Hola me llamo Gabriel, soy nuevo en este foro. Bueno, este es el tercer relato que publico aca. Por favor si tienen alguna observación hacerla de manera objetiva. Espero les guste
En una piscina olímpica, Ángela nadaba en lo más profundo de su interior, sentada en una pequeña silla blanca, mientras observaba el movimiento del agua, esperando el momento exacto para saltar y zambullirse en ella. Se levantó de la silla y caminó hacía el borde de la piscina; Ángela era una chica algo coqueta, apreciaba mucho su ser, por lo que no le quitó su mirada al reflejo de su persona en ningún momento; ojos grises y con un hermoso cabello rubio. La clase de chica con la que muchos hombres desearían pasar el resto de sus vidas (para otros, el resto de la noche). Sin ser una nadadora profesional, se enorgullecía de una muy buena respiración, buena resistencia y velocidad. Siempre solía nadar en las solitarias playas oceánicas, aquéllas donde tendrías que caminar varias horas para recorrerlas completamente. Desde pequeña se interesó por el apreciado deporte, aunque para sus ojos, era mucho más que eso, era su propia forma de vida. Un día, cuando tenía tan solo 7 años de edad, Ángela se aventuró al mar usando un par de flotadores anaranjados en sus brazos, escapándose de la vigilancia de sus descuidados padres, le parecía divertido ver como la costa y el resto de las personas se alejaban cada vez más de ella. Esa visión no le resultaba aterradora gracias al vuelo de las gaviotas que siempre venían a la playa en busca de alimentos; curiosas aves que distraían a la niña que cada vez era más arrastrada al mar abierto, siempre sonriéndole a cada una de ellas mientras descendían al agua y volvían a retomar su vuelo. Las aves dejaron de aparecer, fue en ese momento en que Ángela intentó observar sus pies, y se sorprendió al ver la inmensa e fría oscuridad bajo ella. No hace unos minutos, se podía observar los rayos del sol iluminando el suelo arenoso. La pequeña se desesperó y empezó a pedir ayuda a gritos, todos voltearon a verla e inmediatamente un joven acudió a llevarla nuevamente a la costa. Una vez sana y salva, se le prohibió entrar de nuevo al mar, a pesar de que no llegó a muy hondo y por esta razón un chico inexperto pudo salvarla. La desesperación provino de aquella oscuridad del suelo, que de alguna forma, le había fascinado a Ángela. Tres años después, finalmente volvió a entrar al mar, esta vez era distinta a las demás, sus famosos flotadores anaranjados no la acompañaban. Llevaba consigo unos lentes de agua, estaba decidida a ver nuevamente aquélla oscuridad, aprendió rápidamente a nadar en la orilla de una playa muy frecuentada por los turistas, su aprendizaje fue muy sencillo en comparación con otros nadadores. Nadó y nadó hacía el fondo arenoso, viéndose rodeada de muchas algas marinas, se sentía fascinada por todo lo que veía, pudo conocer a la oscuridad que no hace mucho le aterraba y ahora le resultaba divertida. Hizo muchas amistades durante su recorrido: pescadores, artesanos, vendedores, surfistas, cocineros y entre ellos gente común. En varias oportunidades viajó en yate junto a varias personas en busca de delfines. Fueron horas y horas de búsqueda sin ningún resultado.
Cuando menos lo esperaban, y se mostraban ya agotados bajo el intenso sol, los delfines aparecieron y en un acto impulsivo, Ángela saltó al lado de ellos, sin mostrar temor alguno, compartiendo estos minutos con sus amigos. La joven abrazaba y besaba cariñosamente a uno de los delfines, disfrutando de aquella tarde donde su búsqueda tuvo como resultado unos minutos inolvidables.
Su vida era el mar, el agua no sólo limpiaba su cuerpo sino además su alma. Nunca antes había entrado a bañarse a una piscina; pero en una ocasión, una amiga le dijo que debería mostrar sus habilidades en una piscina olímpica. Sin verse muy interesada en la competencia, ella aceptó. Siempre le resultaba la idea de nadar en una piscina poco llamativa, nadar en un espacio donde el agua no era pura y estaba altamente concentrada en cloro, sin vida, sin peces, sin estrellas de mar; solamente personas, que acudían en grandes cantidades para refrescarse del agotador sol. Su amor por el mar le había creado un cierto repudio por aquellas personas que siempre, cuando se disponían a pasar un buen rato en el agua ensuciaban todo su alrededor con botellas, papeles y todo tipo de basura. Sin embargo, era una buena persona, siempre dispuesta a ayudar a otros, creadora de sonrisas de aquéllos que lloraban horas y horas con los problemas o con una pérdida. Claro todo esto cambiaba cuando se veía delante de malos visitantes. “la piscina debe estar llena de personas como aquéllas”: pensó Ángela. Desde una silla blanca, observaba el movimiento del agua de la piscina, conocería un espacio artificial hecho por el hombre, nada comparado al mar. Tras nadar en lo profundo de sus recuerdos y experiencias, se levantó y caminó al borde de la piscina, vio su hermoso reflejo y se zambulló a conocer aquel tipo de agua.
Ángela emergió de la piscina toda empapada, su amiga le prestó rápidamente uno de sus cómodos paños blancos. ¡Estuvistes espectacular!: gritó su amiga, pero Ángela parecía sorda, no escuchaba ninguna palabra con sus oídos tapados por el agua. Secó de su cuerpo cada gota de agua y le dijo a su amiga: “tienes razón, estuve de maravilla- mirando la piscina con ojos de critica- pero pude haberlo hecho mejor en mis aguas”. El estilo de nado de Ángela impresionó a muchas de las chicas que se encontraban en la piscina en ese momento, les parecía sorprendente como una amiga de ella, traía a una extraña y demostraba nadar mejor que todas ellas. Sin embargo, ella ignoraba todos los elogios, incluso de los jóvenes que no paraban de contemplar su belleza.
Llegó a su humilde morada y empezó a hacer sus maletas, mañana viajaría al pueblo Mármol, un pueblo con grandes tradiciones culturales y festividades. Esta era una oportunidad única, los días festivos se acercaban y no podía perder más tiempo. Este era otro de sus viajes que había planificado desde hace tiempo, siendo ya una joven de veinte años no necesitaría el permiso de sus padres para dejar el estado.
El sol nació por el este anunciando el amanecer, Ángela se encontraba en la puerta de su hogar con las maletas ya hechas. Oscar pasaba casa por casa, arrojando torpemente los periódicos a las puertas desde su oxidada bicicleta, uno de los periódicos cayó sobre los pies de la joven que con un simpático gesto se despidió del humilde y novato trabajador.
En pocas horas, Ángela ya se encontraba sentada en un viejo autobús, recorriendo una extensa carretera, totalmente aislada de la sociedad entre grandes montañas de piedras. El viento soplaba fuertemente en su rostro, permitiéndole oler el dulce aroma de la libertad y la aventura, aroma que siempre fue de inspiración para continuar con sus viajes. Durante el camino, el autobús daba saltos muy bruscos, producto de los innumerables agujeros de la vía, culpa de las personas que no realizaban un eficaz trabajo y dejaban las cosas a medias. La vía a dicho pueblo debía ser reparada cuanto antes: ¿vale la pena recorrer tan penoso camino?, la respuesta era si. El pueblo Mármol era conocido como uno de los más hermosos del estado. Pero a pesar de ello, no era un centro de atracción turística muy visitado; solos aquellos visitantes en busca de novedades ocultas, recorrían este horrible camino y regresaban con altas expectativas; aquéllas que se producen cuando se recorre un camino en búsqueda de algo, de un lugar, de una nueva forma de vivir, de un objetivo u meta. El hecho de que fuera difícil a travesar la carretera de la experiencia, no significaba, que sus esfuerzos no valían la pena y el destino sea pésimo.
El autobús llegó finalmente al pueblo, el chofer despertó a una Ángela sorprendida que se había quedado dormida durante el camino, descendió sobre un suelo casi arenoso y contempló lo que la rodeaba: un pueblo con muchas casas decoradas con colores muy llamativos; calles angostas, en cada esquina estaba situado un farol negro de los tiempos antiguos; gente de color muy oscuro caminando por las aceras, cargando sobre sus cabezas o brazos diversas ofrendas, “ deben ser para el festival”: pensó Ángela. Se veían pocos turistas alrededor, y rápidamente caminó hacia una de las aceras evitando así estorbar en medio de los autobuses en la única y gran calle ancha del pueblo Mármol.
Tras haber conseguido una habitación en una humilde posada, con muchos árboles en su interior y una espectacular vista a la playa, Ángela caminó recorriendo cada una de las calles del pueblo. Era un lugar muy grande, los habitantes se encontraban adornando cada calle con detalles característicos de su cultura. Visitó la principal plaza del pueblo, donde yacían varias estatuas de hombres, llevando trajes llamativos y mascaras de toros. Allí conoció a Rosa, una señora mestiza de unos 35 años de edad, quien le explicó a Ángela como se llevaba a cabo toda la fiesta.
Comentarios
El pueblo se ubicaba rodeado de altas montañas, en su andar pagó por un caballo para recorrer el camino soleado y arenoso. Así comenzó su recorrido, acompañada por un guía y otros tres turistas, su caballo poseía un fino pelaje blanco, alto y sereno. Durante el trayecto, se podía ver otros animales como cabras pastando y zamuros reinando en el cielo. El guía no paraba de silbar una melodía muy conocida en el pueblo, esto relajaba y al mismo tiempo ponía impacientes a los turistas; todos llevando ropa ligera y cómoda, cargando solamente con un pequeño bolso. El sol era intenso, pero del horizonte soplaba constantemente una brisa fuerte y fresca, inspiradora de libertad y con el aroma que tanto Ángela amaba. Después de una hora en caballo, todos los caballos comenzaron a mostrarse indóciles, asustando y preocupando a los tres turistas. El de Ángela era el más veloz, adelantándose a los demás, llegaron finalmente a un tipo de santuario o oasis, no sabía cómo llamarlo ella; donde todos los caballos se detuvieron a beber agua de un río. “Este es el Río de Oro”: dijo el guía. Este es un agradable paseo a caballo, dónde primero ves un paisaje desolado de arena entre montañas, luego recibes el viento fresco y finalmente terminas en un lugar donde un río de maravillosa agua pura yacía, totalmente rodeado de una vegetación verde e insectos.
Las noches en el pueblo Mármol eran muy frías, las iglesias cerraban y los habitantes descansaban (al menos la minoría) y las calles eran tomadas por vendedores de llamativos y simpáticos detalles marinos. Ángela se encontraba totalmente dormida, cuando de pronto se despertó de golpe, tomó un vaso con agua y recordó extrañamente, las palabras de Rosa sobre aquél hombre llamado Julio. No podía explicarse porque recordaba ese pequeño comentario a horas de la noche. Sin prestarle nuevamente mucha atención volvió a su cama, tenía que dormir ya que mañana comenzaría las fiestas en el pueblo.
Sumergida en todos los sonidos que provenían de cada rincón del pueblo. Ángela vivía la experiencia de la emoción, la felicidad y la locura. El desfile había comenzado, muchas personas observaban como hombres con distintos trajes, máscaras, pasos, cantos y saltos caminaban por toda la calle; la gente se mostraba muy emocionada, varios brindaban. Ángela se sintió parte de esta historia, por cada máscara de toro, con sus enormes cuernos, por el respeto y la hospitalidad que le daban estas hermosas personas, que la hacían sentir en casa. Sin poder controlar por más tiempo sus impulsos, acompañó al resto de los pueblerinos en sus danzas, torpemente al inicio, imitando sus movimientos. Pero la música en el aire, en aquella tierra, sólo tenía que dejarla pasar por su cuerpo y moverse al ritmo de sus experiencias, de esta manera, Ángela pasó a ser uno más de la familia junto a los otros turistas. Hombres preocupados por sus formas de ser en la alta sociedad, se libraban de todo pensamiento mientras danzaban, en esta tierra dónde era hora de vivir, podían ser quienes quisieran (o ser como realmente eran). El atardecer llegaba al pueblo Mármol, niños y jóvenes cargaban las ofrendas, entre ellas frutos, desde peras, manzanas, naranjas o uvas; representaciones de personajes conocidos en el pueblo hechos en madera de samán; el sacrificio de un toro (anteriormente al mediodía); agua del Río Oro, de la que bebieron los sedientos caballos, y más ofrendas seguían llegando. Ángela mientras veía las entregas, giró su mirada, y vio Rosa sentada solitariamente en una silla en frente de una casa pintada de rosado. Inmediatamente recordó el nombre del hombre que había mencionado ayer en la conversación. También recordó que en su recorrido por el pueblo, subió una pequeña montaña donde se podía echar un vistazo al mar; varias islas con abundante vegetación, se encontraban cerca de la costa, una más lejos que la otra. A su lado un anciano le comentó: “en la última isla, un ermitaño, que renunció a las tradiciones del pueblo, decidió nunca volver, y hoy en día continúa viviendo allí”, Ángela le preguntó acerca de aquel ermitaño, pero el hombre sencillamente la ignoró y se fue. “No todos son corteses en el pueblo”: pensó ella.
La noche llegaba, una fogata con llamas muy intensas ardía a orillas de la playa, hombres y mujeres de todas las edades bailaban al ritmo de estas llamas, hombres fuertes conservando aún sus máscaras, agarraban dos palos de madera con las puntas prendidas, realizando todo tipo de acrobacia, en la que cualquier error quemaría severamente su cuerpo. El ambiente era de fiesta, Ángela se mostró algo sorprendida, al ver algunas mujeres realizando sensuales movimientos, sin nada que ver con la danza característica. Las horas pasaron y llegó la madrugada, las luces de todas las calles continuaban encendidas, las personas charlaban cómodamente en la entrada de sus pintorescas casas. Ángela mientras volvía a su posada se encontró con Rosa y su familia, sus rostros reflejaban tristeza en lugar de alegría.
Rosa miró fijamente a Ángela a los ojos y le dijo: “¿suficiente fiesta por hoy, no?”. Sin tomarse de buena manera el comentario ella le respondió: “si, pero por lo que he visto, la tuya nunca empezó Rosa: ¿todo anda bien?” ésta le invitó a sentarse a charlar con ellos. Mientras bebían algo de ron, Ángela les contó la historia de su vida y ellos las suyas; en ese momento ella decidió preguntar por Julio, su nombre produjo un inmenso silencio entre la familia.
A la mañana siguiente, todo el pueblo se encontraba durmiendo, la resaca y las consecuencias de sus acciones, eran terriblemente personales. Los tres turistas yacían durmiendo en sus camas en un sueño profundo. Las calles del pueblo estaban totalmente vacías. En la costa Ángela esperaba a Rosa, veía el romper de las olas y nuevamente recordaba su pasado como nadadora; llevaba consigo un traje de baño modesto de color anaranjado, sólo llevaba con ella un pequeño y practico morral (sin objetos de valor, se mojarían completamente); su cabello amarrado; su piel un poco rojiza por el intenso sol, aún así esto nunca le molestó; y unos ojos reflejando su deseo por partir, por vivir este día con el mar como si fuera el ultimo. Los minutos seguían pasando y ninguna señal de Rosa, tal vez el resto de la familia la convencieron, de que esa joven era una loca, y perdió el ánimo de escribir la carta. Mientras esperaba jugaba con la arena usando sus pies, justo en ese momento Rosa gritó su nombre y corrió hacia ella, entregándole una pequeña botella de cristal con un papel azulado en su interior, y bien tapado con un corcho. Ángela metió la botella en el pequeño bolso negro, Rosa no le quitaba la mirada de preocupación en ningún momento. Rompiendo el silencio le preguntó: ¿por qué haces esto?, Ángela no respondió. ¿Sabes que lo que estas a punto de hacer es muy peligroso, y de que tal vez no valga la pena arriesgarte?. Ángela seguía sin responder, esto molestó a Rosa que inmediatamente le gritó: ¡estás loca! Ángela sólo empezó a reír, después de calmar su risa finalmente le respondió: “voy a buscarlo porque sencillamente es lo que deseo, quiero ayudarlos aún si no quieren. Cuando regrese a mi hogar tendré grandes experiencias de este lugar. Por cierto, si estoy loca, desde que nací he sido una loca, y no me arrepiento”. Su respuesta no parecía convencer a Rosa, una extraña va a ir hasta la Isla Piedra, en busca de Julio: ¿sin pedir nada a cambio? Ángela caminó hacia la costa, y empezó a correr entre las olas, despidiéndose de Rosa. Fingió que se ahogaba en plena orilla preocupándola rápidamente, Ángela se levantó y volvió a despedirse riendo, a Rosa no le había causado gracia la broma, y a partir de ese momento, nadaría sin parar hacia la última isla, lugar donde un olvidado y al mismo tiempo recordado ermitaño vivía.
Ángela dejó atrás al pueblo Mármol, mientras Rosa seguía observando lo rápido que nadaba, y lo rápidamente que se había alejado de la costa. Ángela contemplaba la misma oscuridad marina nuevamente, iba cómoda y relajada, no tenía miedo por lo que podría ocurrir durante el camino. Cuando se percató, ya se encontraba en pleno mar abierto, había nadado ya unos treinta minutos. El mar se mostró sereno con la entusiasmada joven, las olas eran pequeñas y mansas. Un gracioso pensamiento pasó por su cabeza: “si tan sólo, las muchachas de la piscina me vieran en este mismo momento, quedarían perplejas; los muchachos no sabrían que decir al verme, deseando hacerme compañía hasta la muerte. Espero al llegar a la orilla me reciban con esos cómodos paños”. Pero la verdad, pensarían que ella estaba loca. En varias ocasiones por descuidos de ella, tragó agua salada por la boca. Cambiaba el estilo del nado cada diez minutos: libre, pecho, flecha y de espalda. Desde la lejanía se podían apreciar varios barcos, pero estos tenían un destino totalmente diferente al de ella, por lo que se alejaban cada vez más, y estaban cuerdos.
Mientras nadaba con la isla fijada al frente, sabía que llegaría pronto. Pero no tenía noción del tiempo que transcurrió desde que se despidió de Rosa. Su respiración, el movimiento de sus brazos y piernas, el agua rozando su rostro y la oscuridad; hicieron a Ángela entrar en un tipo de trance, un viaje donde ella descendía a una ciudad, totalmente abandonada, con coliseos y todo tipo de estructuras de los romanos, todos sumergidos en el mar. Subía una escalera totalmente blanca, al final varias piedras enormes yacían, y una luz amarilla inexplicable, iluminaba cada escalón que pisaba. Al llegar al último escalón, la luz se transformó en un animal, muy parecido a un pez blanco, pero con brazos de hombres, miembros humanos y con rostro. Duramente le dijo a Ángela: “el océano no es tu patio de juego, pequeña humana, no deberías tratarme con tanta confianza, pues al final, terminaras ahogada en tu confianza”. Una extraña energía oscura atrapó a Ángela ahogándola. Cuando de pronto se despertó tosiendo agua en la orilla de la Isla Piedra, cayó en la arena totalmente exhausta, mirando al cielo. Preguntándose cuanto tiempo habría pasado, de su bolso sacó un reloj y vio que ya era más de mediodía, había nadado unas cinco horas. Por ahora sólo quería relajarse un merecido tiempo, y luego ir en busca de Julio. Sintió curiosidad por abrir la botella y ver que había escrito la familia, pero el sueño empezó a arroparla, y nuevamente se quedó dormida. La Isla Piedra era pequeña, tenía una admirable vegetación en todo su alrededor, a pesar del sol la fresca brisa no la abandonaba nunca.
En la familia de Rosa, no podían creer que las palabras de aquella joven iban en serio. De alguna forma, algo de fe comenzó a mojar los corazones de cada uno. Pero volviendo a la realidad, si sus propias palabra, no pudieron traerlo de vuelta, con menos razón lo haría una extraña; llegaron a la conclusión de que Ángela volvería con las manos vacías, y no pasaría por la entrada de esta casa por la excesiva vergüenza, Rosa sólo sonreía, una persona como ella, podría hacer cualquier cosa que dijera. Lo supo a ver directamente a sus ojos.
El sol comenzó a alistar su cama, cediéndole a la luna las ilusiones y temores de los hombres. Ángela despertó en una orilla dónde el agua le llegaba hasta las caderas. Totalmente congelada corrió hacia unas matas verdosas, la arena mostraba un color anaranjado y el cielo ya se estaba oscureciendo. Ángela sabía muy bien que la búsqueda del hombre ya no sería tan sencilla, se había quedado dormida en el día y ahora tendría que buscarlo en la noche. La oscuridad era mayor cuando se caminaba entre las plantas, ruidos misteriosos provenían de cada árbol, animales que descendían de ellos y corrían entre las hojas del suelo, acelerándole más el corazón a Ángela. Inmediatamente, ella empezó a llamarlo a gritos, pasaron seis minutos y no hubo respuesta; cada vez la noche asechaba más, las sombras eran más extensas y grandes; los nervios de la joven iban en aumento, en varias ocasiones dejó caer su bolso y la botellita al suelo. Gritó fuertemente: “¡Julio!”, pero nuevamente sólo respondía el silencio y el miedo. Su temor principal provenía de símbolos, pintados a base de una pintura verde en los troncos de varios árboles. No parecían tener algún significado. Ella pensó que quizás fueran símbolos de magia negra; su miedo la acabaría por completo. Confiaba en lo generoso que podía haber sido Julio, un hombre descrito con las palabras de su familia, no debería hacer hechizos ni nada por el estilo. Mientras nadaba en su ser, el único lugar dónde no podría morir ahogada físicamente. La luna ya brillaba en el cielo, la noche había llegado y todavía no había señal del hombre (o del viejo), caminaba rápidamente de un lado a otro, sin darse cuenta terminaba dando vueltas en círculo; la oscuridad la consumía cada vez más rápido, entrando en un estado de paranoia, temiendo la aparición de algo inexplicable. Sin poder aguantar un segundo más decidió correr hacia la costa, dónde la luz de la luna la cuidaría. Ángela se sentó en la arena a contemplar la luna, buscando alejar las pesadillas que la domaban hace unos minutos. “nadé con mucha confianza, sin medir lo que hacía y ahora tengo miedo, y moriré ahogada por culpa de ella. Al fin de cuenta, soy una idiota.” Varias lágrimas rodaban por su rostro mientras se abrazaba a sí misma. Pequeñas luces del pueblo Mármol podían ser apreciadas, pequeños brillos de luz en medio de la oscuridad marina. De pronto pensó para sí misma, que el motivo por el cual había decidido nadar hasta aquí, era porque la familia de Julio siempre venía en un bote a convencerlo; Julio siempre fue un hombre de sacrificio ¿pero por qué sacrificarse a sí mismo? O ¿por qué no sacrificar a su pueblo? Si no podía seguir viéndoles pecar, sólo tendría dos alternativas: marcharse o pecar con el resto. Las cartas de la familia, probablemente, habían sido escritas a computadora y el hombre, no había visto ningún esfuerzo en ello, por lo tanto ni se molestaba en leerlas.
Ángela tocaba su traje de baño, se acordó de cuando era pequeña y por primera vez, contemplaba la oscuridad. Algo en su interior le imploraba volver a dentro, ya había experimentado el miedo y ahora sólo quedaba disfrutarlo, divertirse con sus temores, y de esta forma, conocer un nuevo mundo. No tendría que esperar años, solamente esperar a sentirse protegida y nuevamente llena de fe.
Pasaron unos treinta minutos, silbidos provenían de la oscuridad, brincos y el sonido de una que otra caída. Ángela trotaba por los árboles, las horrendas sombras ya no estaban, solamente una isla de noche con una loca trotando en su interior. Trataba cada parte de lo que no conocía como su hogar, nuevamente su confianza estaba yendo lejos. En una piedra alta, un lugar en medio de la noche dónde la luz, la luz de la luna tocaba el corazón de la isla, se encontraba Julio sentado. Ángela caminó lentamente hacia él, su aspecto era deprimente y la máscara de cabra que llevaba era tenebrosa. Julio miró detrás de su máscara sorprendido, una joven llegaba en medio de la nada, hecha todo un desastre. Sobre la piedra reposaba una especie de vara de madera, con la punta totalmente afilada; el hombre comenzó a ignorar su presencia, agachando la cabeza; la luz creaba sombras de los cuernos, resaltándolos aún más.
“¿Qué hace una niña como tú, aquí y a estas horas de la noche?”: preguntó Julio. Ángela guardó silencio, agarró su bolso y sacó la botellita con la carta azulada adentro. Se la mostró al hombre y le pidió que bajara por ella. A pesar de la notoria edad que mostraba, saltó desde la cima de la piedra sin ninguna dificultad, cuando cayó delante de ella, volvió a sentir miedo. “Esto es para usted señor”. Julio le quitó delicadamente la botella de su mano, y de pronto la arrojó hacía un oscuro rincón. “Dile a mi gente, que aquí estoy mejor. En medio de esta soledad he logrado encontrar la paz”: le dijo agresivamente el hombre. Pero Ángela no se quedó callada en ningún segundo y de la misma forma le respondió: “¿encontraste la paz? Es bueno vivir sin el pasado, pero vives totalmente marcado por el, rechazas cada fragmento de él, hasta tus propios seres queridos; y mira finalmente en lo que te has convertido, la máscara te queda perfecta señor”. Julio empezó a caminar de un lado a otro. Lentamente se quitó la máscara, mostrando un rostro viejo y cansado, de un hombre de unos setenta y cinco años; con grandes ojeras, y ojos color café. ¿Por qué te enviaron ellos a ti?: preguntó el hombre. Ángela intentaba sonreír, pero esta vez no podía, mirándolo seriamente a los ojos le respondió: “no me enviaron, vine por mi propia cuenta, escuché su historia y quise ayudar a Rosa, y al resto de su familia. Nadé desde el pueblo Mármol hasta aquí, la carta fue escrita a tinta por sus propias manos. Se lo que pensaras, una loca como yo no debería meterse en estos asuntos. Pero desde que supe el problema y desde que siempre, he ayudado a mis amigos, me vi envuelta en esto. He venido yo, tras nadar el mar y atravesar la oscuridad, a pedirle que regrese, lo estarán esperando con los brazos abiertos.” Julio suspiraba, la observaba con lastima: “lo siento muchacha. Pienso quedarme, mañana por la mañana regresarás al pueblo. He tomado esta decisión y no pienso regresar.” Ángela fue a buscar la botella que el hombre había arrojado, después de unos minutos logra dar con ella, la levantó y se la puso a las manos del hombre. Sonriéndole con una carismática sonrisa le dijo: “ok, regresare al pueblo. Pero por lo menos lea la carta”. El viejo hombre se quedó de pie en silencio un buen tiempo solo, la joven se había marchado, en su mano yacían palabras que no valían la pena leer. Sacó delicadamente el papel azulado en su interior, en ese momento el universo pareció haberse detenido, las manos del hombre temblaban mientras retenía el llanto. La carta tenía escrito: he vuelto. Te he extrañado mucho.
El hombre se pegó el papel al rostro oliéndolo sin parar “sin duda alguna, este es su perfume”, todo el papel había sido remojado con el perfume de su esposa. Uno peculiar, semejante a un líquido azul que encantaba a todos, principalmente, le encantaba a Julio. Olía el perfume una y otra vez, mientras los dulces recuerdos de lo que vivió con su esposa retornaban a él. Especialmente el día cuando la conoció en la iglesia del pueblo, lugar donde más tarde contrajeron matrimonio. Era una mujer con cabellos rizados y castaños, con una esplendida sonrisa y llevando el vestido de toda una señorita. El pecado comenzaba a azotar a los hombres del pueblo. Pero al lado de Jimena era como si nada ocurriese, era feliz, la amaba y sentía que su vida estaba hecha. Recordó los momentos en que bailaban al son de la noche, los besos y caricias cuando sus pieles eran jóvenes, el olor de su cuerpo en las sábanas de la cama, las veces que escaparon y montaron a caballos; las veces en que jugaban bajo la lluvia, ignorando todos las miradas que celaban su felicidad; recordando al amor, la causa de su felicidad, y la causa por la cual comenzó a vivir en la isla. Sus hijos crecieron y la familia también, los problemas también y el pecado igualmente. La angustia de Julio fue marchitando el amor entre él y Jimena, años tras años, los problemas aumentaron. Ella tomó la difícil decisión de abandonar el pueblo por un tiempo, haciéndole saber a Julio que jamás encontraría otro hombre como él, y que tarde o temprano, volvería.
El olor de su irresistible aroma, parecía rodearlo y seducirlo, caminaba lentamente por la oscuridad hasta la costa. Ella había vuelto, y lo estaba esperando en el pueblo, en la casa de Rosa, era una anciana sentada al lado del frasco lleno del especial perfume. “Allá voy, espérame”: dijo Julio en voz baja.
Ángela se encontraba caminando por las calles de su hogar, recordando el buen final que tuvo la historia. Al llevar a Julio de vuelta al pueblo, todos se emocionaron, Rosa no paraba de agradecerle, y él nuevamente encontró a su amor Jimena. Prefería evitar la mayoría de agradecimientos, porque muchos se habían burlado de ella y ahora la glorificaban. Pasó varios días en el pueblo y finalmente decidió volver a casa. De regreso no paraba de reírse por los agujeros de la vieja carretera, y las calles de aquel pueblo tan angostas. Rosa le había obsequiado un hermoso y humilde collar.
Oscar pasaba en una bicicleta nueva, lanzando torpemente los periódicos a las puertas de las casas, cuando menos se da cuenta, uno de ellos cayó en los pies de Ángela interrumpiendo uno de sus pensamientos: “cuando quiera reconciliarme con alguien, evitaré las palabras y agregaré sólo un detalle en especial, aquél que explote los recuerdos positivos de su persona, y pueda ser llevado por el viento”
Oscar rápidamente le expresó: ¡has vuelto! Ángela se agachó a recoger el periódico y le dijo: “deberías ir al pueblo Mármol, así algún día, quizás salgas en los periódicos”.