Un millón de peldaños se concatenan hasta la cima, efectuando un geométrico y rítmico recorrido en forma de espiral. Exploro minuciosamente su exterior, hay un sinfín de aristas, con semejanza a una sucesión de segmentos de recta, que a nivel racional se visten de circunferencia; se hace liso al tacto. Aquí huele a dionisíaco alcanfor, apenas se oyen pulsaciones crepusculares; si elevo mi cabeza hacia las huestes de constelaciones que pueblan el espacio sideral, alcanzo a divisar un foco, que reposa huérfano de notables estridencias luminescentes, sin embargo impresiona mi atención.
Poco a poco, trazan mis pies el ascenso, fluctúa el arrobamiento en híbridas estelas de inefables intuiciones y cabal autocontrol. Ya dentro de la torre, respiro la evidencia subjetiva de que todo está matemáticamente bien delimitado; estoy en el reducto de la confirmación de mi ignorancia. Azorado estoy, suspiro, este punto desconocido de mi existencia me ofrece destellos de familiaridad. Es como si hubiera estado en otras ocasiones aquí dentro, como si fuese algo inmerso, coagulado en mi vida.
Asciendo y visualizo una ventana circular, a través de la cual lucen nubes albares, árboles, pero todo distorsionado, abriendo un paréntesis nebuloso en las leyes físicas. ¡Son como refracciones de luz a través de un acuario gigante! Noto una simetría que me infunde pavor, lo que es arriba parece ser también abajo, la elegancia de la fina mano gótica que me acoge es uniforme... Espera hallar algo que sobresalga, alguna eufonía que conmocione los vahos del silencio, y apartar las espinosas dagas de la desesperación...
Mi ser se fragmenta en múltiples corpúsculos ovillados en las frondas de la imaginación; sorbo la trayectoria de ese péndulo de vibraciones infatigables, que tanto suelo desatender cuando estoy en lontananza a lo que creo interesante. Del mismo modo que mi mano se pasea sujetando una pluma para plasmar una idea, algo inmanente me impulsa sin pausas a hurgar en una marea de conjeturas, desvío mi cabeza hacia abajo, parece una etérea cárcava; supongo que aproximadamente estoy en el ecuador del derrotero. El mismo foco que veía en la base del monumento, lo veo ahora desde esta altura de vértigo, es como un atractivo fanal.
Escalo a un subterfugio, algo que me conduce a un lecho irreal, donde restallan abstracciones introspectivas de mis anhelos; a contraluz veo mi figura en las paredes de la torre... Estoy ya en la cúpula de este castillo encantado, una serie de caleidoscópicos cristales me facilitan la contemplación de códigos de la prosa de la vida, yermos estériles, prolongaciones alegóricas de querencias de la gente... Desde allí abajo no me ven, y yo tampoco puedo estimar con claro discernimiento, sólo veo cuerpos anónimos que se aglutinan y dispersan, no individuos definidos. Hay un amplio escritorio y sobre éste, un lote de cuadernos ordenados, papeles desparramados, y un ánfora epicúrea.
El olor que tanto me hubiera cautivado sobrevive, revestido de paz. Se avecina el magno deleite de la noche; a lo lejos, un plano divergente de la ortodoxia del cielo puedo presenciar, un espacio donde la locura pliega su faz oculta, donde dormita afilando su guante de marfil; ¡allí donde nadie puede saber de ella! Aquí arriba me siento exento de lidiar con anfibologías exteriores, no hay relojes; descansa un tablero de ajedrez, flamante, sobre una pequeña mesa. Una egregia biblioteca nutre este sitio de místico aroma a pergamino, sangre de sabiduría... Siento que sería conveniente abandonar este lugar por un momento, pero prefiero no hacerlo (o no todavía). Me place infinitamente el ver un vallede equívocos allí fuera, descubrir rastros de utópica Venecia reflejados en un camafeo de zafiro... Entre estas paredes de superficie rugosa se desarrollan espejos cóncavos, desfilan cáfilas de silfor, gnomos, entes semejantes a pequeños lirios; las sombras de la libido incrementan su envergadura. Viejos maestros rizan sus barbas grisáceas, y dulces mujeres exudan simbolismos de amor maternal, enseñando la aventura de ser madres.
Miro hacia abajo, el millón de escalones está superado, las sinapsis reflexivas cobran vigor... Mis dedos carentes de precocidad -y destreza- musical, viajan de guisa espontánea sobre las teclas del piano que aquí yace varado, puliendo románticas sonatas. El docto verbo femenino encarece mi valor creativo, mientras la luna hace un lábil sesgo hacia el vacío... desaparece... rimo sueños... do re mi fa...
Junto a mi Sumo Genio la cima de esta torre se decora, vistiéndose de seda policroma; ideas se entrelazan retratando variopintas cosmovisiones; la voz de mi amada vuelve a rozar la textura de mi espalda. Arden cirios a su salud, combate cegueras inoportunas que me anquilosan.
Aquí puedo jugar con libertad. Y, ¿cómo hacer para que el tedio no neutralice la esencia del juego? Hay una figura de cera tibia, henchida de potencial onírico para ser sublimado, se deja moldear a mi antojo, pudiéndole dar muchas formas. Es algo inconmensurable.
No obstante, realmente hay un paupérrimo trozo de cera reseca, al lado de un libro vetusto. La vida hilvana sus inapelables enseñanzas... Y aunque no lo quiera, debo salir un momento, ya que no habito siempre dentro de mi habitación, plácido refugio...
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