La rata
Hugo era un ebrio desgraciado, se pasaba las noches bebiendo alcohol y sólo paraba cuando el sopor lo vencía. Lejos de cualquier interacción se encerraba en su casa donde lamentaba amoríos perdidos, desencuentros, romances frustrados, falsas esperanzas.
Era una noche particularmente fría y pálida a la luz de la luna, las estrellas moteaban el cielo y su luz trémula encendía las calles del barrio. Para Hugo todas las noches eran iguales, estrelladas o no, frías o cálidas, pálidas u oscuras. Sentado en el sillón de paja de la sala de estar, su mano izquierda se paseaba sobre el apoya brazos y con la mano derecha sostenía con languidez un vaso de whiskey. Sorbo a sorbo iba olvidando su dolor y dejando entonces de pensar; de súbito, un extraño sonido lo azotó a la realidad alejándolo de aquel mundo de ensueño donde quería ir, era el raro sonido de un rasguñar que venía del suelo, en un rincón de la sala había una rejilla, tapada con papeles de periódico. No tardó en darse cuenta que el intruso que lo había sorprendido era una rata buscando entrar a la casa por el ducto. Unos espantosos chirridos comenzaron a oírse, Hugo rió –Ja, así que querés entrar… pero te aviso, no vas a estar mejor en esta casa de lo que lo estarías en las alcantarillas, sucio roedor… –se interrumpió a sí mismo con un feroz carraspeo –No me molestés rata mugrienta, ¡andate! –las palabras no salían claras y los dientes se entrechocaban en cada movimiento. La rata pareció responder con un estrepitoso alarido, royendo con más presteza y fuerza los periódicos. –Pobre rata, intentando buscar una salida de su desgracia donde sólo encontrará un pie que la aplaste o una trampa que la desnuque –pensó Hugo en voz alta.
Luego de un par de minutos la rata cesó, no más chirridos, no más ruido de papel rasguñado, tal vez, y teniendo en cuenta todas las limitaciones intelectuales de una rata, ésta se dio cuenta que aquella rejilla cubierta de papel de periódico no era una buena salida, y la conducía a un lugar peor que las mismas tuberías de la alcantarilla.
Por otra parte, Hugo siguió bebiendo, hundiéndose cada vez más en el sillón, dejando caer sus brazos que colgaban como el péndulo de un reloj, entrecerrando sus ojos, siendo vencido para siempre en un eterno y ronco lamento.
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Agradezco opiniones
Comentarios
Un saludo Amadeus, nos leemos.
No cometas ese frecuente error de querer escribir los cuentos con ese “carácter filosófico” repletos de simbolismo, que al final no dice nada. Como esos cuadros donde no se pinta sino que se pretende hacer filosofía: El busto de una mujer desnuda rodeada de hormigas, el cacareado crucifijo, un reloj, una serpiente y una rosa roja sobre una carta de amor. Para filosofar se creo la escritura y la palabra, el pincel es para pintar.
Ahí tenemos al muy popular Anton Chejov, que para mi fue de lo peorcito, con sus temas irreales o poco probables, haciéndonos creer que esa era la vida. En cambio, todo lo que escribió Hemingway lejos de esos simbolismos filosóficos tontos, fueron situaciones perfectamente reales. Tu cuento trata de un borracho filósofo, Hemingway fue un borracho al que rara vez, se le vio filosofar.