El otro día fui a la biblioteca, y buscando algo de teatro trágico, cayó en mis manos un raído libro titulado ‘Teatro Completo’, recopilación de obras de Jean Racine, traducción de Juan Manuel Azpitarte y análisis de Emilio Náñez. Decidí entonces que sería interesante leer más tragedias (hasta entonces sólo había leído la magnífica obra de Sófocles ‘Electra’), pero ahora desde la óptica del siglo XVII francés, por lo cual me enfrasqué en dicha lectura. Al término de esta, encontré provechoso hacer un resumen o síntesis de lo leído en las propias tragedias y en los prefacios de Racine que las anteceden, y del profundo y extenso análisis que Náñez hace, más un mínimo de documentación sobre el asunto indagada por mi parte, con tal de incitar el interés, la opinión y el análisis entre los que encuentren interesante este tema en el foro, tanto si lo dominan como si no.
Racine junto a Moliere y Pierre Corneille forman la triada consagrada del teatro clásico francés del siglo XVII. Racine era huérfano y sus abuelos encomendaron su formación a las escuelas Jansenistas del solitario convento de Port-Royal. No entraré a fondo sobre el tema del Jansenismo, pero esbozaré que se trata de una doctrina considerada herética por la Iglesia Católica, fundada por el holandés Jansenius y que hace uso de un extremado ‘Agustinismo’ negando la libertad del hombre y postulando la predestinación de la gracia divina, esto es: el hado ya está decidido de antemano, quien será pecador inexorablemente y por tanto un condenado al fuego eterno, y quien libre de pecado (o capaz de librarse de él) y consecuentemente un bienaventurado; la devoción no puede salvar al pecador. Lógicamente esta doctrina fue condenada en 1653 por el papa Inocencio X, y más tarde, a los jansenistas les obligaron a someterse a la constitución papal de Clemente XI. No obstante en Francia, Port-Royal, que era una rémora para Richelieu, no era solo un reducto de heréticos como lo fuera el arrianismo que tuvo que combatir Constantino, sino que también fue lugar de encuentro de los “solitarios” : sabios, médicos, intelectuales; todos ellos pertenecientes a la alta aristocracia. Entre sus miembros más ilustres se encuentran Racine, el pintor Philippe de Champaigne (el cual pintó el cuadro ‘Exvoto’ como agradecimiento al milagro de la curación de su hija en Port-Royal que fue cuidada por una madre superiora tía de Arnauld) y el físico Pascal. De hecho, el éxito de Philippe de Champaigne, fue minado por causa de su pertenencia al Jansenismo. Fue el mismo Luis XIV quién acabará con Port-Royal definitivamente.
Comentarios
Racine es un maestro de la retórica teatral. A pesar de coincidir en el tiempo con el apogeo del arte barroco, podemos clasificar su teatro de neoclásico, como podemos deducir por la simplicidad de sus versos, claridad y transparencia, y el uso de un reducido léxico muy pragmático.
Debemos, sobre este tema, no caer en la apariencia de admitir que la tragedia de Racine no es distinta, por ejemplo, de la de Eurípides, pues los principios inherentes como la religión, entorno social, retórica, etc… que tanto perfila una obra, son diferentes en ambos casos como lo son en otros autores ecuménicos de diferentes épocas y regiones (aunque la deuda de muchos literatos para con los antiguos, como es el caso de Racine según se verá más adelante en el resumen y análisis de su obra ‘Iphigénie’, es insospechable para los ignorantes). Lo que caracterizan obras de distintos autores tan distantes en el tiempo y el espacio es precisamente esa temática histórica y trágica que se remonta a la antigüedad clásica y de la que se han nutrido las artes y las letras desde antaño hasta la actualidad.
La aportación de Racine al campo de la tragedia puede atisbarse en su distinto tratamiento y su psicología mucho más flexible que la de sus contemporáneos, que es resultado de su preocupación por los problemas humanos, siendo el individuo centro de ellos. En las obras de Racine, el personaje trágico está en la cima de la escala social, rozando lo sobrehumano ya que sus tormentosas pasiones adquieren dimensiones épicas que casi siempre lejos de conducirle a un apoteósico final le llevarán a precipitarse calamitosamente a una muerte terrible. Quizá el funesto fatum típico de la tragedia es una característica común con la doctrina jansenista.
En la pura tragedia griega antigua, era el exceso de las pasiones, la hybris o la hamartia los que conducían al personaje, sin apenas percatarse, al cataclismo, que solía concretarse en la forma final de divina intromisión, la cual se justifica por la creencia supersticiosa y sobrenatural, por la simple superchería (todo esto al menos formalmente si dejamos de momento a un lado las parábolas moralizantes y didácticas que el filósofo pudiera extraer de los mitos para el pueblo); mientras que en la tragedia Raciniana el personaje es total y explícitamente consciente desde el comienzo de de su imperfección, de sus monstruosas pasiones, de sus ‘pecados’, de su debilidad, etc… en fin de su defecto en el carácter, pero a pesar de ello es totalmente incapaz (como apreciamos en Eurípides) de superar esta barrera, lo que se traduce en una interiorización y tensión trágica inusual, que dota a los personajes de una dimensión psicológica inconmensurable. Aquí el castigo no viene determinado por el exterior, sino que, como resultado de esta nueva concepción del hombre libre, responsable de sus propios actos y decisiones, se busca su causa, en última instancia, en la indeterminación interior del propio ser en unas circunstancias, se me antoja decir, asaz limitadas. Las pasiones de los personajes son destructivas y privativas de razón o dignidad alguna (en ‘Andromaque’ Pirro se pone a todos los griegos en contra por una esclava y Orestes como embajador deja mucho que desear), pero todo ello debido a un amor pasional que trastoca profundamente la actitud de los personajes, cometiendo, para bien o para mal, lo que de otra forma no cometerían jamás. Estas pasiones borran la línea que separa el amor del odio (confundiéndose a menudo ambos extremos). El eterno triángulo amoroso es parte del sencillo marco argumental de su obra, y en esta figura observamos quizá, que la temporal ausencia del personaje rey (arquetipo del orden divino) en algunas obras, desatará las más oscuras y veladas pasiones en varios personajes, como así apreciamos en ‘Bajazet’, ‘Mithridate’, ‘Phèdre’, etc… hasta que las cuales vuelvan a su cauce a su regreso. Podemos decir que en Racine el amor (muchas veces egoísta y posesivo) es una enfermedad sin cura, cuya única válvula de escape es una muerte rápida.
El pensamiento cristiano coetáneo a nuestro artista, hace imposible esa presión trágica antes nombrada, quedando así superada, y solo se vislumbra tal planteamiento dentro de un mismo plano (con sus mismas reglas y sin mezclarlas), ya sea metafísico, ético, etc… Y queda superada, como decíamos, seguramente porque el cristianismo en general, y el de Pascal en concreto (que probablemente influenció en Racine), al hacer énfasis en Dios y no en el hombre, está libre de esta tensión contradictoria que abunda en el ser humano, con su principio de grandeza y miseria a la vez que está rodeado de un mundo de tinieblas que le impide conocer y amar a Dios. El hombre se compone de dos naturalezas; “las cosas se corrompen y cambian a cada instante, y él no las ve sino de paso, ellas tienen su principio y su fin, él no conoce ni lo uno ni lo otro…Porque, en fin, ¿qué es el hombre en la naturaleza?”: es nada en comparación con el Infinito, es un todo en relación con la nada, “un término entre todo y nada”.
Detallados algunos elementos distintivos y vida de nuestro tragediógrafo, paso a realizar un breve resumen de algunas de sus tragedias, para que de esta forma el que quiera opinar o debatir pueda hacerlo sobre el autor en general o sobre una o varias de sus obras.
POSDATA : No se asusten al ver tanto texto, ya dije que es un resumén de lo leído y del análisis de otros, desde mi humildad no pretendo hacer un ensayo literario sin tener los conocimientos correspondientes, pero yo también contribuí con mi granito de arena en dar mi opinión haciendo un ejercicio de busqueda de información, resumén y sencillo análisis.
Con esta obra, Racine, sigue la estela de algunos de sus coterráneos, como Garnier y Rotrou, de recuperar las tragedias griegas, basándose principalmente en ‘Las Fenicias’ de Eurípides. En esta tragedia Racine explota la herencia fatal, la sangre maldita que lleva el odio en su esencia, que impulsa a Eteocles y Polinices a enfrentarse (69 veces aparece la palabra sangre). Quizá el origen del nefasto sino de las dinastías Tébanas se remonta a la cólera que desató en Hefesto el adulterio de Afrodita con Ares, según el relato mítico, y el collar maldito de Harmonía.
En esta obra Racine muestra su dominio de la palabra como mensaje de las relaciones humanas. En el abuso de la antítesis, repeticiones, lirismo oratorio, apóstrofes, invocaciones al sol, etc… se denota el carácter bisoño y barroco de esta tragedia. Por ejemplo, en cuanto a antítesis tenemos :
“ANTIGONA : Albergáis demasiado odio.
CREONTE : Y vos demasiada bondad”
. . .
“CREONTE : …Ese consejo va a echar todo a perder.
YOCASTA : Todo lo va a conservar;…”
. . .
“YOCASTA : …sólo interrumpe sus acciones para aumentarlas, sólo retira su brazo para poder aplastarme mejor…”
Que decir sobre su argumento que no se conozca ya a través de ‘Los siete contra Tebas’ de Esquilo o ‘Antígona’ de Sófocles, es básicamente el mismo esquema. En la obra de Racine todo gira en torno a la cruel ambición de Creonte, que aprovecha el odio que se profesan los hijos de Edipo (como se sabe Eteocles no cede ante Polinices) para incitarlos a enfrentarse, y la impotencia de Yocasta para convencer a sus hijos de lo contrario.
El pueblo de Tebas exige a Eteocles que actúe dignamente como Rey (ver tragedia ‘Alexandre le Grand’) y a la vez, Eteocles también padece las consecuencias de anteponer los deberes políticos de estado frente a los lazos familiares.
Yocasta y Antígona, que son los personajes compasivos por antonomasia en la obra, conocen o intuyen la maldad de Creonte, pero no pueden hacer nada ante ello; su antagonista, por contra, con su falsedad, crueldad y doblez despertará en el espectador consternación y horror. Yocasta, que además se queja amargamente por la maldición de los dioses a raíz de su hamartia para con Edipo, es el personaje más sensato y racional, junto con la mencionada Antífona, al anteponer los valores familiares y la paz de su pueblo, al irracional odio y codicia de sus hijos; da una magistral lección sobre cual es el autentico honor y virtuosismo de un Rey, por encima de cualquier gloria ofuscada por la extrema avaricia.
Es curioso que el propio autor considerase que no cuadraba mucho su intento de acoplar una historia de amor secundaria entre Antígona y Hemón con la desdichada fortuna de la familia de Edipo, repleta de incestos, parricidios y sanguinarios crímenes. Mientras la crítica y el público en general insistiría en resaltar como torpeza, no aquel amor secundario, sino el cambio repentino de Creonte: no resultaba muy convincente comenzar retratando a Creonte como un falso y pérfido manipulador, sanguinario y conspirador (para convencer a Eteocles, incitándolo a combatir contra su hermano, dice : “…Todo el pueblo tebano os habla por mi boca…”) que pone en marcha todo los entresijos de la obra y rige los destinos de los personajes ( induciendo el mortal duelo de los hermanos, el suicidio de Yocasta y la muerte de Hemón y Ménécée), para al final, in extremis, cambiarlo a un enamorado de Antígona que siente el implacable peso del remordimiento. A cualquiera le parecerá un artificio del autor bastante incoherente. Al final, la cadena de desgracias acontecidas, no podía acabar de otra forma que llevando al suicidio a Antígona, la heroína del teatro griego por excelencia, arrastrando tras de sí a un reconvertido e inverosímil Creonte.
Como detalle, debe decirse, que en las obras antiguas correspondientes con esta temática, Creonte tiene una esposa, Euridice, la cual, como no, también acaba por suicidarse en esta encadenada hecatombe familiar. También es interesante señalar como el personaje de Ménécée, que aparece en la obra fugazmente para inmolarse, representa al igual que el famoso personaje de Ifigenia, el sacrificio irracional exigido por la patria y por los oráculos de la religión.
estos autores me encantan....
bien, espero a que termines tu tema enterito enterito, que te está saliendo muy bien n_n
Sobre Racine, uff!! qué puedo decir, me fascinan sus tragedias
Sobre su jansenismo... no, no estoy muy enterada del jansenismo u_u salvo por lo que has mencionado, pero si era una "herejía" entonces no dista de las cientos de herejías gestadas en las edad media, de las que si me he enterado. Como sea, el problema es el libre albedrío y es un tema que uno no puede evitar en las tragedias... ni en ninguna otra cosa, como en los siglos de oro españoles, etc etc
Sobre Moliere, maldito Moliere
Corneille.... o Cornielle??
Como sea, cuando pienso en ese pobre hombre pienso en muchísimas cosas. Pienso en un Richelieu apadrinando la Academia francesa y adoctrinando al pueblo, pienso en los preceptivistas y en las rigurosas reglas basadas en Horacio y Aristóteles. Sobre todo pienso en Castelvetro y el amor a las tres unidades :rolleyes:. Pero Corneille es generación del 28 y me encanta esta generación de "¿por qué las reglas son tan duras?" "¿Por qué Aristóteles y por qué Horacio?" "Breaking the law, breaking the law" como dirían en el triste turno
Eso sí, pienso en el hombre y me da pena. Me da pena porque me gusta su Cid. Pero obviamente a Richelieu no u_u Es decir, para empezar... España?? España y no Francia?? Y hay que añadirle que era tragicomedia y luego la trama.... en dónde quedó el "decoro".... y la enseñanza moral?? Jimena quedandose con el asesino del padre, no, no ,eso es inverosímil... :rolleyes:
Así que me da penita pensar en la arrastrada que le puso Richelieu por medio de su Academia francesa a Corneille a pesar de su éxito en taquilla, si el pueblo no era ni es tonto
Y ya uno piensa en la libertad creadora de la época o del papel literario en la sociedad, o del bando de Moliere ¬¬
Pd. y no, ni los he tratado como rivales jajaja
Cambio y fuera
Yo no digo que Racine sea mejor que Eurípides, pero si que el primero se basa mucho en el segundo.
Del siglo de oro no tengo mucha idea, me queda mucho que leer
Racine era, en principio, amigo de Moliere (y de La Fontaine y Boileau) pero luego Moliere y Racine se distanciaron por supuestos motivos de competitividad, como ya dije ('Andromaque' ya no la representaría la compañía de Moliere, sino la del Hôtel Bourgonge con la que Racine tuvo más éxito en detrimento de su ex-amigo). Racine además observa rigurosamente las 3 unidades de tiempo, lugar y acción (en cuanto a las reglas poéticas, la 'Poética' de Aristóteles -valga la redundancia- es su piedra angular. También sus otras importantes influencias son : sobre todo Eurípides, y Sófocles, Tácito, Plutarco, Séneca, etc... ). De Corneille fue rival, sobre todo con 'Berenice' de Racine y 'Tito y Berenice' de Corneille, estrenadas casi simultaneamente, una detrás de la otra.
No entendí lo de Richelieu, pero lo cierto es que del cardenal no se mucho, pero fue una figura histórica trascndental para la política de Francia junto a Mazarino.
Ya que dijiste que te gusta 'Andromaque' y que hoy me siento generoso :cool: , ahí va :
Posdata : de la 'querella' hablaré después.
Con esta obra, dedicada a Enriqueta de Inglaterra, alcanzó Racine cierta gloria, equiparable a la de Corneille con ‘Le Cid’.
El personaje que aquí asume el carácter desgarrador de la tragedia es Orestes, quien aparentemente seguro de sí mismo, es dubitante y agitado entre la esperanza y la desesperanza y gran cantidad de temores y pasiones contradictorias. Constantemente acude a la hija de Menelao y Helena para adorarla, y otras tantas veces huye lejos de ella por temor a disgustarla; duda entre volver a pretenderla o huir y quitarse la vida para librarse de sus penas. Vemos un Orestes ingenuo en comparación con el de Eurípides en su obra homónima, cuyo personaje junto con su hermana Electra en un evento posterior al de Butrinto, muestra su lado más despiadado e implacable, sin atisbo de duda, a la hora de ejecutar el matricidio.
Los personajes principales de la obra son Orestes, Hermione, Pirro y Andrómaca, los cuales están intrínsicamente atados y trabados entre sí por una cadena de amores no correspondidos : Orestes ama a Hermione, esta a Pirro, Pirro a Andrómaca, y ella sigue amando la fantasmal memoria del difunto Hector, reflejada en la imagen del hijo de ambos Astyanax (el mismo que en el ‘Iliupersis’ del ciclo Troyano perece cruelmente siendo un bebe).
Andrómaca, que siempre ejerce su papel de madre protectora, sufrirá entre deshonrar los manes de Hector casandose con Neoptólemo (cuyas terribles gestas aún están presentes en la mente de aquella) o rechazarlo y sufrir la muerte de su hijo.
Evidentemente la decisión de Andrómaca, cuando se inclina a tomar por esposo a Pirro (aunque en secreto haya decidido suicidarse después), rompe la tensión trágica, y por ende llegará el final, y este arrastrará al resto en esta vorágine de pasiones y despropósitos. La memoria de Hector cierra el eslabón, pero su influencia se hace notar más que la de los personajes en escena (forma parte de la idiosincrasia de Racine conceder cabal importancia a estos personajes fantasmales). Todo ello desencadena los hechos y dirige los sentimientos de los personajes en un sentido u otro. Al satisfacer la troyana los deseos de Pirro, Hermione no tiene más remedio que aceptar a regañadientes a Orestes como pretendiente, pero su despecho le hace enviar a Orestes a que asesine a Pirro en el mismo momento del desenlace matrimonial.
De la doble infidelidad de Pirro, por una banda al estado, a los griegos (al ponerse del lado de la esclava Troyana) y por otra, infidelidad hacia Hermione, es esta última la que dicho personaje no tolera. Para colmo de su frustración, serán los griegos los que asesinen a Pirro (por la susodicha traición política) adelantándose a la orden de Hermione, sintiéndose esta doblemente ultrajada al no poder poseer a Pirro, y al no poder consumar su venganza sentimental. En realidad, para la espartana el llevar a cabo su venganza personalmente (a través de Orestes) sin que intervengan los griegos, es un signo de impotencia al no poder poseer el amor al que tanto se aferra, una forma inconsciente de llamar la atención al joven hijo de Aquiles que la ignora completamente mientras ella se desvive por él con una pasión más allá de toda razón. Por todo esto, al final, Hermione arrepentida, confusa, y desesperada a la vez, reprocha a Orestes el haber consumado su orden y se suicida, quedando Orestes profundamente trastocado mentalmente.
Es curioso el final de la obra, pues Orestes, tras el suicidio de su amada, se reprocha su fatídico destino; pues no en vano es el personaje que más se esfuerza en conquistar su amor y en cumplir sus deberes, sin embargo desastrosamente obtiene lo contrario de lo que anhelaba : no solo Hermione termina odiándolo, sino que se suicida; asesina a un rey que honraba, y al cual tenía que obedecer; acaba transgrediendo la hospitalidad de su anfitrión, y rebasando los derechos de los soberanos; lejos de cumplir adecuadamente su tarea diplomática como embajador, provoca indirectamente una segunda guerra de Troya en el Epiro; se convierte en un sacrílego al cometer su asesinato en el altar del templo, etcétera. Y eso que sus intenciones iniciales eran probablemente de las más nobles de las que se podían encontrar en la obra. Por eso no nos debe asombrar que al final su delirio, al quedar totalmente perturbado ante lo implacable y cruel del destino, le haga ver en alucinaciones a Pirro y a Hermione que vienen a descuartizarlo, cual Penteo u Orfeo, y además, acompañados de un séquito ‘benévolo’ que nos puede resultar familiar de la ‘Orestíada’ de Esquilo :
ORESTES : “…¡Qué demonios, qué serpientes arrastra tras de sí! Y bien, hijas del infierno, ¿están dispuestas vuestras manos? ¿Para quién son esas serpientes que silban sobre vuestras cabezas? ¿A quién destináis vuestro séquito? ¿Venís para arrastrarme a la noche eterna? Venid, Orestes se abandona a vuestro furor…”
Por todo ello, Orestes (que se autocompadece continuamente de sus desgracias y que se odia a sí mismo por no ser amado) es al final un personaje digno de lástima y compasión, la locura es el broche final a tanta miseria y desventura.
Si en ‘Alexandre le Grand’, la tragicidad corre a cargo del no cumplir la dignidad política como Rey, en ‘Andromaque’, Pirro sucumbe indirectamente por su elección como hombre (Andrómaca), pero al final, el verdugo político se adelanta al sentimental.
Los personajes de Orestes, Hermione y Pirro son capaces de amar pacíficamente, pero cuando el amor se les niega, cuando advierten que sus sentimientos han sido burlados, y sienten en sus mentes el implacable peso del ser objetos de una supuesta cólera divina; por despecho, ante un fatum cruel, buscan ejercer maldades con tal de ganarse tal castigo que ellos creen no haber merecido:
“ORESTES : …Hagámonos merecedores de su cólera, justifiquemos su odio, y que el fruto del crimen preceda a su castigo…”
En fin, ‘Andromaque’ es la tragedia de la conexión sentimental llevada al paroxismo, al callejón sin salida : ningún personaje es correspondido sentimentalmente, al menos libremente, y la duda de ‘me quiere’ o ’no me quiere’, alcanza una tensión y una inseguridad insostenibles que desemboca irremediablemente en el final trágico de sus componentes. Como en otras tragedias de Racine, cuanto más aman los personajes, más cerca están de ser rechazados a favor de sus contrincantes, y viceversa, cuanto más odian o renuncian a su amor, es cuando, a través de un giro inesperado, más cerca están del amor antes negado.
A diferencia del Pirro de Séneca (‘Troade’), o el del libro II de la ‘Eneida’ de Virgilio, el Pirro del francés (por supuesto hijo de su época) está retratado más suavemente. Según nos comenta, sobre este personaje de la tragedia antigua, no conoció el amor perfecto a diferencia del Celadón en ‘El romance de Astrea y Celadón’ de Honoré d’Urfé. Por otro lado su personaje es capaz de sentir piedad cuando su pasional amor es correspondido, cuando no, casi se nos presenta como el verdadero Pirro hijo de Aquiles, despiadado e inflexible guerrero que arrasa por donde pasa (personaje que se encargará de reavivar Fénix). Otra diferencia entre los personajes antiguos y los modernos, radica en el hecho de que nuestro dramaturgo no concibe que la troyana tenga un hijo de su enemigo Pirro (Molosos), como ocurre en ‘Andrómaca’ de Eurípides.
Si nos remontamos hasta Aristóteles, este pedía para la tragedia griega, personajes imperfectos, en palabras de Racine : “…ni completamente buenos ni absolutamente malos. Y no quiere que sean completamente buenos porque el castigo [trágico] de un hombre de bien provocaría la indignación del espectador antes que su piedad; ni que sean excesivamente malvados porque no se siente piedad hacia un hombre perverso…”.
Para finalizar, destacar un hecho reiterativo en la estructura de personajes en la obra del francés. Como en otras tragedias del tragediógrafo, en esta, cada personaje principal tiene un personaje amigo consejero que está ligado o asignado a él inequívocamente : Andrómaca tiene a Cefisa, Pirro a Fénix, Orestes a Pílades, y Hermione a Cleona. Estos personajes desempeñan la función de contrapunto a los arrebatos, pasiones o decisiones de los personajes, haciéndoles decantarse ligeramente hacia el otro extremo de la balanza trágica, plantearse sus decisiones, serenar o extremar sus pasiones, mitigar o agravar sus arrebatos, etcétera (como ejemplo, el personaje de Narciso hacia el final de ‘Britannicus’). Quizá representen un arquetipo de personaje consejero manipulador que puede llegar, en mayor o menor medida, a envenenar la mente del personaje (por algún oscuro interés oculto) o, por lo contrario, a iluminarla, a equilibrarla hacia una decisión más racional o adecuada para dicho personaje.
Sobre Moliere y Racine... creo recordar una película.... cuyo título no encuentro.....
¿Quizás?
Gracias por las clases...
Bueno como quiero seguir hablando de Racine y sus obras aquí va el resumen de otra de ellas :
Jean Racine se basa en el libro octavo de Quinto Curcio, de cuyo autor, nuestro tragediógrafo hace una tenaz defensa en sus prefacios. Del historiador romano, Racine a extrapolado a su obra teatral algunos hechos transcurridos en las orillas del Hidaspes como la alianza que el conquistador Heleno firmó con Taxiles, el desprecio con que Poro negó las condiciones exigidas, la rivalidad entre Taxiles y Poro, y la victoria que Alejandro obtuvo contra Poros y la posterior generosidad de aquel con su tratar a Poro <<como un rey>> (este episodio famoso puede ser admirado en el cuadro de Charles Le Brun del Louvre) :
Esta es una tragedia dichosa, por el amor feliz que en ella se muestra en casi todos los personajes, sobre todo en Alejandro que no tiene problema : ama y es amado por Cleófila. La reina Axiane es el centro de la tragedia, en cuanto que su papel acapara mucho, asimismo que mueve constantemente los destinos de los otros dos reyes hindúes, Poro y Taxiles ambos enamorados de aquella, sin embargo, los papeles más brillantes son para estos últimos.
Esta tragedia está escrita en el marco político de las revueltas de la Fronda, por lo que hallamos ciertos paralelismos. Centrándonos, sobretodo en ‘La Fronda de los príncipes’ si equiparamos la magnanimidad de Alejandro con la del rey Sol, como se ve en la obra, el rey es el vencedor de los soberbios y el misericordioso que perdona a sus rivales los Frondistas. Dejándonos llevar por este simbolismo imposible de imaginar plásticamente (por lo variopinto de ambas épocas muy distantes en el tiempo), ¿Hefestión sería el cardenal Mazarino?, ¿Turenne o el príncipe de Condé ostentarían el título de Taxiles o de Poro? ¿o Poro representaría al bando de Gondi, Conti, Mademoiselle y la duquesa de Longueville? Correspondencias absurdas, no es más que un simbolismo (el Rey Sol no es Alejandro Magno en la realidad, ni si quiera el Alejandro histórico se corresponde con el literario a pesar de las similitudes), pero que nos sirve para desgranar la cuestión a tratar. Por tanto, no nos debe extrañar que la obra trate de la dignidad real y de cómo conservarla. Alejandro como alter ego del teocrático y absolutista Rey Sol, hace gala de las virtudes intrínsecas de dicho absolutismo, que son, la soberanía todo poderosa, la justicia y la misericordia (e incluso podríamos decir la prudencia); estas quedan patentes cuando vence implacablemente a Poro y en vez de hacer alarde del típico ‘Vae Victis’, muestra su misericordia con el derrotado. Otro paralelismo, en este caso manifiesto por el propio autor, es la relación entre Julio César y Cleopatra, y la relación entre Alejandro Magno y Cleófila: ambas tuvieron sendos hijos denominados en honor de sus padres. Tanto en una como en la otra relación, los dos conquistadores se involucraron pasionalmente pero ninguno tuvo ni la más mínima atadura mortificante.
La duda trágica está encarnada en Taxiles que se debate entre que actitud tomar ante el conquistador y si Axiane lo ama o no. Dicha actitud es el tema esencial de la obra, no solo aplicable a Taxiles sino a los otros personajes, y se debatirá entre, si se dejan llevar por su pasión humana, por su amor, y/o por su lado regio, político. Así vemos que Poro ama a Axiane, pero su actuación como hombre valiente no le impide ejercitar sus deberes como rey, cosa por la cual al final se verá recompensado por Alejandro al restituirle sus estados y devolverle a Axiane en detrimento del recién difunto Taxiles. Alejandro sabe apreciar a un rival digno de él, como cuenta la anécdota, el denuedo que le supuso vencer a Poro le hizo decir : “¡Oh atenienses, cuántos esfuerzos soporto para obtener vuestros elogios!”, exteriorizando de esta forma su admiración por su rival. Taxiles, sin embargo, solo actúa pasionalmente arrastrado por su amor hacia Axiane e influenciado por su hermana Cleófila (que ama al invasor) de que unir fuerzas luchando junto a Poro es cederle tácitamente a Axiane (aceptando que apoya los deseos de su eterno rival sentimental) y que además Axiane solo ama a Poro. Por tanto, se aliara cobardemente con su rival regio. Entonces Taxiles no actúa como rey, es esta carencia la que desencadena su inevitable final trágico que hará que tras su muerte, el macedonio sólo lo recuerde (a pesar de su apoyo desde el comienzo) como hombre, como un amigo, pero sin el honor que le correspondería a un rey valeroso y valiente, ya que la muerte de Taxiles en esta obra es más una cuestión política que humana. En Alejandro esa dignidad real es inmanente, ostenta de alguna forma los atributos y misión de la Maiestas romana virgiliana; en Axiane y Poro es una cualidad.
Un fragmento que ilustra esta idea esencial de la obra sobre la actuación como Rey :
“TAXILOS : …¿Voy a abandonar a Poros? ¿Voy a traicionar a esos príncipes que se afanan en liberar nuestras provincias y que, sin vacilar ante tan noble elección, sabrán del mismo modo vivir o morir como reyes?...”
En esta neófita tragedia histórica nuestro autor se basa en Tácito para exponer ante todos la maldad de sobras conocida de Nerón [Claudio César Germánico], sucesor de Claudio. Racine en su obra lo contempla como un ‘monstruo’ en ciernes : aún no ha prendido fuego a Roma ni asesinado a su madre ni a ningún instructor. No obstante, al final, quedan patentes la muerte de Británico y la desventura de Agripina. En contraste se hace una clara apología a [Tiberio Claudio César] Británico : “…con mucho corazón, mucho amor, mucha franqueza y mucha ingenuidad…muy capaz de provocar la compasión.”. En cuanto a otros personajes, el dramaturgo se ha inventado una tal Junia Calvina prometida de Británico que no es la vieja y presumida Junia Silana que creían los críticos de Racine, sino que es la hermana de Silano, a quién Claudio, en realidad, había prometido su hija Octavia.
Racine en esta tragedia inserta al espectador en una acción ‘in media res’ en un momento de la historia del atroz Nerón en el que aún no ha cometido sus villanías, pero en el cual empiezan a gestarse. La habilidad del tragediógrafo radica en hacer olvidar al espectador el tiempo futuro cronológico que forma parte, no del tiempo dramático, sino del histórico conocido, evocando en el espectador la ilusión dramática. La duda, elemento esencial en el teatro trágico de Racine, adquiere en ‘Britannicus’ proporciones inusuales en el espectador, que para el personaje de Nerón se preguntará si llegará a cometer esto o lo otro, transportándolo a la ilusión de un presente abierto donde no tiene cabida el futuro desenlace histórico (matricidio, etcétera) ya que sino solo sería historia y no teatro, pero que sin embargo el dramatismo estético ‘inventado’ conjugándose con el tiempo histórico conocido por el espectador a priori, se encargará de dar a la obra una riqueza de matices y de dimensiones más amplias a los personajes. Esto hará, por ejemplo, que los espectadores, por genio y talento de Racine, intuyan la respuesta o perfil que el autor les está dando del execrable emperador.
Los hechos empiezan con Junia y Británico que se aman con devoción, pero la pasión caprichosa de Nerón por Junia (Nerón en la obra como en la realidad no soportaba a su mujer Claudia Octavia) le hará raptarla para desgracia de Británico. En Junia recaerá todo el drama sentimental al tener que fingir que ama a su captor para evitar represalias sobre Británico. Su pena no es tanto la de soportar a su enemigo, como la de sufrir al ver padecer a su amado por creerla este insensible, de la noche a la mañana, a su amor, ante la negativa de corresponderle (por temor a Nerón). La mayor presión funesta e implacable se cierne sobre Junia, cuyo forcejeo interno trágico y psicológico vacila entre seguir amando abiertamente a Británico a riesgo seguro de desatar la furia criminal del Emperador, o unirse a su adversario en contra de su voluntad, haciendo infelices a ambas víctimas pero salvando la vida de Británico. Mientras, Británico, intentando recuperar a Junia de las garras de Nerón, confía sus sentimientos y planes más íntimos a su confidente Narciso, el cual es un amigo traidor que comunica cada movimiento al emperador.
Volviendo al tema del secuestro, Agripina para poder hablar más a cubierto sobre el rapto con Británico, queda con él en casa del liberto Pallas, ministro en funciones durante la obra y liberto del difunto Claudio, (aconsejó a este, movido por Agripina, que adoptara a Nerón). Se divisan así dos bandos, por un lado el emperador y su confidente Narciso, el poder del imperio y los tutores Burro y Séneca (que son parte del brazo ejecutor pero desconocen la verdadera inquina de Nerón); y por otro lado los conspiradores que buscan atenuar o frenar el poder avasallador e inmoral de Nerón contemplando la posibilidad de aupar al hermanastro: como es lógico Británico, Agripina, Junia, el ministro Pallas, etcétera, y algunos aliados del senado. El emperador, ante el mínimo atisbo de conciliábulo se deshará de Pallas. Paradójicamente, la que allano el camino de Nerón (su madre) y alejó a Británico del trono en la acción histórica previa a la dramática, es ahora la más devota en revertir en cierto modo o grado la situación, de la que saldrán perjudicados todos los protagonistas, a excepción claro está, del transgresor.
Cuando Nerón, a pesar de las artimañas de su madre para entretenerlo mientras Británico y Junia se ven a escondidas durante el cautiverio de esta, los descubre reforzando su amor el uno al otro sin miedo a represalias, enfurece y manda a sus guardias apresar a ambos (además de retener en palacio a su madre) a lo que Junia, apelando a Nerón para salvar a su amante, decide que entrará en las Vestales, conservando su virginidad para los dioses (y evitando el enfrentamiento entre ambos contrincantes). Como apunte, observar que el hecho algo irreal, por parte del autor, de querer incluir a Junia entre las vestales a pesar de su edad adulta, se respalda en las circunstancias, la virtud y lo ilustre del personaje.
Es loable, hacia el final de la obra, el llamamiento que hace Burro (al saber del propósito final de Nerón de matar a su hermanastro) a la bondad, virtud y sensatez, nombrándole los males sin fin que pueden acarrear sus asesinatos : “BURRO : …Hasta hoy virtuoso, podríais serlo siempre…si seguís los consejos de los aduladores, tendréis que correr, señor, de crimen en crimen…Vais a encender un fuego que no podrá extinguirse…siempre temblando en vuestros proyectos y considerando como enemigos a todos vuestros súbditos…Qué placer pensar y deciros vos mismo : Por doquier, en este momento, me bendicen, me aman. El pueblo no se asusta al oír mi nombre; el cielo no me oye invocar en sus lamentos; su oscura enemistad no huye ante mi rostro; por todas partes veo alegres corazones a mi paso.”.
El final, con la muerte de Británico, horrorizará a Agripina y a Burro (y al espectador sensible) que contemplan impotentemente como pierden el control sobre un Nerón sin límites. Un fragmento de Burro que ilustra esta crueldad de Nerón es: “…Nerón lo vió morir [a Británico] sin cambiar de color. Sus impasibles ojos tienen ya la firmeza de un tirano curtido desde niño en el crimen...”. Para alivio del espectador, el pérfido Narciso, que decantará en último momento la indecisión de Nerón hacia cometer el envenenamiento de Británico, no quedará impune y morirá aplastado y golpeado por una turba de ciudadanos indignados y apiadados con el sufrimiento de Junia a la que conducirán a las vestales.
En esta obra asistimos por primera vez a la división en Racine del verso en 4 estiquios, tal vez con la intención de sugerir el desmoronamiento de Junia, el estado de su ser hecho añicos, roto en pedazos, etc… con el ajuste entre el contenido y la expresión (o mejor dicho métrica) de los versos o el ajuste sonoro, plástico entre ‘significado’ y ‘significante’ de los versos partidos, rotos en cuatro partes (al igual que el ser de Junia).
Analizando esta obra, conociendo que Racine es un hombre del siglo XVII, y en consecuencia eminentemente cristiano, es lógico pensar que el tema arcano, mitológico antiguo solo es para él un ‘aparato’, un decorado exterior estético; pero por otro lado, esto no supone que no tenga deuda alguna para con los antiguos, más bien todo lo contrario. Partiendo de este supuesto, que excluye cualquier <<Deus ex machina>> pagano determinante (aspecto que abundaba en el teatro griego antiguo a pesar de los intentos de Aristóteles por erradicarlo), pasamos a advertir que el desenlace en el tiempo dramático de la obra dependerá de la elección lógica del personaje, de su psicología interna y no de factores externos sobrenaturales. Pero en cuanto percatamos que en el tiempo histórico de la obra (a estas alturas ya se deduce que la obra presenta desdoblamiento entre el tiempo dramático y el histórico) el fatum del hecho histórico es irrevocable, todo el peso dubitativo y de elección pasa magistralmente del personaje al espectador, convirtiéndose en un ‘Dios’ omnisciente que conoce todos los hechos y en el que recae todo principio de libertad y causalidad psicológica. No obstante, al finalizar la obra, y por ende el tiempo dramático, con un lamento compasivo hacia Británico, quedará enlazado al dramático el tiempo histórico, que permanece abierto como acción superior a la parcial. La brutal brecha abierta por Nerón, aún seguirá destilando terror a pesar de la conclusión de la obra. Aunar el tiempo histórico y el dramático, la libertad del personaje y el hado del hecho, este es el brillante mérito de Racine.
En esta obra también hay cierta tensión trágica, pero según mi opinión (dada la terriblemente arrolladora inquina por gobernar de Nerón) es menos evidente. Estribará, entonces, por una banda en los lazos maternales, y por otra, en la condición regia, o lo que es lo mismo, entre la obediencia del emperador a su progenitora y la toma de poder total sin cortapisas. Por ello, algunos han querido ver en ‘Britannicus’ una alegoría del fin del periodo de regencia de Ana de Austria. En tal caso existiría toda una doctrina política justificatoria en la conducta emancipatoria de Nerón con tal de que el Rey Sol comenzara a gobernar con el fin de dicha regencia.
Obra dedicada, al igual que la anterior, al ministro de finanzas Jean-Baptiste Colbert, cuya protección agradece nuestro dramaturgo.
Según Racine, no es necesario sangre y violencia en una tragedia, con ensalzar las pasiones de los personajes sería suficiente. Ni siquiera una trama compleja. Esta actitud suya no es fortuita, ya que hunde sus raíces en la extrema sencillez del teatro antiguo que propugnaba, por ejemplo, Horacio. Sencillez que cuenta Racine fue proverbial en tragedias como las de Sófocles ‘Ayax’, ‘Filoctetes’, ‘Edipo Rey’, etcétera. Así vemos que Racine con más ardor a Plauto que a Terencio alaba (por ser aquel mucho más sencillo), o directamente a Menandro. Con su apasionado, y reiterado hasta la extenuación, elogio y defensa de la suprema sencillez de su arte, justificada en parte por el hecho de la conmoción en lo verosímil, y en parte, también, como finalidad para acallar supuestas críticas coetáneas a él, (que no supieron aceptar las virtudes y cualidades de su teatro, con su elegancia y expresividad clara, simple y transparente, pero al mismo tiempo exquisita, que seguramente no solo contradecía a otros autores en su estilo, sino que además a unos cuantos los superó en éxito de público – quien sabe si entre aquellos se encontraban los mismísimos Moliere y Corneille – muy buenos también, por cierto, pero no es el tema de ahora) vemos como Racine se ajusta, como pocos, a las tres unidades dramáticas que la ‘Poética’ de Aristóteles exigía: En cuanto a unidad de acción suprime cualquier trama paralela, incluso prescinde del elemento cómico; de la unidad de lugar en su obra no hay duda alguna, ya que siempre nos remite a un solo lugar, además muy representativo y conocido legendariamente (antecámara del templo de Jerusalén, una habitación del palacio de Pirro en Butrinto, el campamento aqueo en Áulide, etcétera) y si sucede algún evento, de un mínimo de importancia relevante para la resolución final de la trama, ajeno al lugar asignado como eje vertebrador de la acción, este es relatado y evocado por algún personaje desde dentro del mismo lugar principal; y de la de tiempo, cumple con el requisito de desarrollar la acción en el lapso de un día, veinticuatro horas.
Esta tragedia nos habla de la relación amorosa entre el emperador Tito y Berenice. Esta Berenice, históricamente, era hija del rey hebreo Herodes Agripa I y hermana de Herodes Agripa II, y fue la reina que los romanos instalaron en el trono de los estados satélites Judíos que poseían. Como en muchas de las tragedias de Racine, el amor en ‘Bérénice’, ciñéndonos a los personajes masculinos, posee las características más propias del cortesano galán del siglo XVII de pluma y florete o del arrojado guerrero cristiano medieval que, quizá, del héroe antiguo. Vista hasta ahora la trayectoria de sus obras y su propia idiosincrasia, no nos debe costar adivinar que esta obra trata del conflicto entre el amor y el gobierno de Roma, ya que las leyes romanas impiden que el emperador se case con una extranjera, y menos aún si es reina.
El personaje de Antíoco ante la perpetua negación de Berenice, pero también ante la duda de Tito por asir el poder, pasa del miedo a la esperanza, y de esta a la rabia (constantemente sus esperanzas amorosas se desvanecen, y si por circunstancias de la vida vuelven a reavivar, no es más que para volver a desvanecerse y así indefinidamente). En realidad Antíoco no es personaje trágico pues no tiene posibilidad de elección.
Es una historia casi de culebrón por sus características (evidentemente no me refiero a ningún culebrón existente), por su triángulo amoroso, pero en todos sus vértices corren destinos desgraciados. El amor no es correspondido en ninguno de los personajes, y al final quedará en perpetuo suspense, pues esta trinidad desdichada está condenada a la renuncia del amor, o a amarse sólo en el recuerdo por mutuo acuerdo. Tito no puede renunciar al gobierno de Roma, pero tampoco a amar a Berenice (de hecho, constantemente, se nos muestra a un Tito blando, indeciso, pusilánime). Dadas las circunstancias Berenice debe huir pero no puede olvidar a Tito. Por último, el que debería ser el gran damnificado de la imposibilidad de himeneo entre los personajes principales, Antíoco, queda igualmente despechado y decepcionado pues no puede dejar de amarla, pero a la vez debe renunciar a ella, cuyo corazón pertenece a Tito, con lo que el frustrado himeneo de por vida de Tito y Berenice no es consuelo alguno para él, quedando la historia como la de unos amores tristes no satisfechos e imposibles, inalcanzables (estando, paradójicamente, al alcance de sus manos), dejando en sus corazones una amarga e inconsolable melancolía.
Como el autor nos anticipa, muy en su línea, en su prefacio, esta es una de sus tragedias más simples. Es la tragedia de <<una acción simple que se mantiene por la ‘violencia’ de las pasiones, por la belleza de los sentimientos y por la elegancia de la expresión>>. Es la tragedia, diría yo, triste de los llorosos sentimentalistas. También es la tragedia de la intimidad, ya que el problema reside en lo más profundo del corazón de los personajes, de ahí su silencio y soledad. De nuevo la expresión del verso (el más fragmentado de todos) es como en ‘Britannicus’, imagen y semejanza de la ruptura interna de los personajes en el transcurso de la obra.
En ‘Bérénice’ se nos enseña el nivel de renuncia y el precio que se debe pagar para gobernar, el sacrificio como virtud que corona a los poderosos con menoscabo, en este caso, del amor. En fin, un tratado del recto y férreo gobernar :
“TITO : …ya, más de una vez, Roma puso a prueba la constancia de mis iguales. ¡Ah! Si os remontáis hasta su nacimiento, los encontraréis siempre sometidos a sus ordenes. Uno celoso de su fe, se dirige contra sus enemigos a buscar con la muerte la pena dispuesta. Otro proscribe la cabeza de un hijo victorioso. Otro, con ojos secos y casi indiferentes, ve cómo mueren sus dos hijos (¿Quizá se refiera a Lucio Junio Bruto?). ¡Desdichados! Mas siempre la patria y el honor entre los romanos conquistaron la victoria…“
La naturaleza de los sentimientos humanos se ve aquí desgarrada por los deberes políticos, al igual que en el famoso, y muchísimo más extremo, episodio de los Horacios y Curiacios (recogido primeramente en el ‘Ab Urbe condita libri’ de Tito Livio, y ejemplificado después en el ‘Horacio’ de Corneille).
Al faltar dilema desde el principio y dejar ilógicamente los albures para el final, no solo rompe Racine el tradicional discurrir in crescendo de la tensión trágica hasta el cenit final, sino que tal tensión, en realidad, queda rota desde el acto II, y todo lo que queda hasta el V y último, no es más que retrasar agónicamente lo que se viene anunciando desde el acto II. Ciertamente en el teatro de Racine, el destino de los personajes y desenlace final de la obra, esta contenido y predestinado ya, intrínsicamente, en el comienzo de esta, en su germen (quizá como influencia del jansenismo), a diferencia del teatro de Corneille que nos tiene acostumbrados a giros argumentales inesperados al final, por lo que en este no hay nada dicho o escrito hasta el final. Por todo lo enumerado, es la tragedia más simple y a la vez su mayor fiasco, que se salva en parte solo por la trascendencia del amor después de la muerte que se sugiere implícitamente, como en aquellas grandes obras o leyendas de amor y muerte, de amor más allá de la vida y del óbito.
Nuestro autor, al igual que Esquilo en ‘Los Persas’, narra una historia de una civilización lejana con distintas costumbres, lo que le proporciona una coartada para tratar sobre este relato tan cercano en el tiempo a su vida. Para ello, se basa en ‘The History of the present state of the Ottoman Empire’ de un tal Paul Rycaut (historiador y diplomático inglés) en términos generales; mientras que en particular, para la historia aquí narrada que ocurre en el serrallo de Constantinopla, se fundamenta en las historias contadas por el embajador francés de aquella ciudad, el conde de Cézy.
Esta obra, narra la historia (teóricamente ocurrió 30 años antes de ser escrita) de Bayaceto, hermano del sultán Murad IV, llamado Amurat por Racine. Dicho sultán, durante la regencia de su madre, la valida, vio caer su imperio en la anarquía, y a los persas invadirlo, además de como los jenízaros le arrebataron el imperio y mataron a su hermano el emperador Osmán II. Murad IV al llegar al poder estranguló a otro hermano llamado Orcán. A la muerte de Murad, le sucedería su otro hermano Ibrahim I, al que consideraba estúpido (el sultán Mahomet que reinaba en la época de Racine, era hijo de este Ibrahim y sobrino de Bayaceto).
La acción transcurre mientras Murat, en su intento de conquistar Persia, se encuentra atacando Bagdad. El serrallo, es el marco ideal para expresar las intrigas palaciegas referentes a las pasiones amorosas, donde todas las concubinas son rivales entre sí con tal de ganarse al Sultán.
El visir Acomat aprovecha la ausencia de Amurat en el asedio de Babilonia, y su, en apariencia, inminente derrota, para conspirar con los jenízaros como derrocar su gobierno. El Sultán que teme a sus propios jenízaros, deja al visir (el cual goza de más lealtad por parte de los jenízaros que el propio Amurat) en Constantinopla mientras él combate en Babilonia con ellos, todo esto quizás con la intención de ganarse a sus soldados apartándolos de Acomat, quien a su vez sospecha esta estratagema como anticipo a su ejecución (algo usual en los sultanes turcos de la época que solían desconfiar de sus familiares y amigos). El plan de Acomat prevé poner en lugar del Sultán a su hermano Bayaceto, pero para ello deberán casarlo con Roxane, la favorita del Sultán (que está enamorada de Bayaceto), que en ausencia de Amurat ostenta el poder para ordenarlo todo a su voluntad, incluso la vida del hermano (permaneciendo este recluido por orden del Sultán ante su desconfianza). Por tanto, se trata de que el ejercito (el visir Acomat y los jenízaros) sustentados por la unión poderosa (que daría legitimidad ante el pueblo) de uno de los posibles sucesores del Sultán, Bayaceto, y la plenipotenciaria Roxane (donde reside el poder provisional en ausencia de Sultán) aprovechen la coyuntura ante la debilidad temporal del Sultán para hacerse con el poder. Acomat pretende además conseguir así a la doncella de sangre otomana Atalida a quien más que amar, desea por ser de la misma sangre que el sultán (hermana de su padre). Si no creo entender mal, lo que pretende el visir es unirse a alguien de sangre real como salvaguarda a posibles conspiraciones del Bayaceto que el mismo pretende encumbrar al poder (realmente estos turcos no se fían ni de los que están en su propio bando). Unos fragmentos del diálogo de Acomat que alecciona sobre lo dicho:
“ACOMAT : …Yo sé bien que Amurat ha jurado mi ruina y conozco la acogida que me aguarda a su regreso. Ya ves que para separarme del amor de sus soldados va sin mí a emprender asedios y combates : él conduce al ejército, y a mi, en una ciudad, me permite ejercer un poder inútil. ¡Qué ocupación, qué lugar, Osmín, para un visir! Pero yo empleé mi tiempo más dignamente : le tengo preparados temores y desvelos; pronto llegará el rumor a sus oídos...Espero que Bayaceto se alce hoy mismo y Rosana con él...Sabes con qué rigor actúan nuestros sultanes: rara vez el hermano deja a sus hermanos el peligroso honor de proceder de una misma sangre que los acerca demasiado a su rango…El imbécil Ibrahim, no temiendo su origen, arrastra sin peligro…Al otro [Bayaceto], más temible y más digno de envidia, Amurat le imagina armado contra su vida…Este mismo Bayaceto, confirmado en el trono, tal vez olvide a un amigo inútil…”.
Vemos que Acomat lo tiene todo previsto en su plan para legitimizar las nupcias entre Bayaceto y Rosana (la religión de los turcos no permitía a las amantes del sultán convertirse en sultana con un himeneo):
“ACOMAT : …En cuanto a mí, ya he sabido, mediante intrigas secretas, ganarme a los sagrados intérpretes de nuestra ley. Yo sé cómo, crédulo en su devoción, el pueblo obedece el freno de la religión…“.
Roxane obligará a Bayaceto a escoger entre casarse con ella o la muerte, sin embargo ella no sabe que él y Atalida se aman desde niños, lo que enredará toda la trama y hará que la conspiración fracase como veremos después. Ante la constante resistencia del hermano del Sultán a casarse, Roxane se enfurecerá, pero más tarde, Bayaceto se dejará persuadir por Acomat, y sobre todo por Atalida, que prefiere que conserve la vida casándose con Roxane a que muera por ser fiel a sus sentimientos. Más que tensión trágica, lo que hay en ‘Bajazet’ es no escapatoria, ambos extremos son detestables, tanto la muerte como casarse sin amor con alguien desdeñable. Tanto Bayaceto como Acomat buscan en los héroes turcos de antaño, modelos a seguir en cuanto a que conducta tomar con las sultanas, el estado y la religión: si servil o libre y dominante.
Atalida, al ver lo resoluto que está Bayaceto a dejarse morir, con tal de rechazar (según unos patrones heróicos ancestrales otomanos) a su displicente pretendiente y como fidelidad eterna a ella, esta, prefiriendolo vivo, le amenaza de presentar ante Rosana sus sentimientos hacia él con tal de realizar el mismo sacrificio que pretende Bayaceto. De esta manera, él sentirá el mismo temor que ella hacia la pérdida del ser amado, y decidirá seguir el consejo de Atalida de mostrarse menos reticente a los encantos y ofrecimientos de la sultana. El problema que tienen ambos amantes infelices, es que su amor puro les incapacita para fingir, para engañar a una opresora que no es otra que Rosana más que Amurat (vemos en ellos, al contrario que en la sultana y el visir, casi total despreocupación por el regreso del despiadado sultán). La imposibilidad de fingimiento se aprecia en una carta que le envía Bayaceto a Atalida en secreto (para que no se cerciore la sultana) a través de la esclava de Atalida, Zaira :
“Después de tan injustos rodeos, ¿es preciso que de nuevo vuestro amor me invite a fingir? Pero yo quiero cuidar una vida de la que juráis que penden vuestros días. Veré a la sultana y con mi solicitud y con nuevos juramentos de mi gratitud, calmaré, si puedo, su cólera. No exijáis nada más. Ni la muerte ni vos misma me obligarán a decir que la amo, puesto que no he de amar a nadie más que a vos.”
Bayaceto se reconciliará con Roxane, pero al ver que Atalida sufre con la visión de perderlo, con la sola idea de que su amante acabe con el tiempo agradeciendo a la sultana sus dádivas y termine prendado de ella y sus muchos encantos, este la convence de que eran promesas difusas que piensa desmentir ante Rosana. Por todo esto, ante la frialdad de Bayaceto y cierta prueba (la carta de antes) que destapa su amor por Atalida, Roxane es plenamente consciente del romance, por lo que decide ejecutarlo, cuando además llega de Orcán, servidor de Amurat, la noticia de que este ha tomado Babilonia y que se dispone a volver a Constantinopla.
Roxane, aunque egoísta y posesivamente, ama a Bayaceto, pero para ella mandan las circunstancias : cuando Amurat estaba lejos y en apuros no dudaba en ofrecerle a Bayaceto el doble propósito de unirse en matrimonio y aliarse para revelarse contra el Sultán (o sea el amor y el poder), pero al no ser correspondida y ante el retorno triunfal del personaje ‘rey’ mencionado en el análisis, o mejor dicho del personaje tiránico que los oprime (el Sultán en esta obra) en plena posesión de su autoridad, prefiere seguir siendo, o simulando, fiel a su poderoso amo que exponerse a su cólera. Por el contrario, Atalida si ama verdaderamente a Bayaceto, hasta el punto de preferir su boda con la sultana a que muera por ella.
Acomat que conspiraba contra Amurat, apoyándose en Roxane y Bayaceto, decide actuar por su cuenta, y tras la última entrevista con Bayaceto, y ante su negativa a cooperar por hallarse en un dilema sentimental y político sin salida posible, decide, en apariencia, junto con Rosana que lo ahorquen (en realidad, aún sintiéndose decepcionado y abandonado por un cobarde e inactivo Bayaceto, decide rescatarlo de las garras de la sultana para huir con él, demostrando así una gran lealtad hacia su persona). Si el personaje de Tito lo encontrábamos algo pusilánime, Bayaceto es el paradigma de la pusilanimidad y pasividad en contraste con la agresiva Roxane. Finalmente, Orcán, siguiendo órdenes secretas del Sultán, asesina a Roxana cuando Bayaceto ya habia sido ejecutado a pesar de los esfuerzos del visir, de Osmín, y de sus hombres de confianza, para salvarlo. La conspiración de Acomat fracasa y Atalida se suicida.
Racine en su prefacio de la obra, alude a las violentas pasiones de los turcos y su poca consideración por la vida, pero también, lo atados que en ocasiones estaban por los lazos de amistad, para ello hace referencia a uno de los hijos de Solimán. Se considera más un drama trágico, por el dilema de consecuencias desastrosas, y no tragedia en sí, por la falta de duda trágica. En ‘Bajazet’, el desasosiego viene al intentar aunar identidad y alteridad. Se enmascara la inseguridad de la propia personalidad.
Es, por tanto en resumen, una tragedia de amores, intrigas políticas, y muerte como consecuencia fallida de lo anterior.
Es broma
Ya ves, que no se metan conmigo n_n
Obra que coincidió en el tiempo aproximadamente con la entrada de Racine en la academia francesa.
Ahora, siguiendo en el mundo oriental, pero saltando hacia la antigüedad, la acción se desarrolla en Nimfea, puerto de mar sobre el Bósforo cimerio en el Quersoneso Táurico, al igual que la opera ‘Mitridate Re di Ponto’ de Mozart.
Si Aníbal representó la bestia negra, el enemigo formidable, para la república romana, Mitrídates lo sería para la Roma pre-imperial. Su odio violento contra los romanos y su gran valor lo demuestra. Además nos dice Racine que era un hombre de gran finura y disimulo, y que tenía celos mortales para sus amantes, asimismo dominaba todos los idiomas que se hablaban en sus 22 naciones, nos cuenta Plinio el viejo. Nuestro tragediógrafo nos cuenta además un hecho poco conocido pero que lo asemeja aún más con Aníbal, su determinación de ir a Italia, en palabras de Dión Casio : “Verdaderamente, este hombre nació para emprender grandes acciones…Terminantemente resuelto, aunque su empresa no alcanzara el éxito apetecido, a tener un fin digno de un gran rey y a sepultarse bajo las ruinas de su propio imperio antes que a vivir en la oscuridad y en la bajeza.”.
Racine se basa en las obras ‘Compendio de historia romana’ de Floro; ’Vidas de Lúculo, Sila y Pompeyo’ de Plutarco; ‘Historia romana’ de Dion Casio; y dentro de ‘Historia romana’ de Apiano en ‘Guerra de Mitrídates’. De todos estos, es Apiano el que más detalla y señala como Farnaces, uno de los hijos del rey persa-greco-macedonio, hizo sublevar a todo el ejército con la excusa de que la empresa de Mitrídates era una desesperada e irreflexiva forma de perecer gloriosamente. A este menester, hemos de recordar también, que las derrotas de Mitrídates, rey del ponto, supusieron la gloria para Roma y sus tres mejores capitanes del momento : Sila, Lúculo y Pompeyo.
Adentrándonos en la obra en sí, esta comienza con la propagación del infundio sobre la muerte de Mitrídates. Sus hijos Xipharès y Pharnace se disputarán su doble herencia, política al frente del ponto y amorosa, pues ambos aman a la prometida de su padre, Mónime, una griega de gran belleza. Estamos ante un complejo de Edipo por parte de ambos, solo que en Xipharès recaería la presión trágica al aunarse en él, a la vez, pleitesía y sincero amor filial con amor prohibido por su madrastra, pero la obediencia es tan intensa que el otro extremo de la duda trágica queda anulado desde el comienzo, supeditado a un único deber a su padre y Rey. El caso de Pharnace es el de un oportunista usurpador.
Xipharès es el prototipo de hijo ejemplar, imagen, extensión y continuación del padre y de sus aspiraciones, enemigo acérrimo de los romanos. Según algunos historiadores, Estratonice, la madre de Xipharès, entregó una plaza de Mitrídates y sus tesoros a Pompeyo, por cuya razón, Mitrídates se vengó de la madre matando al hijo. En nuestra tragedia Mitrídates no mata a Xipharès sino que es este último, indignado por la traición de la madre, quien recupera de los romanos la plaza entregada :
“XIFARES : …Fue con ocasión tan odiosa cuando mi madre atendió las ofertas de los romanos, y bien para vengar su fe humillada por este himeneo o para procurarme el favor de Pompeyo, traicionó a mi padre y entregó a los romanos…sólo tuve en cuenta la ofensa a él infringida. Ataqué a los romanos, y mi madre, desolada, me vio volver a tomar la plaza entregada. El Euxino fue liberado…todos reconocieron a mi padre, y sus afortunadas naves sólo tuvieron por enemigos a los vientos y las aguas.”
Pharnace, por lo contrario, es el hijo traidor que está dispuesto a negociar con los romanos para conseguir todo el poder para él, además de robarle a su padre el amor de Monime. Sería un personaje parecido a Taxiles, ya que antepone sus ambiciones personales a, en teoría, la actitud más regia y responsable de defender su patria del invasor (actitud paradójica que el personaje de Alejandro Magno tenía en alta estima, aún siendo él el invasor – valores sobre la virtud de los guerreros que por otro lado considero innecesario de explicar por ser algo tan obvio y sobradamente conocido al abundar en la literatura desde Homero hasta los ciclos épicos medievales).
Varios fragmentos de Xipharès que expresan parte de todo lo dicho anteriormente : “No lo dudes, Arbates. Farnaces es romano de corazón desde hace bastante tiempo y ahora espera todo de Roma y del vencedor. Y yo, más fiel que nunca a mi padre, sigo conservando odio perpetuo a los romanos. Sin embargo, ni mi odio ni sus pretensiones constituyen el principal motivo de nuestra enemistad…Esa hermosa Mónima, que suscitó los deseos del rey nuestro padre, y de la que Farnaces, por su parte, se enamoró…Este amor ha madurado [ahora se refiere en él, en Xipharès] mucho tiempo en el silencio. ¿Qué me puede impedir desahogarme contigo, contarte su violencia, mis primeros suspiros, mis últimos enojos?...Así como mi amor respetó el poderío de un padre al que profesé devoción desde la infancia, también ese mismo amor, ahora rebelde, desafía la autoridad de este nuevo rival [su hermanastro]…”
A pesar de que parezca que el personaje en discordia, el personaje hostil, en la obra sea Farnaces, suponemos que se trata más de una tragedia de la obediencia ciega al omnímodo poder real (encarnado en Mitrídates) por parte de Monime y sobretodo Xipharès (cuando este poder se convierte en algo petulante, avasallador y opresivo). Ambos están encadenados a él, y a ninguno se le permite ni de pensamiento sacudirse el yugo del servilismo exagerado. Ambos sacrifican incluso sus sentimientos a este.
Observamos cierta mínima angustia trágica en Mitrídates que, al descubrir que a pesar de su extrema obediencia Xipharès ama a Monime, duda entre eliminarlo o preservarlo como continuador de su venganza contra Roma :
“MITRÍDATES : …¿Qué es lo que estoy diciendo? ¿A quién vas a sacrificar tú, desgraciado? ¡A tu hijo! ¿Un hijo al que Roma teme y que puede vengar a su padre? ¡Ah! En el funesto estado en que mi caída me ha sumido…Pensemos más bien en merecer su ternura…¿Acaso no he castigado menores perfidias?...¿Por dónde debo salir de esta fatal inquietud?”
En el apoteósico final de Mitrídates está el tono heroico y de honor de esta tragedia, expresando este su gloriosa e inminente muerte (con la misma intensidad que Aníbal juró odio eterno a los romanos) como consecuencia de las heridas fatales fruto del desesperado y vengativo ataque suicida (aniquilando en el campo de batalla el máximo posible de romanos aliados con Farnaces). Como en las obras artísticas del barroco en que todos los elementos se subordinan a uno solo, en ‘Mithridate’ no hay incompatibilidad, oposición, discrepancia, etc…por lo que en el apartado psicológico queda como una obra insulsa. Obra, por lo tanto, más épica y heroica que trágica, como se percibe en el advenimiento glorioso de un Mitrídates agónico al final.
Irónicamente Mitrídates, durante toda la obra, no hace más que acusar la tiranía de los romanos, cuando en la obra el único tirano que hay es él. Para más inri las palabras de Monima al final que seguro tienen la intención de ser sarcásticas : “Vivid, señor, vivid para felicidad del mundo y para su libertad, que sólo se funda sobre vos…”.
Quizá, contradictoriamente, haya en ‘Mithridate’ mucho de halago real hacia Luis XIV como en ‘Alexandre le Grand’.
Por cierto, no me he leído el Mitrídates.... pero su historia sin duda me parece fabulosa XD especialmente la parte de acostumbrarse al veneno... yo creo que lo conocí al hablar de catarsis en una clase...
Por cierto en este foro no se trata mucho sobre tragedias antiguas o recreaciones modernas, ¿no? Quizá no es un tema muy extendido hoy día que la mayoría leen cosas de su época o como mucho de uno o dos siglos antes, y que abundan los poetas, escritores, etc... Los clásicos (en su sentido estricto que lo circunscribe a la antigüedad grecorromana) están bastante desplazados, al menos en comparación con otras épocas como la de Racine, por ejemplo, o siglos como el XVII, XVIII, o hasta el XIX cuando aún se leían bastantes clásicos o revivals.
1. Sí las unidades reinarán por mucho tiempo, aún ahora hacen eco... y eso que ni siquiera son obra de Aristóteles ¬¬
2. los franceses del periodo de Racine están particularmente traumados con eso... y en general.... no te has leído alguna obra neoclásica española?? es el trauma máximo con las unidades XD
3. Sí, los clásicos son muchos y poco leídos. Pero creo que da igual si haces algún tema, tú lo que quieres es que tu tema tenga 500 respuestas de doctos en el tema u_u y desprecias a los que te leemos con algo de emoción...
¿Leerme a mi que no soy escritor? Hombre hago el resumen/análisis para que lo lean si quieren (el que conozca el tema de sobras quizá no necesita leerlo), pero sobre todo para que los demás opinen, para generar una especie de agón sobre tal autor o periodo literario, para generar una especie, si quieren ya que estamos con los clásicos, de dialéctica o mayeutica o algo así. Como se suele decir en estos contextos : 'Yo he venido a hablar de mi libro...'
¿Sino para que entro en el foro si no es para hablar, dialogar, opinar, etc... sobre un tema que me interesa o encuentro interesante? Los griegos hablaban y dialogaban mucho y de ahí surgió la filosofía. ¿De que sirve que los que nos gusta leer, leamos muchos libros y asimilemos sus contenidos interesantes, si no podemos contrastar, debatir, compartir, etc... nuestras experiencias y conocimientos con otros? Por ejemplo, ¿De que sirve que los aficionados al futbol lo vean cada uno en su casa, pero después no puedan comentar nada sobre ello en las calles, bares, cafeterías, oficinas o puestos de trabajo en general? Cada uno tiene su opinión, visión sobre el mundo, etc... muy respetable, pero de nada sirve si se la calla. El mundo es perpetuo cambio y evolución, y si no hubiesemos dialogado, la civilización no existiría como tal.
Si son doctos, el debate a veces se hace más interesante, pero todas las opiniones cuentan y son respetables.