Aquella noche no volví a casa, me acerqué a la zona de Palermo en donde siempre podía encontrar algún bar abierto y deambulé sin descanso. En esta sociedad moderna el sólo hecho de pensar en el suicidio es considerado algo trágico, malo, desviado, pecaminoso y, si bien no voy a negar que por mi cabeza pasó esa posibilidad, enseguida desistí pues reflexioné que sería mucho mas edificante salir airoso que muerto. La psicología plantea que cuando tengas la necesidad de quitarte la vida, se supone que deberías poder darte cuenta y aceptarlo, pero nunca pasar a la acción. Si odias a tu padre, perfecto, esta bien, pero no puedes clavarle un cuchillo en el corazón. Si sientes deseos de robar, se supone que debes aceptar tu delito pero no puedes tocar ni desear lo ajeno. Entiéndete, acéptate, pero no seas tú mismo. Es una doctrina psicológica ultra conservadora, garantizada para ayudar al paciente a sortear la violencia, los actos pasionales y compulsivos para permitirle llevar una respetable pero tediosa vida de moderada miseria. De hecho, es una doctrina pensada para que cada uno de nosotros viva como un psicólogo; de solo pensarlo me produce nauseas.
Me senté frente a la barra de un bar y pedí algo bien fuerte, poco importaba que fuera, simplemente lo dejé a criterio del barman. Me acercó un vaso de trago largo con un líquido de un color indescriptible y con una rodaja de naranja en el borde, me lo acerqué a los labios y una voz grave, desconocida, me habló por detrás.
-Ey, amigo, si piensa tomarse eso le sugiero que se coma algo primero, ese trago es una bomba de tiempo y con el estómago vacío puede ser devastador. No veo que tenga cara de tomador, así que imagino debe tener una buena razón para clavarse ese puñal en sus riñones.
Se sentó al lado mío como esperando una respuesta, era un sexagenario vestido con camisa blanca desprendida hasta la mitad y el pelo revuelto, extrañamente casi no tenía arrugas y sus ojos marrones brillaban por el alcohol.
-Tengo mis motivos, sí, gracias igual por el consejo.
-Que casualidad, justo hoy no tengo apuro y tampoco tengo que madrugar mañana, ¿por que no me cuenta una buena historia?
-Estoy seguro de que no me comprendería aunque le contara la historia mas triste que haya escuchado en toda su vida.
-Pruébeme
Tomé un largo sorbo de mi trago y no me pareció que fuera tan fuerte, mi compañero se pidió uno igual y se dispuso a escuchar lo que tenía para decirle. Comencé a contarle los acontecimientos de los últimos días siendo lo mas sincero posible, despachándome sin filtro, era como pararme frente a un espejo y contarme a mí mismo todo lo que me había sucedido. No tenía costo para mí, sentí que no sería juzgado moral ni profesionalmente como sí lo sería si lo hablara con alguno de mis colegas, pensé que me haría bien sacarlo y dejarlo ser. Empecé por el accidente de mi esposa, debo reconocer que al hablar de ella a la distancia me hizo recordar muchos buenos momentos que habíamos pasado y me quebré, un par de lágrimas rodaron por mi cara y tuve que hacer un gran esfuerzo por seguir con mi relato. Continué con lo desastroso que era como padre, lo que sentía por mi profesión y por mis colegas, las fantasías de infidelidad con la mejor amiga de mi mujer y para el final dejé a Junior Rodríguez Lesende.
-Encima por estos días estoy atendiendo a un paciente con diagnostico de esquizofrenia y sinceramente no se me ocurre como ayudarlo, es mas ni siquiera estoy seguro que necesite de mi ayuda; para colmo de males su padre es amigo de mi jefe y ambos me presionan para que lo mejore.
-Uf, si que tiene una vida interesante amigo; ahora comienzo a entender por que está usted aquí. Discúlpeme una indiscreción, ¿Por qué se dedicó a la psicología y no a otra cosa?
-Quería ayudar a las personas a aliviar su sufrimiento, me intrigaba además saber que se esconde dentro de la mente humana
-¿Cree que lo consiguió?
-No estoy seguro; algunas veces funcionó y otras no.
-Eso es porque debe subir un nivel.
-No entiendo a que se refiere.
-No me haga caso, es solo una teoría que tengo, la uso cuando las cosas no me salen del todo bien
-Me gustaría escucharla si no le molesta, yo tampoco tengo apuro; vamos, yo ya le conté mi historia, ahora cuénteme algo suyo.
-Juego a ser Dios. Cuando deseo afrontar algún nuevo desafío, cuando tengo que dar un paso importante, aunque sea pequeño, cuando quiero alcanzar lo que me propongo, sé que es momento de subir un nivel. Tengo que elevarme y olvidarme de mis creencias, librarme imperiosamente de la tradición, alejarme de las supersticiones que impone la cultura, escapar de la tiranía del lenguaje. Para decirlo de otro modo, priorizo lo afectivo y lo intuitivo a lo cultural, sintonizo la vida con el corazón y no con el cerebro. Viéndolo desde su perspectiva, tendría que dejar de lado la formalidad y la palabra para actuar con la intuición, echar a un lado la psicología sin dejar de ser psicólogo.
-Perdón, debe ser el trago que me está haciendo efecto porque no entiendo nada de lo que acaba de decir.
-Estoy hablando de romper las reglas mi amigo -dando un pequeño golpe en la mesa- Empezar de cero, de eso se trata; despojarse de lo aprendido, olvidarse de sus valores y de sus prejuicios. Usted tiene una posición de privilegio pues le permite escuchar a los demás, las personas confían en usted; utilice entonces ese lugar de poder, por así decirlo, para crear nuevas reglas entre usted y sus pacientes, eso es jugar a ser Dios. Darse cuenta de que todo el poder está en usted, que puede modificar lo que sea con sólo desearlo, si algo se estanca, baraje y dé de nuevo, si la terapia llegó a un lugar donde no avanza pues encare a su paciente de otra manera, como un ser humano no estaría mal. Deje de lado la teoría, su paciente es la teoría.
-Eso es imposible, no es ético. Además el hombre de por sí necesita atenerse a ciertas formalidades, somos animales sociales y nos regimos por principios culturales. Para eso estudié y me recibí, para que los pacientes se atengan a lo normalmente establecido.
-¿Acaso es usted normal? Brindo por la normalidad entonces. –Soltó una carcajada y de repente se hizo un silencio perturbador, todo el bar parecía haberse quedado dormido o algo así, me zumbaban los oídos y el humo del cigarrillo me hacía llorar, sentía que la cabeza me latía, el cerebro pugnaba por salir.
-Si realmente quiere hacer algo productivo por los demás debe convertirse en Dios y sus pacientes deben ser creados nuevamente a su imagen y semejanza. Tiene que crear sus propias nuevas reglas que regirán el nuevo universo creado por Dios, o sea por usted y luego transgredirlas como él lo hace.
-Que esta diciendo, blasfemo, en la edad media lo hubieran quemado vivo por decir eso; Dios no rompe las reglas.
-Ja, veo que el alcohol aún no le ha nublado el sentido del humor. No sea inocente, la Biblia dice que Moisés separó las aguas del mar Rojo solo con invocar la palabra de Dios y otras barbaridades parecidas; una hermosa historia si no fuera por que las leyes de la física impiden que eso suceda. Si eso no es romper con lo establecido, dígame que lo es.
-Todavía no logro entender en que podría ayudar eso a mis pacientes.
-Al despojarse de los prejuicios y tratar a los pacientes como a un igual, se evitaría la cosificación, el encasillamiento. (Silencio) Si te dieran una segunda oportunidad, ¿que te gustaría hacer de tu vida hoy por hoy?
-Creo que revisaría los errores que cometí en el pasado para no volver a cometerlos e intentaría ser mejor padre.
-¡Deseo concedido! La vida se va escribiendo a cada paso pero aún no se sabe el final porque depende de cada uno. ¿Qué hay de sus pacientes?
-Están en primer lugar, siempre lo estuvieron, muchas veces incluso antes que mi familia. Es como si las frustraciones personales las canalizara intentando solucionar los problemas ajenos.
-¿Acaso busca la redención de su alma en sus pacientes?
Se hizo nuevamente una larga pausa pero esta vez no pude recuperarme, mis ojos quedaron totalmente nublados y me desmayé sobre la mesa.
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Esa misma noche volví a Palermo para dar con aquella misteriosa persona y retomar la conversación, esta vez con un poco mas de lucidez de mi parte. Como era de esperar la búsqueda fue inútil. No podía llegar a recordar ni siquiera en que bar se había llevado a cabo el encuentro. Me dí cuenta que recorrer bares sin tener la necesidad de tomar alcohol es una sensación difícil de explicar, es algo así como obligarse a acostar cuando uno no tiene sueño, al fin de cuentas se termina fastidiando. ¿Acaso había soñado aquel encuentro? ¿Habría sido una alucinación propia de mi estado alcohólico?
Pedí una semana más de licencia en la clínica y suspendí mis pacientes particulares, le dejé bien en claro a mi secretaria que a los que se pusieran pesados les dijera que se fueran con otro profesional si así se les antojaba.
Todas las noches de aquella semana seguí buscando un fantasma, caminé y caminé hasta que por fin la alucinación se hizo presente. Pasé cerca de una ventana desde donde podía ver todo el interior del lugar y como un fogonazo de pirotecnia pude divisar que allí estaba él, sentado solo a una mesa tomándose un trago apurado. Me acerqué con cierto nerviosismo y cuando me puse dentro de su campo visual hice un gesto con la mano para saludarlo, despacio fui retirando la silla contigua y me senté a su lado. Al principio no notaba bien si me había reconocido, si estaba sobrio o totalmente borracho, sus facciones eran indescifrables. Rompió el silencio con una frase que alejó completamente todas mis dudas
-Estaba esperándole, sabía que regresaría.
-Le pido disculpas porque la otra noche no pude finalizar la charla, en sí no recuerdo mucho lo que ocurrió. Solo sé que de alguna manera sus palabras me ayudaron a replantear un poco mi vida y creo que algo dentro mío se ha estado movilizando desde entonces.
-Los efectos del alcohol son impredecibles, mi amigo.
-No me parece que haya sido la bebida lo que causó ese efecto en mí, me parece que en algunas cuestiones usted tiene algo de razón y creo que tal vez he vivido toda mi vida sin meditar siquiera por que actuaba de tal o cual manera. Me apasionan la mente y sus secretos, ésta es mi profesión y no he vivido para hacer otra cosa. Me pregunté por que tendría mas valor ayudar a alguien que apenas conozco que a mi propia familia, creo que la respuesta sería simple: siento que la relación con mi familia ya no tiene solución y entonces busco ayudar a otros para sanar mi culpabilidad, pero como usted dijo, el final de esta historia aún no está escrito. Ahora creo que puedo ayudar, o mejor dicho, cambiar a las personas.
Me veo un poco extraño hablando con un desconocido de estos temas, ¿podría saber algo mas de usted, como su nombre por ejemplo?
-Observo que aún sigue pensando y actuando como psicólogo, mi amigo. No es tan importante quienes somos sino lo que estamos destinados a ser, no es tan importante mi identidad sino el porqué nos conocimos; de nada sirve la teoría si no ponemos el foco en las personas. Freud y los que le siguieron describieron perfectamente las patologías pero a ninguno se le ocurrió hablar de las personas sanas; los propios pacientes y su historia deben ser la teoría; a propósito ¿como le ha ido con ese paciente suyo que le quitaba el sueño, el esquizofrénico?
-No sé ni siquiera como llamarle pero veo que tiene excelente memoria, hace como dos semanas que no sé nada de él porque pedí licencia en la institución en donde lo atiendo, imagino que no debe haber grandes novedades en su evolución o me hubieran llamado para avisarme. Estimo que seguirá luchando contra la medicación y buscando crear algún nuevo personaje de tinte esquizoide.
-Schizo: roto, escindido; Frens: alma, corazón. Según esta acepción el esquizofrénico sería una persona cuya alma está escindida, cuyo corazón está roto, pero yo le pregunto ¿acaso alguien con el corazón roto no puede curarse si se le brinda la posibilidad de hacerlo?
(pausa)
Si de algo le interesa, voy a decirle que los mejores años de mi vida se los dediqué a la psiquiatría, aunque eso no sería del todo cierto puesto que no creo haber vivido todavía los mejores años de la vida. Personalmente nunca consideré a la esquizofrenia como una afección meramente corporal ni como una enfermedad mental sino más bien, como un tipo de reacción ante una organización enferma; como un trastorno de la personalidad. La persona no tiene esquizofrenia sino que es esquizofrénico. En la praxis el término se usa como una especie de martillo de brujas semántico para golpear y volver a revictimizar al paciente, además de estigmatizar (como sucede en su caso) cara a cara a adolescentes perturbados.
-Caramba, ahora si que estoy sorprendido. –dije llevando las manos por detrás de la nuca- suponía que había algo extraño en usted pero jamás me imagine que fuera psiquiatra y encima experto en psicosis.
-Nunca dije que fuera psiquiatra sino que los mejores años de mi vida se los había dado a la psiquiatría que no es lo mismo, comencé la carrera de medicina aunque no llegué a terminarla, mientras hacía la residencia en un hospital público abandoné por cuestiones personales. A partir de allí me dediqué a ayudar a las personas directamente sin ser atravesado por el marco institucional, es una larga historia que en algún otro momento le contaré con mas detalle.
-Es una pena realmente, creo que alguien como usted le hubiese dado un poco de aire fresco a los psiquiatras que tanto lo necesitan, por lo pronto, me gustaría seguir teniendo estos encuentros, aunque mas no sea para charlar de algún que otro tema sin importancia que se presente y si es posible, quisiera devolverle el favor de alguna manera.
-Seguramente no faltará oportunidad, yo lo buscaré a usted, no se preocupe. A propósito mi nombre es Ernesto Famá, reverendo Ernesto Famá, para servirle.
Muchas gracias
Agustin