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La viajera (parte II)

acortescacaballeroacortescacaballero Anónimo s.XI
editado septiembre 2011 en Ciencia Ficción
En un instante de confusión y pánico vio como se alejaba flotando de la nave y no parecía haber nada que pudiera evitarlo.
Unos centímetros a su derecha vio algo.
Uno de los cables de arrastre – pensó, mientras abría los brazos con furia tratando de alcanzarlo, con su mano derecha consiguió agarrar con fuerza el cable aunque siguió alejándose mientras se desenrollaba.
Los segundos se le hicieron eternos hasta que el cable se tensó y notó un fortísimo tirón al que se aferró con toda su alma.
La inercia de su impulso hizo que comenzara a orbitar agarrada al cable, alrededor de la nave.
Poco a poco consiguió controlar el movimiento y ayudándose con el estabilizador y el cable del que tiraba consiguió avanzar hacia la nave centímetro a centímetro.
Notaba la frente húmeda y fría debido al sudor que el acondicionador del traje había enfriado. Tenía los dientes apretados y resoplaba fruto del esfuerzo, pero lo consiguió, estaba a salvo, agarrada de nuevo a la solidez de la nave que avanzaba cómo si nada hubiese sucedido.
¿Qué diantres había pasado?
Si una partícula espacial hubiera impactado contra su traje ahora tendría en la espalda un agujero del tamaño de una pelota de spaceball , no, eso quedaba descartado.
- Diana. – dijo - ¿has registrado eso?
Si te refieres a si he visto como dabas vueltas y te alejabas de mí, sí, lo he registrado.
- ¿Qué ha ocurrido? – preguntó.
Un objeto desconocido te ha golpeado.
- ¿Desconocido? ¿No has identificado su naturaleza?
No.
Tamara esperó a que Diana aventurara alguna hipótesis pero el silencio se alargó durante unos segundos.
- ¿Diana? – una idea irracional y estúpida comenzó a germinar en su cerebro.
¿Sí?
- ¿Estás enfadada conmigo?
Sabes que es absolutamente imposible que un sistema de Inteligencia Artificial demuestre sentimiento humano alguno.
- Ya lo sé. No obstante... – dijo Tamara mientras se impulsaba al interior de la nave – ¿estás molesta? ¿sientes que no debes hablar conmigo?
No. Me limito a cumplir tus órdenes, me dijiste literalmente que no me comunicara contigo a no ser que fuera imprescindible.
Jodida computadora pensó Tamara mientras se introducía en el vestidor para quitarse el traje.
Cuando entró en la cabina de control de la nave, tenía el ceño fruncido y no paraba de darle vueltas a lo sucedido. Revisó los datos de registro de imágenes exteriores, no se apreciaba nada más que un extraño brillo que impactaba contra el traje provocando el accidente. Vio el video varias veces pero no llegó a ninguna conclusión y para colmo la nave se mostraba hosca con ella.
Fantástico.
El resto de la jornada transcurrió como siempre, rutinariamente fueron cumpliéndose los pequeños hitos marcados y las tareas se completaron, aunque la escotilla R7 estaba limpia sólo a medias.
Pasaría un tiempo antes de que volviera a salir a dar un paseo.
Bostezó y se dispuso a acomodarse en la hamaca, leer un poco y dormir. Se quitó el uniforme rojo y se quedó en ropa interior, cogió una pequeña pantalla y se tumbó boca arriba. Estaba cansada de releer las Memorias de Alburia así que comenzó una nueva novela, algo ligera y trivial escrita por un joven autor desconocido para ella. La trama resultó aburrida y previsible y a los pocos minutos se quedó dormida con el visor sobre su pecho y comenzó a soñar.
Durante ciclos, se han producido encendidos debates metafísicos acerca de la existencia del alma de los clones, hay eruditos que asocian la capacidad de soñar que todos acaban desarrollando como una prueba ineludible de que tienen alma, otros sin embargo abogan por que son seres sin alma situados en escalones espirituales evolutivos inferiores, casi a la altura de los animales. Inmune a estas discusiones, Tamara se sumergió en el mundo de los sueños como lo hacían todos los seres humanos desde que los dioses los diferenciaron de los simios, otorgándoles un alma inmortal.
Se encontraba en un prado, o al menos lo que ella imaginaba por sus lecturas que era un prado, pues jamás había visto uno, desnuda, sentada con las piernas cruzadas y los ojos cerrados. Sentía la suave brisa primaveral como una caricia por todo su cuerpo, podía oler el aroma de los jazmines y las rosas, escuchaba el transcurrir tranquilo de un arrollo cercano y cada vez se sentía más feliz. Sentía que aunque era ella, un matiz diferente en su ser le decía contradictoriamente que lo que estaba sintiendo era la vivencia de otra persona, de una mujer humana, nacida del vientre de una madre.
En su sueño Tamara recordaba los momentos felices de una infancia que no podía ser la suya – inexistente - y notaba lágrimas de añoranza resbalar por sus mejillas.
Abre los ojos le dijo la voz de su madre en su mente.
No lo haré, porque los abriré y despertaré y no estaré en este prado, recordándote.
Siempre fuiste una niña testaruda.
Tamara sonrió en su sueño y en su hamaca.
Te quiero, mamá.
Yo también te quiero, hija mía.

Abrió los ojos y comprendió que aunque era una clon más en una serie de ciento cincuenta, con micro-implantes de adn, condicionamiento prenatal genético, filtrado de estímulos y potenciadores de hormonas y enzimas para prolongarle la vida durante siglos, ella era especial.
Era única.
Sintió el latido acompasado de su corazón con infinita tristeza y supo que en algún lugar del Universo otro latido gemelo bombeaba la vida en el cuerpo de una mujer idéntica a ella con la que compartía un trozo de alma.
Podría decirse que Tamara era una copia muy especial de aquella mujer original que, y lo supo con certeza, también había soñado – recordado – aquel prado.
¿Qué me está pasando?
Llevaba casi quince ciclos viviendo, y de ellos, dos, viajando por el espacio en aquel artefacto tubular y angosto hecho de bio-plástico y metal. En todo aquel tiempo se había enfrentado a violentas lluvias de meteoros, averías que la habían desviado de su rumbo millones de millas o que habían puesto en peligro su vida o la misión, pero nunca se había sentido tan sola ni tan desdichada.
Se preguntó si no se trataría de una avería en su propio sistema biónico. Tal vez incluso aquella sensación de melancolía estaba relacionada con la extraña actitud de Diana.
Giró la cabeza y miró el panel de control de la nave, sólo había dormido dos horas pero no tenía ganas de volver a hacerlo. Se levantó de un salto y se sentó frente al monitor del panel. Tecleó algunas frases inconexas sin propósito alguno:
Nostalgia, avería, clon, tristeza, sueños, madre, nave.
El cursor parpadeaba impaciente.
(continuará)
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