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El Alicaído

susurrossusurros Anónimo s.XI
editado enero 2012 en Fantástica
Un trueno desgarró el mundo, el silencio y la parsimonia. Un ruido infernal se proclamó líder de los sonidos y se extendió en la lejanía.

Era una esfera de fuego. Una bola de fuego aparecida de la nada cayó en mitad de la autopista. Los heridos fueron muchos. Y aquellos que frenaron a tiempo pudieron contemplar el espectáculo macabro que se había pergeñado.

No se oían voces. No había berridos ni alaridos.

Los cadáveres se contaban por decenas y un humo negro velaba el ambiente.

Nadie se atrevía a acercarse, pues estaba claro que no había supervivientes. Y la atmósfera, cada vez más sobrecogedora, se iba extendiendo por las zonas colindantes.

De entre la humareda apareció una figura borrosa, que cuanto más cerca estaba más inverosímil se presentaba. Un hombre que no era hombre, un ente con forma de hombre. Un cabello largo se mecía al compás del miedo. Unos ojos amarillos, que contrastaban con sus blancos dientes, turbaban a los espectadores. Y su terrible indumentaria los acongojaba. Escamas y cadenas. Unas escamas finas carmesíes cubrían su brazo derecho y se extendía por el omóplato. Su otro brazo se caracterizaba por estar fuertemente atado por una cadena. El pecho lo llevaba al descubierto, mas de cintura para abajo estaba cubierto por herrumbre. Un óxido que denotaba con crudeza su verdadera naturaleza. A su alrededor flotaba una tenue oscuridad, un aura umbría, con forma de alas.
Cuando ya estaba delante de los asistentes, se encaramó en un coche y dijo con voz sosegada y lenta:

«Soy el morador de las tinieblas, el motor del averno. Soy la tralla que restalla en los oídos atemorizados. Soy el amo de la fragua. Soy el alarido de fuego que atraviesa todos los obstáculos y penetra en el mundo. Soy aquello que tanto odiáis y teméis.»

«Soy el Alicaído.»

La gente se inquietaba. No querían creer lo que decía, y anhelaban irse, correr, hacer caso a sus instintos más primitivos.

Pero el ser levantó la mano, y de los pies de los espectadores surgieron nubes blancas que les agarrotaba el cuerpo y les infligía dolor.

«No quiero haceros daño... hoy. Pero escuchad y no habrá problemas.»

Bajó la mano y las nebulosas se disiparon. Las personas se sentaron como hipnotizadas, sugestionadas por la influencia del emisor.

«Sé que me conocéis por muchos nombres, nombres que hacen estremecerse al más ateo. Que me rehuís como a la peste, y que evitáis mi índole. Pero hoy, en este día, no he venido como guadaña del mal, como quebrantador de voluntades y propagador del infecto mal. Sólo he venido ha descubriros la verdad, pues incluso yo tengo sentimientos.»

«Así que acercaos al círculo llameante, dejad de murmurar y suspirar. Acercaos. Acercaos -dijo con malicia y posando uno de sus afilados colmillos sobre el labio inferior- mis niños.»

«No siempre fui quien soy. En otrora fui el mayor y mejor lugarteniente del adalid de la luz: Dios. Unas alas blancas, puras, emergían de mi espalda, y un halo de luz era mi guía.»

«Yo era el mejor. Cuando algún problema angustiaba a alguno de mis hermanos celestiales, yo era el primero al que acudían. ¡No a Dios! -exclamó con ira contenida-.»

«Pero un buen día, cuando los milenios ya se postraban ante la insigne creación del hacedor, Él decidió hacer algo más.»

«La Tierra contenía vida, sí, pero vida irracional. Los seres que había creado se dejaban llevar por sus instintos, y el Señor quería algo más. Quería una nueva especie, racional, pensante, capaz de descubrir lo ignoto, y de sobrellevar sus desventajas. Quería hacer al hombre.»

Las miradas de aquellos que antes se mostraban recelosos y atemorizados se iban convirtiendo en miradas de curiosidad, su instinto, el que antes les decía que huyeran, ahora les decía que escucharan, que era importante.

«Pero para hacer al hombre, un ser nuevo, distinto a nosotros, los ángeles, su mayor creación, debía crear el mal. Nosotros no conocíamos ese término. Sólo Él. Nosotros sólo veíamos la luz, y nuestras mentes no eran capaces de concebir el mal, algo necesario para el hombre.»

«Así que, un buen día, me explicó de forma sucinta su plan: que quería crear al hombre, y que para ello necesitaba crear previamente el mal. Yo no entendí sus palabras al instante, fue cuando me dijo con voz imponente y sabia: "el mal necesita un amo, y tú, mi más fiel paladín, mi mano derecha, debes serlo".»

Los espectadores observaban atónitos. Escrutaban las expresiones del Alicaído, del cual se había adueñado la congoja. Escuchaban su relato expectantes, deseosos de devorar el final de la historia.

Al observar esto, el Diablo cambió de expresión. Su cara trocó en rictus y pronunció: "bastardos".

«Con esas palabras entendí mi misión, mi sino. Un destino que aunque no quisiera -no odiaba porque no sabía odiar-, acepté. La luz salió de mi pecho con un estallido. Causándome el dolor, algo que no había sentido hasta el momento. Mis alas decayeron y crujieron. Lanzadas al vacío. Y la oscuridad me invistió. Mi cuerpo adoptó una forma fúnebre y funesta. La que veis ante vuestros ojos. El rojo sanguinolento se posó sobre mi anatomía y la negrura del odio consumió mi exterior. Mis ojos se tornaron ocres y, por primera vez sentí odio. Odio por mi antiguo y perfecto patriarca. Pero a la vez sentí miedo, miedo porque no sabía qué debía hacer.»

«Tenía un nuevo designio, uno deleznable y ominoso, pero dado por el ahora odiado hacedor.»

«Sabía que tenía que crear el mal, un concepto abstracto que se me escapaba pero con el que convivía.»

«Salí de la cámara divina como un espectro. Nadie me vio. Dios hizo ciegos a sus hijos o a mi invisible a sus ojos porque no quería que relacionaran el mal con Él. Era una condición más: nadie debía saber el origen del mal.»

«Hasta que no me hube alejado leguas, mis congéneres no me vieron. Al hacerlo, se extrañaron como vosotros hicisteis, se horrorizaron y murmuraron. Ya había empezado.»

«Con unos cuantos aquelarres bastaron para imponer el nuevo sentimiento. Las tinieblas corrompieron los puros corazones de mis hermanos, quebraron sus alas y partieron su espíritu.»

«En cuestión de tiempo un ejército me acompañaba y, aunque yo conocía el fracaso de nuestra contienda, como se me ordenó, cabalgué contra las fuerzas del bien.»

«Una cruenta batalla se extendió. La pureza se vio carcomida por el mal, y aunque el bien triunfó, nunca volvió a ser el mismo. A partir de ese momento, el bien sería corruptible.»

Las teces de los humanos, lívidas como paredes, y consternadas por la revelación, deseaban que acabara el tormento. Pues conocer la verdad, a pesar de que algunos lo negaran internamente, les destrozaba el alma.

«Lo que no pude imaginar fue el aciago final, por otra parte, lógico. El Todopoderoso me desterró junto a mis adeptos a una caverna. Una lumbre abrasadora donde sufríamos por nuestros pecados. Nosotros pecamos, sí, pero Él creó el pecado.»

«Mientras agonizábamos ahí, una cámara me fue revelada. Una que ningún otro demonio podía percibir. Me acerqué, vigilando mis espaldas y abrí la puerta.»

«En su interior todo era noche. Sí, noche. La noche reinaba aquel lugar, una noche tan espesa que sólo mis ojos airados y refulgentes podían penetrar. Un arca yacía en su interior. Mi nombre, Lucifer, Estrella del Alba, se manifestaba en su cubierta.»

«Metí la llave necesaria para abrir el arcón. Mi dedo anular. Mi instinto, nuevo y desconocido, pues antes no tenía, me advirtió de cuál era el mecanismo de apertura.»

«Sin piedad, el místico cerrojo me cercenó el dedo, dejándome un muñón purulento. La caja se abrió. Agazapándome pude recoger lo que en su interior se ocultaba por una espesa bruma: un mamotreto que al entrar en contacto con mi mano me reveló su contenido con una luz cegadora, el conocimiento de mis nuevos cometidos; y mi una nota que decía simplemente una palabra que me llenó de satisfacción y de odio a la vez: "Gracias".»

- Y ahora, mis niños -pronunció lentamente con una socarrona sonrisa- extended la verdad. Pues mi voto de silencio lo rompo en este día, porque mi cometido es propagar el mal, y esto, sin duda, lo hará.

Las 57 personas que comparecían fueron liberadas del yugo de sus pies y se levantaron amedrentados. Caminaban lentamente hacia el exterior de la nebulosa que los envolvía. Una oscuridad que había impedido la entrada a otros y que sin duda habría impedido la fuga de muchos.

- Un momento -recapacitó el Alicaído-. Tú -dijo severamente señalando a un hombre con su meñique de la mano derecha, dejando ver con total claridad su muñón anular-. Lo has grabado todo, ¿no?.

- Ss..sssí -dijo al fin un hombre temeroso.

- Perfecto -saboreó la palabra con malicia-. Vuestra especie no suele creer el testimonio de uno o dos, pero tratándose de 57 personas, creo que, a pesar de que el gobierno lo negaría, muchos, desde sus casas, lo creerían. Pero si está grabado -sonrió- no hacen falta tantos endebles humanos.

Dicho esto, 50 personas, que escuchaban nuevamente al Alicaído, cayeron al suelo. Muertos. Los supervivientes de la masacre en la que los exánimes se contaban por una centena salieron de la espesa oscuridad para dar con un batallón de policías, bomberos y espectadores.

Sus caras afligidas por el pánico transmitían un sentimiento obscuro que se propagaba como la peste. Sólo 7 personas sobrevivieron, y entre ellas no se encontraba el de la cámara.
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