CAPÍTULO XXV
Los indígenas realizaban sus quehaceres diarios, alcanzada ya la media mañana. Uno despojaba del cuero a una nutria que había cazado más temprano en una laguna cercana, y otro, encendía el fuego para que, luego de ser terminada la faena, fuera asado el animal para el consumo. Junto a las tiendas más al centro del poblado, un viejo guaraní construía hábilmente lanzas. Seleccionaba para su confección las mejores varas de un montón de ramas, y les daba forma con diversas herramientas devastadoras. Luego, con firmes ataduras, fijaba en los extremos terminados, filosas puntas de piedra tallada. Cerca de allí, varios niños jugueteaban entre los caballos amarrados a un palenque, provocándoles inquietud, manifiesta en relinchos y zapateos.
De una de las tiendas salió Carlos, desperezándose y con su vista menguada por la luz exterior. Cuando consiguió adecuarse a la claridad, comenzó a buscar entre los aborígenes, hasta que halló a James y se acercó a él.
Este, se encontraba de espaldas al porteño y de cara a un descampado adyacente.
- ¡Te juro, James, que nunca había dormido tanto! ¡Y mi resfrío desapareció completamente! – dijo Carlos de manera alegre, mientras terminaba de allegarse – No sé si fue la infusión del indio o tu medicina; pero cualquiera que halla sido, me ha hecho buen efecto.
James, inmóvil, lo escuchó; y luego se volvió, declarándole desganadamente:
- A mi no me ha resultado tan bien. No pude dormir en casi toda la noche.
Carlos quedó inmóvil también. Pero el asombro fue el causante de su quietud, al ver la cara de su amigo.
- ¡¿Qué le ocurrió a tu ojo?! – preguntó, exclamante.
El ojo izquierdo de James estaba inyectado en sangre. Infinidad de líneas multiquebradas rojas, como rayos en una tormenta, lo surcaban en todas las direcciones. Las lágrimas, producto de la irritación presente, empapaban el órgano haciéndolo brillar en gran manera. Y el incesante parpadear, provocaba el derrame del abundante e inevitable líquido salino, sobre la mejilla.
Con un pañuelo el biólogo secó su rostro suavemente, puesto que al contactar el ojo, este dolía. Luego respondió:
- No sé que me ocurrió. Puede ser que me haya golpeado con una rama, ayer durante el viaje a través de la selva; o me entró algo de noche y no me di cuenta. No lo sé – repitió enseguida – Pero anoche un intenso dolor me invadió el ojo. Tomé de la misma medicina que te di ayer, pero fue inútil. El dolor continuó; solo el cansancio hizo que pudiera dormir un par de horas.
- ¿Y ahora cómo te encuentras? ¿Duele aún?
- Sí, aunque mucho menos. La luz me molesta.
- Es el mismo ojo que te atacó la mariposa – apuntó el porteño.
- Sí; aunque no debe tener nada que ver una cosa con la otra. Mi médico me dijo que no tenía ningún daño. Es casualidad que sea el mismo ojo; nada más.
- Si tú lo dices – murmuró Carlos, y agregó – Pero… será mejor que veamos a un médico cuando lleguemos a San Pedro.
- No. Creo que no será necesario. Pero sí preparemos las cosas que trajimos y partamos al pueblo. No tenemos nada más que hacer por acá.
- Tienes razón. Volvamos. Iré por el carrero – convino Carlos y se alejó.
Recogieron entonces sin tardanzas el equipaje, e iniciaron el retorno a San Pedro en la carreta.
Por el camino, sin detenerse, comieron sobre el transporte, pescado cocido que les habían facilitado los guaraníes antes de partir. Fue allí, en este almuerzo ambulante, que James se dio cuenta de que su ojo izquierdo no lograba enfocar bien los objetos cercanos.
Primero, al observar un trozo de pescado en su mano, obtuvo una imagen borrosa. Disimuladamente se tapó el ojo derecho, y confirmó que su otro ojo no lograba distinguir el objeto. Luego, sin retirar la mano del rostro, alzó la cabeza y miró a la distancia; esta vez obtuvo la visión de un paisaje con gran nitidez.
Concluidas estas pruebas, James siguió comiendo con normalidad; sin despertar sospechas en su amigo, a quien no dijo nada para no impacientarlo.
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