Bien, me hice una cuenta y me olvidé de entrar y escribir algo, disculpen.
Hace unas semanas tenía insomnio y escribí esto. No lo considero un relato, no sé que es, quizás si lo sea. Me gustaría explicar que es lo que quise escribir, pero creo que le quitaría gracia, disculpen si no entienden nada, fue algo casi automático.
No sé donde subirlo, y disculpen por los errores de redacción, no quise revisarlo mucho, así en "bruto" es más natural.
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Siendo rudos, quizás superficiales, se podría afirmar fehacientemente que mi experiencia no fue más que una sencillez cotidiana, y se podría decir, si ese fuera el caso, que la emoción que sentí al recorrer esos caminos eternos constituye una estupidez demasiado sentimental para ser contada como algo insólito. Llegados a éste punto, tengo dos opciones defensivas a seguir(o al menos así lo sentí hace unos instantes, ahora, mientras relato esto, creo solo hay una alternativa, pero lo contaré de todas formas) ; la primera consiste en recalcar el hecho de que, un pensamiento rudo, frívolo, superficial o mundano no puede, desde ningún punto de vista negarle el significado que puede tener un “algo” a cierta persona, ya que ésta es, en su esencia, algo significativamente más profundo, e innegable en su calidad de vivencia personal para cada uno ¿Puede entonces, cualquier idiota quitarle importancia a un hecho de por sí fuera de su nivel ? ¿Podría un adulto (por ejemplo) desalentar al contento niño que ve por primera vez un elefante? Una clase de impotencia similar a la que un infante sentiría fue lo que experimenté cuando disminuyeron notablemente mi nueva experiencia a algo insignificante, y aunque acabo de dar un argumento en contra de tal estupidez, siento en este momento, que he perdido una batalla en un campo que yo escogí.
¿Puede una persona sentirse superior por su profundidad? ¿O por la supuesta importancia de sus experiencias? ¿Acaso puedo yo dictaminar a una persona como superficial sin inmiscuirme yo mismo en la superficialidad al declararlo, y adentrarme al mismo tiempo en los terrenos de la hipocresía? Ahora creo que estoy en lo correcto al decir, que me equivoqué rotundamente al calificar a personas superficiales como incapaces de dar una opinión sobre algo “superior”, principalmente porque nada define un algo como estrictamente superficial, o elevado. La superficialidad es el adentrarse en terrenos humanos, dentro de contextos prácticos, comunes, y es entonces, por definición, infinitamente más humano que la más terrenal de las profundidades mentales, porque si bien tales pensamientos pueden ser tan humanos como lo superficial, tienen la característica de elevarse más allá de todo límite humano, aunque sea de él su origen. Al ser lo mundano algo mucho más humano que el pensamiento profundo, es mucho más correcto aplicarla en situaciones de reflexión, aunque estas sean del todo selectas y filosóficas. Como por ejemplo, el bruto leñador que con fuerza destroza la corteza de un árbol mucho más alto y pesado que él. El leñador no puede(tanto por la altura, como por otras posibilidades no tomadas en cuenta como ceguera o estado climático) ver con claridad la copa del árbol que corta, y debido a su proximidad al tronco tampoco es capaz de apreciar la sublime belleza de lo que está talando, lo más probable es que no sepa observar el brillo del sol entre las ramas, ni sentir olor de las hojas luego de una lluvia, y ciertamente tampoco entenderá la cantidad de seres que dejaran de existir, cuando su hogar caiga. No puede entender el leñador, la cantidad de vida y ciclos que comenzarán a partir del árbol que está talando y que ahora se extinguirán como si fueran nada (porque quizás siempre fueron nada). Éste hombre es incapaz de ver más allá de la corteza. La extrañeza que le provocaría a cualquier humano ver solo la corteza de un árbol, sin conocer el árbol en sí, es eso lo que caracteriza al leñador, todos hablan de belleza, cuando el solo ve capas arrugadas, cafés, duras y ásperas al tacto, incluso para su insulso ojo es difícil que en algo así tenga cabida la belleza. A la mayoría (incluso a mí) le parece ilógico determinar la belleza de todo un árbol tomando en cuenta solo la corteza para medirlo, dejando de lado todos los elementos antes mencionados. Y sin embargo, siendo el árbol algo mucho más majestuoso, incluso del punto de vista biológico (e incluso juzgado por humanos), siendo este una construcción sagrada, sucumbe con rapidez al torpe golpeteo del leñador, que ignorando tanta belleza derriba algo celestial, que al momento de caer deja de serlo. Es en situaciones como éstas en las que se prueba la capacidad de lo superficial para destruir lo profundo, con frases obvias, certeras e impulsivas, como un exabrupto sin pensamiento previo. Es así como se demuestra el poderío de lo mundano contra lo elevado, que en su alta belleza no tiene protección en su raíz, donde lo superficial reina y ordena.
Toda una conversación puede verse devastada por una exclamación calmada que llama a la normalidad, y es que en el bosque del pensamiento humano, donde cada árbol se encuentra relacionado con muchos otros, abundan los leñadores, y las arboledas caen por millares.
Se ha dejado en claro entonces, que mi primera afirmación, que planeaba usar como defensa en contra del atropello que sufrí, ha quedado totalmente descartada, después de una reflexión que ya he expuesto. Queda ahora solo otra alternativa para detener a los limitadores de mi emoción, que insolentes quieren cortas las alas que me había proporcionado una experiencia primeriza. Y es que su palabra, idea, pensamiento o exposición solo tienen cabida cuando el Yo lo permite y se abren las puertas de mi propio pensamiento y les doy espacio a mi raíz. Lo recomendable en caso de ataques cuando se asume la superioridad propia, pero se acepta la ineficacia de expresarlo, es en cualquier proceso, cerrarse. No hay nada que debatir, no hay porque acercarse a lo mundano ni tampoco hay que pensarlo (aunque ahora lo exprese así) como una muestra de superioridad o soberbia, debería constituir un acto impulsivo, usando el halo que rodea la propia emoción que se quiere defender en beneficio propio y excluirse de pensamientos ajenos que infectan la pureza del momento.
Esto nació muerto ¿Qué me ha llevado a pensar sobre esta segunda opción defensiva? Pues el mismo ataque. No puedo afirmar que lo correcto es cerrarse a la agresión cuando esta misma es la que me ha llevado a esta afirmación, e incluso a racionalizar algo que explico cómo imposible de racionalizar. Tal es el impacto que tiene en mí su ruda aseveración que ahoga mi pensamiento y lo controla. Todo es ridículo ¿A qué horizontes estoy llevando su opinión? ¿A qué mares de mis pensamientos estoy llevando a navegar a estos idiotas? Darle importancia fue mi error, pensar que podrían cortar mis raíces y extinguir mi fuego fue la idiotez que cometí, lo correcto hubiera sido ignorar. He obviado el hecho de que todo humano es susceptible a otro humano, y que algo rompa mi emoción debe ser lo más normal del mundo, lo más corriente. Pero, ¿Qué recorridos apreciaron mis ojos que no puedo resistir la ira que me embarga? ¿Qué derecho tienen otras personas de alcanzar mi vuelo fugaz y hacerme descender? Tienen todo el derecho, quizás es eso lo que me enfada. Y además tienen toda la capacidad, eso es lo que me subyuga. Llegados a este punto, no sé si es la majestuosidad de lo que fui testigo la causa de mi reflexión, o la impotencia que me da que aquellas personas puedan desesperarme con tanta facilidad.
Siento el ansia de luchar, pero su ataque me ha hecho la más profunda herida, aquella que cualquier humano que se precie de serlo evitará durante toda su vida, aquella herida maldita, asesina y torturadora, que te hace recorrer caminos ya transitados, aquella que te hace ver el cadáver al lado del camino que la primera vez no notaste. La que te hace encontrarte a ti mismo. El corte tan profundo que te atraviesa la carne como si esta no existiese, llegando directamente a ti, y trazando un camino que tú nunca recorriste, porque nunca encontraste, o porque nunca quisiste ver. La llaga que te despierta del sueño y que hace que tu mente brote, para bien o para mal, aunque sea por un instante, y que la semilla crezca. Ahora la emoción carece de importancia, y solo el hecho de haber sido herido es relevante, ya no importa la batalla que libraste, si no el brazo que perdiste en ella. En aquellos lapsos de tiempos fugaces y recónditos que todo hombre experimenta alguna vez es donde se encuentra la esencia de todo, es en estos momentos cruciales donde toda persona se da cuenta de su realidad, y se aferra a ella, sea cual sea y donde se determina su lugar. El sufrimiento de verse desde fuera, expuesto como algo soberbio, sucio y asqueroso no tiene parangón, y pensar sobre ello abre más la herida. El momento en que el hacha corta la corteza, cuando el crujido resuena en el bosque silente, es en ese momento en el cual luchas, clavado al suelo, por defenderte. En todo el proceso piensas y reflexionas inútilmente (aunque algunos no lo hagan), llega un momento en que todo se difumina, ya nada es claro. Te aprecias a la distancia, pero aún no distingues el camino que te lleva a ti mismo. Todo fluye simple y sale con naturalidad, y pronto dejas de luchar y de ser razonable, ya solo hay sensación, ya has dejado de intentar explicar, ya no te defiendes, no porque te hayas rendido, si no porque aceptas la razón del ataque. En el instante antes de caer sientes la decepción de hallarte allí, abandonado en la copa de tu idea, sientes la decepción de querer ver a las personas que te hicieron caer, y solo encontrar el suelo en el cual creciste. Cada árbol es su propio leñador.
Han pasado alrededor de 10 segundos desde la primera vez que pensé esto. Quiero enfrentarme a mis atacantes, movido por una necesidad mental. No hay nadie sentado a mi lado. El incesante golpeteo de la máquina ha maquillado todo pensamiento. Ya me acostumbraba, cuando de pronto todo se detiene. Es suficiente.