Casi sin darme cuenta había pasado un largo rato desde que me metí en el consultorio. La secretaria me desconectó de mis cavilaciones avisándome por el interno que el paciente y su padre habían llegado y que esperaban en recepción. Me refregué un poco los ojos por debajo de los lentes y cuando me disponía a levantarme para ir a buscarlos volvió a sonar el teléfono. Esta vez la voz de Celia sonó mas agitada y me dijo que el doctor De Caro necesitaba hablar conmigo de manera urgente, accedí de mala gana y sin demorar tomé la llamada. La voz ronca y serena del director de la clínica apareció del otro lado de la línea sin darme tiempo a reaccionar siquiera.
Antes de continuar me urge describirles al doctor Julio De Caro: su cuerpo era corto y más bien robusto, regordete y casi sin cuello. Su cara era redonda con espesa barba, atento, desconfiado y con gafas de color verde para mejorar su visión. Su postura era la de “Sé todo antes que usted”, tenía en ese momento cincuenta y cuatro años y parecía como si toda su vida hubiese sido director de la institución.
Una vez a la semana presidía lo que llamábamos “reuniones de supervisión”, los lunes por la noche se reunía todo el equipo profesional y no profesional de la institución para dar un informe de la evolución de cada paciente. En realidad la reunión se circunscribía a sentarnos a escuchar lo que el doctor De Caro y sus ayudantes, tenían para decirnos acerca de cada paciente y nosotros, detallábamos toda una serie de comportamientos, muchas veces irrelevantes, sobre los internos. Yo lo comparaba con una misa, en donde el cura da el sermón, secundado por sus monaguillos y nosotros, sus feligreses sólo éramos atentos espectadores. La posesión del saber era unilateral; unidireccional
-¡Querido Agustín, buen día! ¿como anda todo por ahí? - Sin esperar siquiera mi respuesta de compromiso volvió a preguntar – ¿Llegó ya el paciente que le derivé?
-Me imagino que se refiere al paciente Rodríguez Lesende, doctor; en este preciso momento estaba por hacerlos ingresar al consultorio.
-Llamé justo entonces. Permítame, si no le molesta, adelantarle algunos “detallecitos” a tener en cuenta sobre el muchacho -nuevamente habló sin esperar a que yo respondiese, esa mala costumbre suya estaba sacándome de quicio– Es un adolescente esquizofrénico de 18 años que perdió a su madre cuando tenía apenas diez; el padre esta desesperado, hace ya tiempo viene notando que su hijo no es el mismo de antes.
-Discúlpeme doctor De Caro pero usted sabe que yo no trabajo mucho con esquizofrénicos porque mi orientación va mas para el lado de… –Para variar volvió a dejarme con la palabra en la boca.
-Vamos Agustín querido, que es eso de “mi orientación” ¿de que estamos hablando? Aquí nunca hubo restricciones ni de ese, ni de ningún otro tipo; no me interesa si es psicoanalista lacaniano, conductista, guestáltico, si se masturba por las noches o ¡un cuerno! Yo confío plenamente en usted, desde el principio tiene toda mi confianza y la libertad para llevar adelante el tratamiento como mejor le plazca. Necesito que ayude a este muchacho, -suspiró mas calmado- el padre es amigo mío y esta desahuciado, ve a su hijo cada vez más perdido e incoherente y ya no sabe a quien acudir. Somos la única carta que le queda en el mazo, su última oportunidad.
Medité apenas unos segundos y respondí lo mas firme que pude.
-Siento que me está presionando un poco, doctor.
Me hubiese gustado tener algo mas de tiempo para decirle algunos “detallecitos” que en ese momento rondaban por mi cabeza. Por ejemplo, no me gustaba que me adelanten información sobre los pacientes que me derivaban para no caer en la tentación de crearme una imagen previa, además, presentía que me derivaba al muchacho porque ninguno de los otros profesionales lo habría aceptado. Los conocía bastante bien y sabía que a ninguno le agradaba que le impongan pacientes y como yo era la última incorporación, no tenía mucho para discutir, tenía que pagar derecho de piso, como le dicen. A ninguno de mis colegas le gustaba comprometerse demasiado con los pacientes de la institución porque, la mayoría residía poco tiempo y no siempre se podía continuar el tratamiento por fuera. La paga tampoco era de las mejores y si todos seguíamos allí era porque al menos nos proporcionaba cierta estabilidad económica en momentos de crisis, facilitándonos pacientes todo el tiempo. Tampoco me cerraba del todo eso de que éramos su última carta en el mazo, ¿que insinuaba pasaría con el muchacho si fracasaba la terapia? Nuevamente la voz del doctor De Caro en el tubo me conmovió.
-Aquí no se presiona a nadie licenciado. Hagamos una cosa, entreviste al paciente sin compromiso y a la noche volvemos a hablar, allí decidiremos si quiere continuar el tratamiento o lo derivamos a otro profesional.
Ahora ya no tenía escapatoria.
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Agustin