1. Sobras
Un regusto a menta recién cortada. Resulta agradable que crucen el paladar los escombros de la pasta dentífrica colgate, aun esparcidos entre las papilas desde el cepillado de después del desayuno. Cruzó las piernas de tal modo que las rodillas quedaban en línea recta bajo la mesa y los cuatro bordes del mantel que, sobrantes, se encontraban plegados. El maître se acerca con poca displicencia y él le pide un pipermeant, mientras los entremeses sufren el cambio de crudo a hecho, que el anota en un bloc con anilla en espiral. Se atusa las aletillas de la nariz con las yemas de los dedos principales y se suena, ya que a pesar de que el clima se desangre en grados altísimos, el es propenso a los catarros crónicos estivales. Es su aniversario, que coincide con una ascensión laboral que viene de la mano de un aumento de sueldo, no muy amplio, aunque si otorgador de ciertos caprichos de élite. Ha tomado el tren que, a su vez ha circulado entre colinas glaseadas de pedruscos grises durante dos horas, y ha madrugado con ojeras malvas bajo las bolsas de los ojos hasta llegar a este restaurante algo neoclásico, de cinco tenedores. El maître le sirve una copa de pipermeant, que traspasa de la bandeja argentada a la mesa con gesto acrobático y vuelve a la cristalera donde remata el comedor, creando una atmósfera más relajada y respetuosa. Jose, el pequeño, tenía un derby futbolístico de envergadura, lo que se traduce en rumiar hierba y polvo terroso durante una hora o sufrir asistencias virulentas que requerirán servicios médicos, ya que su juego es nefasto y poco dinámico. Marlene, se veía obligada a acompañarlo. El maître sitúa frente a él un plato, pausadamente como si desenvolviera la cinta de un regalo grandilocuente, de dos toros de merluza con alcachofas, surcada de una levedad de naranja sobre el cuerpo inerte. Él, de improviso, rompe a llorar, tapándose la cara con las manos abiertas en forma de libro, gimotea y sorbe las mucosidades de la nariz con súbita violencia a merced de las convulsiones. Un estarcido de pupilas lo recubre, proviniendo de los comensales estupefactos que estudian de arriba a bajo su comportamiento, quizás vergonzoso o con efluvios poco cívicos. El maître lo toma por las axilas incorporándolo con una expresión de angustia o problema, y lo logra replegar con dificultad contra el respaldo para quedarse sin saber como proseguir el baile. Las lágrimas forman grumos en la salsa color ocre pálido del primer plato, que queda más acuoso de lo debido y decididamente ya inservible a ojos de la clientela. El subordinado del local tras unos instantes de parálisis comienza a gritar, para solapar el incidente del depresivo: RÁPIDO¡ LLAMEN A UNA AMBULANCIA! POR EL AMOR DE DIOS! ESTE HOMBRE ESTÁ SUFRIENDO UN ATAQUE ¿O ESQUE NO LO VEN? Él se encoge feroz para, entre balbuceos, tirar de una lengua beige de mantel que se descolgaba de la mesa y terminar con la merluza, y la salsa acuosa desarrollándose en una mancha desde su pelo hasta los tobillos que ya sienten su calidez aplastante. El maître lo sostiene como puede mientras que un corrillo de curiosos se arremolina en derredor, observando el centro de la escena, como un fracaso sucio, algo hipnótico y distante que atrapa su atención. Una muchacha prensada desde el final del cuello hasta el principio del talón en un vestido con una dermis de lentejuelas, vocifera la dirección del restaurante desde su teléfono móvil a la centralita del 061. El docto camarero comienza a dirigir el accidente y con urgencia grita para templar los ánimos: SIGAN COMIENDO EN SUS RESPECTIVAS MESAS POR FAVOR, YO ME ENCARGO DE ESPERAR A LA AMBULANCIA CON EL CABALLERO. Él se deja llevar con una gota de baba colmando sus comisuras, y el pelo aceitoso incapaz de absorber mas pigmento verde, por las axilas, dejando su energía en un último estornudo. Los comensales han ordenado sus cuerpos en aquel revuelo de corral ya que la sala, místicamente, había adquirido una moqueta de migas de pan y fracciones de copas rotas espolvoreadas que ponían una nota vergonzosa en el lugar. Un par de clientes le ofrecen ayuda al camarero quien, respaldado por el portero, logra colocar a los alterados filántropos en sus respectivos asientos y hacer que dejen de ofrecerse como camilleros en un gesto de solidaridad poco creíble. Lo arrastran, el maître tomándolo por los tobillos gruesos y el portero por las muñecas donde se escurre el tiempo en su reloj analógico, hasta la puerta trasera del restaurante, angosta y con manilla metálica. La abren y lanzan al hombre en un enérgico impulso hacia fuera, desplomando este su peso muerto sobre unas cajas plásticas y amarillas con cascos vacíos de cerveza.
Queda así apilado junto a otros cinco hombres, manchados de salsa de pescado durante el mediodía, inconscientes, mientras en el interior del comedor, los 14 hombres desacompañados que restan se miran unos a otros, tensando una cuerda de nervios, intentando intuir quien será el próximo en volcarse a llorar y patalear encharcado en salsa de pescado.