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Un cuento para mi vieja

S.S.AntonucciS.S.Antonucci Pedro Abad s.XII
editado julio 2010 en Narrativa
hace poco mi mamá estuvo de cumple y ella, sabiendo que yo me iba a negar a andar comprando regalitos, me pidió que le escribiera un cuento
-tú escribes así que escríbeme algo-me dijo. Y yo, vale.

la verdad es que quise escribir un cuento que le provocara un par de sonrisas y tal vez un poco de pena, para que cuando terminara, tuviera la sensación triste y dulce que a veces me gusta provocar cuando escribo. Cuando lo terminé pensé en publicarlo aquí para compartirlo y para que me den sus opiniones, algo que agradecería de verdad. No se si parezca muy largo aquí en el foro, pero a mi me salieron apenas 5 páginas del word. Espero que les guste :D



Para mi mamá.
La niña de la nube
“Inútilmente interrogas.
Tus ojos miran al cielo.
Buscas detrás de las nubes,
huellas que se llevó el viento.”
José Hierro.


Damián se mudó al cuarto piso de su casa después de conocer a Camila. Era un cuartito retorcido en la punta del endeble edificio, pero valía la pena para no tener que subir tres pisos cada vez que a Camila se le ocurriera aterrizar en su techo. También le amarró un colchón al tejado porque cada vez que la muchacha aterrizaba se sacaba la cresta y rompía varias tejas de pasada. Lo mejor era que lo fuera a visitar en invierno, cuando el cielo se cubría de una inmaculada sábana de nubes y la muchacha se podía quedar fácilmente unos cuatro días en la casa de Damián, escuchando discos viejos y viendo películas, aunque siempre atenta a que las nubes que los cubrían no se fueran a desaparecer, porque tenía que irse con su nube, si no estaba frita. Si se quedaba sin nube, era como si se le fuera el tren. Claro, Camila era la muchacha de la nube; de esas que se pasan todo el día recorriendo el mundo desde lo alto, desde donde todos somos hormigas. La forma en que se conocieron fue más bien un accidente; Damián confeccionaba una cerca de madera alrededor del huerto que habían plantado con su abuela cuando depronto una cosa aterrizó en medio de la plantación de maíz de la casa del vecino, de don Carlos, que no le hacía gran problema si se metía a su propiedad. Al principio pensó que podría haber sido un pájaro gigante o un extraterrestre ebrio, quién sabe, pero se sorprendió mucho más cuando encontró, entre el maíz, a una muchacha de pelo completamente blanco, jeans gastados y ojos color cielo. Después de saludarse y presentarse, entraron a la sala de estar donde Camila le explicó a Damián que siempre se sacaba la cresta cuando se caía de alguna nube, pero que no era ningún peligro porque, como dijo ella, si vives en una nube tienes que estar preparada para caerte en cualquier momento. Luego se la presentó a la abuela, que tejía algo sentada enfrente del televisor. Su abuela nunca entendía nada, menos todavía la historia de una muchacha que había caído de una nube, así que no se esforzaron en explicarle con demasiados detalles.

Comentarios

  • S.S.AntonucciS.S.Antonucci Pedro Abad s.XII
    editado julio 2010
    Camila era una muchacha de gestos alegres, pero no le gustaba mucho mostrar los dientes cuando sonreía. A veces se arreglaba el pelo y el rostro se le descubría un poco meláncolico, medio sedado, pero no tardaba en acotar algún comentario irreverente sobre algún detalle del paisaje y soltaba una risa tranquila y, más que tranquila, despreocupada. Una risa que la delataba completamente ajena al mundo. Con Damián solían hablar de bandas como Slint o Mogwai, nada muy Rolling Stones o muy Portishead y a veces Damián le preguntaba a Camila, ¿y cómo lo haces allá arriba, en las nubes; escuchas música con algún iPod que te traes de aquí abajo? Y casi siempre Camila soltaba una risa mirando a la nada, como recordando algo y decía, algún día te voy a llevar allá arriba. También hablaban de sus sueños; Camila le contaba que quería algún día atravezar la tormenta de un huracán y llegar al ojo del huracán y volar libre en ese lugar, en lo que llaman el efecto estadio, en donde se abre una enorme cavidad con forma cónica entre las nubes de la tormenta y el sol brilla con tanta fuerza que uno parece estar en otro mundo. Damián le contaba a Camila su humilde sueño también, él quería aprender a tocar el piano tan bien que se presentaría con alguna orquesta de músicos locos con los cuales tocarían las interminables tocatas del gran Ludwig Van Beethoven. Cuando la muchacha volvía a su nube, Damián se la quedaba mirando desde su ventana y luego se acostaba de espaldas en su cama y entrecruzaba las manos detrás de su nuca mirando el techo y daba lo mismo si había techo o no, él podía ver las nubes arriba en lo alto, el reino de los algodones que flotan como zeppelins. Como un sueño imposible, atenuado por sus miles de conjeturas y miedos, por miedo a caerse y morir, por miedo a dejar a su abuela sola, su rostro derretido frente al televisor, con moscas asechándola, por miedo a no volver. Por eso nunca se lo preguntaba a su amiga de la nube, preferia manternerlo en secreto porque se veía a sí mismo como una persona muy susceptible a los efectos de los ojos de Camila. Luego de estar así un rato, fantaseando y tocando las nubes con los dedos de su mente creativa, solía sentarse en el desaliñado piano que en algún tiempo tocaba su abuela, y tocaba alguna melodía triste que parecía lluvía de Abril u hojas secas de otoño. Y así pasó el tiempo. Un día, mientras su abuela hacía ejercicios matutinos enfrente de la televisión, Camila aterrizó por el lado izquierdo del tejado -donde no había colchón- y se escuchó un estruendo de tejas quebradas y luego un golpe sordo en el patio, cerca del huerto que ya daba frutos. Damián lanzó el libro que leía y se asomó por la ventana. Camila se reía, cubierta y rodeada de pedazos de tejas pulverizadas, sentada en medio del patio. El muchacho bajó corriendo por las escaleras haciendo un montón de ruido con el metal. Hola, abuela de Damián, saludo Camila a la mujer al entrar, que seguía los pasos de ejercicios con rigurosa disciplina. Hola, mi niña ¿cómo está, cómo estuvo el colegio?, respondió la señora con una afectividad de dudosa autenticidad.
  • S.S.AntonucciS.S.Antonucci Pedro Abad s.XII
    editado julio 2010
    Muy bien señora, pero yo no voy al colegio porque vivo en una nube, respondió Camila; oh, si, por su puesto. Damián sírvele algo a tú amiga que viene cansada del colegio, dijo la abuela. Damián y Camila subieron los tres pisos por la escalera de caracol sin hacerle caso. Cuando llegaron a la habitación del último piso, Camila se metió la mano al bolsillo, sacó una estrella enana congelada y se la regaló a Damián. Era una esfera de un color azul hielo y tenía un peso particularmente exagerado para su tamaño. Es el cadáver de un alma, dijo Camila y luego Damián le preguntó que porqué le regalaba eso y la muchacha se acercó en silencio a la ventana y dijo; lo vas a necesitar para acompañarme a las nubes. Damián se preguntó si quizás Camila era capaz de leer los pensamientos, pero deshechó esa idea de inmediato. Lo más probable es que a los dos se les había pasado por la cabeza la idea de emprender tal aventura juntos, pero la situación simbolizaba las formas de actuar de cada uno; Damián sólo pensaba y Camila hacía cosas, tenía iniciativa. Luego pusieron un album de Los Prisioneros y olvidaron el asunto por un momento; discutieron de pinturas, de Gonsalvez y Alejandra Salgado, discutieron del clima y de la música y luego volvieron al tema de las nubes, lo cual volvía a poner el ambiente un tanto tenso. Damián quería saber, independiente de cómo se sintiera, todo lo que significara ir hacia las nubes y cómo era estar en las nubes y si era seguro, en un montón de sentidos. Camila le explicó que no se preocupara, que tenía que salir a recolectar ciertas cosas para confeccionar el Nuboacelerador y, junto con la estrella congelada, el trabajo de viajar hacía las nubes sería mucho más fácil. Le dijo que era muy extraño que le pudiera suceder algo, que lo más lógico es que volviera sano y salvo. Puesto que las nubes no avanzaban con gran velocidad y parecían un tanto aisladas unas de otras, Camila decidió irse de inmediato para no quedarse sin artefactos para el próximo día que viniera y precisó volver al otro día con un bolso marrón lleno de cosas. Cuando llegó, volvieron a tener el mismo breve diálogo con la abuela, que repetía como siempre sus ejercicios. Derramó sobre el piso de la habitación una avalancha de objetos metálicos y cápsulas diminutas con líquidos de colores y luego un libro roñoso y amarillento de tan viejo, que ponía en el título “Manual para la construcción del Nuboacelerador casero”. Entonces ambos, sentados en el piso del pequeño y retorcido cuarto, comenzaron a armar el dispositivo. Capítulo uno, adhiera la estrella congelada al orificio que presenta el contenedor principal y luego ciérrelo a presión, enchufe tal cosa, enchufa tal otra, etcétera, etcétera. Entre artefacto y artefacto, habían cables y númeritos análogos como de una bomba. Había que atornillar y apretar. Al final, para las cuatro de la tarde, el artefacto ya estaba terminado y decidieron probarlo de inmediato. Salieron al patio bajo un profundo cielo azul, rasgado de nubes que parecían estancadas en la distancia. Estaban emocionados como si fueran dos cabros chicos probando un volantín o algún juguete nuevo. La máquina era simple de usar; el aparato alimentaba a la estrella muerta con una concentración de nitrógeno que absorvía del aire con un pequeño ventilador, y la estrella activaba su facultad de flotar, proporcionándole ésto a la persona que estuviera en contacto con ella también. Obviamente el artefacto tenía ciertos nubosensores que impedían que la estrella pudiera seguir elevándose hasta llegar a la termósfera, que era donde flotaban todo el resto de estrellas que componían el firmamento y sólo se dignaban a brillar cuando el sol desaparecía. Regulando la fuerza del ventilador, se podía regular la altura en que la persona se encontraba. El manual había sido bastante útil para los dos.
    Mientras Camila le daba indicaciones, Damián se ensímismaba con una visión que cada vez se le hacía más clara y horrenda; se vio a sí mismo ascendiendo por los aires, al principio contento y diáfono, pero a medida a alcanzaba altura, su cuerpo se iba desvaneciéndo, haciéndose ligero hasta quedar convertido en un montón de nube inerte. Vio que Camila lo lloraría y luego saldría rápidamente de ahí y nunca volvería, y nunca volverían las nubes a ese lugar, entonces el huerto que había plantado con su abuela moriría porque no llovería nunca y su abuela se pudriría en frente de la televisión haciendo sus ejercicios y las moscas la observarían con prudente distancia, frotándose las patas con malicia de mosca. ¿Vas a encernderlo o qué?, dijo la muchacha depronto, sacándolo de sus pensamientos y Damián, comprendiendo que no podía dejarse llevar por su demencial y a veces molesta imaginación, prendió el aparato, se lo metió al bolsillo de la chaqueta y comenzó a elevarse. La visión de sus zapatos desabrochados alejándose de una tierra cada vez más lejana, de un árbol y de una casa cada vez más pequeños, le produjo un intenso vértigo en un principio, pero luego pasó a ser algo resistible y por último olvidado. En las alturas, el aire era más fuerte y frío, y despeinaba a los dos muchachos que se dirigían a la nube-isla más cercana. El mundo se hacía pequeño y los extensos campos donde Damián recordaba perderse durante su solitaria niñez, ahora eran como una gran frazada de cuadrillé. La velocidad con la que la estrella trataba impetuosamente de volver a su lugar en el universo, propulsaba al muchacho vertiginosamente y al momento de atravezar el borde inconciso de la nube, el artefacto soltó un pitido metálico producto del nubosensor y se apagó. La inercia persistió el viaje de Damián por unos metros y luego comenzó a caer, pero cayó suavemente en el centro de la nube, donde lo esperaba ya sentada Camila. Lo había logrado y, a pesar de que el corazón le latía a mil y parecía querer salir corriendo de su pecho, la profunda tranquilidad que inspiraba el entorno lo poseyó de inmediato. La nube los paseaba suavemente en el centro de un coloso vació que los hacía sentir como partículas en el fondo de un vaso. Divizaban las fronteras de las montañas y la curvatura manzánica del planeta. Sobre ellos paseaban más nubes, algunas de ellas mucho más grandes, que parecían pedir ser visitadas. A ésto, Camila no se negó, dijo que tenían toda la tarde para pasearse de nube en nube, podían gritarse desde lejos, jugar a las escondidas en medio del cielo y así lo hicieron. Con un poco de práctica, Damián aprendió a ocupar el nuboacelerador a la perfección y no tenía problemas para volar de una nube a otra, aunque nunca con la destreza con que lo hacía Camila. Después de estar así un rato, la muchacha le dijo que lo siguiera, que irían a visitar a Don Gabo, quien solía viajar en una nube que no quedaba muy lejos de ahí. Fueron de nube en nube hasta donde, en la tierra, se divizaba un espeso bosque de araucarias gigantes que trepaban acercándose bastante hasta donde estaban ellos. Damián se sorprendió bastante al descubrir que Don Gabo era nada menos que un viejo ángel arrugado que tocaba un enorme piano-órgano blanco en la parte más alta de una nube. Los dos muchachos lo observaban escondidos entre un grupo de nubes que flotaban a sus espaldas, porque, según Camila, no podían molestar a Don Gabo porque él era el encargado de mantener que las nubes del cielo flotaran y lo hacía con la melodía infinita que tocaba.
  • S.S.AntonucciS.S.Antonucci Pedro Abad s.XII
    editado julio 2010
    El viejo ángel fumaba un cigarrillo Lucky Strike mientras movía las alas al ritmo de su melodía celestial; Damián no podía estar más maravillado ante aquella escena. Se pasaron el resto de la tarde hablando de miles de cosas sentados en el borde de una nube, balanceando los pies sobre miles de metros de altura. Cuando se hizo tarde, Camila acompañó a Damián hasta sobre su casa y se despidió diciéndole que podían ir a pasear por las nubes cuando quisiera y que tuviera cuidado con la bajada. Le dijo que tenía suerte de tener el nuboacelerador, porque podía bajar lentamente, en cambio ella tenía que tirarse en caida libre porque no tenía la facultad de detener una caida libre. Cuando tocó el piso con los pies -algo que extrañaba- se dirigió directamente a la puerta principal de la casa porque sólo quería dormir, el cansancio lo tenía abatido. Cuando entró a la sala de estar, su abuela estaba dormida en el sillón y la única luz de la habitación venía del televisor. Tomó una manta y se la puso encima, pero detuvo la mirada en su rostro y no tardó en darse cuenta de que había fallecido, ahí, viendo la tele. Lo notó porque el latir de su corazón era el que bombeaba más fuerte en el mundo y ahora se había apagado. La anciana había muerto.
    Varios días después, Damián llenó a la estrella del nuboacelerador de nitrógeno y dejó que se elevara libre por los aires; a medida que se elevaba iba adquiriendo progresivamente su composición natural de nitrógeno, la estrella volvería a vivir y brillaría en el firmamento junto con todas las otras ánimas de los ancestros. Con el tiempo, Damián ocupaba todos los días tocando el piano, desde melodías tristes a melodías oscuras. A veces Camila bajaba hasta su tejado y lo escuchaba tocar desde ahí arriba. A veces hablaban sentados los dos en el tejado, pero Damián se prometió nunca más volver a las nubes, porque era un lugar donde no pertenecía. El muchacho siguió tocando a medida que crecía. Un día el viejo piano se desplomó inerte, carcomido por dentro producto de las termitas; Damían vendió gran parte del campo de su abuela y se compró un nuevo piano, el cual instaló en la última habitación de su casa de cuatro pisos. Se volvió viejo y, con el tiempo, el lugar se pobló de casas y de niños crueles que murmuraban sobre el viejo loco que tocaba el piano en el último piso de su extraña casa. Murmuraban sobre la mujer que lo visitaba, decían que si uno miraba a través de sus ojos, podía ver directamente el cielo. La verdad es que los dos muchachos lograron cumplir sus sueños; un día Camila zurcó el profundo vacío del ojo de un huracán, pero con cierta tristeza de no haberlo hecho con Damián, lo que era su real propósito y Damián logró tocar con una banda de músicos locos el Presto 5 del Cuarteto 14 del gran Beethoven en un enorme teatro, pero nunca logró reproducir la melodía que había escuchado tocar al ángel Don Gabo, que era algo con lo que se había obsesionado, pero la atávica fobia a volver a buscar las alturas que se había instalado en su mente hicieron de esa obsesión algo tormentoso y desesperante.
    En su nube, el viejo ángel -no más viejo ni más joven que cuando lo espiaron los dos muchachos- sigue tocando su majestuosa melodía, con un cigarrillo en la boca que no se acaba nunca y con el piano-órgano un poco ladeado mientras la nube lo va meciendo por el infinito del cielo.
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