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Sin Retorno

yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
editado septiembre 2010 en Narrativa
Buenos Aires, la gran ciudad a orillas del río color de león.

Muchos años atrás, mi padre me llevó a la casa de su único hermano que vivía en la Argentina.

Mi tío Vicente nos recibió con inocultable alegría. Hacía muchos años que no veía a mi padre, y luego de unos prolongados abrazos y un enmarañado coloquio en su dialecto natal, nos presentó a la familia.

Permanecimos unas tres inacabables semanas que me parecieron años. La vida en aquella metrópoli no era como la había imaginado. Añoraba la paz de mis calles, no encontraba el azul de mis cielos ni la sombra de los añosos eucaliptos. Ese mundo no era para mí. Todo era distinto. Los chicos hablaban y jugaban atropelladamente. Prisioneros en su irreductible isla de cemento, capturados por los ruidos y el vértigo de la urbe, ignoraban la primitiva naturaleza del silencio. No, definitivamente, aquel mundo no era para mí.

Y fue en uno de aquellos días, mientras caminábamos con mi primo Antonio por una zona cercana a la casa, cuando advertí escrito con pintura azul sobre una pared de chapas de un viejo depósito de carros areneros , una leyenda que de inmediato llamó mi atención: " Viva el cáncer", proclamaba ominosamente. Sabía que dicha palabra, representaba una enfermedad muy peligrosa de la que siempre los mayores hablaban por lo bajo y casi con reverenciado temor. Seguimos camino, y no me atrevía a preguntarle a Antonio, acerca del significado de tan extraña glorificación.

Cuando lo hice, me contestó sin inmutarse : " es por la yegua, el cáncer la hizo mierda". Abrí los ojos asombrado y ya decididamente confundido, le pedí que me explicara quien era la "yegua" y por qué alguien estaba contento de su muerte. Me miró y me contestó con una pregunta: ¿No sabes quién era "la" Eva Perón?. Bueno, esa era la yegua, y agregó por lo bajo una reflexión inconclusa; la verdad que no sé....

Algunos días después, tomando la merienda de la media tarde junto a tía Teresa, le pregunté sobre Evita. Ella ya sabía del asunto de la leyenda pintada en el corralón de carros y de mi inquietud por lo que Antonio me había contestado. Quedó en silencio unos instantes, me revolvió el cabello con dulzura y me dijo: "No le hagas caso a Nino", apodo con que llamaban a Antonio, "el no es malo, sólo que es un poco bruto para decir las cosas”, y siguió, "Evita, pobre, tampoco era mala, hizo muchos hospitales, casas para la gente humilde.. se preocupaba mucho por los ancianos y los niños, pero... es que ..quienes la rodeaban, esos si eran una porquería". A ver, como te puedo explicar. "Evita, le exigía plata a los ricos y con eso hacía obras para los pobres, algo así".. Finalmente musitó en un largo suspiro, "en fin, ya pasó, no te preocupes". No contesté nada y terminé el café con leche.

Salí a la acera a tomar un poco de fresco, mientras pensaba en aquella mujer, que sabe Dios, cuanto habría sufrido antes de morir soportando ese terrible mal.

Pocos días después tomamos el tren de regreso a mi pueblo.

Es curioso como un suceso trivial, si no logra desechárselo de la memoria, se acerca peligrosamente a las fronteras de lo obsesivo y puede transformarse en un verdadero problema. Ya de regreso a mi hábitat natural, a mis tiempos y lugares, pasado rápidamente el síndrome de la ciudad y su vértigo escandaloso, aquellas palabras escritas sobre las paredes del viejo depósito y la cruel definición de Antonio , siguieron dando vueltas por mi cabeza como un tiovivo enloquecido.

Fue entonces que una mañana, dispuesto a detener aquel mecanismo continuo que me arrastraba por el largo camino sin retorno que ya había comenzado a transitar, encaminé mis pasos hacia la casa de mi maestra de tercer grado, la señora Fina, y le pregunté por Evita.

Cuando escuchó ese nombre, la señora Fina empalideció, y de inmediato como si una extraña policromía se hubiera adueñado de su rostro, éste pasó de ceniciento a rojo sangre. Se retiró unos pasos y me dirigió una mirada dura, penetrante. No se anduvo con rodeos ni inquirió los motivos de mi pregunta. Mira, dijo: “esa mujer era perversa y canalla, una ambiciosa. Fue una pobre actriz de mala muerte que tuvo la suerte de casarse con el presidente anterior, otra sabandija que por fortuna ya no está más. Cuando tomó poder hizo todas las maldades que te puedas imaginar, pero Dios la castigó, le mandó una enfermedad incurable y dolorosa,..... un buen escarmiento..... en pocos años se murió... para suerte de la patria.” Y agregó “que el Señor la perdone”, y mientras esto decía, hizo la señal de la cruz sobre la frente y su pecho. No dijo nada más y me invitó una rodaja de pan con mermelada.

Volví a casa muy despacio, esquivando los charcos de agua formados por la lluvia reciente.

30 años después......

Como la barca de Caronte navegando oculta por la niebla de la laguna de Estigia, el ómnibus emergió desde el fondo de la avenida.
Roncando lastimosamente llegó a la esquina, y se detuvo al borde de la acera con un escandaloso chirriar de cubiertas. Impaciente aguardaba la automatizada expendedora de boletos en permanente estado de alerta como un guardián metálico erguido a un costado del pasillo, exigiendo el óbolo para costear el pasaje de las almas a la ciudad grande.

Subí y de inmediato me arrellané en una butaca individual al amparo de toda compañía indeseable, y ya secuestrado por una agradable somnolencia que no obstante me permitía distinguir lo que ocurría a mi alrededor, recliné la cabeza sobre el marco de la ventanilla por la que transcurría el paisaje habitual; caseríos humildes sobre los que agonizaban gradualmente desvaídas y trémulas luminiscencias. Mortecinas bocanadas de humo partían de las tibias chimeneas y se elevaban al frío del invierno que exhibía sus dientes con rigor implacable. Afiladas agujetas de hielo traspasaban la ruinosa carrocería, y los cerrados ventanales perlados por las gotas de lluvia se mostraban incapaces para detener el escaso calor que sin misericordia se escapaba por las grietas del viejo vehículo.

Era la hora previa al amanecer y “Caronte” se acercaba al siguiente punto de recolección de almas.

Envueltos por las sombras y empequeñecidos por la distancia, un puñado de trabajadores se esfumaba bajo la tenue llovizna; indefensos a merced del tiempo, se apretujaban bajo el angosto alero del mercado que en la esquina hacía las veces de parador, y no se oían sus voces. Subieron rápidamente y el ómnibus se puso de nuevo en movimiento salpicando barro sobre aceras y paredes. Un fantasma de niebla merodeó por la ventanilla y poco a poco se disolvieron las empañadas luces del mercado desierto que se perdía a lo lejos.
Los últimos vestigios de urbanización fueron quedando atrás, casi ocultos por las tristes alamedas extenuadas a un costado de la vieja carretera que cruzaba el valle oscurecido. La negra cinta asfaltada apareció de inmediato, y casi simultáneamente una figura menuda e indefinible como un ectoplasma en proceso de corporación, surgió desde la encharcada banquina junto a la señal que prevenía sobre el ingreso a la pronunciada curva. El coche se detuvo frente a la visión que rápidamente adoptó una forma humana. Una mujer muy delgada de indefinida edad, ascendió susurrando un casi inaudible agradecimiento. Pagó y se acomodó en uno de los dobles asientos a mi derecha.

La reconocí de inmediato, pese a los años que no la veía. Era mi maestra de tercer grado, la señora Fina. Me echó una mirada de reojo, pero no dijo nada. Evidentemente ella no se acordaba de mí. Su rostro agudo, afilado, en el que se advertían unos ojos chicos y ligeramente oblicuos, hacía pensar en un pequeño zorrillo asustado. Un raído abrigo corto de paño verde cerrado enteramente por el frente mediante una hilera de botones que llegaban hasta el cuello, descoloridos pantalones de franela color café, un enlodado calzado de color impreciso completaba su pobre vestimenta. Curiosamente, y en nítido contraste, destacaba su cabellera prolijamente cortada en retorcidos mechones de un fino pelo gris acerado, casi platinado como el de una madura estrella de cine.

Se revolvió nerviosamente sobre el asiento girando la cabeza a uno y otro lado pero sin mirar a nadie en particular. Repitió un par de veces estos movimientos y cuando finalmente se aquietó, pude advertir que encima de su falda descansaba el inconfundible sobre amarillo de un estudio de diagnóstico por imágenes en el que se leía HOSPITAL PUBLICO – “Fundación Eva Perón - año 1950” - DIVISION RAYOS – ONCOLOGIA, una radiografía que apretaba nerviosamente con sus manos huesudas y muy blancas en las que se dibujaban delgadas hebras de irregulares venas azules.

El ómnibus llegó al hospital. La señora Fina bajó y ya no la vi más.

“Caronte” retomó lentamente su marcha, y mientras la incipiente claridad luchaba con decisión para imponerse a las tozudas sombras, débil aún por sobre el horizonte hacia el oeste, como el resplandor de hogueras encendidas, un cielo rojizo crecía augurando el fin de la lluvia.

FIN

Marzo 2004

Comentarios

  • serranaserrana Juan Boscán s.XVI
    editado septiembre 2010
    Excelente relato, muy bien narrado.
    Dejo de lado las connotaciones politicas ya que no soy argentina y no comprendo a fondo el tema.
    Pero el relato interesa desde el principio y uno va hasta al final con placer.
    Lo que se me ocurre respecto a lo que intenta transmitir como mensaje es que como decimos por aqui "vaya, que la vida da vueltas".
    Muy bueno. Felicitaciones.
  • WoodedWooded Garcilaso de la Vega XVI
    editado septiembre 2010
    ...



    ...
  • yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    Starks: Obviamente recuerdo su única palabra que tanto dice, y se lo agradezco una vez más.

    un abrazo, chamigo.
    Yacaré
  • yacaréyacaré Pedro Abad s.XII
    editado septiembre 2010
    serrana escribió : »
    Excelente relato, muy bien narrado.
    Dejo de lado las connotaciones politicas ya que no soy argentina y no comprendo a fondo el tema.
    Pero el relato interesa desde el principio y uno va hasta al final con placer.
    Lo que se me ocurre respecto a lo que intenta transmitir como mensaje es que como decimos por aqui "vaya, que la vida da vueltas".
    Muy bueno. Felicitaciones.
    Serrana: Antes que nada, le agradezco mucho su opinión y sus felicitaciones.
    La historia es absolutamente real. Como la mayoría de las que escribo, de allí que no debería importar mucho la posible connotación política que cada uno puede dar al tema; no hay que olvidarse que es la visión - por entonces- de un muchachito de provincia, que hoy recuerda y cuenta aquello que le impactara. Las visiones que suelen impregnar a los niños, son muy fuertes, muy difíciles de olvidar, así pasen los años o el tiempo que sea.
    Qué lastima Serrana, tengo un relato que quiero mucho, mucho, cuyo personaje principal es uruguayo ( es ficción), pero por su extensión no puedo colgarlo en el foro ( 10000 signos o letras como máximo). Seguro estoy que sería de su agrado. Bueno ya veremos si en algún momento averiguo si hay otra forma, que no sea desdoblarlo en dos o tres partes, porque me pasaría igual que con " el camino del preso" cuya primera parte está alejada cronológicamente del Epílogo, en la lista de narrativas.
    Una vez más, muchas gracias, compatriota sudamericana.
    Un saludo cordial, chamiga.
    Yacaré
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