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Antes, aquella misma mañana o más bien de madrugada, ella había despertado bruscamente de un sueño. Qué extraño había sido soñar que era jóven y despertarse de repente con casi cincuenta años.
El tiempo. Todo se contenía en ese reloj de cocina al que Eneida miraba atónita, mientras, a las tres de la madrugada, intentaba placar sus demonios tras la discusión con Carlo, ante una taza humeante de manzanilla. Sus manos se aferraban a ella para parar el mundo que giraba vertiginosamente en aquel momento.
Parar. Parar el tiempo. Los segundos transcurrían llevándosele el aliento. Qué bello había sido dormir y soñar, hasta que como un resorte de reloj, se le habían abierto los ojos de golpe. Había soñado que era jóven, cuando los amores colegiales te encendían las mejillas hasta no poder respirar.
Qué extraño había sido despertar, el sueño y el recuerdo esfumados, y volver al peso de la obscuridad sobre su cuerpo supino. El cuerpo inmóvil de Carlo a su lado, abandonado sobre un costado, dándole la espalda, la cabeza reclinada reposando sin almohada, la respiración profunda y ritmada.
Por un momento, al despertar, no había reparado en su presencia pues creía estar aún en la cama estrecha de su juventud, un pie tendido hacia la pared, el otro doblado bajo la pierna, la mano sobre el vientre. En cambio, al ir retomando consciencia había sentido la amplitud del lecho que albergaba también el cuerpo quieto y lejano de él.
En otro tiempo le habría rozado el costado y él suavemente se habría girado hacia ella para envolver con el brazo libre su estrecha cintura. Ahora su cuerpo yacía cerca pero distante y Eneida sabía que al tocarlo habría seguido así.
Por eso se había levantado a fatiga, abrumada por el brusco despertar, los huesos y músculos aún rígidos, las palabras no dichas entre ellos pocas horas antes, zumbando en la cabeza.
En la cocina había dejado que la manzanilla fluyese por su garganta, y lavase suavemente el agrio sabor de la añoranza y del devenir, en tanto que el reloj la acunaba con su cantilena inexorable.
Comentarios
Me ha parecido terriblemente triste, porque aquí el tiempo transcurre inexorable, todo se da ya por hecho y sin posibilidad de vuelta atrás.
Y en cambio se me ocurre que algunos detalles podrían cambiar. Las cosas no dichas la noche antes podrían decirse la siguiente. O tal vez podrían decirse otras que los llevarían a separarse y retomar sus vidas recuperando esa sensación del "tiempo por delante".
Cerca de los cincuenta años es cuando imagino que una (uno también, supongo) debe de enfrentarse a esa encrucijada en que la juventud queda para el recuerdo... Y por otro lado queda mucho que vivir todavía. No sé si a veces nos vemos más viejos y derrotados de lo que estamos en realidad, pero sí sé que mucha gente demuestra a diario que la edad no es excusa para privarse de nada.
Gracias por compartirlo!
Coincido con Anamar, triste y bello. Bien escrito. Aunque es un pensamiento, un sentir, el paso del tiempo, la añoranza de un amor juvenil profundo, el desgaste de las relaciones con la monotonía del día a día, muy trillado en literatura, has sabido tratarlo con dignidad y respeto, con una prosa suave y triste que le va al texto como anillo al dedo.
El escrito forma parte de un relato mucho más amplio del que ya he publicado varios capítulos aquí.
Éste efectivamente se centra en la añoranza del tiempo pasado, pues la protagonista está por recibir un duro golpe, pero en el relato esto se narra antes y el lector ya lo sabe.
Es a partir de ahí cuando Eneida emprende su viaje, Anamar, "para crear recuerdos nuevos".:)