Cuando recibió en sus manos aquella carta, rico sobre que apenas pesaba unos gramos, enrojeció súbitamente y sus mejillas se cubrieron de un bermellón encendido inconmensurable.
Sobre sus faldas, recogido por un lazo de finísima seda, yacía un ramo de prímulas recién cortadas; mas en su nostálgico caer no se rebelaba ningún tipo de coquetería sino de humildad pobre e incluso inope.
Abrió la carta y desveló sus dudas. Una rosa resbaló de su interior envolviéndola con su fragancia marchita. Ella la tomó entre sus manos y aspiró su perenne aroma. Su amor había sido aceptado.
Comentarios
Me gusta lo que escribes.
Gracias por compartirlo.
Yo no podría disfrutar la compañía de una amada sin romance y la culpa es de todas las mujeres que me han rodeado desde mi infancia y hoy las incluye a ustedes también, tan solo por haber leido mis lineas banales.