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Deja contarte un cuento

MonoracMonorac Pedro Abad s.XII
editado febrero 2011 en Narrativa
Estoy aprendiendo a escribir y éste es uno de mis primeros cuentos. Comentarios, críticas, todo es bien recibido, ojalá se puedan tomar un momento y le puedan dar una ojeada, gracias


Deja contarte un cuento

Empieza con la descripción de un paisaje, con la mención del viento y quizás de un sonido que haga su aparición como la de una foto, lúcida y clara. Luego introduce el hombre dentro de la historia y reza porque su mensaje sea entendido… narra de forma diligente: el parque y la ciudad, el hombre y sus pensamientos, el hombre y su sentir. Describe el dolor, el llanto de su personaje y por un momento olvida que se trata de solo un cuento. Cae en el imperdonable error de la primera persona. Igual que su autor, se confunde... Las líneas se desvanece, y las oraciones caen rendidas, las palabras comienzan a desmembrarse, su omnisciencia se mezcla con la ignorancia del protagonista… a partir de ahora, no hay vuelta atrás.

Los tres siempre fueron uno, nuestra realidad una ficción, una trinidad.

Y la verdad brilla de nuevo, tratando de superar la tinta que la encierra, la misma que hace de cárcel con el solo propósito de expresarla. Es el Narrador quien llora ahora, al margen de su mundo… al fin pertenece a algo. La misma calle adoquinada, la misma silueta, el mismo sonar de sus pasos sobre la acera. Así lo había narrado. El hombre levanta la cabeza para ver.

Fue un momento breve, un segundo de claridad. Cuando todo se ve tan pequeño… que frustrante es cuando se pierde la perspectiva, la mirada necesaria para ver el sueño, trascender de lo cotidiano y rozar el verbo rebosante de sentido. El corazón late fuerte, y el sentimiento por un momento permanece en el cuerpo, dando vigor, energía: la certeza de que las cosas no son tan superficiales. Y ahí está el verbo, no digo sustantivo porque no es concreto, no refiere a una idea en específico, si no que se mueve, igual a la bailarina de la esquina, de manzana en manzana, trazando formas en el aire e inundando la estancia de su perfume… siempre en movimiento, siempre como verbo. Una bocina interrumpe su pensar y el hombre absorto se da cuenta de su condición de personaje. ¿Recuerdas cuando dije que no hay vuelta atrás?

Es entonces cuando se filtra el dolor, y el sollozo inicial recobra su sentido… las perlas rodaban de sus mejillas y caían en el vestido de su mujer,
el cuerpo estaba lacio, sin vida. Una sensación de déjà vu recorrió su cuerpo, dejando un sudor helado en la espalda. El reloj corría, y la muerte dejó paso a la soledad, a las lágrimas y al enojo… Nunca dejó de doler, con el tiempo se volvió más tolerable, hasta que ya se fundió en mí, al igual que la terca soledad, que me acompaña desde que tengo memoria… La recuerdo joven, hermosa aquella tarde de abril, en que entre hojas secas y nubes grises me sostuvo la mano y me dijo: “Te amo”, sellando su promesa con un beso, aquel instante, por primera vez en mi vida, me sentí querido…

La luz del mediodía lamía la calle, y un suave viento mecía las copas de los árboles. El hombre caminaba ausente en la acera desierta, pendiente del sonido que hacían sus pasos sobre los adoquines. De pronto, a sus pasos se sumaron risas. Había llegado al parque. Era un pulmón verde dentro de una ciudad llena de rascacielos y casas a medio terminar, aparecía casi como la memoria de lo que alguna vez significó vivir en un mundo subdesarrollado. Modestos puestos de sopaipillas y motes con huesillo esperaban pacientes a los niños hambrientos de tanto jugar. Detuvo su andar un segundo para ver el paisaje y luego reanudo la marcha con una sonrisa. Fue reviviendo aquella remota tarde, como lo suelo hacer cada año después del incidente. Y así llego al nogal, como espectador ante la vida, flotando entre el presente y el pasado. Estaba tan impactante como siempre, con un follaje verde manchado con motas rojizas, con sus ramas extendidas al cielo y su tronco grueso que servía como respaldo a un banco que yacía a la sombra de él.

Tomó asiento, ya ido, divagando entre la hojarasca seca a sus pies y el sonido de las aves sobre su cabeza. Respiró hondo, tratando de amenizar el río de sensaciones que cursaba por el cuerpo. ¿Cuánto tiempo había pasado? Imágenes golpeaban la cabeza y pasiones el corazón, llegaron a mezclarse, al punto que parecía imposible distinguir donde había acaecido el último golpe. Entre las ramas, divisé el cielo... unas nubes grises le hacían compañía. No puedo dejar de admirar la bóveda celeste, lo insignificante que soy, y lo maravilloso que es el mundo. Tú me instruiste. Veo con tus ojos, y basta cerrarlos para sentirte cerca. Me cuesta admitirlo, pero todavía no llego a aceptar la idea de que has muerto.

El hecho resulta ser demasiado doloroso, tanto que mi mente es incapaz de procesarlo de frentón, por eso lo imagino, lo veo como una película, y lo analizó como si se tratará de un libro, de otra forma me rompería. Creo que jamás vas a llegar a entender lo mucho que me haces falta. Mira, el sol se empieza a esconder, donde quiera que estés, ojala te acuerdes. Las hojas caían de la misma forma que lo hacen ahora, no sé si me estoy volviendo loco, pero podría llegar a jurar que siempre lo han hecho así…

Honestamente no sé que estoy haciendo, ya al final de mis días sentado en un banco ajado, hablándole al recuerdo de un fantasma, muchas veces me lo he preguntado, pero aparentemente no hay respuesta lógica. Creo que responde a mi necesidad de agradecerte por ahuyentar de mí el miedo… me enseñaste a amar, a ser vulnerable y me enseñaste que el dolor es tan solo una piedra en un largo camino, cuya cimentación lleva a la felicidad. Todo con un beso. Basta con decirte que incluso he llegado a pensar que moriste por mí… el ruido de una bocina acalla el murmullo constante de la razón, y el hombre se percata que ha estado llorando. Para cuando alza la vista, el sol ya ha dejado el cielo, dejando un rastro rojizo detrás de la cordillera.

El atardecer ha llegado.


(continúa en parte dos)
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