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Creador

feri1973feri1973 Anónimo s.XI
editado abril 2010 en Ciencia Ficción
“En el principio existía la Palabra y la Palabra estaba junto a Dios, y la Palabra era Dios”
A Serge, por las palabras.

Sergio estaba sentado delante del ordenador y sus dedos corrían furiosos sobre las teclas. No porque tuviera nervios que descargar, no los tenía. Cualquier problema que hubiera tenido, sentado delante del monitor conseguía olvidarlos, quedaban sólo él y la historia que contaba. En los momentos de máxima inspiración no oía el perro ladrando fuera, no prestaba atención a su mujer llamándole y no notaba que la noche había caído y que las nubes pesadas de plomo habían cubierto el cielo. Seguía tecleando con empeño. La historia requería ser contada y él se dejaba subyugar por la narración nacida en su mente. Ni se inmutó cuando el primer trueno cayó sobre el valle ni cuando el viento, avisando el principio de la lluvia, se coló por la ventana abierta, azotó las cortinas, esparció unos folios de la mesa, hojeó frenéticamente la revista que había junto al teléfono y finalmente murió en una esquina, como desanimado por la falta de interés de Sergio.
Sólo pasada medianoche paró, cuando había conseguido poner punto y final a un capítulo. Se levantó de la silla para estirarse la espalda dormida, vio que la lluvia había caído con fuerza en su habitación y había formado grandes charcos. Intentó evitarlos pero se dio cuenta de que no había forma de llegar a la ventana sin pisar la alfombra encharcada, así que se quitó los calcetines y cerró la ventana. Tuvo la sensación de que algo le pasaba a la habitación, aparte de los charcos, y no notó que la cortina colgaba rota ni los folios empapados pero sí un pequeño error en el texto abierto aún en el monitor. Se había puesto sólo un calcetín pero se sentó para corregir el error antes de que se le olvidara y se volvió a quedar prendado de la historia. Se quedó así hasta los primeros rayos de sol, con un calcetín puesto, el otro en un charco. Pero consiguió llenar de palabras un capítulo más, lo que le hizo masajearse feliz el pié, contento, mientras buscaba con la mirada el otro calcetín. Lo encontró finalmente al lado de la mesa, donde lo había dejado cuando empezó a corregir. Sonrió involuntariamente, concluyendo que realmente era un despistado, como decían sus amigos. Miró la hora, bebió agua y volvió al texto. Quedaban dos horas para que su mujer se despertara, lo suficiente para volver a leer y corregir lo escrito.
“El tren está penetrando en la noche. La locomotora muerde la densidad de las tinieblas, devorando los raíles, echando una bocanada de humo que la corriente echa para atrás por encima de los vagones como un velo de novia en el negativo de un carrete fotográfico”.
Era el principio del libro, no valía la pena volver a leer esta parte, lo había hecho ya un par de veces y había corregido los errores. Se saltó los primeros capítulos y se paró al principio de lo escrito durante la noche.
“La nave descansaba sobre la rampa de lanzamiento, como un vientre enorme de hierro plomizo, sin hélice o timón. Extrañamente, toda la superficie de la cubierta estaba surcada como una hoja de cuchillo parada por el fuego. David buscaba en vano las explicaciones de tal fenómeno, cuando Circe tiró de su brazo en dirección a la pasarela de embarque, cortando sus pensamientos”.
No consiguió acabar de leer el texto cuando una mano posada en el hombro le hizo sobresaltarse. No había oído a su mujer entrando.
- Perdona por interrumpir, pero…
Dejó la frase en el aire, como buscando las palabras. Sergio se dio la vuelta irritado, pero lo que vio en los ojos de su mujer le hizo olvidarse en el acto de todas sus preocupaciones, ponerse en pié de un salto y abrazarla. Sus mejillas estaban cubiertas de las huellas de unas lágrimas mudas y a juzgar por cómo le temblaba la barbilla estaba claro que estaba a punto de estallar en llanto.
- ¿Qué ha pasado?
- Me despertó el teléfono, han llamado del hospital…
Aquello era serio. Su mejor amigo, Andrés, quien les había presentado hace más de veinte años, se había hecho una semana antes unos análisis. Llevaba meses sin encontrarse bien, se cansaba fácilmente, se despertaba con la boca seca y con un dolor en la garganta. Había dejado hasta de fumar pero su salud no parecía mejorar y cuando empezó a toser decidió que era el momento de pedir ayuda a los médicos. Y ahora el teléfono… No estaba nada bien que en lugar de comunicar al paciente el resultado de los análisis llamaran a su mejor amigo. Era una señal de serios problemas. ¿Cómo de serios serían?
- ¿Qué han dicho, qué querían?
- No mucho, sólo que tenemos que ir hoy. He preguntado pero no quisieron darme más detalles. Tengo miedo de lo que nos dirán, preferiría ni saber si hay algo grave. Seguro que no tiene nada, no creo que… ¿verdad que no? Un dolor de garganta no es nada, tiene que ser cualquier cosa.
Sergio quería poderla tranquilizar, decirle palabras para animarla, devolverle la confianza y convencerla de que no pasaba nada malo con Andrés, pero él mismo estaba inquieto por el acontecimiento y no conseguía recomponerse. Así que se duchó en seguida, se vistió sin prestar atención a la ropa y en un cuarto de hora ya estaban en la autopista.
Pararon en una gasolinera para comer, y comprar algo. No había comido nada en veinticuatro horas, así que compraron unos sandwiches y siguieron a la carrera. Llegaron al hospital dos horas antes del mediodía. Les atendió una enfermera en una sala de espera y el médico llegó en seguida. Les hizo sentarse y él se sentó también.
- Tengo entendido que sois los más cercanos a mi paciente.
Sergio sólo asintió con la cabeza, mientras su mujer se quedó inmóvil esperando que el médico dejase los rodeos y hablase claramente.
- Desafortunadamente tengo malas noticias. Os aseguro que estamos haciendo lo que podemos…
Sergio perdió su paciencia y le interrumpió.
- Estoy convencido de ello, doctor, díganos cuál es el problema y qué podemos hacer.
- Me temo que no hay mucho que hacer. Tiene cáncer y metástasis, una intervención quirúrgica para quitar el tumor no resolvería nada, sino que aceleraría el ritmo de desarrollo de las células cancerígenas. Podemos intentar operar pero conseguiríamos sólo un par de semanas añadidas a la vida de su amigo. Por desgracia serían también dos semanas de sufrimiento.
Sergio se quedó callado, no sabía qué decir. Andrés era su amigo desde siempre y había pensado en su propia muerte pero la pérdida de su amigo le parecía imposible. Si pensaba en el futuro de su familia en un par de décadas, veía a sus hijos adultos, a su mujer con pelo canoso, pero a Andrés le veía igual, sentado en el porche de detrás de la casa con la mirada perdida en los manzanos del jardín y su eterno cigarrillo entre los dedos. Ni por un momento había pensado que su amigo era mortal y que podía dejar el mundo antes que él. La voz del doctor le arrancó de sus pensamientos.
- Os agradecería si le comunicarais que su destino está en manos de Dios. Por mi experiencia sé que los pacientes prefieren recibir las malas noticias por sus amigos, les es más fácil aceptar lo inevitable si es alguien querido quien se lo comunica.
- ¿Decirle yo que va a morir? ¿Yo, a mi mejor amigo decirle que tiene sus días contados y que la ciencia acumulada en miles de años no puede ofrecerle más cosas que disculpas y el consejo de apaciguarse? ¿Decirle que Dios, en el que ha creído siempre, sobre el que yo he hecho bromas, se muestra sin piedad hacia él y me perdona a mí? Doctor, esto no me lo puede pedir.
Antes de que el médico contestara a la sorpresa de los dos, la mujer de Sergio asumió esta misión ingrata.
- Se lo diré yo. Que yo sepa, delante de una mujer los hombres se muestran más valientes. Encuentran más fuerzas de las que normalmente tendrían.
Se encaminó hacia la puerta, y se paró, porque no se dio cuenta de dónde buscar a Andrés.
- Está en la tercera planta -dijo el médico- habitación 313, la puede guiar cualquier enfermera.
Sergio decidió subir a la vez con su mujer pero esperar en la puerta hasta ser llamado.
Sorprendentemente Andrés no necesitaba que le diesen la noticia. Al ver a la mujer de Sergio se dio cuenta de lo que sucedía. Por un momento una huella de tristeza le atravesó la cara, le oscureció la mirada y le dejó un rictus doloroso alrededor de la boca cerrada. Pero luego sonrió. Se esforzó para sonreír. Siempre había tenido claro que moriría algún día. Sabía que la muerte no es algo que le pasa a los demás. Aún así, albergaba la esperanza de que no fuese tan pronto. Los momentos de pesimismo de todos los meses pasados, desde que comenzó a sentirse mal, le habían preparado para la idea de la muerte. No fue fácil no verter ninguna lágrima, no por autocompasión, sino por lo trágico de la existencia humana, pero consiguió aguantarse. Hubiera estado por debajo de su dignidad dejarse compadecer o consolar por la única mujer que había significado algo en su vida.

Comentarios

  • feri1973feri1973 Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    Pero de eso nadie debía enterarse. Siempre le había gustado Eva, pero nunca le había dicho que sentía por ella algo más que amistad. Cuando le había presentado a Sergio, lo único que quería era pedirle su opinión. Pero pasó que ellos se gustaron desde el primer momento y cualquier debilidad suya posterior habría significado robarle la felicidad a su único amigo y a su mujer amada. Así que se quedó a su lado como buen amigo, el mejor, siempre ayudando y feliz de verles felices. Aceptó sonriendo ser preguntado por Sergio sobre si le gustaban los hombres, que por qué no se casaba; se mostró encantado cuando Eva le presentaba alguna chica y, luego, pasados los años, se controlaba cada vez que Eva le besaba en la mejilla para no darse la vuelta y besarla en los labios. Y fue extremadamente atento para que en ninguna ocasión le mostrase más atención de la normal. Le quedaron los sueños con los ojos abiertos y llegó a la conclusión en cierto momento de que su rebelión inicial contra la injusticia de la suerte fue reemplazada por una serena aceptación de lo que llegó a llamar voluntad divina.
    La elección de Eva llegó a ser una prueba de la existencia de un Dios, así la responsabilidad de su propia infelicidad se transfería a una persona capaz de llevar tales responsabilidades y Andrés aún irremediablemente enamorado de la mujer de su amigo, esperaba apaciguado que la voluntad divina se manifestase de nuevo, mostrándole el sentido de su propia existencia, el sentido de su infelicidad. Había esperado una respuesta divina que le explicara con un razonamiento superior el motivo detrás de la decisión de una mujer. Después de años de espera, Dios se había vuelto su confidente. De la misma forma que Sergio conseguía, escribiendo, crear un mundo creíble, personajes vivos, capaces de despertar simpatías o antipatías, admiración o desprecio en los lectores, él había conseguido crear su propio Dios, con quien llevaba largas conversaciones. Uno sin cara, sin cuerpo, pero tan real en su mundo como los héroes de Sergio. Su fe en un creador omnipotente no tenía base dogmática ni religiosa, estaba basada más bien en la familiaridad. Había debatido tantas veces el concepto que acabó por sentir a Dios como un viejo y omnipresente amigo.
    Es lo mismo que les pasa a los fans de un escritor si leen una y otra vez un mismo libro. La realidad de un libro se superpone a la realidad del mundo y los personajes se hacen viejos amigos. ¿Será este Dios el que le abandona ahora y nunca existió? ¿Había Él cambiado de opinión respecto a él o nunca existió y él se había refugiado en una visión enfermiza? ¿Todos los meses que se había sentido mal no fueron una prueba de su fe sino el camino normal hacia la tumba de cualquier mortal? No, algo tiene que haber, más allá de lo que los científicos pueden explicar. Luego, todas sus dudas se disiparon cuando cobró consciencia de una nueva coincidencia: Eva fue la que, con su decisión, le empujó a refugiarse en el consuelo de la fe. Ella le presentaba siempre nuevas tentaciones accesibles y seguía siendo la única tentación a la que no se hubiera resistido.
    Y ahora ella fue la que vino cuando él llegaba al final del camino a presentarle una última pareja, una que él no podía rechazar. La Muerte no era un final de camino, no era una traición por parte de Dios. Éste no le abandonaba a la inexistencia, sino sólo continuaba el antiguo juego a través de Eva. La muerte no significaba pasar a la inexistencia, el juego seguía al infinito, siempre en otras condiciones. O puede que esta explicación fuera un nuevo pretexto para engañarse de nuevo. ¡No! Era un pensamiento peligroso que debía abandonar, así que usó el mejor método: miró a Eva. Y le sonrió. Ella, aunque triste, se forzó a devolverle la sonrisa. Luego, sin palabras, se sentó en la cama y le cogió su mano grande con dedos callosos entre sus manos delicadas. La voz ronca del hombre rompió el silencio:
    - ¿Cuánto me queda?
    Ella negó con la cabeza.
    - No nos han dicho un tiempo, así que todavía tenemos esperanza.
    El hombre se cayó de nuevo, mirándola a los ojos. Después de un tiempo, ella bajó la mirada, asustada de lo que podía leer el hombre en su alma. Pero ya era tarde. Andrés se esforzó para incorporarse, se ahuecó el cojín y luego, avergonzado mirando el suelo, le preguntó:
    - ¿Hace cuanto que lo sabes?
    Ella contestó:
    - Siempre lo supe, pero pensé que era mejor mostrar que no era así. Te quería a nuestro lado, necesitaba tu presencia, tus visitas, tus palabras. Así que hablé una única vez con Sergio y quedamos de acuerdo en pretender no saber nada. Si no, te hubieras ido.
    - ¿Me habéis dejado creer que era un buen actor aunque hacía un papel patético? ¿Qué amigos sois que no habéis tenido la confianza de decírmelo?
    Ella, en vez de estar molesta, le besó en la mejilla.
    - El mismo tipo de amigos que tú. Tú tampoco has tenido la confianza de decirnos la verdad, pero ha sido para mejor. A veces la vida tiene más encanto con pequeñas mentiras inocentes.
    - Silencios mentirosos. Yo callé pensando que era mejor así, no quería que Sergio se preocupara.
    - Él entendió. Sabes que entiende cualquier cosa. Hubiera sido incómodo hablarlo contigo. Espera, que le llamo.
    El escritor entró tímidamente en la habitación del hospital. Todo estaba demasiado blanco, demasiado limpio, demasiado inmaculado, y era una provocación para su imaginación desbordante que creara escenas sangrientas con monstruos temibles que gustosamente hubieran ensuciado el sitio. Se sentó en la cama u apretó la mano de Andrés. Le hubiera gustado sentir que lo sentía, pero las palabras no hubieran expresado ni una mínima parte de lo que sentía. Así que callaba mirando a su amigo. A veces la falta de palabras expresa más que discursos de horas.
    Un mes y medio. Es lo que tardó el organismo de Andrés en luchar contra el cáncer. Él no luchó, se había reconciliado con la idea de la muerte. Asi que intentaba soportar con dignidad los dolores. Más o menos lo consiguió con la ayuda de Tramadol, Fortral y, al final, Morfina. Solo que bajo los efectos no era el mismo y quería estar consciente el mayor tiempo posible, así que muchas veces rechazó la medicación. De todas formas, hasta bajo los efectos de las drogas seguía sintiendo dolor. Llegó a un punto de caer en el otro extremo: en vez de tenerle miedo, la muerte era un momento esperado en el que terminarían los dolores.
    Eva le visitaba una vez por semana, no hubiera soportado verle más a menudo que eso. En cambio, Sergio estaba cada día al lado de la cama de su amigo. Los primeros días habían conseguido tener conversaciones como en los viejos tiempos pero al agravarse sus sufrimientos llegaron los días del silencio. Sergio intentó por un tiempo aliviar el dolor de su amigo distrayendo su atención hacia otros pensamientos, pero pronto se dio cuenta de que él no contestaba muchas veces porque no seguía la conversación. Sólo podía estar sentado junto a su cama, secar las gotas de sudor frío de la frente del moribundo e intentar acostumbrarse a su propia impotencia. A medida que pasaban los días y el estado de Andrés empeoraba de un momento a otro, Sergio llegó a conciliarse con la inevitabilidad de la muerte de su amigo. Era humano como todos, así que era lógico que muriese. Eso podía aceptarlo. Pero no podía aceptar el sufrimiento. ¿Por qué algunos tienen la suerte de morir mientras duermen sin tan siquiera darse cuenta de que han pasado el umbral? ¿Por qué algunos se despiertan por la mañana sanos y de repente sienten una punzada en el pecho, levantan la mano y dicen como mucho dos o tres palabras y se acabó? Es la muerte, que viene en seguida. Mientras otros sufren días y noches mientras ven la muerte como un alivio, hasta el punto de pedir a los suyos ayuda para morir. Con esto no conseguía conciliarse. ¿Si siguen habiendo enfermedades que la medicina aún considera incurables por qué no dejar morir con dignidad a los que no pueden ser ayudados? ¿Por qué seguir tan humillados?
  • feri1973feri1973 Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    Sergio preguntó al médico acerca de la eutanasia en el pasillo del hospital. El médico no contestó, sólo levantó los hombros en señal de impotencia. Le habían preguntado esto demasiadas veces en sus treinta años de experiencia como para contestar nada. Dos hombres que visitaban a otro paciente contestaron por él: el primero, un hombre que pasaba los cincuenta, vestido sobriamente, se puso de pié:
    - Hijo, cuanto más sufre alguien que está muriendo más oportunidades tiene de llegar al paraíso. Sufriendo paga por sus pecados, su alma se purifica y va tranquilamente con Dios.
    El médico ni siquiera le escuchó, él había oído todas las explicaciones y no sentía curiosidad por ninguna opinión nueva. En cambio, Sergio se paró y dejó al hombre acabar lo que decía, aunque tenía ganas de reír cuando oyó mencionar el paraíso.
    - Perdone la pregunta, señor, pero cómo pretende saber qué hay más allá?
    - Soy cura ortodoxo, hijo.
    - Entonces, dígame, señor cura ortodoxo, ¿por qué tiene que pagar un hombre que ha tenido fe en Dios, uno que nunca ha hecho daño a nadie, uno que ha ayudado siempre que ha tenido la oportunidad, cuando otro que tiene muchos otros pecados muere en un abrir y cerrar de ojos?
    - Nadie puede conocer la voluntad de Dios. Pero lo que se nos ha dado tenemos que llevarlo hasta el final, o no seremos dignos de Él. Los que se suicidan pertenecen al diablo.
    - Uf, perdóneme padre pero está desvariando. Si me quiere contestar algo, hágalo teniendo en cuenta las leyes elementales de la lógica. Si no puede, déjeme tranquilo, porque no estoy para debatir. Si acepto su explicación no tendríamos que querer curarnos ninguna enfermedad porque tenemos que llevar lo que se nos ha dado. Según su lógica, padre, acabar con los sufrimientos de un perro llevándolo a la eutanasia cuando ya no se le puede curar es un acto condenable y no uno de caridad.
    - Pero el perro es un animal.
    - Si, padre, pero lo que usted me explica es que el hombre merece menos que un animal, así que déjeme en paz.
    El cura se sentó protestando y haciendo el signo de la cruz. La discusión no se había acabado porque una mujer también quería opinar:
    - La eutanasia en humanos sería un gran pecado. No importa cuán enfermo esté uno, si Dios quiere puede curarle, intervenir y volver a darle la salud. Si practicamos la eutanasia no dejaríamos a Dios hacer su obra.
    Esta vez Sergio explotó.
    - Es la mayor idiotez que he oído jamás, usted acaba de explicarme que Dios necesita nuestra aceptación para hacer milagros. O sea, si dejamos al hombre decidir sobre su existencia, entonces impedimos al Dios todopoderoso obrar milagros. ¡Y una mierda! Si existiera Dios y quisiera hacer milagros, entonces podría hacerlo hasta después de que el hombre se hubiera muerto. ¿Cómo despertó a Lázaro? ¿Acaso le paró el hecho de que estaba muerto?
    - Eso es algo que tú no comprendes, Lázaro murió de forma natural. De haberse suicidado su alma habría pertenecido al diablo y no se hubiera despertado.
    - Es un argumento sin sentido. Si así están las cosas, entonces todo el poder de Dios no existe. Si él puede resucitar a los humanos u obrar milagros sólo en ciertas condiciones y si le deja el diablo… entonces ¿cómo es Dios? Dejadme en paz.
    Se fue a casa furioso y sólo se tranquilizó delante del ordenador. Buscó un desahogo matando a todos sus personajes. En unos minutos les mató de las más terribles formas. Luego se rió, borró las últimas páginas e intentó escribir otro capítulo. En vano, le faltaba la inspiración, no conseguía escribir la historia como quería. No paraba de darle vueltas a lo de su amigo enfermo, a su muerte inminente y, antes de que se diera, cuenta sus personajes volvieron a morir en su narración. Volvió a borrar y apagó el ordenador.
    Así pasaron los días hasta la muerte de Andrés. Intentaba escribir pero no conseguía concentrarse. Intentaba dormir pero no conseguía estar tumbado más de dos o tres horas. Sergio daba vuelta, tomaba somníferos, pero el sueño tardaba en aparecer. Acababa renunciando y andaba por la casa hasta por la mañana. A primera hora de la mañana se subía al coche e iba al hospital. Cuando después de un mes y medio de sufrimiento Andrés murió, Sergio se sintió aliviado como si su propio sufrimiento hubiera cesado. Casi le dijo a la enfermera “Gracias a Dios” cuando ésta le anunció la muerte. Llamó a casa desde la primera cabina que encontró. Eva recibió la noticia como él, en lugar de tristeza sentía alivio.
    Enterraron a Andrés en el cementerio de su ciudad natal, junto a sus padres. En el funeral participaron pocas personas y algunos de ellos se presentaron más para ver al famoso Sergio. El ambiente era solemne, nadie lloró, pero el silencio absoluto durante las pausas de la misa expresaban claramente el sufrimiento y el respeto. Después del funeral todos se disgregaron. Una vez en el coche, Sergio metió la llave de contacto, arrancó el motor y se quedó con la mirada perdida en la luna del coche. Eva estaba en el asiento de la derecha y estaba demasiado metida en sus pensamientos como para notar que el coche no se desplazaba. Finalmente fue ella quién notó sorprendida que seguían junto al cementerio.
    - ¿Nos vamos?
    Sergio la miró, y se acercó para besarla.
    - Nos vamos. Es que me dí cuenta de que no sé a donde ir. No quiero ir a casa, aún no.
    - ¿Por qué?
    - No sé, parece como si tuviera algo que hacer. No sé el qué. Tengo la sensación de olvidar algo importante. Como si fuera a perder algo si no hago algo ahora. Bueno, no sé qué decir.
    - No importa, te he entendido, tendremos que aceptar que Andrés ya no está y estando en casa es más fácil haciendo cosas habituales. Con los niños yo olvidaré fácilmente. Tú necesitas otra cosa. Llévame a casa y vete a pasear. Ya encontrarás el sitio o la persona que necesitas.
    El viaje de dos horas lo hicieron en silencio. Ninguno sintió la necesidad de poner la radio o hablar. Cuando Sergio paró frente a la casa Eva bajó sin decir nada, se encaminó hacia la casa, pero se dio la vuelta y fue a la parte del conductor. Sergio bajó la ventana y se abrazaron. Se dijeron condolencias, se besaron y luego ella entró en la casa. Le gritó desde el portal que a lo mejor le ayudaría ir a una iglesia.
    El escritor de dentro de Sergio estaba aturdido. Condujo todo el día sin notar los detalles del paisaje, sin mirar la gente de su alrededor, cuando otras veces no dejaba pasar un detalle. Este era el secreto del éxito de sus obras, el hecho de que conseguía ver el conjunto, casi en totalidad. Al mirar un paisaje cualquiera conseguía en segundos identificar elementos generales o particularidades del lugar. Un bosque, por ejemplo, no sólo era un bosque. Detrás de los árboles que se alzaban hacia el cielo el murmullo del viento en las ramas y la penumbra continua, él conseguía ver particularidades que diferenciaban el bosque de otros. Escribía no sobre un bosque cualquiera sino sobre uno en concreto. Todos los árboles se alzan hacia el cielo pero cada uno lo hace de una manera distinta. Algunos se aventuran hacia arriba, ansiosos por la luz, y olvidan brotar hojas hasta la cima; otros se retuercen siguiendo curvas extrañas buscando una ruta más fácil hacia el cielo. Cada uno distinto. Tampoco la gente era sólo gente para él. En cada uno conseguía identificar lo particular, cada uno tenía algo que le hacía único y él observaba sin querer perder detalle. Ahora corría hacia delante sin ver nada, todos los árboles eran simplemente árboles, todas las casas sólo casas, toda la gente sólo gente. Hasta las ciudades por las que pasaba sólo eran ciudades, las calles se habían vuelto todas idénticas, simples zanjas cortadas en la carne de piedra del lugar.
    Poco a poco oscurecía. Los bosques junto a los que pasaba se cubrían con un manto de oscuridad, los árboles se unían en un organismo gigante, con miles de piernas clavadas en el suelo, con miles de bocas susurrando, piando o gritando, suave como una llamada en voz baja, como una declaración de amor, provocador como una amenaza. Las ramas se extendían detrás del coche como largos brazos monstruosos acabados en manos con garras; luego el bosque quedó atrás y el campo le reemplazó. Pares de ojos brillantes seguían el paso del coche. Eran los ojos abiertos de la oscuridad. Con dos sables de luz el coche desprendía largas rebanadas de oscuridad del cuerpo callado, indiferente. Siguió una ciudad donde los habitantes corrían hacia sus casas, se refugiaban detrás de los muros, se encerraban en sus propios hogares como ataúdes de una noche, mientras la negrura del campo desierto, persiguiendo el coche, reptaba entre los edificios. Los borrachos, vagabundos y prostitutas no temían la noche. Habían pactado con la oscuridad, todos nacieron en ella. En medio de la ciudad, al lado de un parque, un gigante se había transformado en piedra y estaba ahora con las manos juntas implorando piedad. Detrás de él se alzaba un edificio con decenas de ventanas iluminadas. La cruz de encima avisó a Sergio de que había dado con una iglesia. En su mente sonaba el consejo de Eva, así que aparcó. Cerró la puerta, pasó junto a la estatua que trataba de recordarle los hechos heroicos y memorables de un desconocido, cruzó el umbral de la iglesia de nadie, de la ciudad de nadie, y paró delante del altar. El avatar de Dios le miraba callado desde la cruz. Los ojos de los doce testigos de la vida y de la muerte de Éste, en el cuadro pintado al fondo, se clavaron en el visitante. Esperaron. Tenían todo el tiempo del mundo. El hombre se contentó con mirar, dejó su mirada vagar en las figuras de los apóstoles, en la escritura latina que adornaba los marcos del cuadro, las columnas que se perdían en lo alto de la iglesia, y luego se sentó en la escalera de piedra, apoyó su espalda en el pié del banco y miró a los ojos del crucificado. Este le devolvió la mirada sin pestañear, sin preguntar, sin interés.
    - Te odio, Dios -dijo Sergio en el silencio absoluto.
  • feri1973feri1973 Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    La voz cayó entre los bancos vacíos, dio contra las paredes, se hizo añicos y volvió en varios ecos: “Te odio, Dios, te odio, Dios, te odio, Dios…”.
    Por un momento Sergio tuvo la impresión de que el mundo entero había venido a confesarse como él, pero pensó que no le importaba nada.
    - Te odio, pagas la fe con sufrimiento. Pagas a tus adeptos con muerte, dolor, sufrimiento y lágrimas. Cuando rezan de rodillas delante de ti les das la espalda y no les oyes, quieres ser amado, adorado, pero no te importa. Podrías hacer cualquier cosa, pero lo has usado para crear un mundo enfermo. ¿Para qué iba a creer nadie en ti? No tienes y no has tenido nunca nada que ofrecer. Palabras vacías, promesas en vanos, cuentos sobre paraíso y felicidad, pero no mueves un dedo cuando los que creen en ti te piden algo. Les dejas morir de dolor inútilmente. Con su vida podrían hacer algo útil. Con su muerte hacen hueco a otras generaciones, pero la muerte con dolor habla de tu sadismo y tu locura. Esto es lo que eres, Dios, un grande y todopoderoso cabrón enloquecido por tu poder, nada más.
    Sergio sabía que no se le iba a contestar, sabía que el que no escuchaba los rezos no estaría dispuesto a prestar atención a las blasfemias tampoco. Tampoco quería una respuesta, el dolor que sentía no habría sido aliviado por palabras, pero acusar le hacía sentir bien. Tenía la impresión de que diciendo en voz alta lo que pensaba estaba compartiendo con alguien sus pensamientos.
    Asi que se quedó sorprendido al ver al crucificado bajar de la cruz, se estiró, dio un paso encima del altar, y saltó sobre el suelo de piedra. Bajó las escaleras y se paró al lado de Sergio, dudó por un momento, luego se sentó en el último escalón delante del que acababa de cometer sacrilegio.
    - ¿Tú le odias? ¿Qué quieres que te diga yo? He hecho lo que me pidió que hiciera, ni hubiera podido hacer otra cosa, pero tampoco lo he intentado. He creído en él hasta el final y me dejó que me traicionasen, que me matasen con bestialidad al lado de criminales, crucificados. Me mataron los que amaba, me mataron los romanos, pero ellos no tienen la culpa, la culpa la tiene Él. El que ha hecho que el mundo sea como es, el que ha hecho que los hombres sean como son. El que permiten que los inocentes sufran dolor, el que permite que la muerte sea humillante. Al que no le importa que los niños se mueran de hambre, no le importan las miles de muertes inútiles, no le importa nada. Es un sádico y un loco como bien has dicho.
    Sergio quiso contestar cuando alguien le sacudió. Era el cura de la iglesia.
    - ¿Se encuentra bien, señor?
    Sergio se dio cuenta de que se había dormido en el suelo de piedra. Después del cansancio acumulado en el último mes y medio no era de sorprender. Volvió la mirada hacia el cura preocupado. El avatar de Dios estaba impasible en la cruz. Al fondo, los ojos de los doce testigos miraban sin ver, el enfoque se les había borrado de las miradas y la luz de la vida se les había apagado. No, nadie le había contestado, sólo había sido un sueño. Se puso de pié, pidió disculpas al cura y se encaminó hacia la salida. Había casi llegado a la puerta cuando una voz le hizo sobresaltarse:
    - No te olvides de lo que te he dicho.
    Se dio la vuelta sorprendido. El cura venía detrás de él en silencio.
    - Sólo decía que si te encuentras bien, no pareces estarlo.
    - Estoy bien, padre, todo lo bien que puedo estar. Acabo de enterrar a mi mejor amigo y aún estoy buscando mi paz.
    Al contrario de lo que se podía esperar, el cura no empezó a predicarle nada. Le dijo que lo sentía y que el tiempo curaba todas las heridas. Y luego se dio la vuelta, caminó por el pasillo entre los bancos y se puso de rodillas en el primer escalón de piedra. El escritor escuchó por un tiempo los rezos balbuceados del cura y luego salió de la iglesia. Se dio la vuelta en la puerta por un segundo, se sobresaltó cuando el crucificado le guiñó el ojo derecho, luego cerró la puerta.
    Condujo toda la noche el camino de vuelta. Paró una sola vez en una gasolinera, llenó el depósito, bebió un café y siguió su camino. Los primeros rayos del sol salieron de detrás de la colina justo cuando llegaba a casa. Su mujer y sus hijos aún dormían, así que se acercó de puntillas y les besó. Se fue a la cocina, hizo dos sandwiches, bebió una taza de lecha y se tumbó en el sofá del salón. Quería sólo cerrar un poco los ojos pero se durmió en el momento. Se despertó después de que ya hubiera oscurecido. En la habitación de los niños se oía sólo la tele y de vez en cuando risas. Se giró boca arriba y miró el techo. Así le encontró Eva cuando le encontró.
    - Buenos días, madrugador.
    - ¿Con que burlándose de un hombre cansado?
    Se sentó y la agarró por la cintura.
    - ¿Cómo te encuentras, guapa?
    - No hablemos de mí, dime dónde has estado anoche. ¿Has estado detrás de mujeres?
    Era su antigua broma. Ella le preguntaba que si había estado detrás de mujeres y él le contestaba que últimamente va detrás de hombres. Ahora no tenía ganas de jugar el juego, prefería contarle el sueño, la alucinación o lo que hubiera sido. Eva le escuchó sin interrumpir y cuando acabó le aseguró que desde ahora en adelante se le iba a hacer un programa de sueño porque tiene grandes carencias y por ello las alucinaciones. No podía negar la parte de las carencias, pero no le pareció ser una respuesta satisfactoria para el suceso de la iglesia y se lo dijo a Eva. Su réplica le hizo reflexionar.
    - No entiendo por qué te sorprendes, sabes que tienes una fantasía que no es normal. Otros se imaginan como mucho una situación, tú eres capaz de mucho más. Te imaginas personas, mundos, vidas enteras. La prueba es que tus personajes no son personas que se enfrentan a situaciones raras, sino gente con personalidad, con un pasado, con una manera de ser. Consigues hacerlos creíbles, reales, así que no te sorprenda si tu fantasía cuando se pone en marcha obra con la misma minuciosidad. La suficiente como para confundir tu alucinación con la realidad. ¿Qué otra cosa crees que es una alucinación sino un juego de la imaginación?
    - Creo que tienes razón, pero me parece increíble. Para mí la imaginación es como una herramienta que uso como yo quiero. Como con las manos. ¿Tú no te quedarías sorprendida y asustada si tus manos empezasen a hacer cosas sin que tú se las pidieras?
    A Eva le entró la risa.
    - Tu fantasía siempre ha ido por su cuenta. Piénsalo: tú no la controlas, sino que sólo le permites o pides que se manifieste. Ella hace su trabajo, inventa personas, situaciones, tú sólo puedes intervenir dibujando direcciones o aplicando cierta censura cuando se pasa de la raya. Pero la mayoría de las veces te contentas con hacerle caso y tomar apuntes.
    - Bueno, pues vamos bien. ¿Ves por qué digo que tengo la mujer más lista? Pero lo que dices tú tiene más implicaciones.
    - Si dices que tú eres más de uno, entonces yo he hecho el amor en grupo.
    Se pusieron a reír. Eva se desprendió del abrazo y se encaminó a la cocina.
    Se sentaron en la mesa después de haber llamado a los niños. Comieron en silencio por un tiempo pero la atmósfera parecía más relajada que en cualquiera de las noches pasadas desde que se enteraron de la enfermedad de Andrés. Después de cenar, los niños se fueron a la cama, Eva dijo que se iba a la cama y le preguntó a Sergio si la acompañaba. Éste estaba seguro de que no podría ya dormir, acababa de despertarse, así que se disculpó diciendo que se había quedado atrasado con la escritura. Le dio un beso y se fue al despacho. Cerró la puerta, encendió el ordenador, pero se sentó en un sillón. Tenía que ordenar sus pensamientos. La muerte de Andrés le había afectado más de lo que dejó ver. Y aunque no había sacado el tema, no había conseguido olvidar lo ocurrido.
  • feri1973feri1973 Anónimo s.XI
    editado abril 2010
    - “El tiempo cura las heridas, como dijo el cura. El tiempo, la paciencia y el transcurrir de los días. De hecho, no hay cura, sino aceptación de lo que no puedes cambiar. No hay ninguna cura, sino acostumbrarse a nuevos dolores, aprender a vivir como con una muela con caries. Duele terriblemente al principio. Luego, cuando el nervio muere, es un agujero que tocas con la lengua a veces, sigue doliendo de vez en cuando, pero llega un momento en el que más molestia produce buscar inútilmente con la lengua que el dolor que había antes. El polvo se deposita sobre los dolores y llegamos finalmente a no poder distinguir qué es lo que cubre las dunas de polvo. Los dolores siguen ahí, viviendo y esperando el día que una brisa les devuelva a la luz. Son fantasmas que vuelven con regularidad, sólo mueren con el anfitrión. El olvido no significa cura, el tiempo no cura, sólo trae nuevos dolores en nuevas capas, hasta que ya no podemos distinguir dolores individuales en la gran masa de sedimentos. Envejecemos y decimos que olvidamos pero, de hecho, lo que pasa es que tenemos tantas cargas que llegar que ya no distinguimos entre todas. Una única gran carga. Y el cansancio en los huesos. Vejez. Eres viejo cuando llegas a tener más amigos muertos que vivos”.
    A Sergio no le gustaba la dirección que tomaban sus pensamientos, así que intentó abandonarlos. El mejor método para ello era sentarse con el ordenador y permitir a su fantasía crear otra historia. Se levantó del sillón y se sentó en la silla. Abrió el programa de texto, leyó rápidamente la última frase escrita y empezó un nuevo capítulo. Sólo había conseguido escribir un par de palabras cuando de repente cayó la oscuridad. Pensó que se había cortado la luz, así que se encaminó hacia la puerta para buscar una vela. Y, de repente, la pantalla se volvió a iluminar. En vez del texto, tenía delante de sí una imagen. Una familiar. En el momento no consiguió darse cuenta de dónde conocía el lugar, y luego de repente la imagen se expandió abarcando toda la habitación, anuló los muros y llegó hasta el horizonte. La silla de debajo de él desapareció y se encontró de pié en la arena de una playa. Las olas tranquilas de un mar tranquilo se rompían en la orilla y una ligera brisa le traían a la nariz el olor vagamente salado del agua. Una voz le hizo darse la vuelta. Lo que vio le cortó la respiración. Una multitud de gente estaba arrodillada en la arena y rezaba con las manos juntas, murmullaban palabras ininteligibles con las miradas hacia él. Le parecían familiares. Luego cuando miró a lo lejos vio algo que le hizo entender. Una cabeza gigante, del tamaño de una montaña le miraba con ojos grandes como lagos. No podía ser más que la criatura de la Fiebre. Se abrió un pozo gigantesco y una voz monstruosa atronó hacia él.
    - Piedad, Dios, ten piedad de mí.
    Y luego la cabeza cayó detrás de las colinas como si se hubiera perdido su sostén. Sergio miró atentamente a la multitud de gente, empezó a reconocerlos. En la primera fila había un hombre. Por el movimiento de sus labios, entendió que decía la misma frase que el gigante: “piedad, Dios, ten piedad de mí”. Mirase a donde mirase reconocía el mismo mensaje en todos los labios. Temblorosamente, inhaló aire y gritó hacia la multitud:
    - ¡Callaos, no os quiero oír más, no quiero!
    Dejó de gritar porque toda la gente se había callado. Su boca se quedó inmóvil, tal como la tenía cuando les gritó. Voz no le quedaba a ninguno, estaban con los dientes apretados o los labios abiertos en un rezo mudo. Sergio estiró un dedo hacia el hombre que estaba frente a él.
    - Tú, ¿quién eres?
    - ¿Yo? Soy David, Dios. El insignificante y desagradecido David. Soy el David al cual has dado vida y has mandado a vivir en un mundo de pesadilla. El David que has condenado a la muerte, que has dejado extinguir, escapar y luego, por una antojo, reavivar para sufrir más. Ésta de a mi lado es Circe. Allá, detrás de ese grupo de soldados está Clithonie. Somos todos tus creaciones, Dios. Vivimos en el mundo del Carnaval de Hierro. Esos soldados son del Crucifijo. Antes has visto a la cabeza del gigante de Fiebre y ese grupo de ahí atrás que están aislados son los que viven sobre el gigante, empezando por Lisa. Apestan tanto a sudor y grasa rancia que no podemos soportarlos. Ahí al lado podéis ver a Sara, Matías y Cornelius, al lado de todos los de Candados Carnívoros. A su lado están Jeanne y Mark, del Doctor Esqueleto. Hacen bien su trabajo. Hacen guardia junto a todos los ataúdes donde los huesos de los encerrados siguen creciendo. Les ayudan las Cosedoras de Parches. También están Nath, Patricia y el Diablo Cacouna. He aquí también Sara con su monstruo, el niño David revive al infinito su Pesadilla de Alquiler. A ti te honran, Dios Georges Sarella, y la otra Sara, la de Destroy, tu piedad la mendiga también la tercera Sara, Judith y Barney, los del Boulevard de las Banquisas. A ti rezan Waldo, Lisiah, Circe, Lona, David, Henry y cientos de miles más. Tú nos has dado vida, Dios, y tú has creado el mundo. Y te odio. Pagas la fe con sufrimiento, pagas a tus adeptos con la muerte, con sufrimiento y lágrimas. Cuando rezan de rodillas delante de ti les das la espalda para no oírlos. Quieres ser amado, adorado, pero no te importa. Podrías hacer cualquier cosa, pero has hecho un mundo enfermo y sádico. ¿Por qué alguien debería creer en ti? ¿Por qué alguien debería honrarte? No tienes y no has tenido nunca nada que ofrecer. Palabras vacías, promesas en vano. Cuentos sobre paraíso y felicidad, pero no mueves un dedo cuando los que creen en ti mendigan tu piedad. Les dejas morir en dolor inútilmente. Con su vida podrían haber hecho algo útil, con su muerte pueden hacer hueco a otras generaciones, pero la muerte en dolor habla de tu sadismo o tu locura. Eso es lo que eres, Dios, un gran y todopoderoso cabrón, enloquecido por el poder que tienes. Nada más.
    Sergio se sobresaltó. Abrió los ojos. Estaba sentado en su antiguo sillón, el ordenador seguía zumbando y los primeros rayos de un nuevo día entraban por la habitación abierta. Hacía fresco pero Sergio no se levantó para cerrar la ventana y tampoco cogió la manta para taparse. Lo que le había dicho David en su sueño, aunque no distintas de sus propias palabras dirigidas a un Dios sin piedad, le habían conmovido…
    “…Soy Creador. Si es verdad que nuestro mundo nació de un pensamiento, del pensamiento consciente de alguien racional, entonces puede ser que nuestros pensamientos desde que somos seres racionales sean capaces de crear mundos. ¿Será Dios sádico y loco con la misma razón por la que me pueden considerar sádico y loco mis creaciones? A lo mejor Él ni se da cuenta de que nosotros, sus creaciones, estamos vivos, reales…”
    Se levantó del sillón y escribió el último capítulo. Dejó a David morir. Encontrar su descanso tan deseado.
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