Otro de mis amores son los cuentos. Desde pequeña siempre me han emocionado comenzando por los hermanos Grimm, por mucho que ahora se trate de desvirtuarlos diciendo que cuentos como Cenicienta, Blancanieves o tantos otros que han hecho la delicia de niños durante generaciones son nocivos para los niños de hoy en día, como los cuentos en forma de novela de Michael Ende.
A los cuentacuentos me gusta llamarlos trovadores de hadas, y habiendo hecho mi ritual especial para pedirle a las hadas que me permitieran hablar de ellas, quiero compartir con vosotros el último cuento que he escrito con personajes famosos de la mitología gallega.
Espero que os guste y me déis vuestra opinión:
LA VIOLENCIA CASTIGADA
Pues señor, que esto era una vez un matrimonio pobre de leñadores muy desgraciado. La mujer se pasaba el día sola temiendo que llegara su esposo, pues era éste un hombre cruel y de pocos escrúpulos que no dudaba en golpearla para aliviar su mal humor. La mayoría de las veces, la buena mujer trataba de que sus dos hijitos estuvieran acostados antes de que él volviera para que no fueran golpeados también.
-Perra vida la mía- decía el leñador como saludo cada noche,- que me acuesto con la miseria y con la miseria me levanto.
Y su mujer, temblando, se acercaba y le servía el caldo sucio que ellos llamaban sopa.
Así había sido un día y otro desde que se casaran, pues cuando conseguían ahorrar un poco de dinero, el leñador se lo gastaba en la taberna de la aldea.
Una noche en que llegó más irritado que nunca, y tras haber golpeado a su mujer porque la sopa aún no estaba a punto, se quedó ensimismado viendo a su hija menor salir del cuarto para ver qué ocurría.
-Vuelve a la cama- le ordenó de muy malas maneras. Y cuando la niña hubo cerrado la puerta tras ella, le dijo a su mujer:
-Deja de llorar, María, que tengo una idea. Mañana serás tú quien vaya a por leña al bosque, que yo tengo un asunto pendiente en la ciudad.
Y así, sin dar más explicaciones, salió muy temprano al día siguiente mientras su mujer, con el hacha al hombro, se adentraba en la espesura.
Con la caída de la noche regresó María cargada de leña a la cabaña, para encontrar a su marido aguardándola.
-Siéntate, María, que te voy a decir lo que he pensado.
María obedeció y su marido le contó que aquella mañana había estado en la ciudad y había tenido una entrevista con el herrero y una mujer alegre.
-Mañana por la mañana llevaremos a los niños a la ciudad. A Pedrito lo metemos a trabajar con el herrero y a la Carmencita con la mujer. Nos llevaremos un buen pellizco por ellos, porque Carmencita es muy bonita y Pedrito es muy fuerte para su edad.
-¡Pero jamás volveremos a verlos!- Protestó la mujer, horrorizada ante aquella idea.
-Ya está decidido y el precio acordado. Así que no hay más que hablar. Haz la sopa, que ya es hora.
Así que María obedeció, pero mientras preparaba el guiso, puso en el plato de su marido unas semillas de amapola y así, cuando el leñador cayó dormido sobre la mesa, la buena mujer despertó a sus hijitos, les contó lo que ocurría y les dijo que irían los tres de allí a vivir al bosque.
-Pero el bosque es peligroso,- se asustó la niña-. Podríamos tropezar con el Diaño Bulreiro.
-Más corazón tendrá el Diaño que tu padre.
Y así salieron de la casita que hasta entonces había sido su hogar, y se internaron en el bosque.
Pero pronto los niños se cansaron de huir y pidieron a su madre sentarse a descansar.
-No podemos, hijitos. ¿Acaso no oís las pisadas de vuestro padre que ya ha despertado y viene tras nosotros?
Y los niños seguían corriendo junto a su madre, hasta que a lo lejos oyeron un aullido y una risa ronca y pérfida.
-¡Es el Diaño Bulreiro!- chillaron los niños.
-Más corazón tendrá el Diaño que vuestro padre.- Decía María, mientras tiraba de ellos.
Y, en efecto, pronto se tropezaron con el Diaño, que como todos los diablos tenía cuernos en la cabeza, barba de chivo y pies de carnero.
Los niños, aterrorizados, se escondieron tras las faldas de su madre, mientras en Diaño se divertía poniendo muescas horribles para asustarlos.
-¿Qué hacéis, tiernas criaturas, por el bosque y a estas horas? ¿Acaso buscáis acabar en el caldero del Diaño?
-Venimos huyendo del que es más diablo que tú- contestó astutamente María a pesar del horror que le inspiraba el Diaño.
-Eso lo veremos- contestó picado el diablo-. Hacie el río corred y allí esconderos y entonces veréis quién más diablo de los dos es.
Así que María y los niños huyeron hacia el río mientras el Diaño Bulreiro se transfiguraba en un viejecito con una lumbre en la mano y le salía al paso al leñador.
-¿Has visto pasar por aquí dos mocosos y una mujer?- Preguntó el leñador.
-Por aquí han pasado- contestó el Diaño.
-Déjame tu luz para guiarme, buen hombre, que con las prisas se me ha olvidado coger farol- le pidió el leñador.
-Es que esta luz no es como cualquier otra luz- contestó el Diaño con una extraña sonrisa.- Porque deja ver oro y lo necesito para salir de mi pobreza.
Al leñador se le iluminaron los ojos, dio un empujón al Diaño, le arrebató el farol y siguió corriendo tras las huellas de su familia.
Mientras todo esto pasaba, María había llegado con sus hijos a orillas del río, donde se apresuró a esconderse tras unas rocas con ellos horrorizada por lo que veía, pues en la ribera, contando tan ensimismadamente su oro que no se habían percatado de la presencia de los intrusos, se hallaba un grupo de xacios.
Pronto también llegó el leñador con la lumbre en los dedos.
Allí vio a los xacios, pero la luz del farol sólo alumbraba el oro, dejando a las figuras en la oscuridad. Por eso el leñador no vio sus manos y pies, cuyos dedos estaban unidos por membranas, y tampoco las aletas dorsales, ni las branquias en sus cuellos, ni sus dientes afilados. Sólo vio varias figuras contando mucho oro y, pensando que eran su mujer y sus hijos, gritó:
-¡Ah, tunantes, que teníais una fortuna escondida y casi me dejáis morir de hambre! Ahora os vais a enterar de lo que es bueno-. Y blandía el hacha que traía en la mano.
Pero los xantos no se amilanaron y se lanzaron contra él, que se horrorizó al saber lo que eran.
Mientras los habitantes del río devoraban al leñador, María se escurrió a sus espaldas, cargó de oro los bolsillos de su delantal sin que nadie se percatara de su presencia, y luego volvió con sus hijos a la cabaña.
A partir de aquel día, la viuda y sus hijos vivieron felices y contentos con total desahogo.
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