hoola de nuevo, aquí otro relato

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Hoy, un día 17 de agosto, Yo, el vendedor M, recibió un nuevo encargo por un cliente peculiar, un hombre alto, de gruesos bigotes y poca cabellera, con brazos velludos y una mirada de amargura. Muchos se preguntarán ¿Quién es el vendedor M? La respuesta yace oculta en una de nuestras experiencias pasadas, como podrán recordar, recibí por encargo una foto de una familia compartiendo al aire libre, las nubes reinaban en el cielo de aquella foto. Me aventuré a una casa, donde, habían espejos y polvo en gran cantidad, una ama de casa viviendo junto a su esposo y sus dos hijos; ellos, pudieron ver el reflejo de fragmentos de su ser en las nubes. En la experiencia pasada jamás tuve tiempo de revelarles mi autentico nombre (o simplemente en ningún momento brotó la minima intención de ello). Por lo tanto, en estos minutos del tiempo eterno, les daré la oportunidad de llamarme… el vendedor M.
Pero dejando al pasado atrás, tal como siempre ha tenido que hacerse, este hombre orgulloso de su gran fuerza física, me encargó conseguirle cerezas de un árbol, que vivía en la cumbre de una de las montañas olvidadas de la ciudad. Según los rumores de mi cliente, el sabor de estos frutos era exquisito y divino, como si hubieran sido plantados en otro mundo. Lo curioso de la información, era que dicho árbol, pasaba por sus últimas estaciones de vida; sus hojas al pasar de los años terminaron abandonándolo; las ramas perdieron la fuerza de la juventud, por lo que, en lugar de ascender simplemente colgaban; el color cálido de su madera terminó pudriéndose junto con su agradable aroma; y por último, sus cerezas, se vieron forzadas a seguir el mismo camino que sus amigos, totalmente arrugadas, negras y en mal estado, provocaba náuseas a todo a quién las observase y pensase en comerlas. No pude evitar sorprenderme con este detalle, así, que pensé: ¿por qué un hombre tan fuerte como este, que le convenía seguir consumiendo carne y más proteínas para nutrir su fuerza, se vería interesado en comer cerezas podridas? (continuo pensando) ¿acaso aquellos frutos son la clave, de un poder misterioso, que un hombre con gruesas manos, necesitaría la ayuda de un hombre de estatura promedio y físico, por así llamarlo, natural, para adquirirlos? Vaya que son dos incógnitas sumamente irónicas, pero siempre existe una razón para las cosas, y en hallarla era mi trabajo. Para esto me pagaban, y una vez le entregase los cochinos frutos, ya conocería el verdadero motivo de este ser, o, el verdadero poder de las cerezas. Además, cabe mencionar, que la montaña canela era una de las más solitarias de la ciudad, un lugar como aquel, debe estar lleno de ladrones o tal vez serpientes, dicho hombre sin confiar en su fuerza y siendo un total cobarde, tal vez prefirió pagarle a un extraño (a mi, el vendedor M) para conseguirle los frutos del árbol, en lugar de el mismo arriesgarse. Y a pesar de todo… aceptaría y sin protestas el trabajo, al fin de cuentas, ganaría algo de dinero y sabría, como unos frutos resecos y viejos, podían provenir de otro mundo en el sentido gustativo.
Justo cuando el hombre se disponía tras haber aceptado el trabajo, a darme la mano, me percaté que su brazo izquierdo tenía en lugar de tatuajes, cicatrices y varios rasguños, le pregunté acerca de ello, su respuesta fue rápida, como si hubiera practicado la mentira para que sonara a verdad en el momento exacto: “el trabajo de un carpintero es muy duro” y ustedes dirán es cierto, no lo niego, pero si hay algo en que soy bueno, a parte de mi trabajo, es en reconocer inmediatamente una mentira. Sin darle mayor importancia decidí ponerme manos a la obra, claro está, una vez con los frutos en mi poder, me pondré en contacto nuevamente, con el hombre y su aparente fuerza.
Al dirigirme a la montaña, mi primer gran esfuerzo fue subir los cientos de escalones, hasta un punto en la altura de la misma, era de día y el viento soplaba fuertemente, varias hojas verdosas me impidieron ver el siguiente escalón, me rodeaban totalmente mientras viajaban por el aire. A medida que iba subiendo el aliento me comenzaba a faltar más y más… “Al menos no hay señal de serpientes” pensé. Me era casi imposible no darme cuenta de la soledad de la montaña, ninguna voz se escuchaba y ningún otro hombre bajaba las extensas escaleras. Al llegar al ultimo escalón me encontré en el camino de una pequeña anciana, con los ojos totalmente cerrados, confiando fielmente en sus instintos y en sus débiles pies, le pregunté acerca de la ubicación de un árbol de cerezas, pero siguió a bajar las escaleras por donde vine sin responder a la pregunta. “Que extraño” pensé nuevamente. El sol comenzó a danzar con más fuerza, el calor rápidamente recorrió todo mi cuerpo, obligándome a… quitarme el sombrero. Sinceramente los árboles de la montaña estaban llenos de vida, había dos caminos que escoger, el intenso color de sus hojas hacía las dos rutas muy semejantes entre sí, decidí, tomar el camino de la izquierda, haciéndole honor a mi buen brazo zurdo. El silencio era total, llegué a dar 1000 pasos y sin querer perdí la cuenta, así como también, era ignorante del tiempo que había transcurrido desde mi llegada; dejé de preocuparme por los posibles ladrones o serpientes, el lugar emitía un ambiente relajante, sagrado, fuera de todo mal humano. La última idea tuvo un efecto alarmante en mi “¿y si el mal puro y verdadero yacía oculto en esta montaña?”, sería peligroso pensar en ello, inmediatamente preferí temerle a las serpientes, consideraba mejor escapar de ellas, a que huir de un espectro o demonio.
Nuevamente tuve un encuentro agradable con otra escalera, pero de pronto, un sonido peculiar alivió el interior de mi alma ¡el sonido de niños al jugar! Pensé “¿qué hacen unos niños jugando en la montaña canela, una de las mas solitarias de la ciudad?”. Tal vez en cierta zonas de la ciudad, a los niños les resultaba divertido, un reto total, subir a una montaña olvidada y recorrer a gritos su interior. A los jóvenes, les resultaría un reto, subir la montaña a media noche, a recorrerla totalmente, a beberse unos cuantos tragos, a tener relaciones sexuales o simplemente jugar a las escondidas, la última opción era poco confiable. Una niña perseguía a un niño por los árboles, se perdían mientras se aventuraban por las varas de bambú, intenté llamar a uno de ellos, pero, nuevamente fui ignorado, ¡vaya! Noté en el suelo un viejo carrito de juguete de color rojo que estaba en perfecto estado, los niños debían ser muy cuidadosos con sus pertenencias, por lo que su condición económica no debería ser muy estable, o la condición personal de sus padres era muy holgada. Sin darme cuenta, uno de los niños tomó de mi brazo y me exigió el carrito de vuelta, les pregunté acerca de la ubicación de un árbol de cerezas, el niño insistía en recuperar su juguete sin responder a mi pregunta, así que antes de llamar la atención negativamente de alguien (si es que hubiera otra alma), le devolví por lo que luchaba. La pequeña corrió gritándome que la siguiera, finalmente, una persona me mostraría el camino correcto.
Siguiendo a los pequeños fui a parar a una especie de templo, el único de la montaña, parecía una imitación perfecta de las casas japonesas ¡que sorpresa, pregunté por un árbol, no por esto! Disculpen mi mal humor, el calor era severo, por lo que me concentraba en continuar el camino con menos pensamientos. Los niños deslizaron la puerta como si fuera una ventana, un hombre humilde, quizás un buen padre, con una camiseta blanca, los abrazó por sorpresa dándole las bienvenidas. No pasaron ni 10 segundos antes de percatarse de la presencia de un extraño (la mía) tuvimos las más cordiales presentaciones, no estaba en confianza el preguntarle acerca de la casa. El generoso hombre me invitó a pasar, el hogar era sorpresivamente relajante y sin polvo. Me senté a tomar algo de té en una sencilla taza, por esta zona era raro tener algún visitante de esta familia. A su mujer le parecía un hombre de confianza mientras bebía mi té, los niños me veían con curiosos ojos y a mi té, el hombre esperaba un buen comentario acerca de la perfecta elaboración del té; caliente con buen olor y sabor, disfruté cada sorbo del té. Dejando del té a un lado, tocamos el tema laboral, el hombre trabaja en una empresa al centro de la ciudad, la mujer era profesora de una respetable universidad, y yo, un venerable vendedor a domicilio, en busca de un encargo, de ganarme el pan de cada día. Les pregunté donde podría hallar el buen árbol de las cerezas. El esposo me pidió que lo acompañase a caminar por el alrededor, el resto de la familia guardó silencio, al menos, hasta que la pequeña bebe estalló en llanto e inmediatamente la madre trató de calmarla.
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De regreso y tras mi fracaso laboral, me topé con la misma anciana en la escalera principal, abrió sus ojos sorpresivamente al verme llevar las cerezas en mi mano, inmediatamente intentó detenerme y comenzó a llamarme ladrón ¡nadie roba cerezas del árbol familiar! Me tomó varios minutos el tratar de calmarla, un esfuerzo físico para un hombre tan débil como yo (el vendedor M). Exhausto, me senté luego en unos de los escalones a respirar profundamente, la anciana cogió las cerezas y pensaba en seguir su rumbo, pero tras subir un par de escalones, regresó y en ninguno de los siguientes segundos quitó su fija mirada en mi persona. Pensé: “¡vaya! Si protege a los frutos del árbol es porque conoce su pasado y los valiosos que son, esta es mi oportunidad de encontrar aquella razón, y no fracasar en esta entrega. Le pedí el dulce favor de contarme la historia del árbol. No confiaba en mis palabras, pero tras una fría sonrisa se mostró complacida en,… contarme al menos una parte de la misma.
Generación tras generación, el árbol fue bendecido por un Dios, en honor a una respetable familia, en recompensa de su arduo trabajo. Jamás se verían en la situación de no poder abastecerse, nunca tendrían que pasar por las temibles horas de hambrunas, y sus frutos continuarían siendo ricos y placenteros para toda la eternidad, sin importar lo deteriorado del árbol. La madera al igual que los frutos y la montaña, fue bendecida, totalmente resistente a la vejez. Presentó los primeros síntomas del quiebre cien años después, debía transcurrir unos ciento cincuenta años para alcanzar a ser lo que era hoy en día 17 de agosto. Pero las cerezas pararon de crecer, el Dios ya no recibía la misma cantidad de rezos, la montaña con el pasar de los años fue abandonada, el árbol comenzó a dejar pudrir sus frutos, y de esta forma proteger las últimas divinas cerezas, solo aquellos que la bendita madera considerase parte de la familia, podría viajar al paraíso a través de un mordisco producto de su boca. Berardo, un detestable carpintero, quería apoderarse de la valiosa madera, su intervención fue prohibida legalmente, alejando sus asquerosas y sucias manos de los frutos, su único y principal objetivo. La familia solía coger una cereza en cada momento épico de felicidad, pero el árbol parecía tener mente propia, ya no le veían como la misma gente ardua y trabajadora de siglos atrás, cualquiera que el considerase digno de probar sus frutos, formaría parte de la familia de las cerezas. He sido una total idiota, esta fue su decisión, y quise interponerme.
La anciana no paraba de ver las dos cerezas, ¡que hermosas, que color tan vivo! exclamó ella. Me devolvió los frutos y rápidamente subió hasta el último escalón, perdiéndose totalmente de mí vista, mi trabajo estaba hecho, (¡enhorabuena!) ahora conozco la razón, mis pies no respondían, la emoción y la excitación recorrían todo mi cuerpo. “¿yo, el vendedor M, después de la sorprendente historia, de la cual no podía confiar con toda serenidad, le daría los frutos a Berardo? Al fin de cuenta, el dinero es todo lo que importa en un negocio, pensé.
La noche transcurrió, dormí con una gigantesca calma, hice todo lo que tenía que hacer, Berardo me había prometido una buena paga sólo por una cereza podrida, las dos cerezas negras eran testigos de mi tranquilidad, las notaba triste y preocupadas en la mesita de noche, para evitar sus castigo las guardé en uno de los cajones, de esta forma mi dulce sueño continuó. En una conocida plaza de la ciudad, esperaba sentado a Berardo cerca de un poste, las personas pasaban de un lado a otro, ninguna señal del hombre hasta ahora. El más mínimo remordimiento me azotaba, veía a los vendedores de palomitas y de helados logrando una buena clientela, tal vez, gastaría el dinero por las preciadas cerezas en un helado cremoso de vainilla, si eso he de hacer. El clima era agradable, nuevamente el sombrero estaba a mi disposición, sacaba de una bolsita de papel las dos cerezas, sentí una fuerte presencia a mi lado, acompañada de una contundente sentada, Berardo había llegado. ¡Estos son… finalmente! exclamó. De su chaleco extrajo unos cuantos billetes, le interrumpí diciéndole que no era necesario, gracias a el fui capaz de probar unos frutos magníficos ¡mágicos! Y además, sino hubiera aceptado este trabajo jamás hubiese conseguido saborear tal exquisitez, le expliqué, que al primer mordisco una horrible sensación recorrería toda su lengua, pero al segundo la magia sería desatada, invocada sólo para él, y que mejor lugar de vivir este milagro que en el seno de su querido hogar. El hombre se quedó sin palabras, me agradeció profundamente, tras una inocente conversación se retiró a su hogar para probar las cerezas, siguiéndole con la vista, arranqué a correr a más no poder.
Toqué la puerta tres veces (o la ventana, preferí llamarle puerta) el humilde hombre abrió, no esperaba mi regreso, encontrándome totalmente demacrado y agotado. Sin intercambiar palabras, alcé mi mano derecha en frente de él “aquí la tienes, sana y salva, es tuya, el árbol te considera de la familia”, lentamente, muy lentamente, el hombre cogió una cereza totalmente rojiza, llamativa y muy viva, perfecta para cualquier postre. Negué su invitación a pasar, di media vuelta y me alejé del templo. Quería visitar a mi nuevo amigo, me senté en su regazo, sus ramas eran fuertes, su madera resistente y viva, la sombra que creaba era un oasis en el desierto, un refugio total del sol. “vine a hacerte compañía esta tarde, espero no te molestes” le dije, sacando de mi bolsillo la única cereza que me quedaba, la única con la que contaba el permiso de ir al paraíso, la mordí lentamente y aquélla tarde, fui parte de la familia del árbol de cerezas.