A la anacreóntica Hembra ofrezco mi honor.
Fragmentado en mil corpúsculos devengo en ente,
apoyo mis cadencias sobre el hoy,
libo la savia tibia segregada por los pezones de la aurora,
más son los colores de la noche,
oigo sinfónicas siringas (avizoro un mañana).
Empiezo a comprender que aquí y ahora
construye el tiempo una preciosa esfera.
Arquitecto de ideas, varado en el vacío,
entre el agua y el fuego fui procreado...
Creí que viviría en un abstruso limbo,
que podría abrazar a una hamadríade,
que flotaría en un continuo despertar de agonías...
Por fin pude mi esencia comprender:
soy una hoja perenne del Árbol de la Vida.