La luna destella desde lo alto del oscuro celeste. Sentado en una vieja y deteriorada silla de madera, hecha por las manos de mi querido abuelo, me percato que la hora del pensamiento ha llegado. Grande pedazo de roca con cráteres recibe alabanzas de mi parte, sus compañeros recelan haciéndome saber que están allí al igual que ella, chispas de luces me indican más de un lugar a donde ir.
La anciana amargada grita mi nombre desde el horno; mi ayuda le es muy útil en la preparación de los panes, aunque noche tras noche, mis ganas por ir desaparecen..., como deseo no ir. La puerta abre, la bandeja ardiente de metal permite que el humo baile sobre ella; allí están, las dos cosas visibles cada noche al entrar: los panes quemados y el regaño constante por mi retraso.
La sangre que corre por nuestras venas es distinta, no debería estar aquí, no debería ayudarla. A toda velocidad, pedaleando con mis delgadas piernas, llevo los panes crujientes y con un buen olor a las casas del pueblo. Los vecinos ojeaban con gula por lo que tanto habían esperado, mi aspecto demacrado no les interesa; monedas de plata me son dadas a cambio, mayoria de ellas propiedad de la anciana, unas cuantas, bajo mi colchón, el ciclo de nunca acabar nocturno.
La noche continúa, los rostros de las últimas casas cada vez son más arrugados, se quejan de mi retraso; lo que ignoran, es que lo minutos soñando con mi libertad pasan volando. Con una de mis pocas monedas toco la reja metálica del portón, una sonriente mirada me da la bienvenida; que extraño... esto no es parte de mi vida. Mi nombre pregunta, mis labios tardan en responderle; sus brazos cogen los panes, los míos tiemblan sin parar; una sonrisa alegre me regala, sin saber que hacer ante la novedad sus ojos me quedo mirando; la brisa me permite oler el aroma de su cabello, ella huele el cansancio de mi labor; ella sabe lo que siento, yo desconozco lo que piensa.
Mis disculpas, le dije, pasaré por esta casa de primero el resto de las noches, dedicaré más tiempo a observar tu cabello rojizo y tu clara piel, que el contemplar las luces de la noche, hoy conocí un lugar a donde ir, siempre tan cerca de mí y yo... ignorante del todo.
Huerfano, trabajando al igual que mi abuelo, sé varios lugares a donde poder ir, lo supe al darle un mordisco al pan, gratificante sabor... gratificante sabor.
Comentarios
¿Sabes? Me ha parecido emocionante, el calor de un abuelo es inmenso y muy sentimental el perpetuar las viejas tradiciones familiares.
Imprimes musicalidad al texto por cuanto dejas para el final de la oración los verbos. Pero, aunque llama la atención, pues abusas de ello, no me ha parecido en absoluto pesado al leerlo.
Creo que es un texto hermoso y muy cuidado.
Un cordial saludo.
Un abrazo
Saludos.