Disparaba sus incisivos contra la yugular. El sexo con aquella, era la mayor alienación conocida por mí. Innecesario, seguía mi sangre completando su círculo. Hasta nocivo. Tras el cruce violento de los cuerpos, el repudio de mirar esos ojos que habían visto más de lo visible, mis vergüenzas. Imposible, imposible sin embargo era el ateismo hacia aquella olímpica sarracena. Un puñado de monedas en St. Dyffuon, localidad francesa donde en la última altura de los edificios el acero y la gárgola sobrepasa a la lluvia. Eso estipulaba por los ejercicios sexuales que, aunque poco pulcros, eran hechos con entrega. Era precisamente esa sumisión desmedida a la fusta el motivo también de mi repudio. Comprender que frente a sus ojos pálidos de teatro puse los míos con una súplica por un afecto cualquiera, mi más sincera vergüenza, el necesitar. Continuar deduciendo que había dado a conocer lo más profundo, el ano del alma, a un artífice, cómplice costeado, de tareas maritales hizo que tuviese que vengar mi confesión. Esto lo resolvía al atravesar los Arcos y las Verjas de St. Claghette, cuando a sus pétreas estatuas de mármol las embrutecía la luna. Así se producía un triángulo equilátero de necesidad – obnubilación – venganza del cual participaba a diario en sus tres segmentos.
Todavía es hoy cuando me vence el ánimo la añoranza de observar la elipse que de esos labios salmón de su entrepierna abría con sus dos índices hacía mi. A pesar de que negaras mi consciencia, o incluso a mi persona, hubiera habido mayor felicidad en conservarte. En conservar esa elipse abierta emanando la miasma de mierda milenaria de todo lo terreno, turbado por orines, que les restaba a los ángeles asexuados. Aunque por aquel entonces no tuve otra opción que trazar con la mayor alevosía tu muerte. Era un sudario del ánimo el acariciarte como un arquitecto a una ruina Griega, con deseos de haberte sometido a mi creación, a mi mano, a mi definición. Y créeme Clarise, que pude definirte tan solo con la muerte.
Hice llamar a la mujer para que trajera sus posaderas a mi carroza y, allí, sobre la tapicería de cuero y arabesco, sentenciar al cubil de mis repetidas confesiones. Entro con su carne cortada por un tono avinagrado, con el sol alto y dilatante castigándole la nuca. Se sentó del modo más formal que su educación le había permitido. Resolví que un homicidio limpio no concluiría de un modo sucinto mi problema ya que no podría luego alimentar la necesidad de su carne. Sus pechos, cuando el corsé y los brazos los aprietan subrayaban sus volúmenes. El carruaje se dirigió hacia el linde de una agrupación lanuda de bosques franceses donde el peso del silencio aplasta toda conversación posible. La joven, muda, semeja igual de resulta y dispuesta que veces anteriores y toquetea impaciente su mentón con las uñas. El modo de finalizarlo no sería otro que el de ejecutarla en el acto mismo, en la metafísica del triángulo, para, así y no de otra forma, provocar la cerrazón de la razón de mi turba. Al cabo de un rato yacen en un compartido montón, mi jubón con su corsé y nuestros paños menores ungidos en flujo con una levedad de té. Nos tocamos, sobrevolamos la materia física del otro, pretendiéndonos y buscando nuestro centro. Con primor, me reclino en el asiento y la obligo a situarse encima, y perjuro que hubiese podido, de la dilatación, escupir un huevo sin forzarse. Clarise posaba sus dos manos en mis hombres dejando el centro del pecho al descubierto mientras que, por otra parte, sus ojos castaños, puestos boca arriba de placer, omitían el atender al arma (En mitad de aquel simulacro de la procreación tomé de la guantera del asiento un puñal argentado y curvo, la potencia del hierro con la finura de una pestaña). Alcé el brazo y abrí hacia atrás la muñeca, tracé la curvatura de una media luna en el movimiento de coger impulso.
Me excuso alegando que el causante fue la propia Francia, esa hermética escatología de nombres. Los suburbios parisinos se nutrían de marinos ebrios con brazos gruesos y la sonrisa trocada por la contradicción estética del último escorbuto. Su adoquinado se ennegrece por el cansancio de la pisada descalza. En el aire se esparce un dióxido acatarrado por cada palabra pronunciada en su aglomerado sitio. Fue, tras el análisis de esta atmósfera descompuesta cuando opté por la posibilidad del asesinato.
Digo también, que no es hoy día por su entrepierna, siempre ofrecida en sucia ropa interior en lugar de en bandeja de plata, por lo que la añoranza es causa de una, quizás grave, trascendental pesadumbre, ni siquiera por ese desprender un olor desmadejado a queso fuerte de su sexo y su ano todavía jóvenes que se volvían sugerencia pura. Fue ya en el momento en que tenía tres surcos, el último aun espaciado con el quieto acero del puñal, y su rostro se copaba de una ensombrecer violáceo cuando me cercioré. Al observarla de hito en hito supe que, lejos de cualquier carácter histriónico, sus ojos, como los míos, reposaba una súplica por un afecto cualquiera, nuestra más sincera vergüenza, el necesitar. Comencé a sentir flaquear a mi espíritu cuando ya los pájaros azules de un frío para siempre se habían posado en los labios que me habían amado.
Comentarios
Este es el mejor cuento que he leido tuyo.
Lo unico que cambiaria es el titulo, que me parece revelador.
un abrazo y mi voto,