CAPÍTULO XII
El aguijón penetró en el ojo causando un agudo dolor. Las alas se batían sobre la mejilla y la frente, perturbando aun más al sorprendido James, que, trastabillando con la silla y todavía lámpara en mano, cayó de espaldas al piso. Para suerte suya, el artefacto luminoso quedó parado al contactar el piso, sin derramar su inflamable carga sobre la alfombra.
Ahora, tendido boca arriba, sus manos se fueron, por instinto, rápidamente a la cara, tratando de liberase del agresor. Este, al ser rozado, se aferró más firmemente a los párpados, y con movimientos contorneos introdujo más dentro su pica, sin dejar de agitar las alas.
James, dentro de la desesperación, entendió que debía actuar con pericia. Con el pulgar e índice de su derecha, apretó el abdomen del insecto y comenzó a halar. Primero, por temor, lo hizo suavemente. Pero al ver que así era inútil, tomó coraje y tiró con fuerza.
Sintió con pavor el ardor que produjo el aguijón al salir de su ojo, y a la vez percibió algo que se rasgaba en ese lugar.
Ya con la mariposa en la mano, giró con ímpetu y se paró. Arrojó el insecto y lo pisó repetidas veces con violencia, liberando su rabia encendida hacia aquel inusual intruso. Luego miró a los laterales, tratando de recordar donde había un espejo. “En los estantes junto a la ventana, debe haber uno”, pensó.
Dando sendos pasos, se dirigió al lugar. Tomó el espejo, que efectivamente allí estaba, y alumbrándose con la lámpara observó su ojo lacerado; el izquierdo. Lo primero que distinguió fueron las patas de la mariposa, que aún seguían ligadas a sus párpados y le entorpecían la visual. Después, mirando detenidamente, ubicó un punto rojo al costado del iris.
El ardor lo hizo gemir y soltó el espejo.
No lo podía creer. Parecía un mal sueño; una pesadilla. Sus puños incrédulos, apretados con fuerza, clamaban respuestas; alivio; venganza. Sudaba de nervios, vacilante.
Tratando de volver a la calma, se sentó. Pero el ardor tornó a dolor y la molestia en los párpados empezó a irritarlo. Volteándose hacia la mesa, volcó la caja de herramientas sobre ella y, revolviendo con arrebato, buscó una pinza adecuada. La tomó. Guiándose con el espejo, sujetó una de las patas prendidas al párpado e intentó extraerla, tironeándola.
No salía.
Recordó el gancho que poseían estos miembros, razonó y cambió de estrategia. La agarró nuevamente con la pinza y tiró, esta vez en sentido contrario; hacia adentro. Logró así hacer zafar el gancho de su piel. Con la misma maniobra se deshizo de las restantes patas.
Ahora, aparte del punto sanguíneo en el ojo, tenía otros seis en los párpados, que le dolían también. El ojo le punzaba; seguía el palpitar del corazón.
Lanzó la pinza con violencia sobre la mesa y exclamó:
- ¡Maldita sea! – y apretó el ojo con una mano, buscando un alivio.
“¿Qué haré ahora?”, pensó. Ya era tarde y lo peor, Caw no estaba para asistirlo.
Resolvió, entonces, lavar el ojo, taparlo con paños y aguardar hasta la mañana para ver a su amigo. No confiaba en otro médico. Además el dolor estaba comenzando a menguar; un poco, al menos.
La empleada ya se había ido, así que procedió a lo propuesto y luego intentó descansar. Pero por varias horas no pudo hacerlo. Su mente sobrecogida se planteaba innumerables preguntas.
¿Qué clase de mariposa era esa?; ¿Por qué tenía aguijón?; ¿Por qué lo había atacado de esa forma?; ¿No estaba muerta? Y lo más grave; ¿Qué pasaría con su ojo?
Una tras otra las incógnitas surgían menoscabando la razón; transgrediendo los conocimientos anteriores al percance. Y las respuestas reacias escapaban; rehuían de él.
Finalmente, tarde en la noche, el sueño lo abatió.
Comentarios