Con permiso, y aunque esto no vaya a ser habitual:
Un hombre de avanzada edad alecciona a su nieto sobre cómo atarse correctamente los cordones en uno de los bancos de un parque lleno de palomas. Viste gabardina negra con sombrero, parece ir de luto, pero se le ve feliz.
Enfrente una chica comienza a despertar. Su nombre es Eva, aunque ella aún no lo sabe. Tiene 23 años y no recuerda nada. Una maleta, dos pantalones, una falda, ropa interior, alguna camiseta, un I-pod, aspirinas, tarjeta Media Markt. Abre la otra caja y un viejo violín aparece, pero no es una pista.
Barre con la mirada su cuerpo. En la cartera, su DNI. Es de Madrid. Dinero, condones, una tarjeta de crédito con PIN.
No tiene hambre, decide caminar. Al cruzarse con un un hombre de avanzada edad con sombrero le pregunta si está en Madrid. Él, mitad desconfiado mitad indignado le contesta que sí, que sólo tiene que llegar hasta el final de esa avenida.
Tras un gracias y un adiós se lanza a intentar resolver algo, sin saber qué.
Camina, el olor que le llama la atencion acrecenta por pasos. Al verse reflejada en el espejo de aquel escaparate detiene sus pies súbitamente.
Es morena, ojos miel, labios de tango, rasgos de aquí y de allá, mirada de sueños y manos perfectas.
-Esta soy yo- Piensa. Y recobran el ritmo sus pies.
Observa las personas de su alrededor, comprando, saludándose entre si, andando con los ojos abiertos y la mente en otro lugar.
Cuando llega al final de la avenida cruza la carretera el corazón bombea el doble, el triple de velocidad. Su cuerpo tiembla y sus ojos miran fijamente al horizonte.
Era la primera cosa que tenía clara, jamás había estado allí. Por tanto, no estaba en Madrid.
Quedó allí sola, ante el silencion del rumor de las olas, lejos del mundo, en el acantilado que rompía aquella ciudad.
Las gaviotas volaban, el mar respiraba, el cielo era un pasajero, y el tiempo tan sólo se dejaba mecer.
La armonía de la escena y sus pensamientos se hicieron trizas cuando un niño, al que sus padres llamaban desde la arena de la playa, apareció a escasos metros de ella. Le podía ver la comisura de los labios. Sonreía. No tenñia razones,aunque a esa edad sonreír no es una obligación para olvidar un segundo el desastre de nuestras vidas.
Con un gesto rápido el niño se dio la vuelta, y como si la muerte le fuese en ello, bajo las escaleras casi naturales que llevaban a la arena y al agua donde ya se encontraban sus padres.
Cuando las lágrimas de Eva comenzaron a cesar, lentamente repitió la acción del niño.
Su violín se mojó, su ropa, todo estaba empapado, incluso su cara. Su mano derecha alcanzó el cuello y acarició el collar. Tenía una inscripción que no leyó.
De nuevo tuvo una certeza: "No recuerdo mi pasado. Por tanto, tal vez sea un buen día para comenzar a caminar".
Y entonces, por primera vez desde que tú y yo la conocemos, comenzó a sonreír. Era el primer día del resto de su vida.