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Átomos locos

paraclixisparaclixis Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
editado agosto 2010 en Fantástica
¡Zas! La piedrecilla cayó sobre la fuente, provocando un poquito de pavor en las hipsipilas que de estar aglutinadas en una turba, se dispersaron por el nido. Fue algo muy concreto, a ellas les afectó al igual que a los grillos que enmudecieon, sin embargo al sol no le importaba continuar tiznando de fulgor a los álamos, reminiscencias hermosas de las Hélades. Una faz muda y concentrada se reproducía en el paisaje, paseando hacia la fuente: era la joven Alicia, descalza, ataviada con pantalones de etérea holanda, de color azul celeste y una blusa de la misma tela y color blanco nivoso; su pelo levemente hidratado interpolaba un ballet avieso al calmo viento, que declinaba en brisa, dos trencitas llevaba Alicia, poso vivo de inocencia de inagotables raíces.

Entonces se detuvo, tomando asiendo al borde de la fuente cuyas aguas recobraban relax, ella murmuraba de algún sitio ha venido la piedra, por algo lloran los crisantemos que moran a mis pies y él ángulo de las hebras doradas que peinan mi piel se modifica. A través de unos endebles arbustos Alicia contemplaba la dulce eflorescencia de un cántico, y no eran los grillos, sino una serie de sonidos vocales emitidos por niños y niñas tomados de las manos, jugando, decorando la inminente caída del crepúsculo; un poco más lejos un pastor supervisaba su aprisco en compañía de una zampoña... La ronda de niños parecía alejarse, el pastor era eclipsado por su rebaño. Resonó un aullido. Alicia extendió las palmas de sus manos mirándolas con alta satisfacción, la alameda principió a perturbarse, los crisantemos se irguieron cual disciplinados combatientes. Ojos áureos de devastadora circunspección que amalgaman a una niña vivaz con una dama silente, apuntaron hacia la Acrópolis enclavada allende los límites del jardín; alguien está oculto, alguien interfiere en mi inspiración, vuelca su aliento sobre mis sienes, alguien anda por ahí, susurraba Alicia.

La Acrópolis permanecía donde hacía varios siglos, acariciando de forma tangencial el bucólico panorama. Las palmas se cerraron, de dagas a puños, una pléyade de nubes tomó formas antropoides, de animales y objetos inanimados, pergeñando un concierto de esculturas; circulaban en el firmamento un caballero, un gato y una cafetera, y bien podrían haber estado Shakespeare, Kafka o Carroll para certificarlo. Efectivamente, por otro lado, alguien andaba por ahí, era un joven delgado, alto y recio, envuelto en una túnica negra, Lícoo, apuesto varón con una cicatriz en la cerviz, husmeando entre los álamos a hurtadillas, viendo con estupefacción como se levantaba un montículo de tierra, como el sol se devenía chiquito, diminuto, una bolita anaranjada o yema de huevo, destronado de su anterior monarquía. Lícoo, reptando en el herbaje, era Acteón en plena faena de espía de Artemisa, el no llevaba perros ni iba de caza, pero sí deseaba como el sastre de la leyenda de Lady Godiva captar una instantánea de un encuentro único con esa joven, algo que probablemente no podría repetirse. Alicia, la vigilada, desfilaba garabateando curváceos avatares, hacia el aprisco o el abrevadero, hacia un terraplén, sin dirección definida.

Lícoo, en un alarde de autocompasiva inquietud pensaba, imaginaba esto ha de ser una extraña conspiración del destino, un ovillo de Átropo y el resto de las Moiras, arribo a la fuente, cae una piedra de no sé dónde y llama la atención de mariposas y grillos y la chica no parece darse por aludida; el día directamente, sin la transición crepuscular se hacía noche, hojas esmirriadas divulgaban sus catarros otoñales por el suave viento, que acrecentaba su intensidad. Lícoo pensaba esto pasa todos los días y no lo había presenciado o qué.

En los iris de Alicia, en sus lábiles pupilas, residía un espejo ustorio de transformaciones repentinas. Enmarcaba la remota Acrópolis en su memoria y en sus propios ojos, pensaba es posible que esa estructura empiece a ser destruída, y ahora traeré a la selenida, la luna en una quinta fase, un haz de polvo blancuzco... Lícoo dudaba, ¿qué le ha pasado a la luna?, Lícoo no hallaba sus tiempos o hipotéticos justos biorritmos, no entendía qué estaba sucediendo en un lugar que normalmente pasaba desapercibido en el planeta.

De pronto... Alicia se giró, sus trencitas gravitaban en la pícara candidez, ¿un poso de inocencia inagotable?; con su mano izquierda saludaba, ¿a quién?, la masa humana presente (niños, pastores) se había despejado sin lugar a dudas, como las hipsipilas, los grillos, como la masa misma de la luna, como el día. Blandía la noche su hegemonía en el azul marino más solemne, con ribetes y puntitos celestes, casi mimetizados con los pantalones de Alicia.

¡Zas!, ¡puf!, hizo la fuente, por segunda vez y no por causa de una piedra caída o arrojada, Lícoo mantenía su conciencia afligida, y los chorros, de plástica ascensión se reiteraban, y cabe su letanía continuaban llorando los álamos aquellas hojitas esmirriadas y otras más que les fueron arrebatadas, por un no sé qué de la realidad presente.

Lícoo se regocijaba creyendo me saluda a mí mismo, he de alcanzarla, verla, saber de ella, es una señorita de aspecto sensacional, una motivación para andar; Alicia permanecía impertérrita sonriendo y saludando, siendo exégesis de un modelo atómico que empezaba a escindirse en varios átomos locos que deshacían un orden preconcebido, era pavesa la Acrópolis, un raquítico llanto la luna. Alicia con moderados movimientos daba a luz esos átomos locos que exasperan al viento, que seducen al agua, ella yacía en un juego deconstructivo o heurístico en el cual hay que ver que hay detrás de una densa alameda o una Acrópolis con emblema de reliquia.

Lícoo, en uniforme movimiento, antes que sus propios pensamientos anulasen la acción, avanzó decidido hacia Alicia... Intentó abrazarla, rozar sus prendas, raptarla como Paris a Helena y erigirse en un héroe que posee a una doncela especial... O antihéroe.

Ella en íntegra desnudez, hoy se baña con toda tranquilidad en la fuente, la naturaleza canturrea su éxtasis. Las manos de Alicia la hechicera, abiertas, virando hacia el frufrú de las nubes, hacen virguerías con esos átomos locos, que absorbieron la sangre de Lícoo. Y él, allá donde esté, jamás olvidará que ha conocido a Alicia.

Comentarios

  • AnamarAnamar Fernando de Rojas s.XV
    editado junio 2010
    Primer viaje alucinante... pero nada sabría decir, salvo que fue muy ameno, a menos que vuelva otro día con más tiempo. (Amenaza en toda regla)
    Si en que das mucha faena, Paraclixis! Pero se agradece el reto. :)
  • SenequistaSenequista Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado junio 2010
    “¡No entiendo ni papa!” :D

    Creo que tu relato (y todas tus aportaciones en general) me demuestran algo que ya barruntaba desde hace tiempo; y es que esto sólo puede proceder de alguien que posea:

    TALENTO INNATO.

    Que no me vengan aduciendo, ora conocimiento léxico y gramatical, ora infinitas horas de lectura; estas son condiciones necesarias, mas no suficientes. Quien no posea ese “don del espíritu”, es en vano, no ya crear, sino meramente imitar tal estilo.
    Te lo digo porque yo, modestia aparte, me he leído a un San Juan de la Cruz o a un Lucano, y “nanai”; aunque me los supiese de memoria, sería inútil intentar imitar un párrafo solo.
    Los que no poseemos tal don, aunque poseamos otros, estas lecturas nos son a veces ilegibles, no por fallo del escritor, sino por carencia propia; entendemos las palabras, las frases pero, con harta frecuencia, se nos escapa el todo...

    No es este lugar, el propio para intentar delimitar las diferencias entre la parte creativa y poética de la mente, de la parte racional y crítica... lo que me sugiere un debate para el foro: partidarios entre estilo poético vs. estilo ensayístico, cúal prefieren, etc.

    Saludos desde mi mente a la tuya propia.
  • paraclixisparaclixis Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado junio 2010
    Gracias querida Anamar; te tomo la palabra... :)

    Senequista: En primer lugar, agradezco tu interés y paciencia para con este cuentito; luego he reconocido amplitud de criterio en tus palabras, detallismo y profundidad... Continuaré trabajando. Gracias por el estímulo! ;)
  • HakatriHakatri Gonzalo de Berceo s.XIII
    editado agosto 2010
    Como dice Anamar ha sido muy ameno, hay poco para decir al respecto ademas de eso, buena conjuncion, buen final, diria que no me lo esperaba pero en estos relatos no se espera nada
  • paraclixisparaclixis Juan Ruiz, el Arcipreste de Hita s.XIV
    editado agosto 2010
    Gracias Hakatri...

    (Menos mal que no todo es esperar, y en eso también entra la literatura, dulce caja de Pandora). :confused:
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