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Dioses Terrenales

javier martinezjavier martinez Anónimo s.XI
editado febrero 2012 en Ciencia Ficción
Bueno, aquí os dejo el prólogo de mi novela. Espero que a alguno de vosotros le apetezca leerla. La he catalogado de ciencia ficción porque no encontraba otro género más adecuado donde presentarlo, pero la historia es un thriller con misterio, acción, aventuras y sí, un poquito de ciencia ficción, aunque no demasiado ficticia en mi opinión.

PROLOGO

Orlando, Florida. Mayo de 2011.

Con los últimos rayos de sol, las garzas azules más rezagadas abandonaban las orillas del lago Tibet, elevándose al cielo majestuosamente en busca de un merecido descanso tras una agotadora jornada de pesca, mientras que decenas de aficionados a los deportes náuticos amarraban lanchas y motos de agua y se dirigían con resignación al aparcamiento, cargados con sus esquís y tablas, al finalizar una calurosa y no menos extenuante tarde de diversión.
El campo de golf adyacente al lago también iba quedando desierto por momentos y sus monitores contemplaban, con suspiros de auténtico alivio, como los pseudo aficionados abandonaban las instalaciones tras una larga tarde tratando de reducir su handicap infructuosamente. Por suerte, pronto daría comienzo un torneo profesional y podrían deshacerse durante unos cuantos días de aquellos ricachones ineptos que destrozaban sin contemplaciones un metro cuadrado de césped con cada golpe. Para eso pagaban... ¡Faltaría más!
Poco a poco, sin prisa pero sin pausa, la paz y la tranquilidad más absolutas se iban adueñando como cada noche del exclusivo complejo residencial de Bay Hill; un reducto elitista situado al sur de la ciudad a salvo de inoportunas visitas turísticas e incursiones de curiosos.
A aquellas horas, la mayoría de sus afortunados residentes paladeaban una suculenta cena en compañía de sus familiares y seres queridos, mientras otros disfrutaban de las maravillosas vistas al lago, acomodados en mullidas tumbonas, desde la privilegiada situación de sus pomposos jardines, casi siempre decorados con pésimo gusto.
Totalmente fuera de lugar en aquel entorno paradisíaco, donde el dulce aroma del dólar flotaba en el ambiente e incluso podía percibirse paseando por sus calles, se emplazaba una antigua edificación, evidentemente construida cuando el lugar no era más que unas desiertas colinas a las afueras de la ciudad. Los múltiples intentos de los residentes de Bay Hill a lo largo de los años por conseguir su demolición habían resultado infructuosos, y ahora simplemente la ignoraban.
Su pequeño grupo de moradores no era, ni mucho menos, tan agraciado como sus pudientes vecinos.
Para los residentes permanentes del 6068 de Apopka Vineland Road no todo resultaba tan idílico.

Haciendo añicos la armonía de sonidos de la plácida noche floridana, un Pontiac Firebird negro del 88 avanzaba a toda velocidad en dirección sur por Bayan Blvd. Al alcanzar el cruce con la carretera del condado 435, giró violentamente a la izquierda en una maniobra un tanto suicida, y continuó por Apopka Road hasta detenerse unos metros más adelante a la derecha de la calzada, con innecesaria brusquedad, frente a una espantosa y estilizada cancela de hierro forjado, flanqueada por dos vetustos pilares de piedra, en uno de los cuales, aunque cubierto parcialmente por alguna especie de planta trepadora, podían adivinarse aún un seis y un cero grabados sobre una enmohecida placa de latón.
El conductor se tomó su tiempo antes de alargar al brazo por la ventanilla y pulsar, no sin esfuerzo, el botón del pequeño intercomunicador, ya que éste se encontraba situado de forma que pudiese ser alcanzado con facilidad desde vehículos más altos y no desde el endiabladamente bajo asiento de un deportivo, como era el caso.
Pasados unos minutos de tensa espera, por fin el intercomunicador cobró vida. Hubo un breve intercambio de palabras entre el conductor y la hastiada voz al otro lado del altavoz tras el cual la puerta comenzó a abrirse con un desagradable chirrido. El Firebird entró en cuanto hubo espacio suficiente para hacerlo y puso dirección hacia la construcción principal del complejo, atravesando una amplia explanada de asfalto, a la derecha de la cual se erigía un gran bloque de granito que anunciaba al visitante la no muy agradable naturaleza de las instalaciones: “Bay Hill Psychiatric Center.”
Estacionó justo frente a la puerta principal, en la plaza reservada al director del centro, aprovechando que el aparcamiento se encontraba prácticamente vacío a aquellas horas de la tarde. Tan solo podían verse algunos coches dispersos pertenecientes al personal de guardia.
El conductor quitó la llave del contacto, se atusó el pelo completamente blanco mirándose en el espejo retrovisor, cogió un maletín y un sombrero tejano que descansaban sobre el asiento del acompañante, bajó trabajosamente del vehículo y se dirigió con paso firme y decidido hacia la entrada del edificio.

El interno se encontraba sentado justo en el borde del estrecho y duro catre de su habitación con las manos sobre las rodillas y la mirada perdida en la penumbra que poco a poco se hacía con el control de su reducido espacio vital. Llevaba puestos unos pequeños auriculares cuyo cable se perdía en el bolsillo de su camisola, donde guardaba un obsoleto aparato de mp3 programado para reproducir en bucle el mismo tema una y otra vez: Brown eyed girl de Van Morrison.
Se encontraba realmente exhausto. Su agitada mente no cesaba de cavilar, día tras día y noche tras noche, tratando de encontrar una explicación lógica y razonable a todo lo que había acontecido en su vida durante los últimos meses; una explicación que le ayudara a asumir su actual situación y a convencerse de que todo había valido la pena. Y es que su mundo se había desmoronado por completo. Todo en cuanto había creído desde su más tierna infancia, todo cuanto había amado y odiado, todo por lo que había luchado con firme determinación... se había desvanecido de la noche a la mañana sin dejar ni el más mínimo rastro. Ahora era un ser sin fe ni convicciones y totalmente vacío. Un hombre sin preguntas y con más respuestas de las que hubiese deseado obtener jamás.
Y lo peor de todo era sin duda que el reloj continuaba con su inexorable cuenta atrás y él no podía hacer nada por evitarlo; si bien esa era una de las pocas cosas por las que no se sentía culpable. Al fin y al cabo, ¿qué podría hacer un hombre solo frente al mundo?
Como iluminado por una repentina idea, se quitó los auriculares con un brusco movimiento, se levantó de un salto del desvencijado camastro y se acercó al pequeño escritorio situado bajo la diminuta ventana de la habitación. Sobre él reposaban decenas de cuadernos, una Biblia, un par de manidas novelas de bolsillo en inglés y una taza con el original lema “I love Florida” con unos cuantos lapiceros y bolígrafos en su interior. Encendió el viejo flexo atornillado al extremo izquierdo de la mesa, alcanzó un mordisqueado bolígrafo barato y, sin ni siquiera sentarse, comenzó a anotar algo en uno de los cuadernos.
Mientras lo hacía, creyó oír pasos acercándose por el corredor. Dejó de escribir y prestó un poco más de atención. Efectivamente, su agudizado sentido del oído, entrenado durante las largas semanas de confinamiento, no le engañaba. Alguien se aproximaba con paso rápido y contundente. Casi con total seguridad, ese alguien era Murphy, el celador encargado de su sección, un armario ropero de cuatro puertas a quien días atrás había escuchado furtivamente enfrascado en una conversación con un compañero acerca de los novedosos sistemas de microchips denominados RFID. Eran estos unos artilugios minúsculos, de tamaño inferior a un grano de arroz, que una vez insertados bajo la piel entre los dedos índice y pulgar proporcionaban a su portador infinidad de ventajas tales como abrir las puertas de casa o arrancar su vehículo sin necesidad de llaves, efectuar transacciones monetarias y, en definitiva, identificarse sin lugar a error posible con tan solo un movimiento de su mano derecha frente a un lector electrónico.
Pues bien, Murphy comentaba orgulloso a su colega cómo él ya se lo había hecho implantar aprovechando una oferta que era un auténtico chollo, ya que en poco más de año y medio sería obligatorio en todos los Estados Unidos y entonces a todo bicho viviente le entrarían las prisas y los centros autorizados para la realización de implantes aprovecharían para subir desmesuradamente los precios y hacer su agosto.
Para el hombre sin fe confinado en la habitación 333 aquello tenía mucha más importancia de la que el bueno de Murphy le habría dado en toda su vida. No era sino un eslabón más dentro de la larga cadena de acontecimientos que se habían estado sucediendo y que continuarían sucediéndose de no mediar algo o alguien para evitarlo. Recordó que mientras escuchaba aquella inocente conversación le había venido a la memoria un pasaje bíblico. Si bien nunca había sido un gran fan de la Biblia, aquel capítulo en concreto lo conocía al pie de la letra. Se trataba de una cita del Apocalipsis de San Juan.

Puedes seguir leyendo el resto del prólogo (el progrma no me deja incluirlo completo), los capítulos 1 y 2 en:
www.diosesterrenales.com

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado febrero 2012
    Hola, pues si la letra estuviera más acepquible, se podría leer;):p
  • javier martinezjavier martinez Anónimo s.XI
    editado febrero 2012
    Perdonad. No me había dado cuenta de que la letra salía tan pequeñita. Ya está el prólogo completo, en letras bien visibles. Eso sí, dividido en 3 partes. Lo de los 10000 caracteres es una faena.
    Gracias por el aviso, Amparo
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