Ten cerca a tus amigos.
Eso había sido lo que siempre me había dicho mi tío Paul, cuando yo áun vestía con camisetas de los teletubis y lucía tacones de plástico inspirados en la cenicienta. Y eso me dijeron cuando entré al colegio. Con el paso de los años, aquel consejo dejo de serme útil, pues la cercanía de ciertos amigos que hice en el instituto resultó mortal.
En el último curso antes de la graduación, conocí a cierto grupo marginal que era aficionado al absentismo y a la violencia. Aunque yo, al principio, no me dí mucha cuenta de ello. Pero un día, me ofrecieron acompañarles a lo que llamaban: ADMISIÓN. Accedí de inmediato, pues no tenía muchos amigos y la soledad me comía por dentro. Pero el plan no era especialmente recomendable. A las afueras de la ciudad y en interior de una fábrica semiderruida, allí era donde mis expectativas se torcían. Pero cuando entré a un sótano cubierto por la mugre todo encajó. Paredes llenas de sangre y un extraño hedor me hicieron retorceder de inmediato, pero para entonces, la puerta detrás de mí se había cerrado, las luces estinguido y el maldito grupo de pacotilla se había esfumado.
Estaba... ¿sola?
A mí alrededor sólo había sangre, y un aroma a cadáver se apoderaba de mi sentido del olfato. Me dabtía entre dos ideas: -Aquello era una inocentada.
-Me habían enviado a la muerte.
Por lástima, no se trataba de un broma, era la realidad de mi situación. Intenté imponer la lógica sobre el miedo, pero me resultó imposible, para cuando quise darme cuenta, una pesada barra de hierro me atravesó de parte a parte. Y los últimos ojos a los que pude hacer frente, eran de Elisa, la que había considerado desde siempre mi mejor amiga. Mi tío debió acabar aquel consejo.
Ten cerca a tus amigos, pero aún más a tus enemigos.
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