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"Los flanes"

IagoFPIagoFP Anónimo s.XI
editado mayo 2008 en Narrativa
Avanzaban rápido. Llegaban de primeros como la punta de los dedos de los pies. Cada cual usaba su respectiva arma automática provocando humo y ruido casi de pisada de elefante. Los enemigos, salían de sus barracones a recibirles en ropa interior, de un modo desordenado. Barrerlos a balazos no supuso mas que pisar un reguero negro de hormigas. Finalmente el humo de las armas era una niebla amarilla y los atacantes victoriosos se rozaban con el cañón la punta de la nariz entre ellos antes de reconocerse. Luego apagué la televisión y cogí la escopeta de doble cañón que guardo bajo la almohada por si algún intruso entra en la vivienda a medianoche. En la cocina se la puse a Marla en el ombligo. Era una chica tan bonita que cuando besaba podía abatir de un disparo a un ganso en pleno vuelo. Tienes una puta escopeta de doble cañón, factura norteamericana, cuerpo cromado y aleaciones de titaneo justo en el agujero del ombligo. Evidentemente cargada. El ombligo es un zurcido que identifica a un organismo vivo como independiente. Marca de la existencia que una bala de plomo ligero accionada con un percutor, impulsado por un vector de fuerza letal, puede reabrir y hacer que la muerte te chupe hacia dentro. Un solo disparo, acción contenida en un espacio temporal inferior al segundo, puede romper ese cierre de la vida con abrefácil y hacer que te desinfles como un globo en mitad de una carretera. El tipo que la empuña tiene botas de piel de serpiente que vuelven a sus pies exentos de la lluvia y un bucraneo labrado en plata en la hebilla que no le otorga una gran aceptación social y lo sabes Marla. Afuera, llueve. Los dioses se sacuden la caspa de los hombros. Como todos los hombres/mujeres ves encogido tu valor, como una construcción con palillos, ante la situación. ¿Qué cojones piensas hacer?. Mierda. Pienso en todo esto para autoconvencerme de que disolver la vida de Marla es una tarea fácil igual que quitar manchas de harina pero comienza a exprimirse los ojos en lágrimas y a parlotear acerca de una cría morena y espesa como la jalea real, que debe de ser tan dulce que tan solo se puede transportar en cucharadas y que tiene como hermana pequeña y que depende de ella tras la dejadez paterna. Aflojo la presión que ejerce el arma contra su vientre envuelto en el mandil de codina. También la de las falanges sobre el gatillo curvado. Me repliego un tanto y apelo a la lógica y a la razón. La mojigata se arrodilla sacando, con vocales atragantadas, del fondo de su garganta panegíricos diversos y gracias. Está precedida por una pared de azulejo y papeles de periódico lo suficientemente anacrónicos como para haber adquirido ya ese tono crema de lo añejo, que envuelven unas patatas sobre la artesa. Pruebo a hablar cabalmente “Llevas jodiéndome todo el puto mes ¿Vale? Solo quiero pegarte un tiro, pero tu hermana no tiene la culpa” Mi credibilidad ha disminuido tanto que ya se encuentra de pie, y se atreve a mesarse el pelo, pues la raya lateral, recta como el filo de una cuchilla de afeitar, se había degradado en un zigzag. “De acuerdo, De, De acuerdo, Tranquilo Santiago, tranquilo, no se que he hecho pero tranquilo ¿Vale?” Prosigo apuntándole con el doble cañón y podría dejar a su piel conteniendo la misma cantidad de vida que un saco de cemento blanco y, no obstante no logro quitarme de la cabeza las hileras de dientes de una escolar incapaces de costearse una visita a una clínica dental por ejemplificar. Me gustaría que viese a uno de esos tíos con zamarra militar del telefilme: Como cuando abres un regalo y sonríes para la fotografía, yo aprieto el arma y sonrío para mantener mi expresión, muy fotogénica además, en tus pupilas. Puede apuntarte con un arma o conversar sobre las amapolas del jardín público ya que me eres indiferente. Pero lo que sabes que voy a hacer es pegarte un tiro y abrirte el vientre como un paraguas rojo. Así actúan esos tíos. Yo no. Yo me voy llevando muy lentamente los dos cañones hacia la cavidad bucal porque el más débil, aun con arma, soy yo y nadie más que yo.
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