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Mi colección de monedas

GaboxgoGaboxgo Fernando de Rojas s.XV
editado septiembre 2011 en Narrativa
Harold, muy emocionado corría a la sala de estar, donde sus padres ojeaban lo que el cartero había entregado, las cartas a simple vista. En un extraño gesto, la madre observaba al niño buscando desesperadamente una carta en especial, por más que busco entre las docenas de sobres, no la encontró. Todos los domingos, su abuelo le escribía, eran muy buenos amigos. En varias ocasiones, con creyones punta gruesa, Harold le elaboraba una caricatura de su persona, reflejando sus defectos físicos mas notables: unos pies muy grandes, acompañados de zapatos parecidos a los que usan los payasos; una barriga muy sobresalida del pantalón con relación a su cuerpo; un cabello canoso bien alborotado, que parecía nunca haber conocido a un peine; una sonrisa de oreja a oreja, mostrando la ausencia de uno que otro diente, pero Harold no le dibujaba de aquella forma por maldad alguna, sólo era su manera de demostrarle cuanto le importaba. La carta del abuelo no había llegado esta vez, le resultaba muy extraño al niño, cada domingo, a pesar de sus 79 años, nunca se había olvidado de escribirle una carta y mandarla los domingos por la mañana, el niño regresaba a su recamara con la cabeza agachada, la madre empezaba a llorar en silencio, abrazada por su esposo, en su pecho sosteniendo firmemente algo, algo que la poca iluminación impedía revelar.

Se lanzaba en su cama cubriéndose por las suaves sabanas, tejidas cariñosamente por su propia abuela, con diseños de palmeras muy bien dibujadas. Harold no quería salir de su cama, se encontraba algo triste, recordando las palabras de su abuelo “las sabanas son un pésimo escudo, no te cubren de nada, y poco a poco, te sofocas, no ves en la oscuridad y tus temores se hacen más grandes de lo que en realidad son”, tumbando las sabanas al piso cayó junto a ellas dándose un fuerte golpe, delante de él, una moneda dorada se encontraba en el piso de madera, inmediatamente la recogió y la guardó en un lugar seguro. Aquella moneda dorada, muy antigua, fue un tesoro que encontró una tarde, cuando jugaba cerca del muelle, como era normal en Harold, siempre tropezaba en su andar; pero por alguna razón, siempre se encontraba delante de una señal que lo obligaría a ponerse de pie, esta señal era un brillo intenso bajo el agua. Decidido, pensando en una hermosa joya, bajo entusiasmado por la costa, arriesgando a cruzar por debajo del viejo muelle, el cual algún futuro día caería sobre si mismo por culpa de los hombres, el viento marítimo y sus pésimos constructores. ¿Una moneda de oro? ¡Eureka! Con aquella moneda podría comprarse una casa, un hotel, un barco, un y un… Harold dejo volar su imaginación. Un día cuando visitaba a su abuelo, muy parecido al de sus caricaturas, se sorprendió a ver a su nieto llevando dicha moneda consigo velozmente le preguntó donde la había hallado; y rápidamente Harold le respondió. Una cosa era muy característica, en la casa de aquel señor, era su famosa colección de recuerdos de búhos, de todos los tamaños, todo tipo de especies de la ave nocturna, mascaras, lápices, cualquier adorno con la figura del ave, menos el ave en si misma, los amaba demasiado como para ver a una de estas fantásticas criaturas muerta en su casa. Harold se admiraba por su colección, el también querría llenar su hogar con recuerdos de algún animal, su abuelo le advirtió, que por nada en la vida, les mostrase aquella moneda a sus padres, que la conservara tanto como pudiera; y, cuando llegue el momento indicado, aquel cuando se da todo por perdido, la usara para comprarse estabilidad. ¿Estabilidad?, pensaba el niño. Sin duda sonaba mucho mejor, gastar la reluciente moneda en esa ambigua palabra, que en golosinas, un par de zapatos viejos, un traje de gala, y pare de contar cuantos vendedores se aprovecharían de su ignorancia.

Su amor por aquella imagen de salvación había nacido, cuando los problemas tocaran a su puerta, sabría que la estabilidad lo acompañaba en el bolsillo, pero no podía exponer a la moneda a tales peligros rutinarios; y mucho menos a sus tropiezos con tablas de madera. Un gusto por esta pequeña forma de dinero, elaborado con plata, creció en Harold, no había muchas explicaciones del por qué, sencillamente sólo se dio. Las tardes en que jugaba por las calles junto a sus amigos, recogía del suelo cualquier moneda encontrada a su vista: ¡que poco higiénico! Decían muchos al ver la infantil escena, lo que no sabían muchos, era que las monedas que coleccionaba Harold, no eran cualquiera, eran diferentes de las demás, aquéllas con un defecto; aquéllas con un color distinto; aquéllas provenientes de otros países; y por las casualidades de la vida cayeran de los bolsillos de los extranjeros, y fueran encontradas por Harold; era lo que no sabían. Y así, fue coleccionando muchas monedas, hasta el punto de tener que esconderlas dentro de un saco blanco. El cual yacía delante de el, en aquel extraño momento en su habitación, pensaba que tal vez su abuelo se habría quedado dormido un largo rato, se encontraba muy ocupado o cualquier otra razón, que justificara la falta de su carta. La madre subió las escaleras en silencio y se encerró en su cuarto, el padre tocó la puerta del hijo y entró, el hijo sospechaba de las extrañas formas en que se comportaban el día de hoy. El padre cargaba un saco negro, pantalones negros y unos zapatos igualmente del mismo color; su mirada reflejaba preocupación y fuertemente abrazó a su hijo. Harold no comprendía lo que ocurría en aquel momento, el padre sacó de uno de sus bolsillos un sobre y le dijo en voz baja al niño “ tu abuelo, si te envió una carta hoy Harold, vela” Harold apresuradamente abrió el sobre y vio la carta, no llevaba nada escrito hasta que le dio la vuelta, un dibujo muy bien hecho de el mismo, junto a una gran casa; con grandes palmeras; grandes ventanales; un gran paisaje totalmente realista, que parecía pintado por las manos de un artista que dedican su alma y corazón al usar los colores. El niño vestía su ropa favorita, en su mano cargaba una moneda, y a sus pies se encontraban muchas otras. Cuando bajaba el dibujo sus ojos se vieron cubiertos en lagrimas, bajando por sus mejillas hasta gotear al suelo, en voz baja le dijo “ perdón Harold, no te puedo ocultar esto por más tiempo, es doloroso para todos… el tuvo que marcharse, a un sueño eterno, en donde podrá ser feliz y nos mandara saludos todos los días” la peor razón de todas, la que el niño no quería aceptar, se había hecho realidad, estando en llanto abrazó a su padre, y el silencio los rodeaban hasta el abismo.
Todos veían como enterraban el ataúd donde se encontraba su cuerpo, el niño se situaba lejos de aquella escena, le había parecido suficiente ver a su abuelo dentro de aquella caja de madera, sacaba de unos de sus bolsillos negros, la reluciente moneda, la miraba con compasión, pasó a mirar al cielo y gritó: “¡con esta moneda, quiero comprarte estabilidad, trae a mi abuelo de vuelta y te la daré junto con toda mi colección!”. El movimiento del viento, movía a las nubes apresuradamente, Harold pensó que esta era nuevamente otra señal, le ayudaría a colocarse de pie y el abuelo volvería; pero sólo gotas del cielo caían. Una llovizna muy fría. Todo había fallado, sentía un fuerte impulso por arrojar su moneda lo más lejos que pudiera, pero recordó aquellas palabras, tenía que conservarla pasase lo que pasase, sin mas que hacer o decir, sólo le quedaba volver con el resto de los familiares.
Pasaron los años, Harold creció y ya era todo un adolescente, en muchas ocasiones viajo a varios países. En todos, siempre buscaba recolectar la mejor moneda, su colección había crecido, llevando en su saco monedas de muchas tierras, hasta algunas perdidas en pueblos. Una tarde, entró a la casa de su abuelo, fue bien recibido por su querida abuela, ella quería mostrarle algo, algo que había sido guardado, los intentos del señor de poder dibujarlo de la forma tan profesional como lo había dibujado aquella vez, sonriente dijo, que el también podría haberle dibujado de una forma mas detallista y no agrandarle tanto sus zapatos. Entre sus viejas cosas, encontró un curioso libro de historia, decidió echarle una mirada, para su sorpresa, en una de esas paginas amarillas, estaba dibujada la misma moneda, que el había encontrado de niño en el muelle, leyó acerca de ella, se sorprendió al conocer lo popular y codiciada que era ¡con que este era el motivo! La estabilidad, no se refería no tanto a la cantidad de dinero que recibiría por ella, sino que bien usada la moneda, permitiría garantizarle un mejor futuro; y, sin darnos cuenta, desechamos algo muy insignificante, pero en un futuro podría ser nuestra llave de liberación, hasta de un sueño. En aquellos momentos cuando todo se da por terminado, cuando nuestra fortuna no parece servirnos de nada, queremos con todas las ganas del mundo, arrojarla a algún lado, dejarnos vacíos, sin nada, sin soluciones, sin vía de escape a la desgracia. Siendo yo Harold Moore, un hombre que vive hoy sus días en paz; junto a sus hijos y nietos; tiene una gran familia; una buena casa, con algunas palmeras a su alrededor; y una buena salud física y mental. Reflexionó una ultima vez y dijo “aquel viejo, mi abuelo, si me hubiera dicho que cargase la llave a una fortuna, le diría a todo el mundo que sería rico, nunca pensé que alguien le interesase la estabilidad, cuando dicha palabra fuera tan ambigua.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado agosto 2011
    Bonita y bien contada esta historia;):p, me gustó:p:)
  • juanchojuancho Francisco de Quevedo s. XVII
    editado agosto 2011
    Hola Gaboxgo

    Me gustó tu historia.

    Saludos


    Pd.: La siguiente enviala con una letra mas grande y nitida.
  • GaboxgoGaboxgo Fernando de Rojas s.XV
    editado septiembre 2011
    Gracias :). Lo de la letra... la cambié en los otros relatos, tamaño 4 y un poco más clara.
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