¡Bienvenido/a!

Pareces nuevo por aquí. Si quieres participar, ¡pulsa uno de estos botones!

Trópico cero (2)

paraclixisparaclixis Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado marzo 2010 en Ciencia Ficción
- Padre, se lo ve muy concentrado, con aspecto triste. Y hasta hace muy poco estaba de buen humor. ¿Le pasa algo?

- Hija, no ocurre nada fuera de lo común. Llevo un largo tiempo sumergido en una laboriosa indagación, imbuido de mucha motivación por emprender otros proyectos.

- Oh padre. No se relaja. Le ha dado mucho a este mundo, ha despertado mucho cariño, sublimes sentimientos, y también envidias, y eso es un precio que han de pagar algunos seres adorables como usted. Y no es que lo diga yo. ¿No cree que es hora de descansar ya? Por favor, no me malinterprete.

- Te agradezco la preocupación, hija. Pero de ningún modo, no, no tiraré la toalla. Hasta las postrimerías de mi vida investigaré, continuaré viviendo de la perenne fuente del aprendizaje, ya que aún considero que tengo que dar más de mí mismo.

- ¿Y qué ocurre con la gente que lo desestima, padre? - inquirió la hija con cierta inquietud.

- Jing -Zhu habló a su hija con singular detenimiento, no era ortodoxo en él llamarla por el nombre de pila-. Escúchame. Hemos de ser fuertes, tener seguridad, no dejarnos arrastrar ni arrostrar por habladurías o dogmas. No olvides aquéllo de que nuestras intuiciones no siempre concuerdan con los hechos, así como que no hay motivo para combatir a alguien por incurrir en ciertos errores.

- Comprendo. Cabalmente, eso creo.

- Hija, paradigmas, te lo sabes de memoria. Ya, ya sé que soy repetitivo

-Ya. Tiene razón, así pues...

Un terremoto azotó casi media península de Tibur. Hubo, como es natural en estos sucesos, importantes estragos, fue destrozada la principal fábrica de zapatos de allí, y lo más duro; no se libró Tibur de innumerables pérdidas humanas. Zhu Cheng había efe una retahíla de cálculos que relacionaban la simetría entre la Tierra y su único satélite choques de las placas tectónicas. Según tales operaciones en aproximadamente cinco años no se produciría una catástrofe sísmica. Más, a mitad de ese período hipotético sus previsiones matemáticas, físicas, etc., se desmoronaron, como un nuevo castillo de quimeras. Y ese nuevo error supuso una fuerte repulsa, no sólo del pueblo de la península, sino por parte de gremio de astrónomos de Asia. Se le catalogó de temerario, altanero, imprudente; y algunos geólogos le achacaron intrusismo disciplinario... Una vicisitud tras otra, fueron llevando a Zhu a retraerse poco a poco, y no cesó de trabajar a solas en su recinto casero.

- Pequeña, ¿observas aquella carita de color lila que brilla a lo lejos?

- Sí, abuelo. Es muy bonita. - mintió Han seguramente por influjo de su madre.

-Esa cosita lila es una señal de algo que pronto será real.

- Pero, abuelito...

- Oh, Han, relájate, piensas igual que tu madre. El abuelo es viejito, ha aprendido mucho en esta vida. No tengas miedo, nada me pasará.

- Abuelo... -la pequeña Han miraba a Zhu Cheng con una mezcla confusa de ternura, admiración y aflicción.

- Si todo se confirma, Han, descubriremos una nebulosa muy lejana, que emite destellos que pasan por puntos muy concretos del espacio. Tal vez un blázar inédito, un nuevo agujero negro. Cositas nuevas, quiero decir.

- Fantástico, abuelo.

Zhu trabajó con infatigable perseverancia en búsqueda de esa presunta nebulosa, intentando despejar toda clase de error de cálculos, estudiando las geometrías de varias galaxias, la ubicación de determinadas constelaciones; todo suponía ingresar de nuevo en el embarazo de complejas operaciones matemáticas. Asimismo anunció a su hija que era muy profable que la órbita de Cheng se expandiera a tal punto de que todos los planetas de la Vía Láctea serían abarcados por ella y quedarían alineados en perfecta simetría interplanetaria, seguiría adelante con la empresa aunque tal devaneo con las leyes físicas le generara dudas, que al fin y al cabo todo científico y todo humano las posee. También tenía dubitaciones de nivel secundario, como por ejemplo, cómo denominar a su hipótesis, futurible teoría contrastada con la realidad. Lamentablemente la gente desconfiaba de sus afirmaciones; sus adeptos y acólitos mermaban día a día, y tampoco -para colmo- ese astro misterioso no brillaba, no existía a los ojos de la creciente masa de escépticos, y su propia hija Jing aún no había podido divisar esa misma estrella que su padre aseveraba que estaba presente. Con satírico tono, muchs preguntaban por nuevos eclipses, o terremotos, o por vida extraterrestre; el respeto hacia el viejo Zhu iba en manifiesto descenso...

Tarde o temprano, los planetas del sistema solar, de Mercurio a Plutón, quedarían en fila, bajo el imperio de una línea axial uniforme; sería el Trópico Cero, nombre que eligió Zhu para ese suceso, diámetro de una circunferencia circunstancial y única. Por consejo de su hija, el anciano contuvo su frenesí, su sed de reivindicarse y promulgar su nueva teoría, que era sin duda la más osada hasta el momento, por su muy difícil verificación, ya que requeriría mucho tiempo. Mas Zhu estaba confiado, se mostraba estoico, optimista, nunca abandonaba su anhelo empedernido de superación, aunque a veces no se aclarara, aunque no se viese la nebulosa en lontananza, ni la estrella excepcional del Escorpión; la esperanza estaba depositada en la "cosita" de color lila que no pudo ver la niña Han, cosita que albergaba la esperanza de ser algo... Pero, ¿qué exactamente?

- Padre, ¿qué insinúa? No me diga que pretende que le dé validez a tan arriesgada afirmación.

- Hija mía. Pecado original, entiende. Paciencia dada, espera fatal. El gnomon tarda en medir la altura del sol, pero nunca se rinde.

- Y entonces... ¿llamará Trópico Cero a eso que pregona que ocurrirá?

- Trópico Cero, en efecto. Yo no estaré presente, hija, me quda escaso tiempo vital, pero a ti te resta mucho más, y lo verás. El llamado efecto Doppler dará una pauta, resonarán inusitados ruidos, elementos visionarios de la simetría interplanetaria. Al fin se convencerán hasta los acólitos de la astrología. Ah, y, olvido algo importante: se verá en el cielo un resplandor lila, casi confundido con el de la estrella de Escorpión, una danza mágica de colores. Dicen por ahí que estoy loco, que me he vuelto un viejo delirante, mas no soy culpable de que hayan catástrofes; y tú podrás comprobar que este viejo chiflado sí tenía algo que decir.

- Padre. Yo confío en usted. Y me pregunto por qué nos empecinamos en hacer hincapié en lo que nos falta, o en los errores, y no en los aciertos, que es lo bueno.

- Hija, pocas cosas son suficientes para que seamos clementes, o prudentes..., el tiempo pone todo en su sitio. Recuérdalo.
- Desde luego, es difícil saber perder.

- Oh... Pero no perderé ahora, ya verás -dijo Zhu, riendo enérgicamente-. No imagino cómo será, cómo se presenciará el Trópico Cero, pero, será algo muy atractivo, nada ortodoxo, estoy seguro de ello. Si lo que hoy digo se demuestra que es falso, aún así habré servido a la Astronomía.

- Cuánta ilusión, padre -replicó Jing, arrastrando las palabras con subyacente miedo por la integridad biológica y moral de su progenitor, creyendo que a veces, por mucho que se hable y se lucubre...

Cheng lo tenía todo minuciosamente redactado; su teoría del Trópico Cero, algo magnífico, innovador podría suceder, según sus inducciones, la proporción del número pi se mantendría intacta cuando la órbita que lleva su nombre creciera hasta cubrir la superficie indicada, y la Vía Láctea se exhibiría con inigualable boato. Jing pudo ojear los trabajos de su padre, pues éste se los había legado; allí, en ese documento de sublime valor, el viejo Zhu explicaba como unaserie de movimientos gravitatorios, contracciones y dilataciones materiales sucesivas, irían dando origen al fenómeno del Trópico Cero... En nuestra galaxia se engendrarán flamas purpúreas, se descubrirá un flujo de energía sin precedentes, impulsos de una materia que los propios astrónomos, postrados ante la incertidumbre, la llaman "materia oscura". Y decía Cheng que una diosa engalanada con fastuosa pedrería celestial dominaría los campo de percepciones de los espectadores terrestres; tal vez esto entrañara una profunda carga de delirio o de intersecciones de realidades y planos oníricos, o paralelismos con algún otro universo; el caso es que Zhu Cheng siempre, por una u otra razón, captaba el interés de quienes de él algo conocían.

...Como tampoco, dejó a nadie en Tibur al margen, el fallecimiento del anciano; en su lecho con modestos doseles, a la lumbre de los gualdos arabescos, Cheng cesó de respirar, su corazón se volvió inerte, su sueño se hizo eterno. Mientras la hija y la nieta lloraban por su defunción, otros también lloraban, y otros se enfrascaban en habladurías, diatribas post mortem, debates baladíes. Por otra parte, Jing con entereza se encargó de inmortalizar la teoría de su padre, y apelando a lo que él le había inculcado: el tiempo como agente de justicia. No hubo tifones, ni algún otro siniestro, las alondras volvían con sus cantos canoros, y en la mente de Jing desfilaba la imagen de su padre en la víspera de su muerte, escribiendo sus últimas líneas, finiquitando su Trópico Cero, contemplando su cama.

...continúa
Accede o Regístrate para comentar.


Para entrar en contacto con nosotros escríbenos a informa (arroba) forodeliteratura.com