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A paso firme rompe la ruta del voyeur que la rastrea. Sus pechos son de un moreno sarraceno fantástico que le superlativizan el glande que asciende. Son cortados de vinagre por el sol alto y dilatante de hierros, también apretados entre los brazos, que subrayan sus volúmenes. Yo, voyeur, la sigo cinco calles antes de certificarla imposible:
Sube en una motocicleta y sale con sus 15 años, que caben en un bolso de mano, ignorando el código de colores de los semáforos. A pocos metros, tras un vuelo de falda color fruta madura, gira el manillar aunque la embestida de una furgoneta tartamuda es inevitable. La colisión deja una carretera desordenada de peatones y a la muchachas con una abstracción de sangre y hueso roto sobre el arcén. la motocicleta mordida bajo las ruedas del otro vehículo mantuvo el motor encendido más que la muchacha en activo sus pulmones de fresa. En una brevedad increíble de tiempo al cadáver los transporta una ambulancia a la sillita de la reina hasta la clínica.
El forense que la examina con frialdad ya sabe que los rectos encierran miasmas de mierda milenarias y la desatiende un rato. Ella sube en un vapor de espíritu rosa salmón desde la camilla metálica en ese instante. Sufre los tribunales morales que los teólogos le atribuyen a San pedro a su llegada al palacete celeste.
Dios, en su breve poderío, puede destruir los móviles pecados de su huerta prolífera, de su propia cosecha de una semana de génesis. Dios, a pesar de su empeño, jamás podrá aniquilar de golpe lo que el hombre a erigido en millones de años. Dios, te pudo la pereza de no ejecutarnos uno por uno cuando gobernábamos tan solo una de las cuatro esquinas del universo
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