CAPÍTULO XIV
Caw, luego de perder de vista a la fragata que llevaba a James a América, se apresuró en volver al cabriolé. En él había traído a su amigo con el equipaje.
Sentado en el acolchado asiento del vehículo, estudió bien el recorrido que debía de realizar. Sacó cuentas; calculó los pasos a seguir. A punto y resuelto, agitó las riendas; no había tiempo que perder.
En escasos minutos llegó a la casa de aberturas verde-rojas de la calle Watling. Aquella que tiempo atrás visitara, y en la que dejara colgada en una de sus paredes, aquél gran paquete.
Habiendo detenido la marcha, se levantó del asiento y tomando a este por un extremo, lo descalzó en su parte superior dejando así al descubierto una cavidad interior. Dentro del hueco se hallaban dos libros. Los tomó y descendió del coche.
Luego ingresó a la casa y depositó sobre la mesa ambos volúmenes.
Observó en derredor. Todo estaba en su lugar.
Movió unos centímetros la cortina azul para que entrará un poco más de luz y después salió de la propiedad. Cerró la puerta y volvió al coche.
Colocó el asiento en su lugar y se sentó. Miró, como era de costumbre, su reloj. Las once treinta, marcaba.
Faltaba escaso tiempo para el mediodía, pero igualmente resolvió emprender viaje hacia la oficina de telégrafos. Quería concluir lo propuesto, con premura. Entonces se puso en camino. Esta vez, con mayor rapidez.
Nunca el cabriolé había corrido de tal manera por las calles de la ciudad. Las ruedas, que repicaban en el pavimento, parecían salirse de los ejes, y al impactar en un bache suscitaron un gran envión, obligando a que el doctor aguantara el sombrero con su mano para no extraviarlo.
Próximo a la oficina de telégrafos, Caw quiso halar las riendas para detener la veloz marcha, pero sus manos resbalaron por ellas aunque sin alcanzar a perderlas. Con ligereza las tomó cortamente otra vez. Sujetándolas con firmeza, tiró y pudo así detener la carrera.
Asombrado comprobó que sus manos estaban mojadas. Con una de ellas se tocó la frente. Estaba sudando.
Sacó un pañuelo y secó las secreciones. Luego, tomó los guantes y se los calzó. Con el apuro había olvidado ponérselos.
No bajó enseguida. Trató de aplacar su ansiedad. Cerró los ojos y respiró profundo. Se tomó un minuto.
Después de esto, más atemperado, bajó. Caminando sin presura se introdujo en la oficina.
- Deseo enviar un telegrama a Manchester – dijo dentro.
- Sí, señor – respondió un empleado - ¿Quién es el destinatario?
- Señorita Ana Clayton.
El hombre anotó en un papel los datos y prosiguió:
- Dígame el mensaje que quiere enviar.
- Este es – le dijo Caw entregándole una hoja en la que, anteriormente durante la noche, había escrito el contenido para el telegrama.
Hizo enseguida el abono correspondiente y se retiró.
Cuando subió nuevamente al coche, sacó de su maletín una petaca con wisky y tomó un trago.
De inmediato hizo una mueca de desagrado. No acostumbraba beber alcohol, pero la situación lo ameritaba. La culminación de las tareas que se había impuesto, sosegó sus nervios y le otorgó bienestar.
El sudor abandonó su cuerpo. Tomó otro trago y guardó la bebida.
Asió las riendas y, sonriendo con arrogancia, partió. Sin apuro; suavemente. Pues ya lo había hecho y con tiempo de sobra.
En más nada se ocuparía durante el resto de la jornada; salvo planificar para el futuro. El suyo; que ahora le daba una oportunidad y no quería desaprovecharla.
Comentarios
Crítica profesional:
Ya que hablas del nerviosismo de Caw, ¿por qué no refrescar la memoria mencionando su pelo crespo difícil de peinar, por ejemplo?
Me encanta Colonia, patrimonio cultural de la Humanidad por cierto.
Me gusto mucho como escribes.
Con tiempo buscare y leere otros capitulos.
Desde luego, muchas gracias por compartirlos.
P.D. No puedo poner acentos con esta computadora. Pido disculpas.
Una pregunta: ¿No te pareció demasiado corto el capítulo? Porque es hasta menos extenso que otros.
Un saludo.
Te agradezco que te molestes en leer mi trabajo
P.D.: Disculpas aceptadas (Yo puedo poner acentos y suelo ponerlos mal)
P.D.2: Por cierto, Montevideo también tiene lo suyo. Tiene más patrimonio cultural que Colonia. Cada vez que voy, me quedo parado en el medio de una calle mirando algún edificio viejo; me encantan.
Chau, que pases bien.