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Erachicha

Nicholas FlamelNicholas Flamel Pedro Abad s.XII
editado enero 2008 en Ciencia Ficción
Este un pequeño relato que escribi hace un par de años. He notado que escribia pesimo por ese entonces XDD. Aunque la escritura empleada no es de mucha calidad (creo que he mejorado MUCHO) dejo para que aprecien una de mis primeras obras algo más serias y largas.

ERACHICA

Pequeños y revoltosos rayos de sol penetraban en la extraña habitación, una habitación de paredes blancas y baldosas opacas, donde la tranquilidad y un silencio ensordecedor imperaban. Cerca de la ventana, por la cual entraban los ya mencionados rayos de sol, se encontraba posicionada una simple cama, con una notoria falta de arreglo y ventilación, sobre ésta yacía un cuerpo inerte, sumido en un monótono sueño, un sueño que no se interrumpió sino hasta la llegada de los molestos visitantes enviados por la majestuosa estrella.
El hombre despertó, todavía lidiaba con un gran peso en el corazón, y no logró mirar más allá de las blancas paredes y las baldosas opacas. Volvió a sentir esa horrible sensación, esa sensación muchas veces antes experimentada, una sensación de encierro y tristeza, angustia y dolor. Sin aviso previo su corazón se estremeció, le exigía correr, escapar de ese solitario lugar, que no le proporcionaba más que dolor. Rápidamente reaccionó, tomó un bolso que contenía sus míseras pertenencias y salió raudamente de la habitación, llegó al pasillo, el cual se encontraba vacío y completamente silencioso, siguió intrépido su camino y dejó atrás aquel lugar.
Ya fuera de aquel sitio, se sintió libre, se había liberado de aquel insoportable peso que presionaba su corazón y olvidado las penas que le atormentaban, ahora tenía ante sus ojos un hermoso horizonte, donde deslumbraban futuras esperanzas. En este recién descubierto ecosistema habitaban las plantas, los animales y el medio ambiente en perfecta armonía.
El hombre observaba con rebosante alegría, la enorme pradera que comenzaba justo bajo sus pies, luego, cambiando el curso de su mirada, su atención fue atrapada por un impresionante lago, el cual rompía abruptamente en aquel paisaje.
De un momento a otro el hombre reaccionó, tenía que seguir su intrépida travesía, decidió alcanzar aquellos cerros, que aparecían lejanos en el horizonte y con una inesperada agilidad inicio su camino.
Caminó horas antes de llegar a los cerros, en el trayecto se maravilló con todo lo que vio, ya no recordaba cuando se había sentido tan feliz y decidió aprovechar hasta el más mínimo momento caminando por esos parajes.
Ya en los cerros tuvo que detenerse, el sol se había escondido en su morada y no había forma de seguir, necesariamente debió prepararse para pasar la noche en el lugar.
Pasadas las horas comenzó a atormentarlo el hambre y entonces recordó que traía alimentos en su bolso, los había tomado al momento de escapar, comió un par de panes y guardó el resto, no era mucho y no sabia cuanto tiempo duraría su viaje.
Finalmente prendió una fogata con algunos trozos de madera, se tapó con una manta que llevaba y se durmió, ahora con una placida sonrisa.
A la mínima aparición de las luces del sol, el hombre se despertó, cerca, en el cerro, encontró un pequeño riachuelo y de forma abrupta sumergió la cabeza en el agua, tenía que partir y antes de iniciar nuevamente su viaje, tomo algunos frutos de unos arbustos y los comió con un apetito feroz. Ya con el estómago semi-lleno y recogido su campamento partió, siguió un sendero entre los cerros, era un camino agotador y requería de gran esfuerzo físico recorrerlo. El hombre, aunque exhausto, caminaba feliz por aquel sendero. De esa forma pasaron las horas sin que lo notara, sólo se detuvo un par de veces para comer y descansar.
Cuando ya empezaba a atardecer el hombre notó por primera vez, que ya no lograba observar lo que dejó atrás, el lugar donde durmió la noche anterior, el lago, la pradera, ya no podía regresar, tenía que mirar al frente y seguir.
Ahora, se encontraba en un inhóspito sitio en que se mezclaba perfectamente las rocas, la tierra y la escasa vegetación, dando como resultado un desolado paisaje entre los cerros, pensaba en lo hermoso que le resultaba este triste escenario y mientras lo hacía preparaba un lugar para descansar por la noche. En ese momento escuchó un extraño ruido, imaginó que lo buscaban, alguien se tuvo que enterar de su intrépido escape y pensó en correr, pero el ruido se repitió, era un sonido que se asemejaba a una marcha sigilosa, éste se incrementó y luego se escucharon murmullos, extraños murmullos que no se parecían a ningún ruido conocido. El hombre ya no soportaba esta desesperante agonía y gritó desesperado: ¿Quién se encuentra ahí?, ¿Qué quieren de mí?, si me quieren, llévenme. Por un momento, todo estuvo en silencio y el hombre perdía la paciencia, pero en ese preciso instante comenzaron a aparecer extraños hombres; éstos aparecieron de entre los cerros, al principio sólo había 2 o 3, pero luego el lugar se llenó de ellos, eran más de 30. Aquellos hombres de extraño aspecto vestían una faja sobre un traje de manta y un sombrero de tubo de trigo con plumas en su copa, la forma de sus cuerpos demostraban una exuberante fortaleza y sus cabellos libres hacían notorio ademán de descuido.
El hombre quedó absorto mirando a este extraño grupo y no supo como reaccionar, pero no le fue necesario, ya que los extraños hombres se acercaron, recelosamente, a él, siempre conservando cierta precaución. Después de unos cuantos minutos, los extraños hombres estuvieron cara a cara frente al hombre y se precipitaban a tocarlo, el hombre en ese momento fue abordado por un penetrante miedo, ya no aguantaba aquella situación, pero no era capaz de reaccionar, el horror lo había paralizado totalmente. Entonces los extraños hombres lo tocaron, revisaron por completo su cuerpo, les atraía principalmente la ropa que usaba, ropa común, que para los extraños hombres era una especie de tesoro. El hombre, perturbado, al sentir que lo registraban, aumento frenéticamente su desesperación y sin previo aviso cayó desmayado.

El sol repetía nuevamente su rutina y abría lentamente el día. El hombre despertaba tranquilamente, después de haber dormido satisfactoriamente la noche entera, lo primero que apareció ante sus ojos fue una insólita y simple construcción de madera, al parecer era una vivienda, muy rudimentaria, que no constaba con más de un cuarto. El hombre se hallaba sobre una hamaca, no recordaba nada desde la noche anterior, del momento en que perdió el conocimiento. Ahora, se encontraba rodeado de miradas, se trataba de los extraños hombres, que esperaban ansiosos su despertar. Además de los hombres también se podían ver mujeres. Éstas iban vestidas con un traje compuesto por una falda negra, con enaguas blancas de manta, también usaban una camisa plegada sobre el pecho y la espalda, con una jarreta a lo largo del escote. Usaban un peinado formado por dos trenzas y llevaban aretes de diversas formas.
El hombre, menos asustado que la noche anterior, decidió tratar de hablar con los extraños, preguntándoles: ¿Quiénes son ustedes?, ¿Dónde estoy?, ¿Por qué estoy en este lugar?, los hombres contestaron, pero no logró entenderlos, hablaban otra lengua. Viendo imposibilitado el diálogo, el hombre, se levantó y decidió explorar el lugar, dejó la vivienda, lo siguieron un grupo de niños del lugar. Estando afuera caminó por la aldea, siempre seguido por el grupo de niños, éstos vestían al igual que los adultos y miraban con intensa curiosidad al recién llegado.
El hombre rápidamente notó que se encontraba en medio de una gran e insólita civilización. Después de pasar algunas horas recorriendo el lugar, el hombre se sentía hambriento y cansado, afortunadamente para él, los niños lo tomaron del brazo y lo arrastraron hasta la vivienda donde había despertado horas atrás, ahí lo esperaba un gran grupo de personas listas para comer. El hombre se sorprendió con el gran número de personas que se presentó en el lugar y lo cautivo la comida servida, la cual era completamente natural, pero lo que más le impresionó fue la amabilidad con que lo trató ese grupo de personas, para él desconocidas.
Al anochecer el hombre se dispuso a partir, pero los habitantes del lugar no se lo permitieron, le exigían con sus duras miradas quedarse, el hombre ignoró completamente la exigencia de los hombres, ya estaba decidido a dejar aquel sitio. En ese instante lo tomó del brazo una niña, la cual pertenecía al grupo que lo acompañó por la ciudad. El hombre miró esos dulces e inocentes ojos, ojos que le pedían con cálida desesperación quedarse. Entonces, el hombre no soportó, no podía negarle algo a ese tierno rostro y pensó: “No me hará ningún mal quedarme por un tiempo”, finalmente el hombre decidió quedarse en la ciudad.
Pasados algunos días el hombre ya se había acostumbrado al lugar, disfrutaba cada momento del día, cuando paseaba por la ciudad, cuando comía acompañado de los demás, pero lo que más disfrutaba era salir a explorar con los niños que no lo dejaron de acompañar desde el día en que los conoció.
Cada día el hombre lograba aprender nuevas palabras de aquel extraño dialecto, de hecho luego de algunas semanas ya conocía el nombre de la niña culpable de su prolongada estadía en aquel lugar, aquella niña llevaba por nombre Atziri, que en su idioma significa: “Espiga de Trigo”.
El hombre formó un gran lazo de amistad con Atziri, ésta niña de no más de 7 años de edad poseía unos hermosos y penetrantes ojos, capaces de ablandar hasta la más dura de las almas, un cabello largo y libre, de un intenso color azabache y un carácter travieso y amable, que producía en el hombre un sentimiento de protección e indudable cariño. El hombre se sentía responsable de acompañar a la niña y a todo su grupo, él tenía que asumir de guía en sus aventuras (Aunque supiera menos del lugar, que los propios niños), él tenía que cuidarlos cuando se perdían en la selva y los regañaba cuando le confesaban que siempre conocieron el camino de regreso. Por primera vez, en mucho tiempo, se sintió apreciado y respetado, era feliz teniendo a su lado a esos niños, que le habían regalado todo su cariño, sin pedir nada a cambio. Así pasó mucho tiempo el hombre en aquel insólito lugar, las veces que intentó partir se lo impidió Atziri, aunque después de un tiempo ya no quería dejar aquel extraño sitio.
Una mañana, después de cumplir un mes junto a Atziri y su gente, el hombre recorría tranquilamente el lugar, iba acompañado de Atziri y los niños, de los cuales no solía separarse, se encantaba con todo lo que veía y accedía gentilmente a ayudar a los adultos; colaboraba llevando los alimentos que cocinarían las mujeres y buscaba las rudimentarias, pero efectivas herramientas que los hombres usarían en la faena diaria. Ese día ocurrió algo inesperado, esto ocurrió cuando el hombre transportaba una gran cantidad de maíz, Atziri, a la cual ya casi lograba entender a totalidad, lo tomó del brazo y le gritó: “Apúrate, vámonos, hay que ir a ayudar”.
El hombre sin entender, dejó los alimentos en el lugar, se disculpo con su dueña y partió guiado por Atziri, la cual no se detenía ni un momento en el camino y desesperadamente corría para alcanzar su objetivo. Después de unos minutos, finalmente llegaron, su destino se encontraba en los límites de la ciudad, eran los cimientos de una futura construcción. En aquel lugar, un grupo de hombres planeaba levantar una vivienda. El objetivo de Atziri era ayudar en la dificultosa faena, a lo que el hombre no se podía negar. Gustoso comenzó a colaborar, pasó la mayoría del día trabajando, fue un día divertido pero extenuante. Aunque no conocía bastante las extrañas construcciones las observaba diariamente y eso le fue suficiente, ayudó como el mejor de todos los expertos, aunque no lograba maravillas, siempre mantuvo la intención de realizarlas. Así pasó la tarde y no hubo momento en que no se sintiera contento, aunque cansado, pero muy contento, más feliz estuvo al momento de terminar, ya al atardecer, cuando pudo apreciar las caras de felicidad de aquellos hombres que desde ese día tendrían un nuevo y acogedor hogar. Finalizada la faena ya estaba preparada una fiesta en conmemoración a los nuevos dueños de casas, a la cual fueron invitados todos los que colaboraron con la construcción, entre ellos el hombre, también asistieron a la celebración los parientes de la familia, los cuales llevaban regalos para celebrar. Fue una fiesta muy animada, las mujeres llevaban colgados en sus fajas muchos panes pequeños con formas de animales como toros, pájaros o mulas, pintados y rellenos con pinole, entre los que intercalan tortillas pequeñas y flores de papel. El hombre nuevamente era acogido, le daban ese cariño, nunca antes sentido, sonrió, lo hizo como nunca antes, era feliz, no quería que se extinguiera esta hermosa celebración, la cual nunca olvidaría.

El hombre recibía, nuevamente, los rayos del sol sobre su cara, ya era hora de despertar, se encontraba en la misma hamaca en la cual había despertado hace un 32 días atrás, no tenia la misma sensación de intranquilidad y temor de entonces, ahora se sentía libre y feliz. Ya despierto tenía que prepararse para partir, le había prometido a Atziri que la llevaría, junto con los otros niños, a los cerros por donde él había llegado, rápidamente se vistió, buscó a Atziri, la cual estaba acompañada por el resto de los niños, todos estaban listos para partir. El hombre tenía que llevar a cabo la difícil misión de encontrar aquel camino que recorrió inconsciente, pasó la mañana completa sin lograr dar con el camino correcto, caminó por extraños parajes, pero no encontró lo buscaba, no se desanimó, realmente no quería reencontrarse con su pasado, pero algo lo entristeció, la desilusión marcada en la cara de los niños, aquellos niños realmente deseban saber más sobre aquel hombre que, para ellos, era el mejor de todos los héroes. Entonces el hombre dijo: “No se desanimen, otro día lo volveremos a intentar y verán que encontraremos el camino correcto y cuando aprenda su lenguaje, completamente, podré preguntarle a los adultos por que lugar me trajeron a esta ciudad”, el rostro de los niños cambió, aunque no entendieron todo lo que dijo aquel hombre, aquellas palabras les dieron nuevas esperanzas, y eso les basto. Ya era el momento de partir y el hombre decidió llevar a los niños a un paseo por una desconocida selva, los niños se alegraron y dichosos partieron, la aventura por la selva cambió los ánimos, recorrieron felices la jungla, se maravillaron y divirtieron con los hermosos animales que habitaban el lugar, escalaron con euforia los gigantes árboles. Ya cuando empezaba a atardecer, el grupo decidió partir, entonces se dieron cuenta de una macabra sorpresa, Atziri no se encontraba junto a ellos, el corazón del hombre se desesperó, le instó a correr, éste rápidamente le obedeció, sintió que algo horroroso podía pasar, a gran velocidad recorrió todo la selva, entonces escuchó una voz cerca del lugar en el cual habían notado la ausencia de la niña, era la voz de Atziri, la pequeña gritaba con desesperación, repitiendo siempre la misma palabra, “Erachi”. El hombre, aunque no conocía el significado de aquella palabra, fue al auxilio de la niña, rápidamente la encontró, ésta estaba atrapada dentro de un tronco, envuelta por un extraño líquido, el cual le impedía casi por completo la respiración. El hombre la sacó del tronco, la limpió lo más que pudo y la abrazó con euforia, lágrimas se deslizaron por sus mejillas, había estado apunto de perder lo que más apreciaba en este mundo.

El bullicio abría el día, la ciudad se encontraba al borde del colapso, la gente llenaba las calles y las viviendas, todos los pobladores de la región se reunían para celebrar la fiesta de “Equataconsquaro” en la cual veneraban al mayor de sus dioses, Curicaueri. Sería una larga celebración que duraría 20 días. El hombre despertó más temprano de lo normal, se encontraba con Atziri y los niños, observando el comienzo de esta gran ceremonia, la cual habían preparado con muchos días de anticipación, observaban dichosos las extrañas vestimentas que se lucían y los bailes que se realizaba. Así, rápidamente, fueron pasando los días y el hombre ya no aguantaba el cansancio, fue hermoso todo lo que vio, pero eso no le quitaba la extenuante sensación que abatía su cuerpo, ya eran 10 días de incesante celebración, en los cuales las horas de descanso eran ínfimas. En aquellas condiciones pasó el resto de los días, durante esos días conoció las cosas más insólitas de aquella, ya extraña, fiesta. Ya en el último día, de modo de cierre, se realizó una narración de la vida de sus antepasados que daba el sacerdote mayor a todos los señores y gente de la provincia. Ya terminada esta gran fiesta, los visitantes dejaron lentamente la ciudad y el hombre descansó, como nunca lo hizo antes y nunca lo haría otra vez, se durmió en su hamaca, en la cual había despertado hace más de 70 días atrás.
Ya habían pasado más de 3 meses de la prolongada presencia del hombre en aquel sitio, se encontraba hablando con un poblador, pues ya entendía completamente el idioma empleado en el lugar, en esos momentos le preguntaba: “¿Por qué me trajeron a este lugar?”, el receptor le contestó: “Porque tu fuiste enviado por Curicaueri, tu extraña ropa, tu insólito cabello y tu inesperado idioma, lo demostraban claramente.”, entonces el hombre le dijo: “Eso no es posible, eso no es cierto, si lo fuera yo me habría enterado, además existe mucha gente que usa la misma ropa que yo, o que habla mi idioma”, entonces el poblador le dijo: “Nunca hemos conocido personas como tú, no las hay por aquí, tú debes estar recordando el lugar donde vivías antes de llegar a este mundo”, en ese momento el hombre recordó que no sabía en que lugar se encontraba y se lo preguntó a su acompañante, éste le contestó: “Nos encontramos en la ciudad de Tzintzuntzan, la fabulosa capital del reino de Michoacán, donde habitamos los P’urépechas, nosotros nos encontramos en constante lucha contra los Aztecas, ellos quieren agregar este reino a su imperio”. Al escuchar esas palabras, el hombre se sorprendió, había escuchado de los P’urépechas y de los Aztecas, pero como civilizaciones antiguas, que ya no existían de esta forma prehispánica que mencionaba el poblador, no lograba entender donde estaba, ¿Acaso se encontraba en un mundo ya extinto? Las dudas lo abatieron el día entero y no lograba responderlas, ¿Cómo era posible que se encontrara en tiempos prehispánicos?, ¿Era real lo que se encontraba frente su mirada?, ¿Y las personas que conocía, los niños y Atziri?, ¿También eran ilusiones? Además ¿Qué pasaba con el mundo exterior?, ¿Por qué desaparecieron las ciudades y las personas modernas? Al final del día, sólo pudo concluir que no existía una respuesta posible y trató ignorar sus dudas, no creía posible que todo lo vivido en este lugar haya sido una simple ilusión.

El hombre se encontraba sentado en su hamaca, observaba con una inerte mirada la pared a la cual se enfrentaba, estaba completamente absorto en sus pensamientos. El día abría su manto y rociaba con su luz al inmóvil cuerpo, no había logrado dormir más de una o dos horas, las dudas habían transformado en un infierno, la ahora feliz vida del hombre. Llegó alguien a rescatarlo, inesperadamente, Atziri entró por la puerta para sacarlo rápidamente de la vivienda, lo llevó por la ciudad a gran velocidad y no se detuvo hasta llegar a su destino, casi una hora después. Llegaron a un altar, un altar elegante, que al parecer se usaba para realizar ceremonia religiosas. El semblante del hombre no cambiaba, apenas se percató de lo sucedido, entonces la niña habló, el hombre reaccionó, deseaba escuchar lo que Atziri expresaba, ésta dijo: “Yo no pertenezco a este pueblo, los habitantes me encontraron en este altar cuando apenas era un bebé, no saben como llegué, ni quien me dejó aquí, pero me tomaron y me criaron como una más de esta ciudad”, el hombre se sorprendió, nunca imaginó algo parecido, los demás trataban a Atziri como una más de ellos, sin ni siquiera hacer la más mínima discriminación; era tan difícil de notar, que si no fuera por esta inesperada revelación, nunca se abría enterado. Entonces la niña continuó: “Recuerdas cuando me rescataste hace algún tiempo, yo pedía auxilio gritando una palabra, repetía Erachi, cuyo significado es Hermano, en esos momentos te llamaba a ti, yo te quiero como mi hermano, que me cuida y me regala su cariño, tu eres mi única y verdadera familia”, el hombre no supo como responder y de forma intuitiva abrazó a la niña, se acercó y le dijo al oído: “Tú también eres mi única familia, eres mi pequeña hermana”. La niña se alegró mucho y feliz dijo: “Seremos Erachicha por siempre”. En P’urépecha “Erachicha” significa hermanos, aquella palabra definía lazo que unía al hombre con Atziri. Luego de dicho aquello, la niña, como forma de sellar el lazo que la unía al hombre, le regaló una pulsera, ésta llevaba tallado pequeños animales, entre ellos un águila, un toro y una mula, el hombre dichoso amarró la pulsera a su muñeca derecha. Gracias a la inesperada revelación de la niña, en la cabeza del hombre, todas las dudas se disiparon, ya creía imposible que todo lo vivido, en aquel lugar, fuera irreal.

El silencio reinaba en la ciudad, hace un par de horas, al amanecer, se habían enterado de la muerte del Cazonci, el era el gobernador que reinaba sobre todos los P’urépechas. Durante el día, todos los pertenecientes al reino, llegaron hasta la ciudad para venerar al gobernante P’urépecha. La ciudad encontraba en constante movimiento, se realizaban los preparativos necesarios para la ceremonia de velación del cuerpo del Cazonci.
Cuando empezaba a atardecer la ceremonia comenzaba, durante ésta los caciques del pueblo cubrieron al Cazonci con mantas, rico plumaje y joyas, luego lo acompañaron de sus armas de guerra más significativas, junto a esto se sacrificó a varios de los servidores del gobernante, los cuales fueron provistos de las herramientas usadas para llevar a cabo sus trabajos, su objetivo era servir al monarca más allá de la muerte. Cuando anocheció, ya a la media noche, el pueblo, realizó, junto al cuerpo del gobernador, una procesión hasta el patio de los cúes grandes, en ese lugar el gobernante fue incinerado. A la mañana siguiente las cenizas del Cazonci fueron colocadas en una manta, en la que también se disponía una máscara de turquesa, orejeras y brazaletes de oro, collares de turquesa y concha; todo fue coronado con hermosos plumajes y se acompañó con rodelas de plata sobre los restos. Luego todo fue sepultado al pie del templo del dios Curicaueri, en un sepulcro provisto de vino, comida, jarros y ollas, entre otros elementos. Terminado todo esto el pueblo se disponía a pasar los siguientes 5 días en completo luto. El hombre todavía se encontraba sorprendido después de haber asistido a la totalidad de la ceremonia efectuada, sentía algo extraño, una intranquilidad inexplicable, vio como los P’urépechas acabaron con la vida de un grupo de personas. Aunque los entendía, ya que según las creencias religiosas del lugar todo tenía sentido y era beneficioso para los hombres que perdieron la vida, pero el hombre no se quitaba esa extraña sensación de inquietud, la cual lo perseguiría por mucho tiempo.
Rápidamente quedaron atrás los días de luto, el pueblo expectante, esperaba el ascenso del nuevo monarca, el elegido sería el hijo del fallecido gobernador. Ya pasado casi 20 días de la muerte del Cazonci, comenzaba la ceremonia de nombramiento del nuevo monarca, ésta fue presidida por el Petamuti, el más importante de los sacerdotes. Fue una hermosa ceremonia, que demostró, como muchas otras, lo rico de la cultura P’urépecha. Ya teniendo un nuevo gobernador, el pueblo volvió a la vida, ya realizaba sus actividades diarias.
El día resplandecía y se lograba ver, condenados por su nivel social, a los pobladores trabajando duramente. El hombre trataba de colaborar, lo imitaban Atziri y el resto de los niños, mientras realizaba lo mencionado, de forma imprevista, lo llamó un hombre, era un mensajero del nuevo Cazonci, éste pidió hablar un momento con él, a lo que el hombre rápidamente accedió. Hablaron durante un largo lapso, el objetivo del mensajero era llevarlo junto al Cazonci, éste se había enterado del rumor, aquel rumor que presumía sobre el mencionado enviado de Curicaueri. El hombre, largamente lo pensó, ese rumor le proyectaba un negativo futuro. Entonces decidió, debía ir con el Cazonci, no podía negarle una petición al dueño de estas tierras y del destino de esta gente.
El hombre partió, Atziri intentó seguirlo, pero el mensajero no lo permitió. Para alegrar a la niña, el hombre le prometió que le iba a contar todo sobre el gran palacio del Cazonci. El viaje del hombre fue largo, había que recorrer casi la totalidad de la ciudad, demoró horas en llegar, pero al ver esa hermosa obra de arte, toda pareció valer la pena. El palacio era la muestra viviente de lo grandioso y majestuoso, el hombre nunca conoció tan inmensa belleza y no fue capaz de reaccionar cuando su mirada fue atrapada por largos minutos.
Cuando finalmente el hombre se dispuso a entrar, a tan maravilloso lugar, su sorpresa no disminuyó, observó cada cosa que se posicionaba en ese lugar, el cual mostraba majestad y autoridad, lo que te hacía sentir pequeño y sin importancia. Fue largo el trayecto y la curiosidad del hombre, lo extendió.
Después de casi una hora, el hombre, finalmente llegó a su destino, en una extraña sala lo esperaba el Cazonci juntó al Petamuti y un grupo de sirvientas. Al momento de entrar, todos volcaron su mirada sobre la ropa del hombre, luego observaron atentamente el tinte rubio de su cabello y su pálido color de piel. Todos miraban con extrema curiosidad al hombre, lo que vieron los convenció de la veracidad del rumor. El hombre se dispuso a conversar con el monarca, era a lo que lo invitaron y que lo observaran como un extraño objeto en exhibición le incomodaba, de forma imprevista habló: “Señor, e respondido a su llamado y deseo saber que es lo que me quiere comunicar”, esto causó un fuerte murmullo en la sala, al parecer hablarle de esa forma imprevista al Cazonci constituía una grave falta de respeto. El monarca haciendo pesar su autoridad, hizo callar a los presentes y dijo: “Enviado de Curicaueri, te agradezco tu rápida y positiva respuesta ante mi llamado. Espero te sientas cómodo en esta sala y disfrutes de nuestra presencia. El objetivo de mi llamado es proponerte algo, debes dejar el lugar donde vives, no tienes que vivir entre esos horripilantes y pobres seres. Debes vivir en el palacio, junto a nosotros representantes de los dioses en la tierra”. El hombre enfureció, no soportaba que hablaran de esa forma de esas personas que le habían entregado tanto cariño. Con inmensa ira dijo: “Usted, arrogante señor, no le permitiré que hable de esa forma de las personas a las cuales amo”. Luego de lo dicho el hombre intentó dejar el lugar. Pero la mano firme, de un guardia del Cazonci, lo afirmó por el hombro y no le permitió llevar a cabo su objetivo. Entonces el Monarca habló nuevamente: “Creo que no puedo permitirte que dejes el lugar. Te necesitamos aquí y te quedaras aquí, yo soy el representante de Curicaueri en la tierra y tengo derecho sobre tu destino.” El hombre intentó liberarse, pero sus esfuerzos fueron inútiles. No tuvo otra opción que resignarse. Pasado un tiempo era llevado, forzosamente, por un corredor desconocido. El hombre se sentía horrible, lo tenían atrapado y no había forma de escapar. Lo encerraron en una lujosa habitación, donde le prestaron todas las comodidades. Pero no era feliz, el deseaba estar junto a los que amaba, junto a los pobres pobladores, a los niños y a Atziri.
Pasaban los días y el hombre extrañaba cada vez más a sus seres queridos, especialmente a Atziri. Lo atormentaban las dudas sobre el destino de la niña. Era desesperante no saber siquiera si ésta se mantenía con vida.
Ya no soportaba estar en ese lugar, donde era tratado como un dios, un dios sin derecho a libertad. Sin derecho a reclamo, atrapado en esa hermosa cárcel. Esa habitación era maravillosa, amplia, cómoda y con una hermosa vista. En aquel lugar eran cumplidos todos los deseos de los hombres, pero este hombre no era feliz, ni siquiera le importaba las comodidades prestadas. Lo único que lo alegraba de aquella habitación era el hermoso paisaje que se lograba ver a través de sus ventanas. Desde aquel cuarto se podía observar casi la totalidad de la ciudad y sus alrededores. El hombre, fue capaz de mirar, una vez más, la montaña en la que durmió alguna vez, el lago ya conocido hace mucho y el verde prado que imperaba en el bello horizonte. Este paisaje era lo único que lo tranquilizaba, le llenaba el corazón de bellos recuerdos, los que nunca lograría olvidar.
El hombre ya llevaba más de una semana en aquella habitación y su agonía crecía cada día más. Apenas tenía contacto con la gente, sólo sirvientas, las cuales llevaban sus alimentos, llegaban hasta aquel sitio. Era una triste y desesperante situación. Un día la rutina cambió, con la llegada de un inesperado visitante, era el Petamuti, el hombre se sorprendió muchísimo. Éste no era un visitante del todo agradable, de hecho despertaba el odio que el hombre acumuló todo este tiempo. Lo primero que se le vino a la cabeza, al hombre cuando lo vio, fue saltar sobre el Sacerdote y liberar su ira. Pero rápidamente recapacitó y decidió obtener información de aquel hombre.
El sacerdote se sentó junto al hombre y le dijo: “Perdona al Cazonci, no sabe lo que hace, no a querido escuchar mis palabras y cometido errores, uno de ellos ha sido encerrarte aquí” Luego de esas palabras el silencio reinó en el lugar, el hombre no sabía que responder o si debía hacerlo. Entonces la voces del visitante interrumpió nuevamente el silencio: “Yo sé que tú no debes estar en este sitio, pero hemos tenido problemas este último tiempo y el Cazonci esta desesperado, quiere que le brindes tu ayuda”, antes de que el hombre pudiera emitir un pequeño comentario, el Petamuti continuó: “Estamos apuntó de perder una batalla contra los Aztecas en la frontera, por esa razón el Cazonci quiere que tu vayas hasta ese lugar y nos concedas la victoria”, el hombre premeditadamente dijo: “No, no lo haré, no pienso ayudar al hombre que me encerró en este lugar”. El sacerdote respondió: “Por favor, lo necesitamos, enviado de Curicaueri, además después de esto serás libre”. Entonces el hombre reflexionó, si accedía a realizar lo que le pedían, podría dejar este desagradable lugar. Eso era lo que más deseaba, no volver a ver esas paredes, las cuales solo le producían desesperación. Si realizaba el viaje, no tendría que volver y podría encontrarse con Atziri y los niños.
Finalmente le dijo a su visitante: “Iré y les daré la victoria que buscan, lo haré con el poder Curicaueri”. El sacerdote muy feliz, sólo dijo: “Prepare sus cosas, mañana temprano partirá, será acompañado por un grupo de excelentes sirvientas y también de guerreros, quienes le prestaran las mayores comodidades y lo protegerán en caso de ser necesario”, después de dicho eso, dejó raudamente el lugar.
La dicha llenaba nuevamente al hombre, por fin dejaría esta cárcel. Su futuro ya no parecía tan negro, podría ser libre. El hombre se durmió tarde pensando en su nueva y cercana aventura, a través de la cual se vislumbraban nuevas esperanzas, lo arriesgaría todo con tal de estar con los que ama una vez más.
La niebla invadía la ciudad, 2 horas habían pasado desde el amanecer y la oscuridad seguía imperando. Entre la niebla caminaba un gran grupo de personas, ese grupo estaba compuesto por unos 15 guerreros, 11 sirvientas, por cierto muy versátiles, y contrastando con los anteriores, caminaba en ese grupo un hombre, un hombre que se caracterizaba por poseer características físicas completamente opuestas a los que acompañaba.
El hombre disfrutaba al máximo cada momento fuera de su recién abandonada prisión. Le hacía feliz la posibilidad de caminar libre por la ciudad y la dicha lo invadía cuando observaba las hermosuras que le rodeaban.
El grupo caminó largas horas por lo que parecía un camino eterno, la gente se sorprendía al verlos pasar y en actitud de inferioridad se alejaba rápidamente de su presencia. Después de unas cuantas horas el hombre ya llegaba cerca del lugar en el cuál vivió cuando llegó a esta ciudad. Sorpresivamente reaccionó y dejó al grupo, los soldados intentaron impedirlo pero el deseo del hombre era mayor. Siguió el trayecto conocido y después de unos 20 minutos llegaba a la vivienda en la que despertó hace ya mucho tiempo. Corrió para abrazar a sus conocidos, todos se emocionaron con su inesperado regreso, saludó alegremente a cada uno. Pero lo que lo saturó de felicidad fue encontrarse nuevamente a los niños, abrazó fuertemente a cada uno de ellos, especialmente Atziri, quien permaneció muy triste durante la extraña desaparición del hombre. Después de un tiempo, su alegría, inesperadamente, terminó, llegaron 7 guerreros, el hombre ya los conocía, eran del grupo con el cuál había caminado el día entero. El objetivo de los guerreros era llevarse al hombre para que continuara con la travesía hacía la frontera. De mala gana, el hombre, se despidió de todos los pobladores. Le prometió a cada uno de los niños que volvería. Sin embargo un extraño presentimiento le indicaba que nunca más volvería a verlos. Finalmente, cuando las lágrimas con todas sus fuerzas intentaban escapar de sus ojos, éste dejó el lugar, aun cuando sintió que era el último adiós, en su interior estaba seguro de volver. Se reunió nuevamente con el grupo de guerreros y sirvientas. Siguió su camino, se dirigían a gran velocidad a su destino, el cual se encontraba muy lejano aún.
El hombre ya no era feliz, la nostalgia lo invadía y las fantasías lo transportaban una y otra vez junto a los que amaba. No dejaba de pensar que este pudo haber sido la última despedida.
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