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BUTTERFLY (capítulo XXVI)

HORACIO VICTOR ROCHÓNHORACIO VICTOR ROCHÓN Gonzalo de Berceo s.XIII
editado enero 2011 en Terror
CAPÍTULO XXVI


Cuando la carreta llegó a San Pedro, las molestias en el ojo de James eran imperceptibles; casi no lagrimeaba y las dificultades para ver habían desaparecido. Esa tarde, precavido, tomó en varias oportunidades la medicina antes de acostarse a dormir, tratando así de asegurarse un ansiado descanso reparador.
En el transcurso de la noche los dolores reaparecieron, pero con menor intensidad que la vez primera, y la aflicción pudo ser soportada de mejor manera por el ánimo de James.
Al amanecer del día que siguió, se encontró de nuevo con un ojo enrojecido y dolorido.
- ¡¿Otra vez?! – preguntó Carlos con denodada preocupación.
- Así es – respondió el biólogo, un poco apesadumbrado.
- ¡Tenemos que hacer algo al respecto!
- Sí. Empaquemos y retornemos a Buenos Aires. Quiero regresar a la brevedad a Inglaterra.
- ¡¿Pero… y el ojo?!
- Me duele menos que ayer. Creo que va a recuperarse.
- Yo lo veo peor – le respondió sin persuadirse.
- No te preocupes. Hazme caso y vámonos.
En el viaje de regreso a la capital porteña, los malestares se siguieron presentando noche a noche, perturbándole el sueño a James. La medicina de Caw gradualmente comenzó a aplacarle el sufrimiento; y si bien, no lo hizo desaparecer, le permitió descansar de forma más o menos decente. El ojo, por el contrario, siguió mostrándose irritado y enrojecido. La visión fue disminuyendo considerablemente y cuando llegaron a Buenos Aires, el ver de cerca, era casi imposible.
En la capital, Carlos invitó al inglés a alojarse en su casa, y este aceptó encantado. En la humilde y sencilla vivienda, la señora de Carlos, muy atenta suministró a James un conjunto de paños, un aguamanil y la asistencia necesaria, para que higienizase su ojo lastimoso y comenzara a convalecer. También una suculenta cena sirvió a los recién llegados, que con ávido apetito supieron consumir. La noche encontró a los dos hombres cansados del ajetreante viaje, y dio cabida al sueño, que temprano los tomó.
Por la mañana James se levantó muy temprano. Carlos demoró un poco más. Cuando se encontraron en el pequeño comedor de la casa, el biólogo estaba con el abrigo puesto y sombrero en mano. Carlos al verlo, le dijo:
- ¿No desayunarás?
- No. Lo haré por el camino. Voy al puerto a ver si consigo pasaje para Inglaterra en algún bajel – respondió.
- ¡Pero antes deberás visitar un médico! – le dijo, más enérgico, el porteño.
- Después lo haré. Primero quiero asegurarme el viaje.
- Bueno, como quieras. Entonces espérame, que aviso a Amanda y me abrigo. Te acompaño.
- No es necesario, Carlos. Demasiado te has molestado.
- ¡Pamplinas! – exclamó - ¡Yo te conseguiré ese barco más rápido que cualquiera! ¡¿O no me conoces?!
James río, y antes de contestarle, Carlos le replicó:
- ¡Pero después veremos el médico! ¡De acuerdo!
- De acuerdo – respondió el biólogo casi a regañadientes, en vista de que sería imposible torcer la determinación de Carlos.

* * *


Junto a la calle, en las adyacencias del puerto de Buenos Aires, James aguardaba. Su cara hinchada del lado enfermo, en forma de un gran magullón, llamaba la atención de algunos transeúntes que pasaban por allí. Intentando evitar este acoso, miraba el empedrado pavimento y, en ocasiones, simulaba acomodar las ya ordenadas mangas de su camisa, sobresalientes del saco. No le gustaba ser el centro de atracción y la espera lo estaba incomodando. Y la cabeza sudorosa que le palpitaba, potenciaba más aún este malestar.
Pasado un considerable período de tiempo, su paciencia colapsó y se enderezó, cruzando la calle, hacia uno de los edificios. Antes de alcanzar una de sus puertas, de ella salió Carlos. La expresión amarga en la cara del porteño le decía todo.
- No hay barcos que zarpen a Inglaterra – dijo Carlos – Y no habrá por una semana al menos. Parece ser que ha habido inconvenientes a causa del tiempo.
- ¡Diablos! ¡Esto no puede estar pasando! – exclamó con enfado el biólogo.
- Cálmate, James. No te preocupes – trató de apaciguarlo – Ya hallaremos algo.
- ¡¿Qué hallaremos?!
- No sé. Déjame pensar – y luego agregó - ¿Por qué no vamos a visitar al médico? Después allanaremos lo otro. Tengo unos amigos orientales; les veremos luego para preguntarles si saben de alguna nave que zarpe de Montevideo a Inglaterra. ¿Qué te parece?
- De acuerdo. Vayamos – contestó James, en un suspiro.
El doctor al cual se refería Carlos, no estaba lejos de allí, pero viendo este que su amigo estribaba en pocos ánimos, decidió ver un coche para ir hasta el consultorio.

* * *


El doctor presionó el pómulo izquierdo del biólogo, y este en respuesta retiró inmediatamente la cabeza, dando a la vez un quejido.
- ¿Duele mucho? – preguntó el doctor, en un mal inglés.
- ¡¿Qué le parece?! – ironizó James.
El médico lo quedó mirando, ceñudo. No entendía bien lo que le había contestado.
Carlos, a un costado, se adelantó y le explicó en español:
- “Dice que sí. Le duele y mucho”.
James miró de reojo a su amigo. Sabía que había mentido, pero no agregó más palabras. No quería abusar de su buena voluntad.
El médico entonces continúo examinando el globo ocular. Este, ahora, estaba completamente rojo, salvo el área del centro en donde, rodeado, el disco marrón del iris luchaba por permanecer inmaculado. Como un monje en espiritual retiro que es acosado por lascivos deseos; o como el mismo mundo terreno, acuciado por los mordaces demonios de nuestros propios miedos. Así parecía el iris, en medio de ese mar rojo.
Después de terminar el análisis, el doctor se retiró un poco de James; levantó las cejas, los observó a ambos, de labios prietos, y dio el diagnóstico en su torpe inglés:
- El ojo no se ve bien. Pero lo bueno es que no hace fiebre. Eso es favorable. Tendrá que guardar reposo y tapar ese órgano para no forzarlo innecesariamente.
Luego se apartó hacia un rincón de la habitación y, de regreso, trajo consigo un frasco que ofreció a James, diciendo:
- Esa medicina que estaba ingiriendo, deséchela. Es sólo un conocido anestésico que solo le hará dormir y no le servirá para recuperarse. Tome esta, que sí le será útil.
James, extrañado y un poco atónito, aceptó el nuevo medicamento.
Carlos pagó los honorarios al profesional y, estando ya fuera del consultorio, le dijo a su amigo:
- Vamos a comprar unos víveres y luego regresamos a casa. Por la tarde…
- No. Ve tú – le interrumpió James – Si no te importa, iré a dar un paseo, así despejo mi mente.
- Sí, ve. Te hará bien caminar un poco. Pasaré por ti dentro de dos horas. ¿Quedamos así?
- Aquí estaré esperando – le aseguró James.
Carlos, después de esto, se fue en el coche. El inglés, por su parte, comenzó el paseo; caminó a buen paso y en dirección al puerto.

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