¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Muerte en donde Silvia

saolbapsaolbap Anónimo s.XI
editado julio 2011 en Narrativa
Muerte en donde Silvia
José Pablo Sánchez Arrizón



Capitulo uno.
El agua caliente se hacía resonar en aquél baño tan desprovisto de vida; lleno de aromas florales, de vapor que empañaba las paredes y la única ventana, un baño lleno con azulejos a cuadros grandes, rebosante de productos L’Oreal, así como el agua que salía de la tina, bajando al suelo, esparciéndose por el piso y saliendo por el pequeño espacio entre la puerta y el suelo, llegando así al resto de la casa, y, por sobretodo, lleno con un inconfundible aire melancólico; un aire que apestaba a la putrefacción de la muerte.

Muerta estaba Silvia Gómez de la Oca; yacía ya sin sangre en el cuerpo, recostada en la tina, mientras las gotas de agua, expulsadas por las diminutas aberturas de la regadera, le daban de lleno en la frente, los labios carnosos, y en su pecho desnudo.

La abertura hecha en su garganta por un simple y sucio utensilio de cocina; un tenedor, llevaba seca ya más de una semana.

Silvia había sido, por encima de todas las cosas, un alma muy simple, tanto, que una vez muerta, le pareció irónico que fuese su muerte la que desataría el pánico en aquél pueblo tan pequeño y alejado de la civilización. Así como ser, además, la primera, desde hace ya muchas generaciones atrás, en aparecer en el periódico regional. Pero el hecho más irónico de todos fue que ella desató la serie de horribles y bizarros eventos que aún estaban por llegar.


No tengas miedo, no te dolerá —había dicho la bestia que la tenía amordazada y desnuda, amarrada por las muñecas y los tobillos, frente a él.

Pero no fue hasta que el frío roce del tenedor se encontró con su garganta, que Silvia recordó como unos muchos años atrás no fue una bestia quién dijo esas palabras, sino el pícaro de Hugo Rodríguez, su primer novio.

El alto, esbelto y guapo de Hugo Rodríguez, quién (al fin) había logrado quitarle la ropa a la guapa, pero reservada, de Silvia Gómez.

La bestia paseaba el tenedor de un lado a otro por su garganta mientras la miraba con unos ojos llenos de intensa pasión y deseo sexual; de la misma manera en que Hugo la miró mientras éste le masajeaba sus redondos senos, su vientre plano y, por último, su sexo. Sí de algo estaba segura Silvia era de que en ambos casos tuvo la misma sensación de vergüenza y miedo.

Sin previo aviso, Silvia sintió un desgarrador dolor en su pelvis; era, en efecto, el sexo de Hugo entrando en Silvia. Así pues, la bestia comenzó a rajarle la garganta, haciendo brotar un mar de sangre que manchaba el cuerpo desnudo de Silvia… Hugo movía su miembro lentamente para acostumbrar al cuerpo inexperto de Silvia, pero el momento de placer nunca llegó, ella solo sintió un dolor inmenso que la desgarraba por dentro… Al final, llegó el estado de trance, la sangre brotaba de su garganta con la rapidez en la que corre un río. Se sentía desfallecer, y tan pronto como hubo pasado el dolor, el miedo, la vergüenza y la desesperación, perdió el conocimiento.

Minutos después, sin sangre corriendo por sus venas, recostada en la tina, bañada por el agua cayendo sobre ella, los aromas florales, el vapor empañando las paredes y a la única ventana… Fue entonces, cuando supo que estaba muerta.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado marzo 2011
    Que muerte más fea, el único consuelo es poder salir en los periódicos, después de muerta:eek::cool::rolleyes::eek:
  • saolbapsaolbap Anónimo s.XI
    editado julio 2011
    Capitulo dos.
    Doña Etilde, que disfrutaba de su jugo matutino endulzado con vodka como acostumbraba todas las mañanas, tardes y atardeceres mas nunca por las noches; momento donde la realidad se tornaba placentera sin necesidad del alcohol; se encontraba sentada, con jugo en mano, en su mecedora ubicada en su patio, éste tan vivo como la mañana misma; si bien era lo único que le quedaba por cuidar después de la partida de su hijo y la cruda despedida de su esposo un diecisiete de Junio unos muchos años atrás; verás, a Doña Etilde las cifras no le parecían más que pura formalidad, bien pudo ser hace cinco minutos como dos décadas, pero ¿quién lleva cuentas?

    Pero no era su patio de lo que se preocupaba Doña Etilde esa mañana, sino, de la extraña sensación que emanaba la casa de Silvia, que cruzaba la calle y que se incrustaba en los más recónditos lugares de su maltratado cuerpo por los efectos del alcohol; alcohol que Doña Etilde comenzó a probar hace ya lo que podrían ser cinco minutos o dos décadas, la noche de un diecisiete de junio; ese mismo diecisiete de junio que la indujo a la bebida, que la mantiene absorta en pensamientos y en un constante estado de agonía; absorta en recuerdos que en las noches se manifiestan como recuerdos vivos, palpables, táctiles.

    Ese diecisiete de junio cuando su querido, amado y único hombre que alguna vez la poseyó, se fue para decir adiós.


    ¡Oh! ¡Ese gran mentiroso!Se lamentaba Doña Etilde, si bien dijo adiós, ese diecisiete de junio ya entrada la noche, y entrada la borrachera, él había regresado, vestido de gala; exactamente como hace unas horas había bajado a las entrañas de la tierra, cargando rosas para ella. Doña Etilde estaba estupefacta y asustada, pero altamente ilusionada; su hombre estaba ahí, en la sala, esperándola con rosas para darle, esperándole con color en la cara, no de color gris siendo comido por los gusanos bajo la tierra.

    Si bien pasó la noche en vela, disfrutando de las fuerzas carnales con su esposo, la mañana regresó y con ella la realidad: sin esposo, sin flores y con resaca. Doña Etilde se creía loca, una mujer loca y despechada; pero esa misma noche pasó igual, y la siguiente, y la siguiente.

    Sí, el alcohol era una de sus costumbres más triviales y mundanas, pero el recuerdo de su esposo, picándole la espalda, que lo traía de regreso a la vida, incluso si fuese por una noche, era de lo más gratificante. Pero sólo era eso, un recuerdo, un recuerdo de una viuda demacrada y con anhelos de juventud.

    Lo que Doña Etilde no sospechaba, mientras todas las mañanas, tardes, y atardeceres disfrutaba de su jugo, sentada en su mecedora o disfrutando de las telenovelas o en horas de arreglo para lucir bien ante su amado, era algo que estaba por revelársele esa mañana mientras la sensación que emanaba la casa de Silvia le carcomía los huesos, y que le impedía disfrutar de su tan acostumbrado jugo matinal. Misma sensación que se opacaba con los toques de su amado, pero que aparecía al mismo tiempo que él, en su propia casa.
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com