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BUTTERFLY (capítulo I)

HORACIO VICTOR ROCHÓNHORACIO VICTOR ROCHÓN Gonzalo de Berceo s.XIII
editado diciembre 2010 en Terror
CAPÍTULO I


“Ya estamos llegando”, pensó James, ansioso, al ver a lo lejos una pequeña aglomeración de tiendas hechas de cueros y palos, y de aspecto decadente.
La carreta que lo llevaba daba sacudones y saltos, porque el camino tenía muchas piedras y entorpecía el andar. Cuando se detuvo, Carlos Villalba, su guía, le indicó:
- Aquí es, Sr. Bruce.
- ¡Entonces, vamos! – respondió James, arrojándose al suelo.
Los guaraníes, que eran los que vivían en esas tolderías, los observaban atentamente. Carlos enfrentó a uno de ellos e intercambió algunas palabras en su idioma, después de las cuales, el aborigen asintió con la cabeza y le indicó con su índice una tienda; la más lejana y apartada de todas.
- Sígame – le dijo Carlos a James, y caminando los dos por un sendero, llegaron a la misma.
Del interior de la vivienda salió otro poblador, pero este no era igual a los otros. Su talla era importante. Los brazos, largos y musculosos, estaban dibujados en relieve por las venas que resaltaban, dándole un aspecto más salvaje de lo que era en realidad: un indio medio cristianizado. Vestía un clásico tipoy, y múltiples collares y brazaletes. El pelo largo, cobijaba un rostro surcado por muchas y profundas arrugas, que delataban la rudeza de vivir en esos lares; cerca de la selva, con mucha humedad y sol. Pero lo que más impresión causaba era un inmenso parche, hecho de cuero de caballo, cubriendo su ojo izquierdo. Le otorgaba esto, sumado a todo lo anterior, una presencia temible, y le recordaba a James los feroces piratas de los mares.
- Es Taurí – indicó Carlos – El que buscamos.
Luego de dialogar por unos minutos en su idioma, el indígena entró de nuevo a la tienda y salió, casi de inmediato, pero esta vez con una pequeña caja de madera entre sus manos. La abrió y James pudo admirar el contenido: una especie de mariposa nocturna nunca antes vista, al menos por él y por Europa, ya que, siendo biólogo, sabía bien que ese era un insecto que no figuraba en ningún libro de taxonomía.
La mariposa fue comerciada por Carlos, pagando a cambio varios víveres y bebidas fuertes. Taurí se mantuvo inmutable durante la transacción, y luego se retiró a su morada sin despedir a los visitantes. Estos últimos, volvieron sobre el sendero antes recorrido, subieron a la carreta y emprendieron el viaje de regreso a San Pedro, el pueblecito más cercano de donde habían venido.
Cuando arribaron a la localidad, el sol ya había sido consumido por la tarde y solo quedaba un lánguido arrebol que daba al poblado un aire espectral. Las calles semidesérticas, solo daban paso a una leve brisa que fue cesando paulatinamente.
Llegados a la posada donde debían pernoctar, James, frente a su cuarto, se despidió de Carlos y, sin entrar, quedo mirándolo mientras este se alejaba agotado por la larga jornada y dirigido a descansar.
Era el guía, pues, un porteño descendiente de españoles, que lo había estado acompañando en su visita de investigación por Argentina. No muy alto, más bien bajo, de cabello castaño y ojos del mismo color. La cara no le favorecía mucho, pero tenía ese gesto de bonachón que a muchos de los de su clase le sienta bien. Vestía una camisola roja, pantalones marrones claros y gastados, y un par de botas que en su tiempo habían sido negras.
“Si no fuera por él“, pensó James. El joven lo había ayudado tanto, debido a que conocía bien el territorio. Sabía varias lenguas indígenas, entre ellas la guaraní, y además hablaba perfectamente el inglés, lo que había sido crucial al momento de elegirlo, puesto que James entendía muy poco el idioma español.
El biólogo, terminada esta observación, entró en la habitación que le correspondía, donde una gran lámpara con pantalla iluminaba los pocos muebles del lugar. Una mesa, dos sillas y una cama, todas de madera. En un rincón se ubicaba el laboratorio, que consistía en una jofaina sostenida por un armazón de hierro y un jarro lleno de agua.
Seguidamente, se despojó de su atuendo, que era poco debido al calor que reinaba en aquella zona del país. Marinero rojo y pantalón azul.
Luego de asearse y vestirse de nuevo, comenzó a ordenar el material que había utilizado durante el día. Cestos, cajas y gorros para la caza de insectos, que oportunamente el carretero había depositado frente al umbral de su estancia. Cuando hubo ya terminado, llamaron a la puerta. Era la empleada de la posada que le traía algunos víveres. Mordisqueando un trozo de pan, se sentó en la silla y meditó.
Su visita por Misiones había dado resultados positivos. Quince escarabajos, doce hormigas y ocho mariposas. Nada mal para los cuatro días que estuvo en esa provincia. Además en Buenos Aires tenía unas doscientas especies más que había recolectado en otros puntos del país. Pero su orgullo era esa, la que se hallaba en el borde de la mesa. La mariposa nocturna de Misiones.
De pronto, recordó algo. Se estremeció y saltó de la silla. Introdujo la mano en el bolsillo de su pantalón limpio y extrajo una carta. ¡Se había olvidado! En la mañana había recibido, de Carlos, ese sobre venido de Londres. Una carta de su prometida.
Acercando el asiento a la lámpara, se acomodó y comenzó a leerla.

Comentarios

  • amparo bonillaamparo bonilla Bibliotecari@
    editado diciembre 2010
    bien, me gustó el comienzo, seguiré.
  • antipodaantipoda Pedro Abad s.XII
    editado diciembre 2010
    Quería compartir, Oriental, una apreciación contigo. La novela tiene eso que los escritores llamamos no-linealidad de la narración. Esto porque intentas narrar todo en distintas situaciones con distintos personajes. Esto es bueno, porque si lo manejas con maestría le das un toque de misterio al cuento.

    eso, saludos y seguiré leyendo.
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