hace poco mi mamá estuvo de cumple y ella, sabiendo que yo me iba a negar a andar comprando regalitos, me pidió que le escribiera un cuento
-tú escribes así que escríbeme algo-me dijo. Y yo, vale.
la verdad es que quise escribir un cuento que le provocara un par de sonrisas y tal vez un poco de pena, para que cuando terminara, tuviera la sensación triste y dulce que a veces me gusta provocar cuando escribo. Cuando lo terminé pensé en publicarlo aquí para compartirlo y para que me den sus opiniones, algo que agradecería de verdad. No se si parezca muy largo aquí en el foro, pero a mi me salieron apenas 5 páginas del word. Espero que les guste
Para mi mamá.
La niña de la nube
“Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas detrás de las nubes,
huellas que se llevó el viento.”
José Hierro.
Damián se mudó al cuarto piso de su casa después de conocer a Camila. Era un cuartito retorcido en la punta del endeble edificio, pero valía la pena para no tener que subir tres pisos cada vez que a Camila se le ocurriera aterrizar en su techo. También le amarró un colchón al tejado porque cada vez que la muchacha aterrizaba se sacaba la cresta y rompía varias tejas de pasada. Lo mejor era que lo fuera a visitar en invierno, cuando el cielo se cubría de una inmaculada sábana de nubes y la muchacha se podía quedar fácilmente unos cuatro días en la casa de Damián, escuchando discos viejos y viendo películas, aunque siempre atenta a que las nubes que los cubrían no se fueran a desaparecer, porque tenía que irse con su nube, si no estaba frita. Si se quedaba sin nube, era como si se le fuera el tren. Claro, Camila era la muchacha de la nube; de esas que se pasan todo el día recorriendo el mundo desde lo alto, desde donde todos somos hormigas. La forma en que se conocieron fue más bien un accidente; Damián confeccionaba una cerca de madera alrededor del huerto que habían plantado con su abuela cuando depronto una cosa aterrizó en medio de la plantación de maíz de la casa del vecino, de don Carlos, que no le hacía gran problema si se metía a su propiedad. Al principio pensó que podría haber sido un pájaro gigante o un extraterrestre ebrio, quién sabe, pero se sorprendió mucho más cuando encontró, entre el maíz, a una muchacha de pelo completamente blanco, jeans gastados y ojos color cielo. Después de saludarse y presentarse, entraron a la sala de estar donde Camila le explicó a Damián que siempre se sacaba la cresta cuando se caía de alguna nube, pero que no era ningún peligro porque, como dijo ella, si vives en una nube tienes que estar preparada para caerte en cualquier momento. Luego se la presentó a la abuela, que tejía algo sentada enfrente del televisor. Su abuela nunca entendía nada, menos todavía la historia de una muchacha que había caído de una nube, así que no se esforzaron en explicarle con demasiados detalles.
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Mientras Camila le daba indicaciones, Damián se ensímismaba con una visión que cada vez se le hacía más clara y horrenda; se vio a sí mismo ascendiendo por los aires, al principio contento y diáfono, pero a medida a alcanzaba altura, su cuerpo se iba desvaneciéndo, haciéndose ligero hasta quedar convertido en un montón de nube inerte. Vio que Camila lo lloraría y luego saldría rápidamente de ahí y nunca volvería, y nunca volverían las nubes a ese lugar, entonces el huerto que había plantado con su abuela moriría porque no llovería nunca y su abuela se pudriría en frente de la televisión haciendo sus ejercicios y las moscas la observarían con prudente distancia, frotándose las patas con malicia de mosca. ¿Vas a encernderlo o qué?, dijo la muchacha depronto, sacándolo de sus pensamientos y Damián, comprendiendo que no podía dejarse llevar por su demencial y a veces molesta imaginación, prendió el aparato, se lo metió al bolsillo de la chaqueta y comenzó a elevarse. La visión de sus zapatos desabrochados alejándose de una tierra cada vez más lejana, de un árbol y de una casa cada vez más pequeños, le produjo un intenso vértigo en un principio, pero luego pasó a ser algo resistible y por último olvidado. En las alturas, el aire era más fuerte y frío, y despeinaba a los dos muchachos que se dirigían a la nube-isla más cercana. El mundo se hacía pequeño y los extensos campos donde Damián recordaba perderse durante su solitaria niñez, ahora eran como una gran frazada de cuadrillé. La velocidad con la que la estrella trataba impetuosamente de volver a su lugar en el universo, propulsaba al muchacho vertiginosamente y al momento de atravezar el borde inconciso de la nube, el artefacto soltó un pitido metálico producto del nubosensor y se apagó. La inercia persistió el viaje de Damián por unos metros y luego comenzó a caer, pero cayó suavemente en el centro de la nube, donde lo esperaba ya sentada Camila. Lo había logrado y, a pesar de que el corazón le latía a mil y parecía querer salir corriendo de su pecho, la profunda tranquilidad que inspiraba el entorno lo poseyó de inmediato. La nube los paseaba suavemente en el centro de un coloso vació que los hacía sentir como partículas en el fondo de un vaso. Divizaban las fronteras de las montañas y la curvatura manzánica del planeta. Sobre ellos paseaban más nubes, algunas de ellas mucho más grandes, que parecían pedir ser visitadas. A ésto, Camila no se negó, dijo que tenían toda la tarde para pasearse de nube en nube, podían gritarse desde lejos, jugar a las escondidas en medio del cielo y así lo hicieron. Con un poco de práctica, Damián aprendió a ocupar el nuboacelerador a la perfección y no tenía problemas para volar de una nube a otra, aunque nunca con la destreza con que lo hacía Camila. Después de estar así un rato, la muchacha le dijo que lo siguiera, que irían a visitar a Don Gabo, quien solía viajar en una nube que no quedaba muy lejos de ahí. Fueron de nube en nube hasta donde, en la tierra, se divizaba un espeso bosque de araucarias gigantes que trepaban acercándose bastante hasta donde estaban ellos. Damián se sorprendió bastante al descubrir que Don Gabo era nada menos que un viejo ángel arrugado que tocaba un enorme piano-órgano blanco en la parte más alta de una nube. Los dos muchachos lo observaban escondidos entre un grupo de nubes que flotaban a sus espaldas, porque, según Camila, no podían molestar a Don Gabo porque él era el encargado de mantener que las nubes del cielo flotaran y lo hacía con la melodía infinita que tocaba.
Varios días después, Damián llenó a la estrella del nuboacelerador de nitrógeno y dejó que se elevara libre por los aires; a medida que se elevaba iba adquiriendo progresivamente su composición natural de nitrógeno, la estrella volvería a vivir y brillaría en el firmamento junto con todas las otras ánimas de los ancestros. Con el tiempo, Damián ocupaba todos los días tocando el piano, desde melodías tristes a melodías oscuras. A veces Camila bajaba hasta su tejado y lo escuchaba tocar desde ahí arriba. A veces hablaban sentados los dos en el tejado, pero Damián se prometió nunca más volver a las nubes, porque era un lugar donde no pertenecía. El muchacho siguió tocando a medida que crecía. Un día el viejo piano se desplomó inerte, carcomido por dentro producto de las termitas; Damían vendió gran parte del campo de su abuela y se compró un nuevo piano, el cual instaló en la última habitación de su casa de cuatro pisos. Se volvió viejo y, con el tiempo, el lugar se pobló de casas y de niños crueles que murmuraban sobre el viejo loco que tocaba el piano en el último piso de su extraña casa. Murmuraban sobre la mujer que lo visitaba, decían que si uno miraba a través de sus ojos, podía ver directamente el cielo. La verdad es que los dos muchachos lograron cumplir sus sueños; un día Camila zurcó el profundo vacío del ojo de un huracán, pero con cierta tristeza de no haberlo hecho con Damián, lo que era su real propósito y Damián logró tocar con una banda de músicos locos el Presto 5 del Cuarteto 14 del gran Beethoven en un enorme teatro, pero nunca logró reproducir la melodía que había escuchado tocar al ángel Don Gabo, que era algo con lo que se había obsesionado, pero la atávica fobia a volver a buscar las alturas que se había instalado en su mente hicieron de esa obsesión algo tormentoso y desesperante.
En su nube, el viejo ángel -no más viejo ni más joven que cuando lo espiaron los dos muchachos- sigue tocando su majestuosa melodía, con un cigarrillo en la boca que no se acaba nunca y con el piano-órgano un poco ladeado mientras la nube lo va meciendo por el infinito del cielo.