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Hoy arrojé libros al fuego.

IagoFPIagoFP Anónimo s.XI
editado junio 2008 en Narrativa
Hoy arrojé libros al fuego. Literatura Portuguesa. Pessoa y sus pláticas del ser, Joa Cabral de Melo Neto y su palabra, ambos ardieron con la facilidad del sebo o la lana en la chimenea central. Las lecturas eran obligadas por Lula, quien desde el 90 hasta el 07 vivió en la planta superior, con ínfulas de inculcarme lo que la había realizado política o sentimentalmente. Por ese motivo veo con gusto soldados por el fuego tantos caracteres a la más absoluta nada y tantas tapas endurecidas reducirse a cenizas sopladas. Lula ordenaba y regía con severidad en el tono, dando indicaciones con el dedo índice, de esa mano aureolada de sortijas, que manejaba como una batuta desde el comienzo de la escalera.
Papa, primo por parte materna de Lula, a causa de un corazón amigo tuvo que viajar a O porto, resolviendo el dejarme con la única ramificación de su árbol genealógico que aun poseía algo de buen ver. Lula era originaria de Lisboa, aunque se había asentado en la península a mediados de los 80 en un hospicio barroco y sobrecargado de balcones que había heredado más por las mañas de un abogado que por decreto. Al entrar por vez primera en el edificio de principios del Siglo XVIII quise aherrojarme a la figura de mi padre pues la escucha del eco sordo de nuestras propias voz al atravesar cogido de su mano la bastedad de corredores era una seña de espanto. Papá marchó a O porto alegando su falta de equipaje a las prisas y paró tan solo a acompañar a Lula con un té y un cigarrillo en la cocina irregular e imposible del ala oeste de la vivienda mientras yo probaba pastas diversas. A la semana Lula ya obligaba a hundir mi nariz y mi atención en libros abiertos como muslos blancos, llegando incluso darme por sustento una hogaza de pan si es que mi esmero y obediencia no resultaban los suficientes. Lula era de una estatura de gama media, con piernas finas y pasos de un circular riguroso, poseía una dermis marmórea más por aislamiento que por causa natural y una cabellera rala y a la altura del hombro remataba su forma de pieza de ajedrez.
Por otra parte, el echo más mortificante y notorio era el tamaño impertinente de las habitaciones multiplicando la soledad sentida, y luego las medidas incongruentes de igual modo del piso, por el cual podías chocar con aleatoriedad con el holograma callado de Lula si es que cruzaba la misma estancia, y entonces se dudaba de su corporeidad, e intentar probar si era posible traspasarla con el dedo era sugerente, queriendo que ese tono espectral fuese una expresión provocada por sus prendas de tafetán.
Un tres de marzo del 97, subí hacia el piso superior, vedado bajo pena de ayunas, debido a que un quejido similar a una tiza arañando pizarra me hizo intuir que Lula podría haber sufrido un percance. Subí de uno en uno y con pies descalzos los escalones que conducían a la segunda planta con callada lentitud y un mirar entrecerrado procurando sacar contornos luminosos que me guiasen. Las súplicas arañadas provenían de una puerta entreabierta de la que emanaba una rebanada de luz por su parte baja, sobre la alfombra rellena de arabescos prácticamente invisibles o nulos. Habría de un rodillazo la puerta para hallar los aposentos de Lula, con cuadros de violencia francesa, entre los cuales identifiqué un Caravaggio, y una opulosidad de oro blanco y doseles de seda. La prima de mi padre, vestida con unos pantalones masculinos, corbata y chaqueta, así como la cabeza pulida y encerada sin un solo hilo de pelo, y un bigote rizado y grueso de pega, chillaba subida a una cómoda en mitad del cuarto. Tan pronto como me atendió saltó de su pedestal de madera y corriendo torpemente con las manos abiertas como extremidades animales en lo alto, corrió hacia mi lanzando gritos agudos. La expresión de la anciana era de ojos sobresaliendo varios milímetros de las orbitas, su carne tirante tensándose en los márgenes de la boca abierta, y sus arrugas formando cúmulos en la frente. Comenzó a arañarme y golpearme el cuello y el rostro y yo no pude más que entregarme a su cólera intentando cubrirme con los antebrazos y cerrar lo más fuerte posible las pestañas queriendo eludir el crecimiento de la pesadilla.
Al despertarme, pude comprobar, frente a la primera superficie reflectante, las líneas cruzadas y profundas, como formando cruces, a lo largo y ancho del rostro, sobresaliendo entre ellas una incisión que literalmente me partía el labio en dos mitades.
Hoy, 4 de Marzo me obsequió con “El libro del desasosiego” de Pessoa, que ahora tengo en la mano, sopesando si disolver su voz en mutismo lanzándolo al fuego. Llamo a gritos a Lula, la cual aparece con una mueca de furia, que exterioriza superponiendo los dientes superiores al labio inferior, apretándolo, y abriendo las fosas nasales más de lo normal. Observa la plétora de libros cauterizándose palabra por palabra en el fuego a los que añado el tomo de Pessoa que cae plomizo levantando un velo de cenizas casi con pronunciación. Sus rostro desencajado por mi atrevimiento queda preso de una parálisis amorfa mientras yo, con la puntera del pié remuevo a pequeños golpes la carne escrita y quemada de los volúmenes. El olor de las generaciones ahora hervidas se extiende, y e impone en una mudez en la sala que Lula no desafía y que yo rompo con carcajadas estentóreas. La luminaria de idearios e imaginaciones crepita con dulzura y ahora que cada estrofa o bloque de texto es una yaga abierta en la mente Lula cae de rodillas ante el cadáver de la literatura.
Papa, hace 3 años que me ha dejado con Lula, hoy, me sacudo la ceniza de los libros de los hombros y voy a su encuentro mientras la casa arde.
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