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Doble impostora

editado febrero 2011 en Fantástica
Esta es una historia que escribí hace unos años para mi clase de literatura con la consigna de escribir un cuento fantástico. Espero les guste, y acepto críticas constructivas =)





Yo seguía caminando, bajo ese agotador sol de verano de las tres de la tarde, y eso simplemente no se alejaba de mí. Se movía igual que yo, haciendo los mismos gestos, como un espejo. Sus colores eran más apagados que los míos, pero por lo demás, éramos idénticas. La desesperación por quitármela de encima me hizo pensar sólo en una cosa: llegar a casa.

Cuando lo logré, me relajé un poco, gracias al gran vaso de wisky escocés que tomé de un trago, y me asomé por la ventana. Ella no estaba, pero en lugar de respirar aliviada, decidí chequear una vez más afuera, se podía estar escondiendo, no me iba a engañar tan fácilmente.

Puse un pie en la calle, como prueba, y ahí estaba el suyo, burlándose de mí, aunque era todo lo que veía de ella. A medida que fui emergiendo del acogedor refugio de mi casa, la vi aparecer, quien sabe de dónde.

Empecé a caminar por la calle, tenía que ocurrírseme algo para deshacerme de mi imitadora, a ver si la gente no nos diferenciaba, y ella terminaba robándose mi vida. Y, ¿qué pasaba si era yo la que nos confundía? Digo, en verdad éramos muy parecidas...

Llegué a la florería de mi tía, preguntándome si ella podría ayudarme a resolver el inconveniente de una imitadora que me seguía a todas partes.

- Hola, tesoro, ¿cómo estás? -por suerte se dirigió a mí, no a la impostora.

- Un poco contrariada, tía. ¿Es verdad que las personas somos únicas e irrepetibles?

- Por supuesto.

- Entonces, ¿por qué hay alguien igualita a mi esperándome...?-señalé hacia la vereda, pero un trueno interrumpió mi frase, intimidante, anunciando la caída de el transparente rocío celestial.

- ¿Está afuera? Pobre, dile que pase, que se va a resfriar con esta increíble lluvia.

- Por supuesto -pensé- no me cree, pero yo se lo mostraré.

Caminé decidida hacia la puerta, la abrí de un tirón, salté hacia la calle y sentí las gotas heladas, resbalando cual suspiros por mis mejillas. No la encontré afuera, ni tampoco en la vereda de enfrente; todo se había vuelto oscuro ya, gracias a la gruesa cortina casi plateada de nubes que cubría el sol.

No se fue para siempre, a pesar de eso; a veces regresa, para mi fastidio, algún que otro caluroso día de sol.

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