloquio de calles secundarias que, se bifurcan de las principales e inciden en el espejismo. Al portero automático no hubo respuesta y razoné que Wilson estaría con la mente desatada en el sueño más irrompible o quizás ausente en cualquier otro punto menos transitado que su piso. Algo perplejo y descontento, extasiado por dar con la prenda y su contenido literario, aventuré que la última opción era acercarme a la casa de mi madre, donde acostumbraba a reposar y dormir en ocasiones y por tanto a olvidar en ella los enseres. Mi madre vivía en un apartamento en la dirección opuesta a la de Wilson y mi prima, ambas hacia el Oeste, lo que me obligaba a dar marcha atrás y cruzar mi lugar de trabajo y la plaza enlosada de la Virgen de Guadalupe nuevamente, con tedio. Llegué en media vuelta de reloj a vislumbrar las volutas de hojas de acanto del portal al final de una calle principal, pues la pieza era un tanto más opulosa y con más pulcritud en el cumplimiento de las medidas sanitarias.

Llamé a la puerta y mi madre, de estatura meñique y hombros apretados, con la curvatura en la espalda y la mano torpe apoyada en las cervicales del anciano experto, asomo los ojos minúsculos por entre la rendija de la puerta:

- ¿Si?
- Mama, soy Wilson, es que mi
- ¿Wilson? Wilson marchó de Bogotá hace cinco años y no dejó más que la chaqueta, no me hable de ese pendejo, quite, quite.

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