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"Un lirio en la frente"

IagoFPIagoFP Anónimo s.XI
editado mayo 2008 en Narrativa
Olimpia, la joven limpiadora mulata de la casa, molía el grano de café Bonka. Comíamos en el comedor, con las servilletas sobre las rodillas plegadas muy aristocráticamente. El molinillo de Olimpia granulaba un aroma a café tostado por toda la segunda planta. Mamá, maneja el puchero plateado, sirviéndome. Papá, con las manos cruzadas sobre el estómago, exprimido al máximo por el cinto. Yo, cuento la carne de pollo excedente, apegada a los huesos, con sus puntas envueltas en filigranas de papel. Acostumbraba a sobrar alimento. Olimpia, mixturaba todo lo restante (de desayuno, comida, merienda y cena) y elaboraba un caldo amalgamado con el cual alimentábamos al perro al final del día. Olimpia era natural de la Habana. Su mayor dedicación la había puesto en la santería. Allá, se guarecía en una construcción, con el tamaño de la cáscara de un molusco, aunque cementada. Lanzaba preces a chango y era una buena futuróloga, que trabajaba con los hilos de las entrañas de diversos animales caseros. Papá y mamá si bien no la trataban con rechazo, si la colmaban de tareas de mula, como si su cansancio exasperante no fuese más que un rizo en el cabello o una pestaña en el ojo. Olimpia y yo acostumbramos a recordarnos, ella con la pañoleta apretada en las sienes, cabalgando con su cola de caballo echa con una goma del pelo, y yo con el peto vaquero manchado de ceras escolares, moteándole el suelo de la cocina, con suelas sucias y pequeñas, como pisadas de gaviota. A día de hoy, por motivos de onomástica, Papá, Mamá y yo compartimos renglón y página en la guía telefónica. Olimpia tiene ya sus 56 años, el pelo envuelto en polvo de tiza y la piel antes tersa es un temblor negro sin planchar, muy mal llevados. En la pensión de la R/ Duchery, a los inquilinos nos dejan las guías amarillas en las bocas de los buzones y pude telefonearles a su duplex en Gran Canaria. Olimpia y yo, de las monedas, no teníamos ni el recuerdo de su peso muerto en los forros de los bolsillos, y la vieja santera había razonado el disculparme nuevamente. Como los 2 años anteriores, Papá descolgó, no escuchó y colgó sentenciado con voz serena “Esta no es tu casa, esta no es la casa de un fracasado”.
Recuerdo a Olimpia, en la cocina, partía cebollas con el maestrazgo de su mano bruñida. Llegaba yo, con aspecto desazonado, empujando con el hombro el rectángulo de la puerta (camisa desabotonada, barba pesada, que como un trapo negro habría de ser escurrida de llovizna de afuera y de lagrimones ensartados, caminar entrecruzado etc.). Olimpia echaba la silla de inea hacia atrás y ponía vítreos (ignorabas si por la cebolla o la consecuencia de mi llegada) sus ojos con profundidades de magnitudes aceitunadas. Colocaba mi cuerpo, más grueso y alto que el de la anciana y lloroso, sobre su regazo y le envolvía el pescuezo menudo y estirado con los grandes brazos. Y quien sabe si por causa de los efluvios de la cebolla que enjuagaban la casa por dentro, los coágulos enormes de las goteras de la casa comenzaban a gotear también con camaradería: estirando muchísimo cada gota. Esa escena, alumbrada por el minúsculo puño cerrado de bombilla que pendía de la cocina, fue repetida sucesivas veces a lo largo del primer mes en que Olimpia y yo subsistimos juntos. Siempre que regresaba de timbrar a la casa de Papá y Mamá con súplicas, lo hacía en el mismo estado, y ella me aguardaba con la misma predisposición a consolarme. Nuestro apartamento, no dispone de más que dos cuartos con goteras como bolsas en cada vértice, y cazos en las esquinas, una cocina donde se corre el peligro de cascar un huevo de araña en lugar de un huevo de corral por accidente, y un baño comunitario. La pequeña vivienda con forma de dado está, no obstante limpia como una patena ya que Olimpia ha cultivado el acto de barrer al máximo, y sacude polvo hasta con las uñas y dientes. Papa y mamá me mandaron a la facultad de Oviedo acompañado de Olimpia quien realizaría las labores del hogar mientras ellos domaban a una cuñada de la santera recién llegada del malecón. Al no sacar la carrera, ni encontrar trabajo más allá de en restaurantes de comida rápida a Olimpia y a mi nos soltaron de la mano y comenzamos a sobrevivir juntos.
Ayer Olimpia, lanzando los huesos del caldo, relacionando sus posiciones tras la caída con hechos futuros. La caseta era un cubo alzado con cartones endurecidos y cubierto de telas púrpuras y granates. La última cliente, una mujer con la espalda encorvada (en ello tenía que participar las bolas doradas de los pendientes, como si los lóbulos estuviesen en presidio), acababa de entrar. La cabina tenía el justo espacio para un dúo de personas y una duermevela sobre la que la santera esparcía huesos de pollo y explicaba sus vaticinios a los clientes con un hilo de voz y un dedal en los dientes, con máxima credibilidad. Apegados a las telas estaban los carteles anunciando los costes de las diversas opciones de pronóstico, y yo apostado junto a ellos, cobrando la entrada y descorriendo la cortina en camisa interior. El gitanillo del puesto adyacente al nuestro, que era la barraca de tiro, donde los punteros de las armas de balines cónicos estaban desviados y los premios de peluche así se volvían casi inalcanzables, ganaba una suma el doble que la nuestra, de hecho su cuerpo envuelto en oro como una mazorca brillante con extremidades lo atestiguaba, no obstante, la cabina nos daba para comer entre feria y feria. Cada jornada de trabajo, Mamá, con unas gafas de sol enormes y gruesas como dos ruedas, que usaba para no ser reconocida, se metía en la caseta de Olimpia. Nos daba el dinero que lograba hurtarle a Papá en su dúplex de Gran Canaria y se interesaba ampliamente por nuestro estado durante una media hora que había ido “al club de lectura con Vicky” y repartía un par de besos a cada uno y le rogaba a Olimpia que mirase por mí. Finalmente me entregaba los medicamentos para mi continuada difteria y marchaba por entre la turbamulta y el espeso olor rosa a algodón de azúcar que taponaba las fosas nasales.
Esta mañana le he preguntado a Olimpia que como es que podía pronosticar un corte en el dedo pulgar y no nuestra situación actual y se limitó a atragantarse con un hueso del pollo que comíamos, meter los dedos índice y pulgar en la postura de una pinza en la garganta, y entre un esputo y lamparones de saliva quitarse el huesecillo atravesado. Luego dijo que ver lo había visto, pero que hubiese sido peor vivir con miedo. Comencé a chillarle como nunca a la anciana por su desconsideración y su secreto. Me levanté de la mesa y la tomé por los hombros, y era como zarandear una blusa vacía, violentamente. “Vieja del carajo”. Comencé a gruñir de un modo inconexo y a apretarme las sienes entre las manos. De pronto le di una patada a la silla haciendo que la anciana se desplomase, como una mancha de petróleo escuálida, en el suelo. Le arrojé encima su plato con el pollo, cubriéndola de arriba abajo en huesos, carne y sala ocre con guisantes. Ella se agarraba su cola de caballo ahora de un blanco desordenado, aun hecha con una goma, y movía las articulaciones de las piernas torpemente. Me detuve y seguí profiriendo alaridos, golpeé con el puño cerrado la superficie de la mesa y del fregadero y rompí un segundo plato lanzándolo como un disco contra la pared. Me giré y le propiné una segunda patada en la mandíbula y se me dibujó en la mente una enorme onomatopeya: ¡Crac! Relacionada con su cuello. Había dejado de moverse. Temblé. Me agaché y hundí mis dedos entre los pliegues de arrugas de su nuca, buscando el pulso. Le giré el rostro. Me senté de rodillas y comencé a sollozar con la cara entre las manos en posición de libro abierto. Como quien no quiere la cosa, comencé a sentirme solo y frágil como el cuerpo de un flan. Todo se antojaba demasiado grande. Creo que me quedé solo por completo con una bola de nervios vibrando en el estómago al comprender la situación. Miré los ojos de la santera, reposados.
Soy sabedor de que Olimpia ya conocía el punto y final de la historia y lo había aceptado sin el menor reparo. Ahora, soy capaz de reconocer que alguien que ha cruzado desde el malecón hasta la península ibérica, montada en un neumático de camión, donde se sucedió un milagro por cada ola superada, que ha trabajado como una mula para una familia acomodada que aunaba las sobras para elaborar un caldo ecléctico el cual era el alimento base del perro, y cuidado al hijo único de esta desde sus 3 hasta sus 26 años, por nada más que ganar el sustento justo para dos puñados de arroz seco al día, es capaz de plantarle cara al miedo y sobrellevarlo. Tan solo Olimpia podría haber guardado el secreto resultado de la única vez que pronosticó mi futuro lanzando los huesos de pollo (pues a mis ojos lo había maquillado con un “Hoy Changó está confuso amor” muy creíble), y haberme acompañado fielmente en su discurrir, escondiéndome del miedo y llevándolo como un lirio prendido de la frente que ahora, solo, me prendía yo de mis gestos, de mis ojos, de mis labios, de mi frente, d…tiemblo.
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