CAPÍTULO IX
La estación central de trenes capitalina estaba repleta de personas, que, después del fin de semana, pretendían volver a sus hogares lejanos, o bien, emprendían viajes de negocios a otras partes del país.
Colosales máquinas circulaban por las múltiples vías, realizando diversas maniobras. Unas cambiando de senda o enganchando vagones, y otras proveyéndose de combustible para sus viajes. El rechinar del roce de los hierros taladraba el blanco aire circundante, y los suelos atestados de durmientes, que aguantaban el peso de los trenes, retemblaban cuando alguno de ellos velozmente los transitaba.
Una de las locomotoras, la que se dirigía a Manchester, ya había surtido la carga de carbón y agua necesaria, y se encontraba presta a partir. Su silbato de vapor rasgó el aire con estridente sonar, indicándole al pasaje apresurar el abordaje.
- Que tenga buen viaje, señora Clayton. Y tú, Ana, también – dijo James, abrazando a su prometida – Hazle llegar mis saludos a tu tía Lidia.
- Te estañaré, amor – le respondió Ana. Lo besó, y poniéndole un papel doblado en el bolsillo delantero del saco, le indicó – Lo escribí anoche, pero léelo solo cuando me empieces a extrañar. Así estaré un poco más cerca de ti.
- Y tú llévate esto – correspondió él, obsequioso, sacando de su sombrero de copa una bella rosa, y riendo añadió - ¡Esta no se accidentó como el ramo anterior!
Ella rió también. Luego tomó la flor, y oliendo su aroma, lo miró a los ojos y le declaró:
- Te amo, James.
- Yo también te amo, Ana – repitió; y sacando otra rosa, se la entrego a la señora Clayton que estaba alejada unos metros – Esta es para usted.
Antes de que le respondiese la señora, apareció Caw por detrás, preguntando jocoso:
- ¡¿Y para mí no hay rosas?!
- ¡Oh! ¡Jonathan! – se asombró James, y luego le pidió – Cuida de Ana, amigo.
- Así lo haré. Por lo pronto hasta Luton, que es a donde voy. Esta noche o a más tardar mañana, estaré de regreso.
James besó de nuevo a Ana, tomó sus valijas y las de la madre, y las colocó sobre los peldaños de acceso al vagón. Ellas subieron al mismo acompañadas por Caw.
El silbato dio el último aviso.
La máquina ferroviaria, como un toro embravecido, resoplaba por sus válvulas sendos chorros de vapor. Esperaba ser soltado, para liberar la energía aprisionada en su candente caldera y embestir con vigor.
Por fin, en un solo bramido, las redondas patas de acero escarbaron en los rieles y comenzó su carrera con la pesada carga que debía transportar.
El biólogo extendió la derecha y, agitándola, despidió a Ana. Lo mismo hizo ella desde la ventanilla del vagón.
El tren, poco a poco, fue tomando velocidad. La negra chimenea expelía con estrépito su humo característico. Luego de alcanzar un ritmo constante, se alejó por las vías, rumbo al norte.
La estela resultante del avance del bólido simulaba, para James, una gran cuerda que lo unía imaginariamente a su amada. Pero pasados unos momentos, una brisa del oste desmenuzaba su trenzado, dejando tan solo unas hebras dispersas por el aire. James contempló el evento en los cielos y dándose ánimo, pensó: “Es tan solo un mes. No es nada, comparado a lo que yo estuve ausente”.
Esta reflexión no le convencía en absoluto, pero tenía que resignarse. No tenía otra opción. Además, ya tenía en mente en que ocuparse durante la ausencia de Ana. De modo que, se retiró de la estación y detuvo un coche de alquiler para regresar a su casa.
En el trayecto, revisó el bolsillo del saco para verificar que estuviera la esquela que le había dado su prometida. Tras ubicarla, la observó y se tentó de leerla, pero recordó el pedido que ella le hiciera: “Sólo cuando me empieces a extrañar”.
Comentarios
Observación profesional:
Cada situación está centrada en un capítulo. Por ejemplo en este podías haber seguido explicando como James regresa a casa y empieza a analizar la mariposa. Pero el capítulo ha terminado poniendo fin a una situación específica que empezó con el mismo capítulo: "despedida en la estación".