[FONT="]■■ [/FONT]Él con las rodillas en el suelo, preparando las clenchas y mirando las bragas de «Francesca» que las tenía en la misma línea de tiro. Ni desviar la vista necesitaba para verlas a dos palmos de su lengua. La italiana lo tenía tomado del brazo, ayudándose para sostener el equilibrio pues estaba en cuclillas. El balanceo al que le obligaba la posición era aprovechado por la morenaza para abrirse de piernas a placer. Le tiraba del brazo más para que éste viera lo que le enseñaba, que para aguantar el equilibrio. Tanto se apoyaba que él no podía picar el polvo en condiciones y salieron cuatro rayas que eran más cuatro montoncitos de roquitas que otra cosa. Le ofreció el rulo a ella y no tardó en meterse la más grande, que era también la que se encontraba más lejos de ella. Luego él. Se levantaron ambos del brazo.
—Venga, vosotros.
—Tú, tú primero –le dijo la Sevi al segundo de a bordo. Le dijo «tú primero» para quedarse ella la última y, así, dar el pistoletazo de salida al numerito que vendría a continuación. Al arrodillarse ante la mesita, el cortísimo vestido dejó ver el principio de las medias con ligueros, de un color granate oscuro. Lo siguiente que vieron fue la escena que confirmó a los encorbatados amigos el motivo por el que les hicieron subir al automóvil. Fue en ese momento cuando lo tuvieron claro. La Sevi separó la pierna derecha de su otra pierna, se arremangó aún más el vestido y mostró en pompa el culo y los labios posteriores de su vagina. Carente de bragas, se movía acariciando la nalga con una mano, mientras la otra sostenía el rulo por el que es esnifó lo que quedaba. Al finalizar, siguió en la misma posición, mirando estimuladísima al congraciado acompañante y separando los labios totalmente.
—¿Me vas a comer el culito? –le dice.
—Sí, sí, claro.
El amigo del empresario le metía la lengua por atrás todo lo dentro que podía, y la Sevi miraba al empresario que, de pie junto a la Italiana, no dejaba de mirar el cunnilingus que su colega le practicaba. La italiana se bajó las bragas hasta las rodillas y la Sevi le decía: —cómele, cómele el coño—. Muy obediente se arrodilló para iniciar la mamada, ella separó sus piernas al máximo y abrió los labios de la vagina ayudándose por ambas manos, dejando el coño totalmente abierto.
—Chupa, chupa –le decía jadeante–. Abría aún más los enrojecidos y excitados labios tirando de la cabeza del amigo hacia su interior, apretándolo contra su coño.
—¡Mete la cara, mete toda la cara! –y él introdujo la boca, la nariz, la barbilla y hasta los ojos, casi.
—Sácate la polla –le dice la Sevi al suyo.
—Tú, también –le dice la Tina al otro–
La Sevi se levanta y mueve a su partenaire situándole al lado de su amigo, y ambas empiezan a lamer los rabos que habían quedado al descubierto. Los tíos, trempados a tope, miraban a las dos viciosas una junto a la otra, y a su vez, éstas miraban a los ojos contrarios a la polla que lamían.
—Chupad ¡Putas! –decía uno.
—Seguid chupando ¡Guarras! –decía el otro.
La italina se detuvo.
—Hazte unas rayas, venga. –le ordenó al empresario que aunque desconcertado por el cese de la fantástica mamada que le hacía, obedeció de inmediato animado por la creencia que un poco más de coca subiría la temperatura de la acogedora furgoneta. Y así fue.
El empresario se trabajaba de nuevo la farla. La italiana acabó de quitarle los pantalones y calzoncillos, poniéndolo a cuatro patas y manoseándole el culo.
—Ya veo a dónde vas, guarrilla.
—¿Te gusta que te hagan el culo? –le preguntó introduciéndole el dedo medio por el ano, moviéndolo con delicadeza. Al principio solo lo contorneaba alrededor del agujero, luego, poco a poco, lo iba metiendo más y más. El empresario se premió con un cuarto de gramo para él sólo, de un tirón. La italiana esnifó de nuevo y vio las otras dos rayas hechas en la mesita y en su esquina la enorme papela sobrante. Mojó su dedo índice y untó de coca todo lo que la saliva fue capaz de enganchar (que fue mucho). Ambos dejaron sitio para que la otra pareja dispusiera.
La italiana se aficionó con el agujero del empresario que abierto a cuatro patas, disfrutaba de la lengua que intentaba abrirse paso. Ella untó el orificio con la coca de su dedo extendiéndola bien por toda su superficie. —Espera –le dijo. Y sacó del bolso un vibrador de tamaño pequeño. Se lo introdujo por el coño sin dejar de mover su dedo en el ano de él. Luego se lo ofreció para chupar, y él lo chupó. Después se lo metió tímidamente por el agujero a él, y él se dejó. Cada vez lo tenía más adentro. El macho disfrutaba con aquello. El efecto insensibilizador de la coca le facilitaba la introducción del vibrador casi en su totalidad.
—¡Culo! ¡Culo! –le decía ella sacando y metiendo el plástico duro. —¡Polla! ¡Culo! ¡Polla! ¡Culo!
—¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! –gritaba excitadísimo, cogiendo la mano con la que ella sujetaba el vibrador y empujándola más adentro.
La Sevi andaba con el segundo tendido en el suelo (casi detenido) y ella sentada con el coño sobre su cabeza. Prácticamente ahogado lo tenía. Había intentado hacerle el culo, como la italiana, pero este no tragaba por ahí. Así que decidió que, al menos, el maromo le hiciera una buena mamada. Y se aplicaba el hijoputa. Vamos si se aplicaba.
Con unos pitidos de moto avisamos a las chicas que cerraban el bar.
La Sevi preguntó a su chico.
—¿Tienes sed?
—Una copa ahora sería un puntazo, la verdad –dijo–.
Tomó el móvil y le pidió al Cafetito que le trajera dos copas. Después, ella y su pareja pasaron a la parte delantera del vehículo. Había oscurecido y nada se veía desde fuera. Cuando llegó el improvisado camarero la Sevi follaba como una loca encima de la polla de su cumplidor amante. —¡Folla, fóllame! –le decía encendida, estirándole de los pelos con ambas manos —Folla fuerte—.
El Cafetito entró en la parte trasera con su segunda copa.
—¿Se puede? –dijo– y corrió la cortinilla que separaba ambas zonas.
■■ Tengo la cita con la editorial a las diez. La novela marcha bien; he adelantado hasta las sesenta páginas pero a la editorial no les diré que he avanzado tanto. Ellos saben que hice cuarenta páginas en seis días, y es cierto, que es lo que tienen en su poder, pero ahora necesito algunos días para concentrarme en la historia pues toda la movida del niñato me ha despistado mucho y tardaré en encontrar la sensibilidad necesaria para adentrarme de nuevo en la narración y corregir las últimas veinte.
Pero estoy contento ¡tengo algo! ¡tengo una ilusión en la vida! Me está dando una carga positiva que me hacía mucha falta porque estaba en las últimas. Me han venido como agua de mayo estas «Fuerzas para Escribir», han llegado en el momento preciso. No he necesitado que nadie del exterior se presentase en mi casa con una buena oferta de trabajo. No quiero dinero prestado de nadie para empezar nada. Las trabanquetas que me ponía el mundo entero ya no son excusa. No me he tenido que enamorar otra vez para ver el hermoso azul del cielo. No. Todo estaba dentro de mí. Y lo sigue estando. Sólo preciso sacarlo, mostrarlo, arreglarlo. Pero ahí está. El tesoro de mi vida está en mi interior. ¿Habrá dicha más grande? El futuro está en mi mente, dentro de mí. Sí, ya sé, ya sé, siempre está en manos de uno, vale. Lo sabemos todos. Mi amigo Pedrolo repite esto mismo sin cesar. Pero ahora no dependo de las jugarretas de un trepa de oficina que juega con mi vida y con la de mis compañeros. El muy hijoputa juega con mi futuro y con el de mis compañeros, y lo hace porque ha preferido escoger el camino de la especulación en lugar del camino de la honestidad. Sí, eso es lo que pasa. Por eso llegaba a la empresa y se me caían las paredes encima.
Todo el ánimo con que me despertaba, los cantos en la ducha, los silbidos a las chavalas por la calle, la charla de fútbol en la café del desayuno, toda la alegría de vivir se va a tomar por culo cuando entras en la puta empresa y las paredes se te caen encima. Eso es lo que pasa. El problema no es el trabajo en sí. No conozco a nadie ¡a nadie! que no sea capaz de realizar su trabajo por más agobiado que vaya. No es el trabajo, no señor. Son las putadas. La humillación constante. Es el jodido ambiente que se crea en las empresas (en la mayoría) por la cantidad de trepas de mierda que deciden hacer la vida insoportable a sus compañeros de trabajo a cambio de un plato de lentejas. Eso es.
Y uno se pregunta ¿y para qué? ¿dónde va a parar mi esfuerzo de hoy, y el de mañana? Encima, no aprendes nada. Sólo te enseñan a mentir. Te pasas el día mintiendo por y para la empresa. Y no te enseñan nada. Sólo más putadas. Al final tú te conviertes en un «puteador» como ellos. Si quieres ascender en cualquier puesto de cualquier empresa has de convertirte en un sicario mentiroso e hijoputa como ellos. Si no es así te comes una mierda como un piano de grande. Esta lección la tengo muy bien aprendida. Si eres un tipo que va a la suya, sin mentir ni perjudicar demasiado a los proveedores y colaboradores de la empresa: lo tienes claro. El verdadero «máster» consiste en aprender a estafar (sí, sí, estafar) a los clientes y que sigan pagando. Ese es el aprendizaje máximo al que aspiran los saltagrapadoras que pueblan las empresas de medio mundo.
Miro el dinero que pagan y apenas llega para el alquiler, comer y unos zapatos. Si quiero comprar un regalo a una chica estoy obligado (por narices) a hacer una movida de las mías. No me queda más remedio. No, no, no me queda más remedio. No son excusas lo que digo. Tengo que liarme con algo para sacarme un extra y poder disfrutar un poco –unas horas– con los amigos o un ligue. Y todo por no poder prosperar con la ingente cantidad de hijos de la gran puta que existen de nueve a dos y de cuatro a siete.
Si tu tiempo libre lo ocupas en alguna actividad artística que requiera cierta sensibilidad, y ésta va creciendo en ti con el tiempo hasta el punto de convertirse en un martilleo incesante, esa misma sensibilidad acaba distanciándote de tu trabajo. Así es. Porque no es compatible en la misma alma la jungla del mercado laboral con la actitud ante la vida de Meursault de El Extranjero. No cabe. Es imposible ser rudo hasta las diecinueve horas y susceptible al anochecer.
Si consigues meterte en la piel del emperador Adriano (de la mano de Marguerite Yourcenar) ¿cómo se hace para seguir amando la contabilidad a la mañana siguiente?
O sea, que «sufrimos» con Hamlet como si fuéramos él mismo, sentimos sus palabras como nuestras y, enseguida, cogemos el teléfono para decir que no llegará la mercancía a tiempo por un accidente del transporte, cuando resulta que aún no han salido los paquetes. ¿cómo se come eso? Una de las dos vidas sobra. Una estorba a la otra.
Ahora tengo mi novela. Si me diera para el alquiler y la comida, firmaba ahora mismo que no haría nada más ilegal en mi vida. Lo juro. O lo prometo. Mejor, lo prometo. No debo hacerme ilusiones porque igual es un desastre todo y me veo de viejo en los comedores sociales, pidiendo unas monedas por la calle para beber vino barato, y acudiendo a la beneficiencia por toda mi vejez, explicando a los jóvenes que encuentre en la barra de los bares que yo quería ser escritor, que yo empecé una novela hace tiempo y al final… nada, y más tarde la mala suerte.
■■ Todos los domingos a medio día la familia Sugrañes solía comer en compañía de amigos y familiares; bien recibían en su propia casa, o eran ellos los que visitaban, o acudían a algún restaurante de la zona alta de la ciudad. Ese domingo visitaron a la familia Roca en su casita de la Bonanova. Los Roca eran viejos conocidos de los Sugrañes desde su llegada a Barcelona, allá por los años setenta.
El esmerado servicio se afanaba con los aperitivos en el salón mientras la Sra. Roca, en la cocina, dirigía a un pelotón de cocineros y ayudantes que ultimaban los preparativos del suculento festín en honor a sus más queridos amigos. Cuando todos tomaron asiento y el Sr. Roca se puso en pie y alzó su copa para brindar y dirigir unas palabras a los invitados, la ama de llaves interrumpió el acto para decir:
—Disculpe, señor. Un paquete urgente.
—¿Hoy domingo? –dijo intrigado el Sr. Roca, tomando el sobre kraft acolchado.
—¿Quién lo ha traído? –preguntó la señora Roca.
—Un motorista, señora. No dejó nota alguna ni albarán de entrega.
—El remitente es –leyó el Sr. Roca en voz alta– el Sr. Juan Sugrañes Badal.
—¡Juan Sugrañes Badal! –exclamó el Sr. Sugrañes– debe ser una broma. Como hace días que todos saben que veníamos aquí pues han preparado la broma. Seguro.
El sobre contenía un disco dvd y llevaba una fotografía impresa en una de las caras en la que se distinguía a un tipo trajeado de espaldas y agachado hacia delante con la cabeza casi pegada a una especie de mesa.
Al Sr. Sugrañes le subió la bilis del estómago a la boca y propuso ingenuamente:
—Mejor comamos y olvidémonos de la broma –con la intención de hacerse como fuere con el dvd y evitar su visionado por los presentes.
—Será un detalle cariñoso –siguió la Señora Roca– propongo que lo veamos antes de la comida.
Los hijos de los señores Roca estaban de acuerdo, así como sus parejas, los nietos y demás familiares y amigos que formaban una buena prole, casi una treintena en total. El más vivaracho de los niños volvió al momento con un reproductor de dvd portátil que situó sobre la mesa.
El mismo niño insertó el disco en la bandeja saliente del lector y presionó la tecla Play. Sin mayor preámbulo, ni títulos, ni letras, apareció la primera imagen de la película grabada. Y con ella el primer chillido.
—¡Ah! ¡Dios mío! –gritaron primero las señoras.
La escena mostraba a un hombre negro que sodomizaba a un hombre blanco mientras le azotaba las nalgas gritándole:
—¡Toma polla! ¡Polla adentro! decía una voz femenina.
—¡Quita eso, por Dios! –gritaba la Sra. Roca. ¿Quién ha podido enviar esta guarrada? ¡Quítalo!
Apareció el cuerpo de una mujer (con el rostro desdibujado) que tomaba al hombre blanco por el pelo de su nuca y le ondeaba la cabeza apretándola contra la vagina «¡Chupa, maricón, chúpame el coño!»
En esas, el hombre blanco giró su rostro hacia el negro «¡métela, métela negro!» le pedía, y fue en ese instante cuando los azorados espectadores de la repentina sala de proyección pudieron reconocer la cara del enloquecido animal que, a cuatro patas, pedía al dueño de aquel enorme bergantín negro que lo penetrase un poco más adentro.
—¡Aaaj! ¡Es mi hijo! ¡Es mi hijo! –gritaba la Señora Sugrañes, escondiéndose de los invitados, yendo del salón a los pasillos, y vuelta al salón, para seguir mirando el demoníaco aparato que proyectaba horribles imágenes de su retoño en posición perruna y ofreciéndose a que le clavaran por la desembocadura con total garantía.
—¡Esto no puede ser! ¡No puede ser! –repetía el papá del perforado joven–. Las imágenes están manipuladas.
Podía ser y era. En efecto, era Juan Sugrañes Badal, el remitente del sobre, el hijo ausente de los señores Sugrañes, el mismo niñato malcriado que justificó su incomparecencia a la comida alegando una indisposición estomacal de última hora.
El anfitrión, Sr. Roca, perseguía al niño que se adueñó del reproductor del dvd y que mostrándolo en alto, corría por los pasillos de la casa mientras se escuchaba:
—¡Polla, culo, polla, culo!
Los niños de las familias iniciaron un juego consistente en marchar todos en fila india tras el niño que portaba el dvd (como si de una bandera se tratara) y repetir lo que los altavoces soltaban:
—¡Dale negro!
—¡Dale negro! –cantaban todos a una.
Los papaítos de los divertidos chiquillos comenzaron una persecución tras ellos que les llevó hasta el jardín. Las ventanas de la casa rebosaron de cabezas asomadas –cocineros, camareros, ayudantes, criadas, chóferes– que disfrutaban de la función teatral para mayores de edad servida por niñitos de siete años.
—¡Toma maricón! –se oía a lo lejos la voz del Cafetito.
—¡Toma maricón! –acompañaba el coro infantil.
Los empleados se apuntaron a la fiesta con aplausos acompasados a los angelitos que les procuraban un turno de trabajo como no habían tenido nunca, pues avergonzar a los invitados y a los dueños de la casa compensaba de sobras el miserable precio de las horas extraordinarias en jornada de domingo. El niño principal se subió a un arbolito del jardín y parecía implorar a los dioses ofreciéndoles el famoso artefacto.
—¡Callaos, niños! ¡Callaos! –ordenaban los padres a los incontrolados críos. —¡Dadme eso, dádmelo ya! –ante la expectación de los vecinos que se aglutinaron en sus respectivas terrazas sorprendidos por el acalorado numerito en el jardín de los Roca, conocidos en la barriada por su reservada e intachable conducta.
Los niños entregaron, por fin, el arma del crimen al Sr. Sugrañes padre, que lo tomó en mano sin saber muy bien qué hacer con ello, no sabía apagar la imagen ni tampoco bajar el volumen, y se adentró en el salón de la casa acompañado todavía por los berridos de su heredero, que como un cerdo en matanza, rogaba:
[FONT="]■■ [/FONT]Los zumbidos del móvil le impidieron seguir durmiendo con la holgazanería deseada «Deben ser más de las tres» –se dijo–. Un rato antes apagó el teléfono tras las repetidas llamadas de su padre, primero, de sus tíos, después, y de sus primos, más tarde. «Todo el mundo llama hoy, hostias». No atendió a nadie, se daba por excusado a la comida familiar con la justificación de su maltrecho estómago. Al fin y al cabo qué pintaba él allí, con aquellos carcamales pasados de moda y de sus insoportables hijos presumiendo de casas en la playa y de lujosos viajes, y ellas con sus charlas sobre ropa para bebés y de los últimos arreglos en los pómulos de Cuca.
—¿Cuándo te vas a casar? –se mofaba ante el espejo de los parientes que le reprochaban su falta de tradición familiar.
No se sentía en la misma cuerda de los viejos ni de los jóvenes, Juan Sugrañes Badal era un hombre moderno, él hablaba de fórmula uno y de cómo tratar a las mujeres; sobre dirigir un club de fútbol o un equipo de gobierno en crisis. La verdadera valía de las personas se demuestra en cuestiones importantes. «Ahí están los seres superiores» Pensaba él. «¡Qué sabréis vosotros!» decía en voz alta en la ducha al tiempo que se enjabonaba con cuidado el recto. «Aún me duele esto» recordaba avergonzado. Tras dos días en cama para reponerse de la endiablada fiesta, la resaca persistía en recordarle (con cierto pudor) los excesos cometidos y que ahora le pasaban factura en forma de molestos pinchazos “ahí detrás”.
—Es porque soy un tío moderno. ¡Ya está! –se convencía–. «¡No tenéis ni puta idea!» cantaba con el teléfono de la ducha a un público imaginario compuesto por familiares y conocidos, despreciándolos como un rockero salvaje pasado de vueltas mientras dirigía el chorro de agua a sus partes más íntimas y hacía el signo de victoria con la lengua afuera. «Soy el súper mega» y flexionaba las rodillas con un ahhg! que él atribuía a su superioridad total en la especie.
La euforia le duró poco. Al acabar de vestirse reparó en la cartera. Le faltaba la cartera. «¡Hostia puta!, la zorra y el maricón del otro día me han quitado la cartera». Se apresuró a encender el teléfono para llamar y anular las tarjetas de crédito. En cuanto tuvo línea se precipitaron en el móvil las llamadas perdidas en forma de mensajes que identificó fácilmente con los números de familiares y amigos de la dichosa comida.
De pronto, alguien llamaba con el número oculto. Rechazó la llamada.
Contactó con su amigo Félix –su segundo– para que le dispusiera de dinero en efectivo para ese día. Mañana iría al banco para solicitar los duplicados de tarjetas correspondientes.
La llamada oculta insistía. Rechazó de nuevo. «Los amigos de papá, seguro. No he cogido las llamadas y ahora ocultan el número para intentar hablar conmigo».
Otra vez.
—¡Vvumb, vvumb!
—¿Sí? –respondió–.
Al principio no entendió bien de qué se trataba. Parecía una discusión entre varios: una mujer, luego un hombre, de nuevo la mujer. Un lío. No comprendía nada. Creyó que era una conversación interceptada por su aparato pero que nada tenía que ver con él. Hasta que identificó las voces. Y los alaridos. Entonces fue como una cuchillada en el estómago. Un metal frío que le abría las tripas mientras escuchaba hipnotizado unos sonidos que empezó a reconocer. La voz de ella. La voz del otro. Los gemidos propios. Las guarradas que «ella» le dirigía a él mismo. Sus órdenes, sus gritos, ahora le sonaban diferentes. No parecían dirigidas a él, pero lo eran.
Colgó, temeroso. «¿Cómo habrán averiguado mi número?» se preguntó.
Encontró una fotografía de calidad profesional en el portal de entrada a su edificio, tan explícita en su contenido que no dejó lugar a dudas a vecinos y paseantes que la pudieron contemplar durante las veinticuatro horas que estuvo expuesta.
Recibieron copias del dvd: la familia, los vecinos, la empresa, el bar que frecuentaba por las mañanas, el de por las noches, el concesionario de vehículos, sus tiendas habituales de ropa, el solárium, la relojería, La Caixa, el Banco de Santander, la mutua de seguro médico, y hasta la academia de inglés.
No apareció más por la empresa. Papá Sugrañes lo envió a Madrid a estudiar algo relacionado con recursos humanos.
■■ En la sala de espera de la editorial me preguntaba cuántos escritores habrán existido que hayan simultaneado la insigne carrera de escritor con la delincuencia. Descarto a los escritores-maleantes que redactan editoriales en los medios a favor de los corruptos de siempre, los de cada cuatro años, éstos se distinguen porque en cada párrafo incluyen la palabra «responsabilidad». Elimino también a los escritores-adoquines, fácilmente identificables por su afán en convencernos de que la investigación sobre la tienda en la que Tolstoi compraba la mermelada tiene algún interés para la literatura. Luego están los escritores-abuelita. Los que más abundan. Son una especie de silbato con patas, siempre recordándonos que «la ley es la ley», que el mundo funcionaría mejor «si todos contribuyéramos un poco», y suelen estar de acuerdo con las cámaras de videovigilancia cada cinco metros porque ellos no tienen nada que ocultar. En efecto, no necesitan esconder nada porque los cuernos son transparentes, al menos de momento.
Escritores pánfilos o bellacos los ha habido siempre y los seguirá habiendo, no hay ninguna duda al respecto. A juzgar por el número creciente de vendidos con los que se topa uno a diario por esos mundos de dios que nadie sufra por una sequía de escritores cabronazos que no la habrá. Ahora bien, estos pertenecen a la especie de escritores “mantenidos” por alguna de las partes interesadas, y yo pensaba en los escritores criminales. De los de verdad. Profesionales del robo, del atraco, falsificadores, traficantes, violadores, pederastas, asesinos. Gente capaz de alternar unas joyas con pistola con una poesía de Baudelaire; abusar de una niña hasta la muerte y, de seguida, leer al joven Werther; soñar la Florencia de los Médicis recordando que mañana le espera un cuerpo aún con vida; leer a Machado mientras está a la espera de extirpar un riñón a la fuerza. Imaginaba a un secuestrador después de mantener escondido durante días a un empresario, ansioso por volver a casa y terminar su relato “desayunos con Balzac”. ¿Habrán podido hacerlo? Calmé mi agitada conciencia y mi moralina súbita respondiéndome que sí ¿Me creo mejor que ellos?
—¿Sr. Lachosse? —interrumpió mis macabros pensamientos el empleado de la editorial—. Adelante. Se apartó al tiempo que extendía su brazo invitándome a entrar a la sala de reuniones. El ambientador denotaba que alguien con gusto estaba a cargo de los pequeños detalles. La reluciente mesa de madera ovalada ocupaba una de las mitades de la sala, en la otra, un amplio sofá color negro en forma de ele garantizaba reuniones más personales, una vez ganada la confianza de las primeras negociaciones.
Alba fue la primera en levantarse, los otros dos lo hicieron en el orden según su categoría jerárquica, el director general fue el último, por supuesto. Cuando me hube sentado percibí la frialdad de la situación de mi silla respecto de la del trío, demasiado alejada de la mesa. Se me ocurrió pensar que no había sido la misma persona encargada del ambientador la que dispuso mi asiento.
Luego de las presentaciones de rigor empezó hablando Alba: —¿Todo bien, señor escritor? —me preguntó con toda la seducción que fue capaz de meter en sus ojos y labios. —Casi, escritor —le respondí—. No me atrevo todavía a considerarme un escritor. —Nosotros sí le consideramos —interceptó el mandamás— tiene usted madera de escritor. Hay algunas cosillas que se podrían corregir, pero a buen seguro que lo hará con el tiempo usted mismo. —Muchas gracias —dije a punto de ruborizarme—. Su opinión es muy importante para mí.
El tercero de ellos, situado a la izquierda del jefe, que se encontraba en el medio, apuntó rápidamente algo, como para no olvidarse, y deduje que era un psicólogo de esos que están presentes en las reuniones preliminares para anotar toda expresión y detalle digno de análisis. Me inspeccionaba detenidamente, alguien debería decirle que disimula fatal su función.
—¿Cuánto llevas escrito? —preguntó Alba— ¿Has adelantado algo más? —Sí, tengo diez páginas más —en realidad eran veinte, que tenía intención de guardar en el horno, pero la vi tan interesada en el avance de la novela—.
El director movió sus manos con gesto de asombro: —Es asombroso —siguió—, no tenías nada escrito y en tan sólo seis días hiciste cuarenta páginas bien corregidas. —Estoy sin trabajo —confesé— y puedo escribir durante todo el día. Además, se lo debía a Alba. Y a ustedes, por supuesto. —¿Puedo preguntarte de qué vives, Lachosse? —Sí, señor, si puede. Vivo del estado, cobro el subsidio de desempleo. Me quedan unos pocos meses aún —dije, de hecho finalizaba la prestación el próximo mes, pero no quería dar la impresión de estar muy necesitado. —La editorial está dispuesta a anticiparte mensualmente la cantidad de seiscientos euros a cambio del compromiso por tu parte de entregarnos cuarenta páginas al mes, durante tres o cuatro meses. Y los derechos exclusivos sobre la novela, claro está. ¿Qué te parece? —¿No pueden ser mil? —De momento, no.
El director entrelazó los dedos de sus manos situándolos en la barbilla, apoyó los codos con comodidad sobre la mesa y arrugando el entrecejo preguntó receloso: —Los hechos que relatas en la novela ¿son autobiográficos?
■■ Cada vez que paso junto al edificio de la Diputación, en Rambla Catalunya-Diagonal, más conocido por el «mitad antiguo mitad moderno» suelo mirar hacia arriba con la inútil intención de ver el fenomenal tejado modernista que en una época contemplaba a diario desde el balcón de los pisos superiores del edificio de enfrente. Para observar el tejado hay que encontrarse a la altura idónea, claro está, y no a ras de suelo. Acto reflejo tonto e inservible que define nuestra absurda personalidad.
Giré por Vía Augusta y me propuse subir caminando hasta la clínica Burgoll; hay un buen trozo, así que cuando llegue estaré sediento de las cervezas y hambriento de las tapas que Pedrolo ha prometido invitarme. Me dijo de ir a jugar al billar al Snooker ¿al billar? pero si Pedrolo es una verdadera calamidad para los juegos, de mesa o de campo, igual da. ¿Y al Snooker, nada menos? El Snooker es un salón de juegos-coctelería, donde se dan cita clientes que juegan tan bien al billar que te coges una depresión. He perdido incontables veces en el Snooker, aunque te repones fácilmente con el surtido de whiskys de Malta.
Cumplo con latradición de detenerme ante los escaparates de los establecimientos antiguos de Barcelona, la relojería Unión Suiza es uno de ellos. Una vez que la costumbre me revela que lo expuesto ya no me interesa como antes, caigo en la cuenta que el acto se debe más a la inercia adquirida durante años de la mano de una psicótica de las vitrinas que a otra cosa. También tiene algo de maniobra infantil: la atracción de las luces anuncia cosas nuevas, últimas, de moda, bien ordenadas y sabiamente mostradas, pijaditas lustrosas y caras, inalcanzables entonces y aún hoy.
Buscaba las etiquetas con los precios en Massimo Dutti cuando un claxon insistente y voces dirigidas a mí se detuvieron en forma de coche con Pedrolo y chica al volante.
—¿No habíamos quedado en la clínica? —le pregunté a Pedrolo.
—¿Sí?
—Iba caminando hacia allí —le dije.
—¡No!
—¿Y si no me hubieras visto?
—¡Anda!
—¡A tomar por culo, brujo de los cojones! —le dije harto de su seguridad maldita. Subí a la parte trasera del vehículo. Ella se presentó como Ana Cárdenas, psiquiatra y compañera de trabajo.
—¿Es un poco brujo, verdad? —se lo puse en bandeja a la chica y ella no desaprovechó la ocasión para que yo le confirmase algún numerito que, me imagino, Pedrolo les habría concedido ya a estas alturas en la clínica.
—Sólo con aquellos a los quiere —dije entregándole una información que ella valoraría según su interés.
Él cortó por lo sano:
—Luchi ¿qué es la Bola 9?
—¡Hostia! ahora quiere aprender a jugar al billar —dije al aire que entraba por la ventanilla—. Es una modalidad de billar americano. Es muy popular en Estados Unidos porque las partidas son rápidas y se puede ganar mucho dinero en poco tiempo. Se juega con las bolas número uno a la nueve. Hay que tirar contra la bola de menor número que haya en la mesa y el que introduzca la bola nueve gana.
—¿Está de moda aquí en Barcelona?
—No en lugares púbicos. Aquí se juega en bares y salones a la bola 8, el típico de lisas o rayadas. Las partidas duran más.
—¿Y en locales privados? —insistía más allá de la simple curiosidad.
—¿Por qué te sientes tan atraído de pronto por esa especialidad de billar? —Porque al hijo de una paciente de la clínica lo asesinaron jugando a la bola 9. Y voy a averiguar quién lo hizo.
Ana Cárdenas se llevó un susto de muerte, giró bruscamente el volante para detenerse en un chaflán y a punto estuvo de llevarse por delante a un motorista que circulaba por el carril bus. Tiró con fuerza del freno de mano tras el frenazo.
—¿Queeeé? —gritó la doctora mientras a algún conductor de por ahí fuera se le escuchó mentar a nuestra familia.
La frialdad con la que abordó la delicada situación me proporcionó, una vez más, la certeza absoluta de que se metería en camisas de once varas y asumiría los riesgos necesarios que a buen seguro se encontraría. O, mejor dicho, nos encontraríamos. Yo ya estaba metido en el ajo, así, por las buenas. Me veía jugando al puto billar todo el santo día y sus correspondientes noches, claro.
—¿Quién te ha mandado meterte en esto? —le increpó la acalorada conductora.
—Y de paso… —se interrumpió Pedrolo, cavilando con la vista puesta en un invidente que a tientas cerraba su minúsculo quiosco de venta de lotería. Observaba la destreza del viejo ordenando los objetos de la bandeja inferior de la ventanilla; en cómo repasaba el pequeño mobiliario que debería encontrar en el punto exacto al día siguiente; palpaba cristal, puerta, cerradura y llave con la sabiduría de quien tiene tacto en lugar de ojos, y Pedrolo supo cuánta maestría había en sus dedos. «Si yo pudiera tocar así» se dijo.
Unos jóvenes rapados pasaron junto al quiosco, llevaban un enorme rottweiler que tiraba con tal fuerza del portador de la cadena que obligaba a éste a un esfuerzo superior al normal. Cuando estuvo a la altura del ciego, hizo un movimiento látigo de la correa provocando la furia del perro que se tiró hacia el hombre con sus patas delanteras en alto mientras el dueño sujetaba lo justo para que el animal no lo rozase. El ciego, asustado, entró de nuevo en su quiosquito para refugiarse. Los chicos disfrutaban con el poder que el enfurecido bicharraco les concedía. Los transeúntes, temerosos, atravesaron la zona arrimados a la pared del edificio y proseguían su camino.
Pedrolo descendió del coche y pasó por entre la batería de vehículos aparcados en primera fila. El portador insistía al animal «¡vamos, grrrr, vamos» mientras el resto de soplagaitas se partía el pecho observando al tembloroso vendedor en su garita. El perro apoyó sus cuatro patas en firme y cesaron los ladridos. El animal, repentinamente calmado, no respondía a las órdenes provocativas del dueño. Sereno, dio media vuelta en torno a sí, y de espaldas a la cabina del ciego, movía la cabeza y cola dando muestras de una inesperada alegría que contrastaba con la furia mostrada momentos antes. La banda de pelados se decepcionó al ver finalizada la exhibición pública de pánico ante el incomprensible comportamiento pacífico del animal. «¿Qué pasa?» se miraban unos a otros. Dueño y colegas giraron en idéntica dirección a la del perro. Pedrolo miraba fijamente a sus ojos, el hermoso ejemplar hacía lo mismo dejando ir un débil y extenso aullido dirigido al cielo.
Las botas de militar que calzaban los neandertales iniciaron el paso alejándose de allí, sus amos nunca sabrían por qué decidieron irse, simplemente, ellas los llevaban. Tomé a Ana por el brazo y nos aproximamos a nuestro amigo. Ella comprendió entonces que había sido inútil la pregunta y el tono de reproche que hizo a su amado compañero. Supo que no podía evitar nada de lo que hacía, porque esa era su función en este mundo. Pedrolo puso fin a la charla comenzada en el coche antes de descender:
[FONT="]■■ [/FONT]De camino al salón de billares del Snooker paramos en “La barca del pescador” a tomar unas tapas. El marisco de este sitio déjalo correr y el albariño Martín Códax con que se debe acompañar, sin comentarios. Hay que ahorrar unos cuantos días para pedir aquí como hay que pedir: sin miramientos; menos mal que Pedrolo se estiró espléndidamente con nosotros y así pudimos degustar lo mejor de la casa, las bocas y los langostinos. La psiquiatra no paraba de mojar pan en la cazuelita de calamar en su tinta, y cuando descansaba, era para mirar boquiabierta a mi amigo, prendada la tenía. Ella no intentaba disimular lo más mínimo, así que me dispuse a pasar un buen rato a costa de mi colega.
—O sea que ¿tú eres la famosa Doctora Cárdenas? —le pregunté guiñando un ojo a Pedrolo.
—¿Famosa? —preguntó atenta, pues se percató de mi gesto.
—Éste —lo señalé con el pulgar, con desprecio— no para de hablar de ti todo el santo día. Me tiene la cabeza rota, pensaba ir al psicólogo, pero ya que estás tú aquí.
Él cambió de posición encarando al público como si buscara a alguien, haciéndose el sueco.
—«La Dra. Cárdenas por aquí, que si Ana Cárdenas por allá». ¡Joder, qué pesado!
Ella esbozó una sonrisa y, seguidamente, lo miró con ternura. Cuando él se vio libre de la mirada de ella dirigió sus ojos como platos hacia mí, sugiriendo: «No te pases, tío». Tuve en consideración el aprieto en el que lo estaba metiendo y me apresuré en su ayuda:
—«Que si los ojos de Ana son así, que si los labios son asao» —ella, divertidísima, no paraba de beber como una loca y él tiró el trozo de pan sobre el mostrador.
—Luchi, ¡no me jodas!
—No disimules ahora, Pedrolo —yo haciendo el papel totalmente en serio—. Afronta la situación como un hombre y no seas falso.
—Luchi, ¡me cago en…!
—«Que si hoy es sábado y ya no la veo hasta el lunes» Sí, sí, tal como lo oyes —Ana disfrutaba como una niña en su fiesta de cumpleaños; se sentía el centro de las miradas, el centro de la conversación y, quizá, el centro del corazón que deseaba ocupar.
El sonrojado amigo interrumpió la función:
—Un momento. A ver, yo no…
—¿Alguien te ha preguntado algo, Harry Potter? —le corté. Fuere el que fuere el sentimiento de él hacia ella yo no estaba dispuesto a que finalizase abruptamente el momento ilusionante que estaba viviendo la chica.
—Quiero decir…
—Tú no puedes hablar porque tienes… —agarré un langostino por la cola y se lo metí en la boca— ¡la lengua ocupada!
La risa le provocó un leve ahogo y el movimiento rápido de su brazo derribó la copa de Ana al suelo. Él quiso apartarla de la zona de cristales rotos, protegiéndola, y le extendió la mano para que ella la tomara en ayuda. Y ella la tomó. Y mantuvieron sus manos unidas más allá de los segundos reglamentarios al efecto. La euforia les llevó a afanarse juntos facilitándole la tarea al camarero apartando los taburetes; dejaron juntos las chaquetas en la barra pequeña; volvieron a ocupar los taburetes a la par. Pedimos vasos nuevos y otra botella de albariño.
Pedrolo alzó su copa:
—¡Larga vida!
—Y por el amor —dije yo. Aunque ya no era necesario, sus miradas coincidieron de nuevo y esta vez no se esquivaron con rapidez. Tomé la copa, aparté la vista hacia la barra y me dije: «¿Por qué somos tan geniales los hijoputas nocturnos?» Y llamé a Susan, la alemana.
Había una mesa libre de billar americano en el Snooker, así que le dije a Pedrolo que cogiera un taco mientras Ana pedía unos cócteles. Parecía que iba a salir volando con él, ni puta idea tenía. «Que no es una escoba» le dije. Coloqué las bolas en forma de rombo, para jugar a la bola nueve: en la primera fila la bola uno, segunda fila las bolas dos y tres, etcétera. Le expliqué que cuando no se sabe jugar lo mejor es situar los cuatro dedos de la mano izquierda sobre la mesa y el dedo pulgar hacia arriba, mirando al techo, apoyando el palo entre el pulgar y el nudillo del dedo índice. Es lo más seguro para empezar a jugar mientras se toma algo de soltura con el taco y las manos, para pasar más tarde a cogerlo de la forma idónea, que es formando un círculo con las yemas de los dedos índice y pulgar y haciendo pasar el taco por entre medio de éstos.
Explicaba las reglas del juego a Pedrolo, que no hacía el más mínimo caso. Los deportes no le interesan para nada, es más, se ríe de ellos y de los espectadores; y se pregunta cómo es posible que la plebe invierta tanto tiempo en ver jugar a los demás. Razón no le falta, aunque esa es una opinión muy extendida entre todos aquellos que en su niñez no jugaron a nada y, por tanto, nada saben. Cuando tu papá te llevaba de pequeño a ver partidos de fútbol los domingos por la mañana; cuando has pasado parte de tu infancia jugando en la calle y viendo jugar por televisión, practicar y ver practicar algún deporte es una afición maravillosa. Valorar la dificultad en la destreza de los movimientos, sea fútbol, básquet, o billar, es un disfrute que se mueve a igual altura que contemplar un Goya. Ahora bien, si no sabes jugar a nada, como le pasa a Pedrolo, entonces es fácil recurrir contra el borreguismo que rodea al mundo del deporte, que nada tiene que ver con el verdadero placer: el virtuosismo de los jugadores. Hay más sabiduría en los movimientos de balón de Maradona que en “el principio de no contradicción” de Aristóteles, entre otras cosas porque Maradona demostró físicamente que sus propuestas eran posibles.
Cada vez que tiraba Pedrolo era un drama. No atinaba con la bola, raspaba el tapete, tiraba una bola al suelo, se le iba el taco de las manos. La Cárdenas se divertía viendo la cara de aburrimiento que yo tenía. Es tedioso jugar con alguien que no sabe, casi prefiero tenerlo como compañero a jugar en su contra; el juego se convierte en un acto de beneficencia al que, además, no paras de dar ánimo: «Muy bien» cuando por fin toca bola. «Huy, casi» cuando pasa a un palmo del agujero. Y así todo el rato.
—¿Queréis hacer unas parejas? —pregunté a un grupito de mirones.
—Yo no juego más —dijo Pedrolo, encantado de que yo tuviera otras posibilidades de juego que no lo incluyeran a él—. Voy a pedir otros cócteles.
Y se dirigió hacia la barra. Ana fue detrás.
De entre el grupo de mirones uno de ellos se ofreció a jugar «pero al normal, lisas y rayadas» dijo. Le cedí la salida a mi oponente. Tenía buen toque de bola, tiraba con decisión, un poco precipitado, tal vez. La precipitación suele ser un error común en este juego, y en tantas otras cosas, pero aquí se nota mucho más debido a la concentración a la que el propio juego obliga. Se envalentonó el chico introduciendo cuatro bolas lisas cuando Pedrolo y la Cárdenas vinieron acompañados de un nuevo conocido y una bandeja repleta de cócteles.
—Son para probar —dijo Ana—, uno, dos, tres… ocho y nueve. ¡Nueve, como el juego ese que tú decías, Luchi!
—¿De dónde has sacado nueve cócteles?
—Cortesía de aquí, un amigo —dijo Pedrolo—, te presento a uno que sí sabe jugar.
—¿Tú de dónde has salido? —le pregunté.
—Yo era amigo de Marc —dijo.
Al principio no supe quien era Marc, ni qué hacía allí el tipo aquel a quien Pedrolo se afanó en buscar tan rápidamente. No había ni empezado la partida con aquel mirón y Pedrolo ya había encontrado al amigo del hijo de la Sra. Belha. ¡Joder! «Ni la digestión puede hacer uno con tranquilidad». La cena tan guapa que nos habíamos metido, las copas fantásticas del garito y, ahora, hay que empezar a buscar a los asesinos de yo qué sé quién coño. Yo lo que quiero es colocarme y luego follar con Susan ¡hostia! ¿dónde está Susan? Habíamos quedado allí mismo ¿qué la pasaba que no venía? Empecé a agobiarme con la obligación de tener que ponerme las pilas con el asunto de la puta bola nueve de los cojones cuando el tipo aquel, adivinando mi estado de hastío, me dijo:
—Tranquilo ¿quieres una raya?
—Tú y yo nos vamos a llevar bien —le dije alargándole la mano— yo soy Luchi.
—Raúl. Raulillo —me dijo sonriendo por la alegría evidente que su oferta de clencharnos produjo en mí— Vamos, te voy a presentar a una piba.
Ni piba ni hostias. Él sabía que Pedrolo no tomaba y fue la excusa para dejar allí al par de tortolitos en sus taburetes rodeados de cócteles y adentrarnos en el misterioso mundo de los lavabos con la tapa de wáter bajada.
■■ La zona wc estaba muy concurrida, como es habitual. En la cola y aledaños, pequeños grupitos charlaban con ánimo los unos, con rutina los otros. Puse en marcha el entretenido juego de adivinar quiénes ya han entrado a cumplir con la reglamentaria pócima, y quiénes no lo han hecho aún. Admito mi ventaja en esta adivinanza, pues a estas alturas del campeonato me resulta enormemente sencillo saberlo, casi lo certificaría. Acepto, incluso, apuestas donde se contemplen las siguientes variables: 1. Tomará la primera de la noche. 2. Está en pleno subidón. 3. Lleva un buen rato tomando. 4. Busca como un desesperado. 5. Ni ha tomado, ni tomará.
Los tres tipos que tenemos delante en la cola se encuentran entre la primera y tercera fase; uno de ellos está en blanco todavía, no dice ni mu y las impacientes miradas a la cabeza de la cola lo evidencian; el segundo anda atareado en la búsqueda de público para su exhibición personal, gesticula y se expresa como lo haría un actor presumido, esforzándose en conseguir la mayor expresividad posible con los labios. Habría sido muy efectivo si no fuera por el «estoy aprendiendo mucha informática» que se le oyó justo en el momento en que se le desplazó la quijada incontroladamente; está en fase dos. Y el tercero intenta separarse los dientes delanteros inferiores con la uña de su índice, mirando tal mangosta en su duna de tierra en turno de guardia: no se le escapa un movimiento de nadie del local. Fase tres.
—¿Cómo has conocido a Pedrolo? –le pregunté a Pau, cuando reparé en el mucho tiempo que llevaba prediciendo la toxicidad ajena sin prestarle el menor caso al invitado; cuando él se encontraba allí a petición nuestra, de la Sra. Belha, de Pedrolo o de quien fuese, pero nos había hecho el favor de venir.
—No lo conocía. La Sra. Belha me pidió que viniera para conocernos.
La cola avanzó hasta dejarnos los primeros en el semáforo. El estómago entero y mis entrañas sabían que ahora nos toca a nosotros. Todos los órganos de mi cuerpo lo saben antes que yo. La euforia que precede a la dosis es incontenible, aún más fuerte que la dosis misma.
—Me dijo que pasaría un compañero de la clínica, amigo de Marc, su hijo; que quería hablar conmigo del asunto. Y aquí estoy. Lo que no sé es cómo sabía tu amigo que era yo a quien esperaba, porque no nos habíamos visto antes.
—¡Ja! Y quieres que yo lo sepa. –le dije sabiendo con antelación que no entendería nada–. No tengo ni idea, ya te acostumbrarás, tú tranquilo.
—Bueno –dijo ese bueno como se lo había oído decir en tantos años a cientos de personas extrañados por el fenómeno Pedrolo.
—Entro yo y te la dejo hecha.
—Ok.
—¡Paulillo! ¡Niño! –gritaba una tía desde la puerta de los lavabos.
—¿Está aquí, no? –me preguntó la chica dentro ya de los servicios mismos, con menudo acelerón que llevaba encima.
—Ah, no sé –le respondí ignorando de quien se trataba. La cosa no está como para ir dando información del personal en un wáter.
Paulet abrió la puerta y ella entró rápidamente. Iba todo puesta y no estaba por la labor de disimularlo ni un pelo. «Hazme una grande« le decía. Mientras tanto ruido de ropa que roza contra la piel. Sonido de hierros de correas que chocan entre sí. «Espera, espera» dice él. Pero ella no esperaba. Gomas elásticas topan contra la carne. La esnifada de la niña se oyó desde el parking de la Gran Vía, con el inconfundible «Haaaagg» de después de la inspiración. Debía pensar que aunque la discreción es una cualidad muy recomendable para andar por el mundo, no es obligatoria. Y tenía razón.
Lo que escuché a continuación se podría describir con más o menos poesía, eligiendo una prosa rica al modo de Nabokov en Lolita, o extendiéndome con un largo párrafo imitando a Almudena Grandes en alguno de sus fantásticos relatos eróticos, pero creo que lo más explícito es decir que el ruido que se oía era el de una mamada de polla. La piba le estaba comiendo el rabo al amigo. Indiscutiblemente. La mamada se oía. Y ya está. Estaba siendo igual de indiscreta chupando que había sido indiscreta esnifando. Eso es.
Y allí me tienes a mí escuchando como el miembro del Paulillo este de los cojones topaba con la garganta de aquella tipa que no sé de dónde coño había salido, pero allí estaba la hijaputa. Porque se oye la garganta. Es el ruidillo ese que hacen algunas tías cuando comen rabos, como si se fueran a ahogar, o yo qué sé. «Y encima no puedo irme de aquí» pensaba yo..
—¿Salen o no? –se quejaban desde la cola. La verdad es que hacía un buen rato que estaban dentro.
Se abrió la puerta. Salió la tipa disparada, limpiándose los labios y arreglándose la ropa. Ni me miró siquiera.
—¿Ya está? –pregunté.
—No, toma. Háztelo tú, te espero en la barra.
[FONT="]■■ [/FONT]Inclinado sobre la tapa del inodoro (mañana lo dejo) surgió el recuerdo de mi novela; lo oí como el llanto de un bebé abandonado, haciéndose notar y exigiendo más atenciones. No es la primera vez desde el compromiso con la editorial de acabar la novela que esta desazón se presenta en variada forma: una cálida, por lo que de agradable tiene albergar un reto creativo de esa magnitud, y otra más candente, por el miedo al compromiso mismo y, por qué no admitirlo, al fracaso. Lo que era una gozosa emoción confundida con el júbilo inicial, pasó a convertirse en inquietud desprovista ya del festejo de los primeros días, para acabar en una sacudida que se presenta sin previo aviso y, cada vez, con mayor frecuencia. Se hace especialmente intensa, por ejemplo, al tomar un vino –justo al sostener la copa por primera vez–, o al marcar el número de teléfono de alguna amiga –exactamente al coger el móvil–, o cuando decido, en lugar de ponerme a escribir, ver alguna película –es bajar la web de peliculasyonkis.com ¡y la náusea ya está aquí!–. Ni un descanso me da el nuevo hijo este que he parido; no me deja en paz, reclama constantemente mi atención y la requiere para todo el tiempo. Una alarma con inteligencia propia que se dispara al detectar la más liviana pérdida en mi tiempo vital.
Inoportuno momento eligió el cargo de conciencia para tocarme los cojones: el rulo en una mano, la papela en la otra y la superclencha sobre el plástico de la taza. «Ya hablaré mañana conmigo mismo, tampoco viene de aquí».
El bar se había animado mientras tanto, me aproximé al grupo que charlaba alegremente sobre no sé qué asunto de una pareja de novios en crucero de placer que irrumpiendo ella en el camarote se encontró al que sería su futuro marido en brazos (mejor dicho, en piernas) de un fornido camarero marine; el novio se excusó con el socorrido «te lo puedo explicar», a lo que ella le respondió: «Sí, pero desde fuera» echándolo a los pasillos y quedándose ella con el dueño de aquel falo dispuesta a rematar la faena. Faltó por aclarar si la solidaria pareja acordó idéntica solución toda vez que uno de los dos se enfrascase en alguna infidelidad, incluyendo la coparticipación como cláusula inapelable del futuro matrimonio. No se explicó.
—¿Cómo sabías que era yo? –inquirió el nuevo invitado a Pedrolo. Preguntó con la precipitación justa para demostrar su afán de protagonismo ante los presentes, situándose en el centro de la melé formada por el grupo y pasando la mirada por todos y cada uno de nosotros, creyéndose muy perspicaz al haber formulado una cuestión lógica: «si antes no nos habíamos visto no puede saber cómo soy» y alzó la cabeza al techo pavoneándose por haber puesto en evidencia –pensaba él– a Pedrolo.
—La chica de los servicios –respondió Pedrolo restándole interés mientras abría y cerraba ante la cara de Ana el paragüitas de papel del cóctel. No estaba dispuesto a darle importancia a aquel tipo, no más de la que se concedía el mismo.
—¿La chica de los servicios? ¿No entiendo? –preguntó con expresión preocupante, pues le había pasado inadvertido el detalle por el que se pudiera deducir que era él a quien esperaba.
—De las dos mesas de billar ocupadas, en una de ellas los jugadores se preguntaron: «¿habrá aquí suavina?», quiere decir que no son asiduos al local; en la otra mesa jugaban peor que yo, o sea, que estabas descartado –prosiguió Pedrolo–. El grupo de fondo de la barra es demasiado joven para albergar a un jugador casi profesional de billar, no de tu edad. La pareja del medio estaba enamorada, demasiado enamorada. No es tu caso. Había otros dos grupos en la barra, uno de ellos muy absorto en sus charlas, y el otro, formado básicamente por lesbianas. No tienes cabida. Y en las mesas: un grupo de sudamericanos, probablemente de Chile; en otra un hombre solo, inglés o irlandés, que no esperaba a nadie. Luego la camarera, la chica de los servicios, te ha mirado repetidamente, como se mira a alguien a quien se conoce y del que, además, se pretende algunos favores. O sea, tú.
El ciudadano Pau escuchó con atención, asintiendo cada vez que Pedrolo deducía con lógica el argumento que lo señalaba a él como la persona esperada. No dándose por vencido y con la esperanza de encontrar alguna grieta en los razonamientos de su oponente, se le ocurrió:
—¿Por qué sabes que el inglés no esperaba a nadie?
—Aún sigue solo.
—¿Y por qué mi pareja no puede estar demasiado enamorada de mí?
—Si así fuera, lo sabría la Sra. Belha.
El volumen de la música pareció descender y hasta el griterío histérico de la sala cedió para hacer un sitio en el espacio acústico al nombre de Belha. El nombre dio paso a la imagen, y su rostro se instaló en las retinas de Pedrolo, de Ana y de Pau, apagando el brillo que había en ellos. El efecto causado en Ana Cárdenas la llevó a girar en otra dirección y perder el foco en la pared más próxima. Al fin y al cabo era su paciente; ella de copas con los amigos y su paciente «Dios sabrá qué estará haciendo».
■■ Se apagan las luces en la clínica Burgoll. El alumbrado mínimo nocturno acalla las voces de los pacientes que se resisten a abandonar la porción de tiempo que más les gusta: el día. En el día están los compañeros, las charlas, la comida, la tele y las visitas. También hay medicinas, pero se toman entre juego y riña, y parecen otra cosa. En el día hay ruido, teléfonos que suenan, voces de enfermeras, coches en la calle, puertas que se abren. Gente. Hasta mañana todo eso se acabó. Antes hay que pasar la tormentosa noche, con su posición horizontal y su maldito silencio. Durante el día se puede gritar, por la noche ni hablar siquiera. La mañana, el día, es una terapia en sí misma; la noche, es la enfermedad propiamente dicha. Espaldas, riñones, cabezas, cuellos, insomnios, uretras, próstatas, vejigas, pulmones, miedos y paranoias. Todo esto abunda más por la noche que por el día y, por si fuera como, en las noches hay menos médicos. Ocho horas que dura la nochecita. Más del cincuenta por ciento de los ataques, insuficiencias, paradas y todas las mierdas que les pasa a los cuerpos ocurren durante la noche. La noche enfrenta al enfermo a solas con su enfermedad, y lo peor de todo: mirando al techo. En los hospitales no debería de haber techos.
Sentada sobre la cama, la Sra. Belha sostenía dos comprimidos en una mano y en la otra un vaso de agua. Se encontraba en esa posición desde hacía un buen rato, contemplando las pastillas con la mano totalmente abierta. Observó que, por momentos, un reflejo luminoso le hacía perder la visión total de las píldoras. De pronto, volvía a verlas con toda perfección y, cuanta mayor fijeza ponía en su mirada, con mayor fugacidad volvía la leve luz blanca al centro de su mano, impidiéndole de nuevo ver las redondillas blancas. Disminuía el reflejo y vuelta a empezar.
Antes, en el salón, mientras miraba el televisor (ciertamente sin mucho entusiasmo y llevada más por la inercia de las cabezas de sus compañeros alineadas en la misma dirección, que por el interés de las imágenes), un fogonazo blanquecino en mitad de la pantalla le impidió ver la imagen central. Más tarde, camino de la habitación, apareció de nuevo el destello sobre el suelo, delante de sus pisadas, siempre a la misma distancia de los piececillos; avanzaba a ritmo lento, a la misma velocidad que ella, mientras la sorprendida Sra. Belha se veía como una espectadora que llega tarde al cine y es ayudada por la linterna de un acomodador invisible. «Debe de ser los efectos secundarios de la medicación» se dijo. El foco la dirigió hasta detenerse en el umbral de una habitación, la suya, para oscurecerse hasta desaparecer; ella, examinó el pasillo a izquierda y derecha, estiró el cuello hasta asomar la cabeza por el interior de la habitación con cuidado de no pisar en el vacío que la misteriosa luz había ocupado en el suelo, y comprobó el estado de las cosas. Los ronquidos de su compañera de cuarto le anunciaron que todo estaba en orden.
Y ahora seguía allí, sentada sobre la cama, en aquella ridícula posición de ofrenda a los dioses: pastillas en una mano, vaso con agua en la otra y un haz de luz que se presentaba de imprevisto y la tenía paralizada, haciéndole más difícil la tarea de llevarse las píldoras a la boca, no fuera que en el momento de intentar tragárselas se presentase el cegador destello y lo tirase todo por tierra, o peor aún, que arrojase el agua sobre la cama, lo que precisaría de la atención del enfermero para arreglar el desaguisado. Se empezaba a impacientar cuando el resplandor irrumpió de nuevo, ahora con más fuerza, iluminando ambas manos, siendo imposible ver, no ya el contenido, sino, las manos mismas. Eran dos verdaderas antorchas que reflejaban una espléndida luz blanca sobre la pared de enfrente, más aún, sobre las cuatro paredes de la habitación. Temió que el enorme resplandor despertase a Esperanza, que bastante ocupada la tenía todo el santo día vigilándola por los intentos de suicidio, como para molestarla también de noche en pleno sueño. Bien pensado, lo más grave sería dar las explicaciones que su compañera le exigiría ante semejante exhibición de fuego artificial. «¿Explicaciones?», «¿cómo voy a explicar esto?» se preguntaba la buena de Belha, «¿de dónde viene?» miraba en todas direcciones, segura de que alguien más había allí, entre ella y aquel esplendor.
Reconocía el fenómeno como extraordinario, incluso irreal, podría ser que no estuviera ocurriendo, que la luz que veía emanar de ella misma, no emanase en verdad. Pero, aún siendo imaginario, un espejismo de su mente debilitada, la respuesta a sus plegarias en forma de luminoso enigma, no estaba sola. No se sentía sola. Podría estar ya muerta, y aquel albor ser la bienvenida a la otra vida, la entrada al nuevo mundo, a donde había intentado llegar antes de tiempo por medio del atajo rápido que ofrece la vida: quitándosela. No lo consiguió porque los médicos lo evitaron, pero no recordaba haberse quitado la vida hacía poco rato. De estar muerta lo estaría por haber perdido la vida recientemente, «no creo que esta sea la muerte del suicidio de hace una semana» elucubraba con lógica la buena de Belha. Se fijó en que el cristal de la ventana devolvía una imagen similar a la del hada fantástica envuelta en una inmaculada luz, cuando llamaron a la puerta.
—¿Sra. Belha?
Las mágicas luces se apagaron de inmediato, dejando la habitación a expensas de la tenue lucecita de la mesilla de noche. La puerta se abrió.
—¿Qué es tanta luz? –inquirió el enfermero mirando hacia la lámpara del techo, que estaba apagada– ¿Por qué no está acostada ya?
—Sí, ahora me acuesto, iba a tomarme… –observó sus manos vacías, sin las pastillas y sin el vaso de agua. El vaso estaba vacío en la mesita y de las pastillas, ni rastro.
—¿Se ha tomado la medicación, Sra. Belha?
—Sí, sí, hace rato. Estaba pensando en…
—Vamos, es hora de dormir. Es tarde, acuéstese ¿de acuerdo?
—Enseguida, sí, estaba… –y se dispuso a ponerse el pijama mientras el enfermero cerró la puerta. Buscó las píldoras por encima de la cama, de la mesita, del suelo. No las encontró, mañana las buscaría, no era cuestión de que el personal encontrase las medicinas tiradas por ahí. ¡Menuda se armaría! ¿Y el vaso de agua? No recordaba haber bebido agua, ni mucho menos el vaso entero. Nada de ello le preocupaba ahora, quería acostarse, apagar la luz y pensar, pensar y soñar. En su hijo, quería pensar en su hijo, imaginar sus bonitos ojos verdes y hablarle. Decirle que ya no tenía miedo, que había encontrado el medio de acercarse a él y que no lo abandonaría jamás. «¡Son de verdad, las luces son de verdad! –y se durmió al instante.
■■ A primera hora de la mañana el sol invadía el amplio comedor central situado en la primera planta del edificio consignado a los internos. Desde la terraza contigua, la vista sobre los jardines posteriores de la residencia ofrecía, a esa hora, una imagen incomparable a ninguna otra hora del día. El Dr. Jungson gustaba de cumplir con el ritual matutino de contemplar aquel panorama mientras repasaba mentalmente la situación general de los enfermos, de la clínica, y, sobre todo, de él mismo. Lo hacía al tiempo que disfrutaba del único desenfreno al que sometía a su organismo: fumarse un cigarro. Consumía un único cigarrillo al día, aquel; acompañado de un café largo y de recuerdos que, también a idéntica hora, le acudían puntualmente en forma de rutina diaria con mínima dosis de felicidad.
De felicidad y de dolor a partes iguales, sería más exacto decir. Voluntad para dejar el pequeño vicio no le faltaba, ni siquiera lo consideraba un vicio en el estricto sentido médico, pues no le suponía ningún problema de abstinencia renunciar físicamente a él. Pero un cigarrillo fue lo que compartieron él y ella durante un tiempo, también con el primer café, y no estaba dispuesto a restarle a su memoria el recuerdo que de ella le traía el cigarrillo de la mañana. La escasa convicción con la que le aconsejaba a ella sobre la conveniencia de dejar de fumar, le llevaba a quitarle el cigarro de la mano, le ofrecía a cambio la suya; ella jugaba con la mano de él, trepaba por su antebrazo andando con los deditos uno detrás del otro, subían por su hombro, seguían por el pecho camino de la mano que escondía el deseado cigarro. Él, tontamente, cual payaso ansioso preparando el truco, giraba su torso y soplaba y soplaba con fuerza sobre la incandescencia del cigarrillo apresurando su consumo. «Así fumas menos» le decía. Ella era capaz de mantener el humo en una nubecilla redonda suspendida en el aire entre sus labios abiertos y, rápidamente, succionando la nube de humo hacia el interior, desaparecía como por arte de magia. Luego de filtrar el humo en sus pulmones, lo sacaba en una perfecta chimenea totalmente recta hasta chocar contra la lámpara, donde el humo se esparcía con menos arte. Él no aprobaba, ni como médico, ni como pareja, aquella exhibición insana, pero sus sermones no conseguían el resultado esperado, por lo que acabó fumándose la mitad del cigarrillo de ella. El encanto del momento le llevó a la ocurrencia que si consumía un cigarro entero él sólo, estaría con ella el doble de rato, prolongando así el tiempo como lo hacen los condenados con el último pitillo. Asociaba el sabor de la nicotina a sus labios y le costaba entender cómo algunas personas se quejan del sabor a nicotina en la boca de su pareja «no tendrá los labios de Valeria, seguro» se repite a sí mismo. Algún día, cuando se armase de valor, iría en su busca.
El cigarrillo del Dr. Jungson pasaba por un acontecimiento sorprendente en el hospital, pues nadie entendía que se pudiera fumar un solo cigarrillo al día y no dejarlo con facilidad. Que no vale la pena fumar así, dicen, que la nicotina inspirada con tan sólo una unidad no debería suponer ningún esfuerzo de dependencia a la hora de dejarlo. Era el tema recurrente del personal a cargo. El Dr. Jungson decidió no explicar nunca los motivos de tan anodino vicio, pues, al fin y al cabo, «son psiquiatras ¿qué van a entender?».
Finalizó su liturgia matinal y se dirigió al comedor con el propósito de supervisar el desayuno de los internos, labor que le gustaba ejercer de vez en cuando, pese a que sus funciones no alcanzaban al control de la dieta. No había reparado hasta ese momento en la blancura exterior del edificio de internos, se le antojaba de un blanco impoluto, casi virginal ¿lo habrán pintado? Al momento entendió lo absurdo de la pregunta ya que ninguna reparación de ese presupuesto le hubiera pasado inadvertida administrativamente. Cierto que el sol incidía con rabia sobre el cubo que dibujaba la construcción, pero juraría que ventanas, marcos, cristales y persianas lucían una pulcritud admirable.
El salón comedor estaba totalmente vacío; las cortinas recogidas dejaban paso a la obstinada fuerza del sol que se imponía desde el cielo hasta el último rincón del aposento, ni los muros tenían consistencia suficiente para impedir su paso. Tan tupido era el manto de luz a lo largo de toda la estancia que parecía no caber nada más en su interior. La sombra del Dr. Jungson se alargó hasta llegar a la cerámica del piso antes de que él llegara a pisarla, y pensó que entrar en ese momento en el comedor significaba usurpar el sitio de un pedazo de sol, cambiar una porción del radiante astro por una vulgar silueta. No parecía justo romper aquel hermoso combinado de árboles, sombras, luz y cielo simplemente para acoger carne humana. Pero, necesariamente, debía de entrar. Lo hizo entre las puertas de cristal abiertas por una de las esquinas del salón para facilitar la ventilación a su interior, que eran cerradas antes de dar comienzo el desayuno. Al apoyar el primer pie con el que pisó dentro del comedor sintió un zumbido en sus oídos similar al que deben realizar al unísono mil abejorros. Examinó desde su posición la estancia en todas direcciones para detectar la procedencia del sonido. No halló nada sospechoso, de hecho, todavía no había entrado nadie en la sala. Oyó pasos y voces que se acercaban desde el patio exterior. Personal de mantenimiento se disponía a retirar de la embocadura las mangueras de regadío, se aproximó a ellos.
—Buenos días.
—Buenos días, doctor.
—¿Saben ustedes si ha habido limpieza general o algo parecido? –escuchar aquellas palabras salir de su boca y sentirse avergonzado fue todo uno. Los empleados se miraron el uno al otro y ambos esperaron a que fuese el otro quien respondiera. Finalmente, se atrevió el más antiguo de ellos.
—¿Limpieza general? –no acabó de comprender el significado de la pregunta. Era la primera vez que escuchaba al Dr. Jungson cuestionar algo sobre el mantenimiento de la residencia.
—No, no, señor. ¿Desea usted alguna cosa, doctor? –preguntó, repasando con su mirada el interior del salón comedor donde encontrar un motivo de suciedad o desarreglo.
—Discúlpenme, ha sido una… Gracias, lo siento, adiós. –aturdido por su falta de delicadeza, dio media vuelta y se adentró de nuevo en el comedor. Al fin y al cabo ¿quién era él para increpar a nadie sobre la limpieza de tal o cual persiana?
—¿Se refiere usted a los de la calefacción central? –le preguntó a lo lejos el mismo empleado. El Doctor volvió sobre sus pasos acercándose de nuevo a ellos.
—¿Quiénes?
—Ayer se estropeó el depósito general y el mecanismo de distribución del gas que va a parar a los radiadores de calefacción de las habitaciones de las plantas cuatro y cinco. Pero, a media noche empezaron todos a funcionar de nuevo. Esta mañana vinieron del servicio técnico de la compañía del gas y comprobaron que jamás se pudo estropear la caldera, o de lo contrario, no se habrían puesto en marcha los radiadores.
—Y no se oyeron los gatos –soltó el empleado que hasta entonces no había abierto la boca– fue la primera noche que no maullaron los gatos de más allá de los jardines.
—¡Cállate! ¿Otra vez con los malditos gatos? –le increpó su compañero, harto de oírle la misma historia de buena mañana.
—¿Gatos? –repitió incómodo el Dr. Jungson, con la consabida experiencia de que alargar más de lo debido las conversaciones con según quién del personal traía estas sorpresas– Bien, muchas gracias, ahora tengo que irme.
Abandonaba el comedor en dirección al pasillo medianero cuando advirtió en el fútil detalle del color sepia de sus zapatos a juego con el pavimento del piso, sólo los cordones de un marrón oscuro se distinguían con claridad del resto de tonos sepia. A partir de ahí, avanzó situando el pie en el centro geométrico de cada baldosa, sin pisar la línea que las divide, pero el reducido tamaño del mosaico le obligaba a andar con pasos muy cortos, ridículos, así que cambió al juego de dejar entre huella y huella una baldosa en medio sin pisar. En un gesto que le extrañó a sí mismo replegó los brazos en los costados y aceleró el ritmo al grito de «Aro, is, aro, is» acompañando el paso militar con una variante chulesca de cosecha propia, «Aro, is, aro, is», cual sargento ordenando a pelotón. Animado por una súbita e irrefrenable necesidad de seguir jugando decidió ampliar la dificultad del paso a “de tres en tres” baldosas, miró al horizonte para comprobar dónde finalizaba la hilera que había elegido para el desfile y al comprobar que ésta daba en uno de los muebles de la pared cambió a la fila de al lado, que llegaba más lejos. «Ahora un salto» «¡Sí, un saltito!», inició la carrerilla y se envalentonó a añadir un toque de tacón contra tacón durante su recorrido por el aire. ¡Ta-clac!
Se detuvo casi en la entrada del comedor, ya no quedaba más salón, llegó al final del rectángulo jugando como un colegial sin complejos. «¿Acabo de correr y saltar?» se sorprendía el cincuentón y sensato Médico Jefe de la clínica de salud mental Burgoll, de las de mayor prestigio del país «¿Qué pasa?» se preguntaba. Dio media vuelta y contempló de nuevo el reluciente comedor en el intento de encontrar allí la respuesta; las limpias y blancas paredes producían un reflejo tal que, de mirarlas fijamente, parecían moverse del inmenso hartazgo de luz que recibían en su centro. Querían decirle, comunicarle, pero él no sabía qué. Mesas, sillas, estanterías, armarios…, con su lustroso aspecto parecían tener un sentido más allá del propio significado como objeto, como utensilio puramente funcional; ocultaban un mensaje, una misión diferente a la natural para la que habían sido fabricados. Él no conseguía comprender. Su extraordinaria capacidad para el análisis, tan reconocida y alabada por colegas e instituciones, se ponía en marcha en el intento de razonar objetivamente aquellas vivaces sensaciones, pero, al instante, se despreocupaba totalmente de ellas. «El fresno blanco crece más rápido que el fresno común» fue la respuesta que se dio a la preocupación de poder estar sufriendo una fotofobia. Una irresponsabilidad si se quiere, pues no acostumbraba a responder con majaderías a cuestiones sensitivas y emocionales, si había llegado hasta donde había llegado era, precisamente, por haber sabido diagnosticar con acierto y ecuanimidad este tipo de interrogantes sobre la percepción.
Camino del cuarto de enfermería, del que procedía un olor a café que avisaba de que el primer turno de la mañana empezaba a funcionar, no recordaba el aplicado facultativo, en sus diez años de servicio en la clínica, haber escenificado acto alguno que pudiera calificarse de frívolo o poco apropiado a su cargo. «Salvo aquella vez en la cena de Navidad, en todo caso» pensó, cuando la joven familiar de un interno se lo llevó bailando hasta uno de los cuartos aledaños para agradecerle el resultado del tratamiento prescrito por el buen doctor. Y estuvo muy agradecida, en verdad. Se habló del acontecimiento menos de lo esperado (un asunto sexual se trataba en la clínica con la máxima prioridad) porque la agradecida jovencita resultó ser un verdadero bombón de Pascua, hecho éste que reduce, como es bien sabido, los envidiosos comentarios de los compañeros.
Oía la conversación que la jefa de enfermería mantenía con el responsable del turno de noche recién finalizado, ésta, al verlo, extendió la palma de la mano para detenerlo mientras daba término a la charla aproximándose al teléfono para colgar el auricular, él observó la refulgente bata blanca de la enfermera y tomó la mano que intentaba pararlo obligándola a dar una vuelta sobre sí misma teniendo que agacharse para pasar por debajo del cable telefónico que pendía de la pared.
—¿Dr. Jungson? ¿Qué hace? –exclamó sorprendida por la espontánea agitación matutina del comedido doctor–.
■■ Se alejaba por el pasillo andando hacia atrás sin perder la cara de la enfermera con un meneo de cadera propio de un recién iniciado: antebrazos recogidos en la cintura, y uno! dedos hacia la derecha con movimiento de cadera a la izquierda; y dos! dedos a la izquierda con cadera a la derecha, intercalando entre cambio y cambio una mirada de profesional concentrado dirigida a la enfermera.
—¿Qué pasa? –preguntó mientras brindaba con pose de torero a la fuente de agua, gesto que no armonizaba lo más mínimo con su alocada cintura que, para entonces, ya tenía vida propia.
—El informe nocturno ¿no se lo va a mirar? –le mostró en alto el cartapacio, en el intento de atraerlo hacia sí, como tantas veces, tantas mañanas había hecho con idéntico movimiento, carpeta arriba y allí estaba el médico, como hierro hacia el imán, como alma en vilo se apresuraba cada vez, cada mañana, sin faltar ni una; sus ojos buscaban con ansiedad la columna de la derecha del maldito informe, que era donde figuraban las anomalías, es decir las urgencias de la noche, y deseaba siempre, siempre, que estuvieran en blanco, en blanco sin sobresaltos, sin angustias. A una distancia de tres o cuatros metros y con el cartapacio visto del revés, en manos del jefe o jefa de enfermeras, según pintase, era capaz de avistar si la columna H tenía algo escrito en sus recuadros. Desde la puerta de entrada sabía el enfermo que había necesitado atenciones durante la noche, según el texto de la columna estuviese al principio de la página, a mitad, a tres cuartos de página o al final de ella, así deducía el número de planta y, con ella, los números de habitaciones de los pacientes “nocturnos” habituales, aquellos para los que la vigilia es un tormento más en sus desordenadas cabezas.
Pero ese día, para sorpresa de la sanitaria, el informe parecía no preocuparle. A lo largo de la noche no se produjo ninguna atención extraordinaria, ni ordinaria siquiera, pero el doctor no lo sabía, pues ella lo había recibido personalmente de manos del jefe del turno de noche, y el doctor venía de la terraza externa de hacer su cigarrillo matinal.
—¿No quiere ver la novedades?
—¿Novedades? Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra–.
Chasqueó los dedos y desapareció escaleras arriba. Subía de dos en dos, a ritmo olímpico se decía a sí mismo «estoy en forma, desde luego», reparaba en el escaso esfuerzo que necesitaba hacer para subir a esa velocidad, pero al instante olvidaba que para no estar acostumbrado al ejercicio continuado, no se cansaba como debiera. Empezaba el análisis sobre los motivos de la falta de cansancio, pero los olvidaba de inmediato. Escuchaba las voces de algunos pacientes en los ascensores, él diría que alanzaban el volumen más de lo habitual, aunque no hizo caso. Otros bajaban al comedor central por las escaleras ¿por las escaleras? se cruzó con ellos, hablaban animadamente de diferentes temas, que si deberían sustituir los escaños de los parlamentos por sillas eléctricas, decía uno; que si el crimen organizado era poco selectivo, decía otro. Descendían con una agilidad que el Dr. Jungson no acabó de valorar con precisión, se dirigía a la cuarta planta ¿a qué? cuando llegase lo pensaría, pero era la cuarta, de eso estaba totalmente seguro. «Con qué claridad hablan» pensaba de los internos, sin balbucear, sin susurrar, como solían hacer la mayoría de ellos, era en el ejercicio de hablar donde se advertía las dolencias psíquicas que sufrían. El lenguaje estructura el cerebro, pensaba, y cuando éste deja de funcionar correctamente, el lenguaje, los pensamientos, las ideas, son los primeros en resentirse. Le parecía que no había notado esa deficiencia en los enfermos que bajaban por la escalera. Los veía normales, todo era normal esa mañana para él.
Comentarios
—Venga, vosotros.
—Tú, tú primero –le dijo la Sevi al segundo de a bordo. Le dijo «tú primero» para quedarse ella la última y, así, dar el pistoletazo de salida al numerito que vendría a continuación. Al arrodillarse ante la mesita, el cortísimo vestido dejó ver el principio de las medias con ligueros, de un color granate oscuro. Lo siguiente que vieron fue la escena que confirmó a los encorbatados amigos el motivo por el que les hicieron subir al automóvil. Fue en ese momento cuando lo tuvieron claro. La Sevi separó la pierna derecha de su otra pierna, se arremangó aún más el vestido y mostró en pompa el culo y los labios posteriores de su vagina. Carente de bragas, se movía acariciando la nalga con una mano, mientras la otra sostenía el rulo por el que es esnifó lo que quedaba. Al finalizar, siguió en la misma posición, mirando estimuladísima al congraciado acompañante y separando los labios totalmente.
—¿Me vas a comer el culito? –le dice.
—Sí, sí, claro.
El amigo del empresario le metía la lengua por atrás todo lo dentro que podía, y la Sevi miraba al empresario que, de pie junto a la Italiana, no dejaba de mirar el cunnilingus que su colega le practicaba. La italiana se bajó las bragas hasta las rodillas y la Sevi le decía: —cómele, cómele el coño—. Muy obediente se arrodilló para iniciar la mamada, ella separó sus piernas al máximo y abrió los labios de la vagina ayudándose por ambas manos, dejando el coño totalmente abierto.
—Chupa, chupa –le decía jadeante–. Abría aún más los enrojecidos y excitados labios tirando de la cabeza del amigo hacia su interior, apretándolo contra su coño.
—¡Mete la cara, mete toda la cara! –y él introdujo la boca, la nariz, la barbilla y hasta los ojos, casi.
—Sácate la polla –le dice la Sevi al suyo.
—Tú, también –le dice la Tina al otro–
La Sevi se levanta y mueve a su partenaire situándole al lado de su amigo, y ambas empiezan a lamer los rabos que habían quedado al descubierto. Los tíos, trempados a tope, miraban a las dos viciosas una junto a la otra, y a su vez, éstas miraban a los ojos contrarios a la polla que lamían.
—Chupad ¡Putas! –decía uno.
—Seguid chupando ¡Guarras! –decía el otro.
La italina se detuvo.
—Hazte unas rayas, venga. –le ordenó al empresario que aunque desconcertado por el cese de la fantástica mamada que le hacía, obedeció de inmediato animado por la creencia que un poco más de coca subiría la temperatura de la acogedora furgoneta. Y así fue.
El empresario se trabajaba de nuevo la farla. La italiana acabó de quitarle los pantalones y calzoncillos, poniéndolo a cuatro patas y manoseándole el culo.
—Ya veo a dónde vas, guarrilla.
—¿Te gusta que te hagan el culo? –le preguntó introduciéndole el dedo medio por el ano, moviéndolo con delicadeza. Al principio solo lo contorneaba alrededor del agujero, luego, poco a poco, lo iba metiendo más y más. El empresario se premió con un cuarto de gramo para él sólo, de un tirón. La italiana esnifó de nuevo y vio las otras dos rayas hechas en la mesita y en su esquina la enorme papela sobrante. Mojó su dedo índice y untó de coca todo lo que la saliva fue capaz de enganchar (que fue mucho). Ambos dejaron sitio para que la otra pareja dispusiera.
La italiana se aficionó con el agujero del empresario que abierto a cuatro patas, disfrutaba de la lengua que intentaba abrirse paso. Ella untó el orificio con la coca de su dedo extendiéndola bien por toda su superficie. —Espera –le dijo. Y sacó del bolso un vibrador de tamaño pequeño. Se lo introdujo por el coño sin dejar de mover su dedo en el ano de él. Luego se lo ofreció para chupar, y él lo chupó. Después se lo metió tímidamente por el agujero a él, y él se dejó. Cada vez lo tenía más adentro. El macho disfrutaba con aquello. El efecto insensibilizador de la coca le facilitaba la introducción del vibrador casi en su totalidad.
—¡Culo! ¡Culo! –le decía ella sacando y metiendo el plástico duro. —¡Polla! ¡Culo! ¡Polla! ¡Culo!
—¡Puta! ¡Puta! ¡Puta! –gritaba excitadísimo, cogiendo la mano con la que ella sujetaba el vibrador y empujándola más adentro.
La Sevi andaba con el segundo tendido en el suelo (casi detenido) y ella sentada con el coño sobre su cabeza. Prácticamente ahogado lo tenía. Había intentado hacerle el culo, como la italiana, pero este no tragaba por ahí. Así que decidió que, al menos, el maromo le hiciera una buena mamada. Y se aplicaba el hijoputa. Vamos si se aplicaba.
Con unos pitidos de moto avisamos a las chicas que cerraban el bar.
La Sevi preguntó a su chico.
—¿Tienes sed?
—Una copa ahora sería un puntazo, la verdad –dijo–.
Tomó el móvil y le pidió al Cafetito que le trajera dos copas. Después, ella y su pareja pasaron a la parte delantera del vehículo. Había oscurecido y nada se veía desde fuera. Cuando llegó el improvisado camarero la Sevi follaba como una loca encima de la polla de su cumplidor amante. —¡Folla, fóllame! –le decía encendida, estirándole de los pelos con ambas manos —Folla fuerte—.
El Cafetito entró en la parte trasera con su segunda copa.
—¿Se puede? –dijo– y corrió la cortinilla que separaba ambas zonas.
■ ……
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Pero estoy contento ¡tengo algo! ¡tengo una ilusión en la vida! Me está dando una carga positiva que me hacía mucha falta porque estaba en las últimas. Me han venido como agua de mayo estas «Fuerzas para Escribir», han llegado en el momento preciso. No he necesitado que nadie del exterior se presentase en mi casa con una buena oferta de trabajo. No quiero dinero prestado de nadie para empezar nada. Las trabanquetas que me ponía el mundo entero ya no son excusa. No me he tenido que enamorar otra vez para ver el hermoso azul del cielo. No. Todo estaba dentro de mí. Y lo sigue estando. Sólo preciso sacarlo, mostrarlo, arreglarlo. Pero ahí está. El tesoro de mi vida está en mi interior. ¿Habrá dicha más grande? El futuro está en mi mente, dentro de mí. Sí, ya sé, ya sé, siempre está en manos de uno, vale. Lo sabemos todos. Mi amigo Pedrolo repite esto mismo sin cesar. Pero ahora no dependo de las jugarretas de un trepa de oficina que juega con mi vida y con la de mis compañeros. El muy hijoputa juega con mi futuro y con el de mis compañeros, y lo hace porque ha preferido escoger el camino de la especulación en lugar del camino de la honestidad. Sí, eso es lo que pasa. Por eso llegaba a la empresa y se me caían las paredes encima.
Todo el ánimo con que me despertaba, los cantos en la ducha, los silbidos a las chavalas por la calle, la charla de fútbol en la café del desayuno, toda la alegría de vivir se va a tomar por culo cuando entras en la puta empresa y las paredes se te caen encima. Eso es lo que pasa. El problema no es el trabajo en sí. No conozco a nadie ¡a nadie! que no sea capaz de realizar su trabajo por más agobiado que vaya. No es el trabajo, no señor. Son las putadas. La humillación constante. Es el jodido ambiente que se crea en las empresas (en la mayoría) por la cantidad de trepas de mierda que deciden hacer la vida insoportable a sus compañeros de trabajo a cambio de un plato de lentejas. Eso es.
Y uno se pregunta ¿y para qué? ¿dónde va a parar mi esfuerzo de hoy, y el de mañana? Encima, no aprendes nada. Sólo te enseñan a mentir. Te pasas el día mintiendo por y para la empresa. Y no te enseñan nada. Sólo más putadas. Al final tú te conviertes en un «puteador» como ellos. Si quieres ascender en cualquier puesto de cualquier empresa has de convertirte en un sicario mentiroso e hijoputa como ellos. Si no es así te comes una mierda como un piano de grande. Esta lección la tengo muy bien aprendida. Si eres un tipo que va a la suya, sin mentir ni perjudicar demasiado a los proveedores y colaboradores de la empresa: lo tienes claro. El verdadero «máster» consiste en aprender a estafar (sí, sí, estafar) a los clientes y que sigan pagando. Ese es el aprendizaje máximo al que aspiran los saltagrapadoras que pueblan las empresas de medio mundo.
Miro el dinero que pagan y apenas llega para el alquiler, comer y unos zapatos. Si quiero comprar un regalo a una chica estoy obligado (por narices) a hacer una movida de las mías. No me queda más remedio. No, no, no me queda más remedio. No son excusas lo que digo. Tengo que liarme con algo para sacarme un extra y poder disfrutar un poco –unas horas– con los amigos o un ligue. Y todo por no poder prosperar con la ingente cantidad de hijos de la gran puta que existen de nueve a dos y de cuatro a siete.
Si tu tiempo libre lo ocupas en alguna actividad artística que requiera cierta sensibilidad, y ésta va creciendo en ti con el tiempo hasta el punto de convertirse en un martilleo incesante, esa misma sensibilidad acaba distanciándote de tu trabajo. Así es. Porque no es compatible en la misma alma la jungla del mercado laboral con la actitud ante la vida de Meursault de El Extranjero. No cabe. Es imposible ser rudo hasta las diecinueve horas y susceptible al anochecer.
Si consigues meterte en la piel del emperador Adriano (de la mano de Marguerite Yourcenar) ¿cómo se hace para seguir amando la contabilidad a la mañana siguiente?
O sea, que «sufrimos» con Hamlet como si fuéramos él mismo, sentimos sus palabras como nuestras y, enseguida, cogemos el teléfono para decir que no llegará la mercancía a tiempo por un accidente del transporte, cuando resulta que aún no han salido los paquetes. ¿cómo se come eso? Una de las dos vidas sobra. Una estorba a la otra.
Ahora tengo mi novela. Si me diera para el alquiler y la comida, firmaba ahora mismo que no haría nada más ilegal en mi vida. Lo juro. O lo prometo. Mejor, lo prometo. No debo hacerme ilusiones porque igual es un desastre todo y me veo de viejo en los comedores sociales, pidiendo unas monedas por la calle para beber vino barato, y acudiendo a la beneficiencia por toda mi vejez, explicando a los jóvenes que encuentre en la barra de los bares que yo quería ser escritor, que yo empecé una novela hace tiempo y al final… nada, y más tarde la mala suerte.
O peor aún. Podría acabar en la cárcel.
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El esmerado servicio se afanaba con los aperitivos en el salón mientras la Sra. Roca, en la cocina, dirigía a un pelotón de cocineros y ayudantes que ultimaban los preparativos del suculento festín en honor a sus más queridos amigos. Cuando todos tomaron asiento y el Sr. Roca se puso en pie y alzó su copa para brindar y dirigir unas palabras a los invitados, la ama de llaves interrumpió el acto para decir:
—Disculpe, señor. Un paquete urgente.
—¿Hoy domingo? –dijo intrigado el Sr. Roca, tomando el sobre kraft acolchado.
—¿Quién lo ha traído? –preguntó la señora Roca.
—Un motorista, señora. No dejó nota alguna ni albarán de entrega.
—El remitente es –leyó el Sr. Roca en voz alta– el Sr. Juan Sugrañes Badal.
—¡Juan Sugrañes Badal! –exclamó el Sr. Sugrañes– debe ser una broma. Como hace días que todos saben que veníamos aquí pues han preparado la broma. Seguro.
El sobre contenía un disco dvd y llevaba una fotografía impresa en una de las caras en la que se distinguía a un tipo trajeado de espaldas y agachado hacia delante con la cabeza casi pegada a una especie de mesa.
Al Sr. Sugrañes le subió la bilis del estómago a la boca y propuso ingenuamente:
—Mejor comamos y olvidémonos de la broma –con la intención de hacerse como fuere con el dvd y evitar su visionado por los presentes.
—Será un detalle cariñoso –siguió la Señora Roca– propongo que lo veamos antes de la comida.
Los hijos de los señores Roca estaban de acuerdo, así como sus parejas, los nietos y demás familiares y amigos que formaban una buena prole, casi una treintena en total. El más vivaracho de los niños volvió al momento con un reproductor de dvd portátil que situó sobre la mesa.
El mismo niño insertó el disco en la bandeja saliente del lector y presionó la tecla Play. Sin mayor preámbulo, ni títulos, ni letras, apareció la primera imagen de la película grabada. Y con ella el primer chillido.
—¡Ah! ¡Dios mío! –gritaron primero las señoras.
La escena mostraba a un hombre negro que sodomizaba a un hombre blanco mientras le azotaba las nalgas gritándole:
—¡Toma polla! ¡Polla adentro! decía una voz femenina.
—¡Quita eso, por Dios! –gritaba la Sra. Roca. ¿Quién ha podido enviar esta guarrada? ¡Quítalo!
Apareció el cuerpo de una mujer (con el rostro desdibujado) que tomaba al hombre blanco por el pelo de su nuca y le ondeaba la cabeza apretándola contra la vagina «¡Chupa, maricón, chúpame el coño!»
En esas, el hombre blanco giró su rostro hacia el negro «¡métela, métela negro!» le pedía, y fue en ese instante cuando los azorados espectadores de la repentina sala de proyección pudieron reconocer la cara del enloquecido animal que, a cuatro patas, pedía al dueño de aquel enorme bergantín negro que lo penetrase un poco más adentro.
—¡Aaaj! ¡Es mi hijo! ¡Es mi hijo! –gritaba la Señora Sugrañes, escondiéndose de los invitados, yendo del salón a los pasillos, y vuelta al salón, para seguir mirando el demoníaco aparato que proyectaba horribles imágenes de su retoño en posición perruna y ofreciéndose a que le clavaran por la desembocadura con total garantía.
—¡Esto no puede ser! ¡No puede ser! –repetía el papá del perforado joven–. Las imágenes están manipuladas.
Podía ser y era. En efecto, era Juan Sugrañes Badal, el remitente del sobre, el hijo ausente de los señores Sugrañes, el mismo niñato malcriado que justificó su incomparecencia a la comida alegando una indisposición estomacal de última hora.
El anfitrión, Sr. Roca, perseguía al niño que se adueñó del reproductor del dvd y que mostrándolo en alto, corría por los pasillos de la casa mientras se escuchaba:
—¡Polla, culo, polla, culo!
Los niños de las familias iniciaron un juego consistente en marchar todos en fila india tras el niño que portaba el dvd (como si de una bandera se tratara) y repetir lo que los altavoces soltaban:
—¡Dale negro!
—¡Dale negro! –cantaban todos a una.
Los papaítos de los divertidos chiquillos comenzaron una persecución tras ellos que les llevó hasta el jardín. Las ventanas de la casa rebosaron de cabezas asomadas –cocineros, camareros, ayudantes, criadas, chóferes– que disfrutaban de la función teatral para mayores de edad servida por niñitos de siete años.
—¡Toma maricón! –se oía a lo lejos la voz del Cafetito.
—¡Toma maricón! –acompañaba el coro infantil.
Los empleados se apuntaron a la fiesta con aplausos acompasados a los angelitos que les procuraban un turno de trabajo como no habían tenido nunca, pues avergonzar a los invitados y a los dueños de la casa compensaba de sobras el miserable precio de las horas extraordinarias en jornada de domingo. El niño principal se subió a un arbolito del jardín y parecía implorar a los dioses ofreciéndoles el famoso artefacto.
—¡Traga! ¡Traga todo! –decía Tina, la italiana.
—¡Traga! ¡Traga todo! –el coro infantil.
—¡Callaos, niños! ¡Callaos! –ordenaban los padres a los incontrolados críos. —¡Dadme eso, dádmelo ya! –ante la expectación de los vecinos que se aglutinaron en sus respectivas terrazas sorprendidos por el acalorado numerito en el jardín de los Roca, conocidos en la barriada por su reservada e intachable conducta.
Los niños entregaron, por fin, el arma del crimen al Sr. Sugrañes padre, que lo tomó en mano sin saber muy bien qué hacer con ello, no sabía apagar la imagen ni tampoco bajar el volumen, y se adentró en el salón de la casa acompañado todavía por los berridos de su heredero, que como un cerdo en matanza, rogaba:
—¡Un poco más de coca en el culo, joder!
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—¿Cuándo te vas a casar? –se mofaba ante el espejo de los parientes que le reprochaban su falta de tradición familiar.
No se sentía en la misma cuerda de los viejos ni de los jóvenes, Juan Sugrañes Badal era un hombre moderno, él hablaba de fórmula uno y de cómo tratar a las mujeres; sobre dirigir un club de fútbol o un equipo de gobierno en crisis. La verdadera valía de las personas se demuestra en cuestiones importantes. «Ahí están los seres superiores» Pensaba él. «¡Qué sabréis vosotros!» decía en voz alta en la ducha al tiempo que se enjabonaba con cuidado el recto. «Aún me duele esto» recordaba avergonzado. Tras dos días en cama para reponerse de la endiablada fiesta, la resaca persistía en recordarle (con cierto pudor) los excesos cometidos y que ahora le pasaban factura en forma de molestos pinchazos “ahí detrás”.
—Es porque soy un tío moderno. ¡Ya está! –se convencía–. «¡No tenéis ni puta idea!» cantaba con el teléfono de la ducha a un público imaginario compuesto por familiares y conocidos, despreciándolos como un rockero salvaje pasado de vueltas mientras dirigía el chorro de agua a sus partes más íntimas y hacía el signo de victoria con la lengua afuera. «Soy el súper mega» y flexionaba las rodillas con un ahhg! que él atribuía a su superioridad total en la especie.
La euforia le duró poco. Al acabar de vestirse reparó en la cartera. Le faltaba la cartera. «¡Hostia puta!, la zorra y el maricón del otro día me han quitado la cartera». Se apresuró a encender el teléfono para llamar y anular las tarjetas de crédito. En cuanto tuvo línea se precipitaron en el móvil las llamadas perdidas en forma de mensajes que identificó fácilmente con los números de familiares y amigos de la dichosa comida.
De pronto, alguien llamaba con el número oculto. Rechazó la llamada.
Contactó con su amigo Félix –su segundo– para que le dispusiera de dinero en efectivo para ese día. Mañana iría al banco para solicitar los duplicados de tarjetas correspondientes.
La llamada oculta insistía. Rechazó de nuevo. «Los amigos de papá, seguro. No he cogido las llamadas y ahora ocultan el número para intentar hablar conmigo».
Otra vez.
—¡Vvumb, vvumb!
—¿Sí? –respondió–.
Al principio no entendió bien de qué se trataba. Parecía una discusión entre varios: una mujer, luego un hombre, de nuevo la mujer. Un lío. No comprendía nada. Creyó que era una conversación interceptada por su aparato pero que nada tenía que ver con él. Hasta que identificó las voces. Y los alaridos. Entonces fue como una cuchillada en el estómago. Un metal frío que le abría las tripas mientras escuchaba hipnotizado unos sonidos que empezó a reconocer. La voz de ella. La voz del otro. Los gemidos propios. Las guarradas que «ella» le dirigía a él mismo. Sus órdenes, sus gritos, ahora le sonaban diferentes. No parecían dirigidas a él, pero lo eran.
Colgó, temeroso. «¿Cómo habrán averiguado mi número?» se preguntó.
Encontró una fotografía de calidad profesional en el portal de entrada a su edificio, tan explícita en su contenido que no dejó lugar a dudas a vecinos y paseantes que la pudieron contemplar durante las veinticuatro horas que estuvo expuesta.
Recibieron copias del dvd: la familia, los vecinos, la empresa, el bar que frecuentaba por las mañanas, el de por las noches, el concesionario de vehículos, sus tiendas habituales de ropa, el solárium, la relojería, La Caixa, el Banco de Santander, la mutua de seguro médico, y hasta la academia de inglés.
No apareció más por la empresa. Papá Sugrañes lo envió a Madrid a estudiar algo relacionado con recursos humanos.
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Escritores pánfilos o bellacos los ha habido siempre y los seguirá habiendo, no hay ninguna duda al respecto. A juzgar por el número creciente de vendidos con los que se topa uno a diario por esos mundos de dios que nadie sufra por una sequía de escritores cabronazos que no la habrá. Ahora bien, estos pertenecen a la especie de escritores “mantenidos” por alguna de las partes interesadas, y yo pensaba en los escritores criminales. De los de verdad. Profesionales del robo, del atraco, falsificadores, traficantes, violadores, pederastas, asesinos. Gente capaz de alternar unas joyas con pistola con una poesía de Baudelaire; abusar de una niña hasta la muerte y, de seguida, leer al joven Werther; soñar la Florencia de los Médicis recordando que mañana le espera un cuerpo aún con vida; leer a Machado mientras está a la espera de extirpar un riñón a la fuerza. Imaginaba a un secuestrador después de mantener escondido durante días a un empresario, ansioso por volver a casa y terminar su relato “desayunos con Balzac”. ¿Habrán podido hacerlo? Calmé mi agitada conciencia y mi moralina súbita respondiéndome que sí ¿Me creo mejor que ellos?
—¿Sr. Lachosse? —interrumpió mis macabros pensamientos el empleado de la editorial—. Adelante.
Se apartó al tiempo que extendía su brazo invitándome a entrar a la sala de reuniones. El ambientador denotaba que alguien con gusto estaba a cargo de los pequeños detalles. La reluciente mesa de madera ovalada ocupaba una de las mitades de la sala, en la otra, un amplio sofá color negro en forma de ele garantizaba reuniones más personales, una vez ganada la confianza de las primeras negociaciones.
Alba fue la primera en levantarse, los otros dos lo hicieron en el orden según su categoría jerárquica, el director general fue el último, por supuesto. Cuando me hube sentado percibí la frialdad de la situación de mi silla respecto de la del trío, demasiado alejada de la mesa. Se me ocurrió pensar que no había sido la misma persona encargada del ambientador la que dispuso mi asiento.
Luego de las presentaciones de rigor empezó hablando Alba:
—¿Todo bien, señor escritor? —me preguntó con toda la seducción que fue capaz de meter en sus ojos y labios.
—Casi, escritor —le respondí—. No me atrevo todavía a considerarme un escritor.
—Nosotros sí le consideramos —interceptó el mandamás— tiene usted madera de escritor. Hay algunas cosillas que se podrían corregir, pero a buen seguro que lo hará con el tiempo usted mismo.
—Muchas gracias —dije a punto de ruborizarme—. Su opinión es muy importante para mí.
El tercero de ellos, situado a la izquierda del jefe, que se encontraba en el medio, apuntó rápidamente algo, como para no olvidarse, y deduje que era un psicólogo de esos que están presentes en las reuniones preliminares para anotar toda expresión y detalle digno de análisis. Me inspeccionaba detenidamente, alguien debería decirle que disimula fatal su función.
—¿Cuánto llevas escrito? —preguntó Alba— ¿Has adelantado algo más?
—Sí, tengo diez páginas más —en realidad eran veinte, que tenía intención de guardar en el horno, pero la vi tan interesada en el avance de la novela—.
El director movió sus manos con gesto de asombro:
—Es asombroso —siguió—, no tenías nada escrito y en tan sólo seis días hiciste cuarenta páginas bien corregidas.
—Estoy sin trabajo —confesé— y puedo escribir durante todo el día. Además, se lo debía a Alba. Y a ustedes, por supuesto.
—¿Puedo preguntarte de qué vives, Lachosse?
—Sí, señor, si puede. Vivo del estado, cobro el subsidio de desempleo. Me quedan unos pocos meses aún —dije, de hecho finalizaba la prestación el próximo mes, pero no quería dar la impresión de estar muy necesitado.
—La editorial está dispuesta a anticiparte mensualmente la cantidad de seiscientos euros a cambio del compromiso por tu parte de entregarnos cuarenta páginas al mes, durante tres o cuatro meses. Y los derechos exclusivos sobre la novela, claro está. ¿Qué te parece?
—¿No pueden ser mil?
—De momento, no.
El director entrelazó los dedos de sus manos situándolos en la barbilla, apoyó los codos con comodidad sobre la mesa y arrugando el entrecejo preguntó receloso:
—Los hechos que relatas en la novela ¿son autobiográficos?
Y no supe qué responder.
■ ……
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Giré por Vía Augusta y me propuse subir caminando hasta la clínica Burgoll; hay un buen trozo, así que cuando llegue estaré sediento de las cervezas y hambriento de las tapas que Pedrolo ha prometido invitarme. Me dijo de ir a jugar al billar al Snooker ¿al billar? pero si Pedrolo es una verdadera calamidad para los juegos, de mesa o de campo, igual da. ¿Y al Snooker, nada menos? El Snooker es un salón de juegos-coctelería, donde se dan cita clientes que juegan tan bien al billar que te coges una depresión. He perdido incontables veces en el Snooker, aunque te repones fácilmente con el surtido de whiskys de Malta.
Cumplo con latradición de detenerme ante los escaparates de los establecimientos antiguos de Barcelona, la relojería Unión Suiza es uno de ellos. Una vez que la costumbre me revela que lo expuesto ya no me interesa como antes, caigo en la cuenta que el acto se debe más a la inercia adquirida durante años de la mano de una psicótica de las vitrinas que a otra cosa. También tiene algo de maniobra infantil: la atracción de las luces anuncia cosas nuevas, últimas, de moda, bien ordenadas y sabiamente mostradas, pijaditas lustrosas y caras, inalcanzables entonces y aún hoy.
Buscaba las etiquetas con los precios en Massimo Dutti cuando un claxon insistente y voces dirigidas a mí se detuvieron en forma de coche con Pedrolo y chica al volante.
—¿No habíamos quedado en la clínica? —le pregunté a Pedrolo.
—¿Sí?
—Iba caminando hacia allí —le dije.
—¡No!
—¿Y si no me hubieras visto?
—¡Anda!
—¡A tomar por culo, brujo de los cojones! —le dije harto de su seguridad maldita. Subí a la parte trasera del vehículo. Ella se presentó como Ana Cárdenas, psiquiatra y compañera de trabajo.
—¿Es un poco brujo, verdad? —se lo puse en bandeja a la chica y ella no desaprovechó la ocasión para que yo le confirmase algún numerito que, me imagino, Pedrolo les habría concedido ya a estas alturas en la clínica.
—Sólo con aquellos a los quiere —dije entregándole una información que ella valoraría según su interés.
Él cortó por lo sano:
—Luchi ¿qué es la Bola 9?
—¡Hostia! ahora quiere aprender a jugar al billar —dije al aire que entraba por la ventanilla—. Es una modalidad de billar americano. Es muy popular en Estados Unidos porque las partidas son rápidas y se puede ganar mucho dinero en poco tiempo. Se juega con las bolas número uno a la nueve. Hay que tirar contra la bola de menor número que haya en la mesa y el que introduzca la bola nueve gana.
—¿Está de moda aquí en Barcelona?
—No en lugares púbicos. Aquí se juega en bares y salones a la bola 8, el típico de lisas o rayadas. Las partidas duran más.
—¿Y en locales privados? —insistía más allá de la simple curiosidad.
—¿Por qué te sientes tan atraído de pronto por esa especialidad de billar? —Porque al hijo de una paciente de la clínica lo asesinaron jugando a la bola 9. Y voy a averiguar quién lo hizo.
Ana Cárdenas se llevó un susto de muerte, giró bruscamente el volante para detenerse en un chaflán y a punto estuvo de llevarse por delante a un motorista que circulaba por el carril bus. Tiró con fuerza del freno de mano tras el frenazo.
—¿Queeeé? —gritó la doctora mientras a algún conductor de por ahí fuera se le escuchó mentar a nuestra familia.
La frialdad con la que abordó la delicada situación me proporcionó, una vez más, la certeza absoluta de que se metería en camisas de once varas y asumiría los riesgos necesarios que a buen seguro se encontraría. O, mejor dicho, nos encontraríamos. Yo ya estaba metido en el ajo, así, por las buenas. Me veía jugando al puto billar todo el santo día y sus correspondientes noches, claro.
—¿Quién te ha mandado meterte en esto? —le increpó la acalorada conductora.
—Y de paso… —se interrumpió Pedrolo, cavilando con la vista puesta en un invidente que a tientas cerraba su minúsculo quiosco de venta de lotería. Observaba la destreza del viejo ordenando los objetos de la bandeja inferior de la ventanilla; en cómo repasaba el pequeño mobiliario que debería encontrar en el punto exacto al día siguiente; palpaba cristal, puerta, cerradura y llave con la sabiduría de quien tiene tacto en lugar de ojos, y Pedrolo supo cuánta maestría había en sus dedos. «Si yo pudiera tocar así» se dijo.
Unos jóvenes rapados pasaron junto al quiosco, llevaban un enorme rottweiler que tiraba con tal fuerza del portador de la cadena que obligaba a éste a un esfuerzo superior al normal. Cuando estuvo a la altura del ciego, hizo un movimiento látigo de la correa provocando la furia del perro que se tiró hacia el hombre con sus patas delanteras en alto mientras el dueño sujetaba lo justo para que el animal no lo rozase. El ciego, asustado, entró de nuevo en su quiosquito para refugiarse. Los chicos disfrutaban con el poder que el enfurecido bicharraco les concedía. Los transeúntes, temerosos, atravesaron la zona arrimados a la pared del edificio y proseguían su camino.
Pedrolo descendió del coche y pasó por entre la batería de vehículos aparcados en primera fila. El portador insistía al animal «¡vamos, grrrr, vamos» mientras el resto de soplagaitas se partía el pecho observando al tembloroso vendedor en su garita. El perro apoyó sus cuatro patas en firme y cesaron los ladridos. El animal, repentinamente calmado, no respondía a las órdenes provocativas del dueño. Sereno, dio media vuelta en torno a sí, y de espaldas a la cabina del ciego, movía la cabeza y cola dando muestras de una inesperada alegría que contrastaba con la furia mostrada momentos antes. La banda de pelados se decepcionó al ver finalizada la exhibición pública de pánico ante el incomprensible comportamiento pacífico del animal. «¿Qué pasa?» se miraban unos a otros. Dueño y colegas giraron en idéntica dirección a la del perro. Pedrolo miraba fijamente a sus ojos, el hermoso ejemplar hacía lo mismo dejando ir un débil y extenso aullido dirigido al cielo.
Las botas de militar que calzaban los neandertales iniciaron el paso alejándose de allí, sus amos nunca sabrían por qué decidieron irse, simplemente, ellas los llevaban. Tomé a Ana por el brazo y nos aproximamos a nuestro amigo. Ella comprendió entonces que había sido inútil la pregunta y el tono de reproche que hizo a su amado compañero. Supo que no podía evitar nada de lo que hacía, porque esa era su función en este mundo. Pedrolo puso fin a la charla comenzada en el coche antes de descender:
—… y de paso curaremos a la Sra. Belha.
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—O sea que ¿tú eres la famosa Doctora Cárdenas? —le pregunté guiñando un ojo a Pedrolo.
—¿Famosa? —preguntó atenta, pues se percató de mi gesto.
—Éste —lo señalé con el pulgar, con desprecio— no para de hablar de ti todo el santo día. Me tiene la cabeza rota, pensaba ir al psicólogo, pero ya que estás tú aquí.
Él cambió de posición encarando al público como si buscara a alguien, haciéndose el sueco.
—«La Dra. Cárdenas por aquí, que si Ana Cárdenas por allá». ¡Joder, qué pesado!
Ella esbozó una sonrisa y, seguidamente, lo miró con ternura. Cuando él se vio libre de la mirada de ella dirigió sus ojos como platos hacia mí, sugiriendo: «No te pases, tío». Tuve en consideración el aprieto en el que lo estaba metiendo y me apresuré en su ayuda:
—«Que si los ojos de Ana son así, que si los labios son asao» —ella, divertidísima, no paraba de beber como una loca y él tiró el trozo de pan sobre el mostrador.
—Luchi, ¡no me jodas!
—No disimules ahora, Pedrolo —yo haciendo el papel totalmente en serio—. Afronta la situación como un hombre y no seas falso.
—Luchi, ¡me cago en…!
—«Que si hoy es sábado y ya no la veo hasta el lunes» Sí, sí, tal como lo oyes —Ana disfrutaba como una niña en su fiesta de cumpleaños; se sentía el centro de las miradas, el centro de la conversación y, quizá, el centro del corazón que deseaba ocupar.
El sonrojado amigo interrumpió la función:
—Un momento. A ver, yo no…
—¿Alguien te ha preguntado algo, Harry Potter? —le corté. Fuere el que fuere el sentimiento de él hacia ella yo no estaba dispuesto a que finalizase abruptamente el momento ilusionante que estaba viviendo la chica.
—Quiero decir…
—Tú no puedes hablar porque tienes… —agarré un langostino por la cola y se lo metí en la boca— ¡la lengua ocupada!
La risa le provocó un leve ahogo y el movimiento rápido de su brazo derribó la copa de Ana al suelo. Él quiso apartarla de la zona de cristales rotos, protegiéndola, y le extendió la mano para que ella la tomara en ayuda. Y ella la tomó. Y mantuvieron sus manos unidas más allá de los segundos reglamentarios al efecto. La euforia les llevó a afanarse juntos facilitándole la tarea al camarero apartando los taburetes; dejaron juntos las chaquetas en la barra pequeña; volvieron a ocupar los taburetes a la par. Pedimos vasos nuevos y otra botella de albariño.
Pedrolo alzó su copa:
—¡Larga vida!
—Y por el amor —dije yo. Aunque ya no era necesario, sus miradas coincidieron de nuevo y esta vez no se esquivaron con rapidez. Tomé la copa, aparté la vista hacia la barra y me dije: «¿Por qué somos tan geniales los hijoputas nocturnos?» Y llamé a Susan, la alemana.
Había una mesa libre de billar americano en el Snooker, así que le dije a Pedrolo que cogiera un taco mientras Ana pedía unos cócteles. Parecía que iba a salir volando con él, ni puta idea tenía. «Que no es una escoba» le dije. Coloqué las bolas en forma de rombo, para jugar a la bola nueve: en la primera fila la bola uno, segunda fila las bolas dos y tres, etcétera. Le expliqué que cuando no se sabe jugar lo mejor es situar los cuatro dedos de la mano izquierda sobre la mesa y el dedo pulgar hacia arriba, mirando al techo, apoyando el palo entre el pulgar y el nudillo del dedo índice. Es lo más seguro para empezar a jugar mientras se toma algo de soltura con el taco y las manos, para pasar más tarde a cogerlo de la forma idónea, que es formando un círculo con las yemas de los dedos índice y pulgar y haciendo pasar el taco por entre medio de éstos.
Explicaba las reglas del juego a Pedrolo, que no hacía el más mínimo caso. Los deportes no le interesan para nada, es más, se ríe de ellos y de los espectadores; y se pregunta cómo es posible que la plebe invierta tanto tiempo en ver jugar a los demás. Razón no le falta, aunque esa es una opinión muy extendida entre todos aquellos que en su niñez no jugaron a nada y, por tanto, nada saben. Cuando tu papá te llevaba de pequeño a ver partidos de fútbol los domingos por la mañana; cuando has pasado parte de tu infancia jugando en la calle y viendo jugar por televisión, practicar y ver practicar algún deporte es una afición maravillosa. Valorar la dificultad en la destreza de los movimientos, sea fútbol, básquet, o billar, es un disfrute que se mueve a igual altura que contemplar un Goya. Ahora bien, si no sabes jugar a nada, como le pasa a Pedrolo, entonces es fácil recurrir contra el borreguismo que rodea al mundo del deporte, que nada tiene que ver con el verdadero placer: el virtuosismo de los jugadores. Hay más sabiduría en los movimientos de balón de Maradona que en “el principio de no contradicción” de Aristóteles, entre otras cosas porque Maradona demostró físicamente que sus propuestas eran posibles.
Cada vez que tiraba Pedrolo era un drama. No atinaba con la bola, raspaba el tapete, tiraba una bola al suelo, se le iba el taco de las manos. La Cárdenas se divertía viendo la cara de aburrimiento que yo tenía. Es tedioso jugar con alguien que no sabe, casi prefiero tenerlo como compañero a jugar en su contra; el juego se convierte en un acto de beneficencia al que, además, no paras de dar ánimo: «Muy bien» cuando por fin toca bola. «Huy, casi» cuando pasa a un palmo del agujero. Y así todo el rato.
—¿Queréis hacer unas parejas? —pregunté a un grupito de mirones.
—Yo no juego más —dijo Pedrolo, encantado de que yo tuviera otras posibilidades de juego que no lo incluyeran a él—. Voy a pedir otros cócteles.
Y se dirigió hacia la barra. Ana fue detrás.
De entre el grupo de mirones uno de ellos se ofreció a jugar «pero al normal, lisas y rayadas» dijo. Le cedí la salida a mi oponente. Tenía buen toque de bola, tiraba con decisión, un poco precipitado, tal vez. La precipitación suele ser un error común en este juego, y en tantas otras cosas, pero aquí se nota mucho más debido a la concentración a la que el propio juego obliga. Se envalentonó el chico introduciendo cuatro bolas lisas cuando Pedrolo y la Cárdenas vinieron acompañados de un nuevo conocido y una bandeja repleta de cócteles.
—Son para probar —dijo Ana—, uno, dos, tres… ocho y nueve. ¡Nueve, como el juego ese que tú decías, Luchi!
—¿De dónde has sacado nueve cócteles?
—Cortesía de aquí, un amigo —dijo Pedrolo—, te presento a uno que sí sabe jugar.
—¿Tú de dónde has salido? —le pregunté.
—Yo era amigo de Marc —dijo.
Al principio no supe quien era Marc, ni qué hacía allí el tipo aquel a quien Pedrolo se afanó en buscar tan rápidamente. No había ni empezado la partida con aquel mirón y Pedrolo ya había encontrado al amigo del hijo de la Sra. Belha. ¡Joder! «Ni la digestión puede hacer uno con tranquilidad». La cena tan guapa que nos habíamos metido, las copas fantásticas del garito y, ahora, hay que empezar a buscar a los asesinos de yo qué sé quién coño. Yo lo que quiero es colocarme y luego follar con Susan ¡hostia! ¿dónde está Susan? Habíamos quedado allí mismo ¿qué la pasaba que no venía? Empecé a agobiarme con la obligación de tener que ponerme las pilas con el asunto de la puta bola nueve de los cojones cuando el tipo aquel, adivinando mi estado de hastío, me dijo:
—Tranquilo ¿quieres una raya?
—Tú y yo nos vamos a llevar bien —le dije alargándole la mano— yo soy Luchi.
—Raúl. Raulillo —me dijo sonriendo por la alegría evidente que su oferta de clencharnos produjo en mí— Vamos, te voy a presentar a una piba.
Ni piba ni hostias. Él sabía que Pedrolo no tomaba y fue la excusa para dejar allí al par de tortolitos en sus taburetes rodeados de cócteles y adentrarnos en el misterioso mundo de los lavabos con la tapa de wáter bajada.
—Encantado de conocerte, Raulillo.
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Los tres tipos que tenemos delante en la cola se encuentran entre la primera y tercera fase; uno de ellos está en blanco todavía, no dice ni mu y las impacientes miradas a la cabeza de la cola lo evidencian; el segundo anda atareado en la búsqueda de público para su exhibición personal, gesticula y se expresa como lo haría un actor presumido, esforzándose en conseguir la mayor expresividad posible con los labios. Habría sido muy efectivo si no fuera por el «estoy aprendiendo mucha informática» que se le oyó justo en el momento en que se le desplazó la quijada incontroladamente; está en fase dos. Y el tercero intenta separarse los dientes delanteros inferiores con la uña de su índice, mirando tal mangosta en su duna de tierra en turno de guardia: no se le escapa un movimiento de nadie del local. Fase tres.
—¿Cómo has conocido a Pedrolo? –le pregunté a Pau, cuando reparé en el mucho tiempo que llevaba prediciendo la toxicidad ajena sin prestarle el menor caso al invitado; cuando él se encontraba allí a petición nuestra, de la Sra. Belha, de Pedrolo o de quien fuese, pero nos había hecho el favor de venir.
—No lo conocía. La Sra. Belha me pidió que viniera para conocernos.
La cola avanzó hasta dejarnos los primeros en el semáforo. El estómago entero y mis entrañas sabían que ahora nos toca a nosotros. Todos los órganos de mi cuerpo lo saben antes que yo. La euforia que precede a la dosis es incontenible, aún más fuerte que la dosis misma.
—Me dijo que pasaría un compañero de la clínica, amigo de Marc, su hijo; que quería hablar conmigo del asunto. Y aquí estoy. Lo que no sé es cómo sabía tu amigo que era yo a quien esperaba, porque no nos habíamos visto antes.
—¡Ja! Y quieres que yo lo sepa. –le dije sabiendo con antelación que no entendería nada–. No tengo ni idea, ya te acostumbrarás, tú tranquilo.
—Bueno –dijo ese bueno como se lo había oído decir en tantos años a cientos de personas extrañados por el fenómeno Pedrolo.
—Entro yo y te la dejo hecha.
—Ok.
—¡Paulillo! ¡Niño! –gritaba una tía desde la puerta de los lavabos.
—¿Está aquí, no? –me preguntó la chica dentro ya de los servicios mismos, con menudo acelerón que llevaba encima.
—Ah, no sé –le respondí ignorando de quien se trataba. La cosa no está como para ir dando información del personal en un wáter.
Paulet abrió la puerta y ella entró rápidamente. Iba todo puesta y no estaba por la labor de disimularlo ni un pelo. «Hazme una grande« le decía. Mientras tanto ruido de ropa que roza contra la piel. Sonido de hierros de correas que chocan entre sí. «Espera, espera» dice él. Pero ella no esperaba. Gomas elásticas topan contra la carne. La esnifada de la niña se oyó desde el parking de la Gran Vía, con el inconfundible «Haaaagg» de después de la inspiración. Debía pensar que aunque la discreción es una cualidad muy recomendable para andar por el mundo, no es obligatoria. Y tenía razón.
Lo que escuché a continuación se podría describir con más o menos poesía, eligiendo una prosa rica al modo de Nabokov en Lolita, o extendiéndome con un largo párrafo imitando a Almudena Grandes en alguno de sus fantásticos relatos eróticos, pero creo que lo más explícito es decir que el ruido que se oía era el de una mamada de polla. La piba le estaba comiendo el rabo al amigo. Indiscutiblemente. La mamada se oía. Y ya está. Estaba siendo igual de indiscreta chupando que había sido indiscreta esnifando. Eso es.
Y allí me tienes a mí escuchando como el miembro del Paulillo este de los cojones topaba con la garganta de aquella tipa que no sé de dónde coño había salido, pero allí estaba la hijaputa. Porque se oye la garganta. Es el ruidillo ese que hacen algunas tías cuando comen rabos, como si se fueran a ahogar, o yo qué sé. «Y encima no puedo irme de aquí» pensaba yo..
—¿Salen o no? –se quejaban desde la cola. La verdad es que hacía un buen rato que estaban dentro.
Se abrió la puerta. Salió la tipa disparada, limpiándose los labios y arreglándose la ropa. Ni me miró siquiera.
—¿Ya está? –pregunté.
—No, toma. Háztelo tú, te espero en la barra.
Y salió del lavabo.
—… en tu puta madre.
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Inoportuno momento eligió el cargo de conciencia para tocarme los cojones: el rulo en una mano, la papela en la otra y la superclencha sobre el plástico de la taza. «Ya hablaré mañana conmigo mismo, tampoco viene de aquí».
El bar se había animado mientras tanto, me aproximé al grupo que charlaba alegremente sobre no sé qué asunto de una pareja de novios en crucero de placer que irrumpiendo ella en el camarote se encontró al que sería su futuro marido en brazos (mejor dicho, en piernas) de un fornido camarero marine; el novio se excusó con el socorrido «te lo puedo explicar», a lo que ella le respondió: «Sí, pero desde fuera» echándolo a los pasillos y quedándose ella con el dueño de aquel falo dispuesta a rematar la faena. Faltó por aclarar si la solidaria pareja acordó idéntica solución toda vez que uno de los dos se enfrascase en alguna infidelidad, incluyendo la coparticipación como cláusula inapelable del futuro matrimonio. No se explicó.
—¿Cómo sabías que era yo? –inquirió el nuevo invitado a Pedrolo. Preguntó con la precipitación justa para demostrar su afán de protagonismo ante los presentes, situándose en el centro de la melé formada por el grupo y pasando la mirada por todos y cada uno de nosotros, creyéndose muy perspicaz al haber formulado una cuestión lógica: «si antes no nos habíamos visto no puede saber cómo soy» y alzó la cabeza al techo pavoneándose por haber puesto en evidencia –pensaba él– a Pedrolo.
—La chica de los servicios –respondió Pedrolo restándole interés mientras abría y cerraba ante la cara de Ana el paragüitas de papel del cóctel. No estaba dispuesto a darle importancia a aquel tipo, no más de la que se concedía el mismo.
—¿La chica de los servicios? ¿No entiendo? –preguntó con expresión preocupante, pues le había pasado inadvertido el detalle por el que se pudiera deducir que era él a quien esperaba.
—De las dos mesas de billar ocupadas, en una de ellas los jugadores se preguntaron: «¿habrá aquí suavina?», quiere decir que no son asiduos al local; en la otra mesa jugaban peor que yo, o sea, que estabas descartado –prosiguió Pedrolo–. El grupo de fondo de la barra es demasiado joven para albergar a un jugador casi profesional de billar, no de tu edad. La pareja del medio estaba enamorada, demasiado enamorada. No es tu caso. Había otros dos grupos en la barra, uno de ellos muy absorto en sus charlas, y el otro, formado básicamente por lesbianas. No tienes cabida. Y en las mesas: un grupo de sudamericanos, probablemente de Chile; en otra un hombre solo, inglés o irlandés, que no esperaba a nadie. Luego la camarera, la chica de los servicios, te ha mirado repetidamente, como se mira a alguien a quien se conoce y del que, además, se pretende algunos favores. O sea, tú.
El ciudadano Pau escuchó con atención, asintiendo cada vez que Pedrolo deducía con lógica el argumento que lo señalaba a él como la persona esperada. No dándose por vencido y con la esperanza de encontrar alguna grieta en los razonamientos de su oponente, se le ocurrió:
—¿Por qué sabes que el inglés no esperaba a nadie?
—Aún sigue solo.
—¿Y por qué mi pareja no puede estar demasiado enamorada de mí?
—Si así fuera, lo sabría la Sra. Belha.
El volumen de la música pareció descender y hasta el griterío histérico de la sala cedió para hacer un sitio en el espacio acústico al nombre de Belha. El nombre dio paso a la imagen, y su rostro se instaló en las retinas de Pedrolo, de Ana y de Pau, apagando el brillo que había en ellos. El efecto causado en Ana Cárdenas la llevó a girar en otra dirección y perder el foco en la pared más próxima. Al fin y al cabo era su paciente; ella de copas con los amigos y su paciente «Dios sabrá qué estará haciendo».
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Sentada sobre la cama, la Sra. Belha sostenía dos comprimidos en una mano y en la otra un vaso de agua. Se encontraba en esa posición desde hacía un buen rato, contemplando las pastillas con la mano totalmente abierta. Observó que, por momentos, un reflejo luminoso le hacía perder la visión total de las píldoras. De pronto, volvía a verlas con toda perfección y, cuanta mayor fijeza ponía en su mirada, con mayor fugacidad volvía la leve luz blanca al centro de su mano, impidiéndole de nuevo ver las redondillas blancas. Disminuía el reflejo y vuelta a empezar.
Antes, en el salón, mientras miraba el televisor (ciertamente sin mucho entusiasmo y llevada más por la inercia de las cabezas de sus compañeros alineadas en la misma dirección, que por el interés de las imágenes), un fogonazo blanquecino en mitad de la pantalla le impidió ver la imagen central. Más tarde, camino de la habitación, apareció de nuevo el destello sobre el suelo, delante de sus pisadas, siempre a la misma distancia de los piececillos; avanzaba a ritmo lento, a la misma velocidad que ella, mientras la sorprendida Sra. Belha se veía como una espectadora que llega tarde al cine y es ayudada por la linterna de un acomodador invisible. «Debe de ser los efectos secundarios de la medicación» se dijo. El foco la dirigió hasta detenerse en el umbral de una habitación, la suya, para oscurecerse hasta desaparecer; ella, examinó el pasillo a izquierda y derecha, estiró el cuello hasta asomar la cabeza por el interior de la habitación con cuidado de no pisar en el vacío que la misteriosa luz había ocupado en el suelo, y comprobó el estado de las cosas. Los ronquidos de su compañera de cuarto le anunciaron que todo estaba en orden.
Y ahora seguía allí, sentada sobre la cama, en aquella ridícula posición de ofrenda a los dioses: pastillas en una mano, vaso con agua en la otra y un haz de luz que se presentaba de imprevisto y la tenía paralizada, haciéndole más difícil la tarea de llevarse las píldoras a la boca, no fuera que en el momento de intentar tragárselas se presentase el cegador destello y lo tirase todo por tierra, o peor aún, que arrojase el agua sobre la cama, lo que precisaría de la atención del enfermero para arreglar el desaguisado. Se empezaba a impacientar cuando el resplandor irrumpió de nuevo, ahora con más fuerza, iluminando ambas manos, siendo imposible ver, no ya el contenido, sino, las manos mismas. Eran dos verdaderas antorchas que reflejaban una espléndida luz blanca sobre la pared de enfrente, más aún, sobre las cuatro paredes de la habitación. Temió que el enorme resplandor despertase a Esperanza, que bastante ocupada la tenía todo el santo día vigilándola por los intentos de suicidio, como para molestarla también de noche en pleno sueño. Bien pensado, lo más grave sería dar las explicaciones que su compañera le exigiría ante semejante exhibición de fuego artificial. «¿Explicaciones?», «¿cómo voy a explicar esto?» se preguntaba la buena de Belha, «¿de dónde viene?» miraba en todas direcciones, segura de que alguien más había allí, entre ella y aquel esplendor.
Reconocía el fenómeno como extraordinario, incluso irreal, podría ser que no estuviera ocurriendo, que la luz que veía emanar de ella misma, no emanase en verdad. Pero, aún siendo imaginario, un espejismo de su mente debilitada, la respuesta a sus plegarias en forma de luminoso enigma, no estaba sola. No se sentía sola. Podría estar ya muerta, y aquel albor ser la bienvenida a la otra vida, la entrada al nuevo mundo, a donde había intentado llegar antes de tiempo por medio del atajo rápido que ofrece la vida: quitándosela. No lo consiguió porque los médicos lo evitaron, pero no recordaba haberse quitado la vida hacía poco rato. De estar muerta lo estaría por haber perdido la vida recientemente, «no creo que esta sea la muerte del suicidio de hace una semana» elucubraba con lógica la buena de Belha. Se fijó en que el cristal de la ventana devolvía una imagen similar a la del hada fantástica envuelta en una inmaculada luz, cuando llamaron a la puerta.
—¿Sra. Belha?
Las mágicas luces se apagaron de inmediato, dejando la habitación a expensas de la tenue lucecita de la mesilla de noche. La puerta se abrió.
—¿Qué es tanta luz? –inquirió el enfermero mirando hacia la lámpara del techo, que estaba apagada– ¿Por qué no está acostada ya?
—Sí, ahora me acuesto, iba a tomarme… –observó sus manos vacías, sin las pastillas y sin el vaso de agua. El vaso estaba vacío en la mesita y de las pastillas, ni rastro.
—¿Se ha tomado la medicación, Sra. Belha?
—Sí, sí, hace rato. Estaba pensando en…
—Vamos, es hora de dormir. Es tarde, acuéstese ¿de acuerdo?
—Enseguida, sí, estaba… –y se dispuso a ponerse el pijama mientras el enfermero cerró la puerta. Buscó las píldoras por encima de la cama, de la mesita, del suelo. No las encontró, mañana las buscaría, no era cuestión de que el personal encontrase las medicinas tiradas por ahí. ¡Menuda se armaría! ¿Y el vaso de agua? No recordaba haber bebido agua, ni mucho menos el vaso entero. Nada de ello le preocupaba ahora, quería acostarse, apagar la luz y pensar, pensar y soñar. En su hijo, quería pensar en su hijo, imaginar sus bonitos ojos verdes y hablarle. Decirle que ya no tenía miedo, que había encontrado el medio de acercarse a él y que no lo abandonaría jamás. «¡Son de verdad, las luces son de verdad! –y se durmió al instante.
■ ……
De felicidad y de dolor a partes iguales, sería más exacto decir. Voluntad para dejar el pequeño vicio no le faltaba, ni siquiera lo consideraba un vicio en el estricto sentido médico, pues no le suponía ningún problema de abstinencia renunciar físicamente a él. Pero un cigarrillo fue lo que compartieron él y ella durante un tiempo, también con el primer café, y no estaba dispuesto a restarle a su memoria el recuerdo que de ella le traía el cigarrillo de la mañana. La escasa convicción con la que le aconsejaba a ella sobre la conveniencia de dejar de fumar, le llevaba a quitarle el cigarro de la mano, le ofrecía a cambio la suya; ella jugaba con la mano de él, trepaba por su antebrazo andando con los deditos uno detrás del otro, subían por su hombro, seguían por el pecho camino de la mano que escondía el deseado cigarro. Él, tontamente, cual payaso ansioso preparando el truco, giraba su torso y soplaba y soplaba con fuerza sobre la incandescencia del cigarrillo apresurando su consumo. «Así fumas menos» le decía. Ella era capaz de mantener el humo en una nubecilla redonda suspendida en el aire entre sus labios abiertos y, rápidamente, succionando la nube de humo hacia el interior, desaparecía como por arte de magia. Luego de filtrar el humo en sus pulmones, lo sacaba en una perfecta chimenea totalmente recta hasta chocar contra la lámpara, donde el humo se esparcía con menos arte. Él no aprobaba, ni como médico, ni como pareja, aquella exhibición insana, pero sus sermones no conseguían el resultado esperado, por lo que acabó fumándose la mitad del cigarrillo de ella. El encanto del momento le llevó a la ocurrencia que si consumía un cigarro entero él sólo, estaría con ella el doble de rato, prolongando así el tiempo como lo hacen los condenados con el último pitillo. Asociaba el sabor de la nicotina a sus labios y le costaba entender cómo algunas personas se quejan del sabor a nicotina en la boca de su pareja «no tendrá los labios de Valeria, seguro» se repite a sí mismo. Algún día, cuando se armase de valor, iría en su busca.
El cigarrillo del Dr. Jungson pasaba por un acontecimiento sorprendente en el hospital, pues nadie entendía que se pudiera fumar un solo cigarrillo al día y no dejarlo con facilidad. Que no vale la pena fumar así, dicen, que la nicotina inspirada con tan sólo una unidad no debería suponer ningún esfuerzo de dependencia a la hora de dejarlo. Era el tema recurrente del personal a cargo. El Dr. Jungson decidió no explicar nunca los motivos de tan anodino vicio, pues, al fin y al cabo, «son psiquiatras ¿qué van a entender?».
Finalizó su liturgia matinal y se dirigió al comedor con el propósito de supervisar el desayuno de los internos, labor que le gustaba ejercer de vez en cuando, pese a que sus funciones no alcanzaban al control de la dieta. No había reparado hasta ese momento en la blancura exterior del edificio de internos, se le antojaba de un blanco impoluto, casi virginal ¿lo habrán pintado? Al momento entendió lo absurdo de la pregunta ya que ninguna reparación de ese presupuesto le hubiera pasado inadvertida administrativamente. Cierto que el sol incidía con rabia sobre el cubo que dibujaba la construcción, pero juraría que ventanas, marcos, cristales y persianas lucían una pulcritud admirable.
El salón comedor estaba totalmente vacío; las cortinas recogidas dejaban paso a la obstinada fuerza del sol que se imponía desde el cielo hasta el último rincón del aposento, ni los muros tenían consistencia suficiente para impedir su paso. Tan tupido era el manto de luz a lo largo de toda la estancia que parecía no caber nada más en su interior. La sombra del Dr. Jungson se alargó hasta llegar a la cerámica del piso antes de que él llegara a pisarla, y pensó que entrar en ese momento en el comedor significaba usurpar el sitio de un pedazo de sol, cambiar una porción del radiante astro por una vulgar silueta. No parecía justo romper aquel hermoso combinado de árboles, sombras, luz y cielo simplemente para acoger carne humana. Pero, necesariamente, debía de entrar. Lo hizo entre las puertas de cristal abiertas por una de las esquinas del salón para facilitar la ventilación a su interior, que eran cerradas antes de dar comienzo el desayuno. Al apoyar el primer pie con el que pisó dentro del comedor sintió un zumbido en sus oídos similar al que deben realizar al unísono mil abejorros. Examinó desde su posición la estancia en todas direcciones para detectar la procedencia del sonido. No halló nada sospechoso, de hecho, todavía no había entrado nadie en la sala. Oyó pasos y voces que se acercaban desde el patio exterior. Personal de mantenimiento se disponía a retirar de la embocadura las mangueras de regadío, se aproximó a ellos.
—Buenos días.
—Buenos días, doctor.
—¿Saben ustedes si ha habido limpieza general o algo parecido? –escuchar aquellas palabras salir de su boca y sentirse avergonzado fue todo uno. Los empleados se miraron el uno al otro y ambos esperaron a que fuese el otro quien respondiera. Finalmente, se atrevió el más antiguo de ellos.
—¿Limpieza general? –no acabó de comprender el significado de la pregunta. Era la primera vez que escuchaba al Dr. Jungson cuestionar algo sobre el mantenimiento de la residencia.
—No, no, señor. ¿Desea usted alguna cosa, doctor? –preguntó, repasando con su mirada el interior del salón comedor donde encontrar un motivo de suciedad o desarreglo.
—Discúlpenme, ha sido una… Gracias, lo siento, adiós. –aturdido por su falta de delicadeza, dio media vuelta y se adentró de nuevo en el comedor. Al fin y al cabo ¿quién era él para increpar a nadie sobre la limpieza de tal o cual persiana?
—¿Se refiere usted a los de la calefacción central? –le preguntó a lo lejos el mismo empleado. El Doctor volvió sobre sus pasos acercándose de nuevo a ellos.
—¿Quiénes?
—Ayer se estropeó el depósito general y el mecanismo de distribución del gas que va a parar a los radiadores de calefacción de las habitaciones de las plantas cuatro y cinco. Pero, a media noche empezaron todos a funcionar de nuevo. Esta mañana vinieron del servicio técnico de la compañía del gas y comprobaron que jamás se pudo estropear la caldera, o de lo contrario, no se habrían puesto en marcha los radiadores.
—Y no se oyeron los gatos –soltó el empleado que hasta entonces no había abierto la boca– fue la primera noche que no maullaron los gatos de más allá de los jardines.
—¡Cállate! ¿Otra vez con los malditos gatos? –le increpó su compañero, harto de oírle la misma historia de buena mañana.
—¿Gatos? –repitió incómodo el Dr. Jungson, con la consabida experiencia de que alargar más de lo debido las conversaciones con según quién del personal traía estas sorpresas– Bien, muchas gracias, ahora tengo que irme.
■ ……
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Abandonaba el comedor en dirección al pasillo medianero cuando advirtió en el fútil detalle del color sepia de sus zapatos a juego con el pavimento del piso, sólo los cordones de un marrón oscuro se distinguían con claridad del resto de tonos sepia. A partir de ahí, avanzó situando el pie en el centro geométrico de cada baldosa, sin pisar la línea que las divide, pero el reducido tamaño del mosaico le obligaba a andar con pasos muy cortos, ridículos, así que cambió al juego de dejar entre huella y huella una baldosa en medio sin pisar. En un gesto que le extrañó a sí mismo replegó los brazos en los costados y aceleró el ritmo al grito de «Aro, is, aro, is» acompañando el paso militar con una variante chulesca de cosecha propia, «Aro, is, aro, is», cual sargento ordenando a pelotón. Animado por una súbita e irrefrenable necesidad de seguir jugando decidió ampliar la dificultad del paso a “de tres en tres” baldosas, miró al horizonte para comprobar dónde finalizaba la hilera que había elegido para el desfile y al comprobar que ésta daba en uno de los muebles de la pared cambió a la fila de al lado, que llegaba más lejos. «Ahora un salto» «¡Sí, un saltito!», inició la carrerilla y se envalentonó a añadir un toque de tacón contra tacón durante su recorrido por el aire. ¡Ta-clac!
Se detuvo casi en la entrada del comedor, ya no quedaba más salón, llegó al final del rectángulo jugando como un colegial sin complejos. «¿Acabo de correr y saltar?» se sorprendía el cincuentón y sensato Médico Jefe de la clínica de salud mental Burgoll, de las de mayor prestigio del país «¿Qué pasa?» se preguntaba. Dio media vuelta y contempló de nuevo el reluciente comedor en el intento de encontrar allí la respuesta; las limpias y blancas paredes producían un reflejo tal que, de mirarlas fijamente, parecían moverse del inmenso hartazgo de luz que recibían en su centro. Querían decirle, comunicarle, pero él no sabía qué. Mesas, sillas, estanterías, armarios…, con su lustroso aspecto parecían tener un sentido más allá del propio significado como objeto, como utensilio puramente funcional; ocultaban un mensaje, una misión diferente a la natural para la que habían sido fabricados. Él no conseguía comprender. Su extraordinaria capacidad para el análisis, tan reconocida y alabada por colegas e instituciones, se ponía en marcha en el intento de razonar objetivamente aquellas vivaces sensaciones, pero, al instante, se despreocupaba totalmente de ellas. «El fresno blanco crece más rápido que el fresno común» fue la respuesta que se dio a la preocupación de poder estar sufriendo una fotofobia. Una irresponsabilidad si se quiere, pues no acostumbraba a responder con majaderías a cuestiones sensitivas y emocionales, si había llegado hasta donde había llegado era, precisamente, por haber sabido diagnosticar con acierto y ecuanimidad este tipo de interrogantes sobre la percepción.
Camino del cuarto de enfermería, del que procedía un olor a café que avisaba de que el primer turno de la mañana empezaba a funcionar, no recordaba el aplicado facultativo, en sus diez años de servicio en la clínica, haber escenificado acto alguno que pudiera calificarse de frívolo o poco apropiado a su cargo. «Salvo aquella vez en la cena de Navidad, en todo caso» pensó, cuando la joven familiar de un interno se lo llevó bailando hasta uno de los cuartos aledaños para agradecerle el resultado del tratamiento prescrito por el buen doctor. Y estuvo muy agradecida, en verdad. Se habló del acontecimiento menos de lo esperado (un asunto sexual se trataba en la clínica con la máxima prioridad) porque la agradecida jovencita resultó ser un verdadero bombón de Pascua, hecho éste que reduce, como es bien sabido, los envidiosos comentarios de los compañeros.
Oía la conversación que la jefa de enfermería mantenía con el responsable del turno de noche recién finalizado, ésta, al verlo, extendió la palma de la mano para detenerlo mientras daba término a la charla aproximándose al teléfono para colgar el auricular, él observó la refulgente bata blanca de la enfermera y tomó la mano que intentaba pararlo obligándola a dar una vuelta sobre sí misma teniendo que agacharse para pasar por debajo del cable telefónico que pendía de la pared.
—¿Dr. Jungson? ¿Qué hace? –exclamó sorprendida por la espontánea agitación matutina del comedido doctor–.
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—¿Qué pasa? –preguntó mientras brindaba con pose de torero a la fuente de agua, gesto que no armonizaba lo más mínimo con su alocada cintura que, para entonces, ya tenía vida propia.
—El informe nocturno ¿no se lo va a mirar? –le mostró en alto el cartapacio, en el intento de atraerlo hacia sí, como tantas veces, tantas mañanas había hecho con idéntico movimiento, carpeta arriba y allí estaba el médico, como hierro hacia el imán, como alma en vilo se apresuraba cada vez, cada mañana, sin faltar ni una; sus ojos buscaban con ansiedad la columna de la derecha del maldito informe, que era donde figuraban las anomalías, es decir las urgencias de la noche, y deseaba siempre, siempre, que estuvieran en blanco, en blanco sin sobresaltos, sin angustias. A una distancia de tres o cuatros metros y con el cartapacio visto del revés, en manos del jefe o jefa de enfermeras, según pintase, era capaz de avistar si la columna H tenía algo escrito en sus recuadros. Desde la puerta de entrada sabía el enfermo que había necesitado atenciones durante la noche, según el texto de la columna estuviese al principio de la página, a mitad, a tres cuartos de página o al final de ella, así deducía el número de planta y, con ella, los números de habitaciones de los pacientes “nocturnos” habituales, aquellos para los que la vigilia es un tormento más en sus desordenadas cabezas.
Pero ese día, para sorpresa de la sanitaria, el informe parecía no preocuparle. A lo largo de la noche no se produjo ninguna atención extraordinaria, ni ordinaria siquiera, pero el doctor no lo sabía, pues ella lo había recibido personalmente de manos del jefe del turno de noche, y el doctor venía de la terraza externa de hacer su cigarrillo matinal.
—¿No quiere ver la novedades?
—¿Novedades? Mantén tu rostro hacia la luz del sol y no verás la sombra–.
Chasqueó los dedos y desapareció escaleras arriba. Subía de dos en dos, a ritmo olímpico se decía a sí mismo «estoy en forma, desde luego», reparaba en el escaso esfuerzo que necesitaba hacer para subir a esa velocidad, pero al instante olvidaba que para no estar acostumbrado al ejercicio continuado, no se cansaba como debiera. Empezaba el análisis sobre los motivos de la falta de cansancio, pero los olvidaba de inmediato. Escuchaba las voces de algunos pacientes en los ascensores, él diría que alanzaban el volumen más de lo habitual, aunque no hizo caso. Otros bajaban al comedor central por las escaleras ¿por las escaleras? se cruzó con ellos, hablaban animadamente de diferentes temas, que si deberían sustituir los escaños de los parlamentos por sillas eléctricas, decía uno; que si el crimen organizado era poco selectivo, decía otro. Descendían con una agilidad que el Dr. Jungson no acabó de valorar con precisión, se dirigía a la cuarta planta ¿a qué? cuando llegase lo pensaría, pero era la cuarta, de eso estaba totalmente seguro. «Con qué claridad hablan» pensaba de los internos, sin balbucear, sin susurrar, como solían hacer la mayoría de ellos, era en el ejercicio de hablar donde se advertía las dolencias psíquicas que sufrían. El lenguaje estructura el cerebro, pensaba, y cuando éste deja de funcionar correctamente, el lenguaje, los pensamientos, las ideas, son los primeros en resentirse. Le parecía que no había notado esa deficiencia en los enfermos que bajaban por la escalera. Los veía normales, todo era normal esa mañana para él.
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