Así era él.
Estremecedor, estremecible.
Sonreía cuando no debía,
sonreía a lo bueno con cinismo.
Y se reía, se reía escandalosamente.
Y nunca, nunca, recordaba la noche.
Y cuando lloró,
aquella única vez que lloró,
no sé bien si de alegría, de tristeza, de emoción,
se me estrujó el alma.
Comentarios
Me gusta como escribes Eyne.
Un saludo afectuoso, desde Montevideo.