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El "reidor"

LucasLucas Pedro Abad s.XII
editado junio 2010 en Narrativa
“El Paraná corre allí en el fondo de una inmensa hoya, cuyas paredes, altas de cien metros, encajonan fúnebremente el río. Desde las orillas bordeadas de negros bloques de basalto, asciende el bosque, negro también. Adelante, a los costados, detrás, la eterna muralla lúgubre, en cuyo fondo el río arremolinado se precipita en incesantes borbollones de agua fangosa. El paisaje es agresivo, y reina en él un silencio de muerte. Al atardecer, sin embargo, su belleza sombría y calma cobra una majestad única”.
A la deriva (Fragmento) Horacio Quiroga


El “reidor”

Remando durante días llegamos a ningún lado. A ningún lado. Era una constante de agua el río, la tierra que llegaba hasta la orilla, los sauces y los lagartos. Santiago reía de vez en cuando y mostraba sus deserciones dentales con algo de espantosa satisfacción. Al principio yo no entendía de qué se reía, pero luego me fui acostumbrando a esa insensatez y reía con él: una risa prolongada que espantaba las aves de ese pedazo de monte que ya no veríamos pasar otra vez. Era cuestión de reírse nomás, porque estábamos aburridos de tanta agua, de tanto pescado crudo, de tanto cagar por sobre el borde del bote porque no teníamos ni tiempo de parar unos segundos y hacerlo dignamente sobre la orilla.
Al muerto lo habíamos dejado allá lejos, a tres noches de donde estábamos en ese momento. Por eso no nos deteníamos, porque no hay tiempo de ventaja para un difunto, al menos para el recuerdo de un difunto boca arriba con los ojos abiertos y un puñal sobre el pecho.
Yo lo vi caer. Tuvo tiempo de mirarme y abrir la boca. Pero sólo eso. No hubo una última palabra, ni un fonema. Abrió la boca y expulsó un suspiro breve donde dejó el alma.
Y santiago reía meta remar y remar detrás de mí, y yo que ya no tenía ganas de reírme, sólo de llegar hasta el rancho. A veces giraba la cabeza para verlo, y él tan compadrito, siempre mostrando su boca vacía, las arrugas debajo de los ojos. Y yo giraba nuevamente y empuñaba con más fuerzas los remos y miraba por encima de la proa el rió largísimo allá adelante, inalcanzable. “Casi llegamos”, le oí decir, y en esa frase logré divisar una esperanza más que una verdad. Y cayó la noche como tantas otras, e inmediatamente amaneció y otra vez la orilla que pasaba incansablemente estúpida.
Bajé los brazos cuando dejé de oír los remos de Santiago. Entonces volví a recordar al muerto, el que no nos daba tiempo de descansar porque todo el tiempo es poco tiempo para el recuerdo de un muerto. Volví a tomar los remos, respiré profundo y enterré las palas en el agua. Santiago hizo lo mismo, porque al instante el agua se quejó cuando sus remos la cortaron de un tajo. Antes vi un brillo de cuchillo cayendo en el agua, vi como el metal se perdía en la estela que regaba la proa y se hundía como un pez asustado. No me animé a voltear para ver a Santiago. Supuse que seguía ahí, ahora más aliviado, remando.

Comentarios

  • LESLES Pedro Abad s.XII
    editado junio 2010
    El remar, con la esperanza de llegar al rancho sin llegar, hace presagiar la eternidad: ese infierno...
    Muy buen relato, breve pero impactante ambientación.
    Saludos
  • LucasLucas Pedro Abad s.XII
    editado junio 2010
    Muchas gracias por leer y cometar. Un abrazo.
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