CAPÍTULO XXIII
Ya era bien entrada la noche, cuando las cuatro damas fueron recogidas de la exposición por el coche del señor Edward Clayton, y llevadas de regreso a la mansión del mismo.
Esta se hallaba situada en la zona más importante de la ciudad; razón por la cual, era enorme y de tono palaciego. A pesar de ello, la propiedad mostraba muchos signos de deterioro, tanto en la estructura exterior como en el interior de sus habitaciones. El aparente abandono, no era producto de una falta de voluntad por parte de los dueños, sino debido a la escasez de dinero que cundía desde hacía tiempo. La misma señora Margaret era quien realizaba las tareas de limpieza en tremenda vastedad. Contaba tan solo con la ayuda de una mujer, mayor que ella, y que se la contrataba nada más que un día a la semana, lo cual era evidentemente insuficiente. Lo que otrora fuera un jardín trasero, era ahora un bosque de árboles y plantas sin podar, invadido por la maleza que se escapaba por los bordes del inmueble; y los elaborados ribetes de las apretujadas figuras rococó que colgaban, sobre y entre, las puertas y ventanas del frente, eran faltas de esplendor, por el resquebrajante y abrasivo paso de un tiempo sin cuidado.
Ingresadas a la casa, las tres señoras adultas quedaron dialogando en el salón de entrada.
Ana, por el contrario, de inmediato se retiró a la habitación de huéspedes que le había tocado. Allí dejó el abrigo y el sombrero que llevaba, en una percha, se dirigió a la cama y abrió una maleta que había sobre la misma. De ella extrajo un texto. Era su libro de poemas preferido, de Henry Howard. Por debajo de la tapa asomaba un singular señalador de páginas, de forma cilíndrica y espinosa.
Ana metió el pulgar en la zona marcada y abrió el volumen en ese lugar.
Ante sus ojos apareció la rosa, ya marchita, que James le regalara a su partida. Desprovista de algunos pétalos, con colores oscuros y carente de aroma, para la joven seguía siendo una rosa hermosa. La flor moribunda, se alojaba junto a un poema al cual ella recurría con frecuencia: “Queja de la ausencia de su amante estando sobre el mar”.
Sacó Ana la frágil flor con sumo cuidado, para evitar su estropeo y con intención de releer aquellos versos otra vez más, pero fue interrumpida por un suave golpeteo sobre la puerta.
- Ana, ¿puedo entrar? – preguntó el señor Edward desde fuera.
- Sí, tío. Pasa - respondió la joven.
El hombre abrió la puerta y, entrando, le empezó a decir:
- Sobrina, disculpa que te interrumpa – pero al descubrir la postura de Ana, cambió de diálogo – ¡Oh! Estabas leyendo. Pero, ¿no es algo tarde para eso?
- Sí. Es que no conciliaba el sueño.
- Ya veo – aseveró el tío, y seguido agrego – En fin. Vine porque me había olvidado de darte esto – y tendiendo la mano, le entregó un papel – Te han enviado un telegrama desde Londres.
Ana tomó el mensaje, complacida:
- Gracias.
El señor aguardó unos breves segundos y al cabo dijo:
- Ahora te dejo para que lo leas a solas, con calma, y procures el sueño – luego, resuelto a retirarse, terminó – Que descanses. Hasta mañana.
- Hasta mañana, tío Edward – se despidió ella cerrando la puerta, mientras revisaba el papel en su mano, en busca del autor de aquel telegrama.
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