- No señor juez- inquirí atónita.- eso no es lo que pasó-
El juez me miró por encima de sus gafas milimétricas y me dio la palabra. La sala estaba atestada de gente, el olor a moho y sudor me tenían a punto de tener un colapso cerebral, pero saque fuerzas de flaqueza y poniéndome lo más erguida posible, me dispuse a relatar mi historia.
Era una tarde de primaveras dulce y cálida, los arboles batían delicadamente sus ramas y el sol, endulzaba mis horas de hastío. De repente se hizo la oscuridad, unas manos frías y duras me atraparon, no podía ver nada, solo podía estirar las piernas intentando zafarme de aquel monstruo, pero fue inútil, su fuerza era veinte veces la mía, volví hacer otro esfuerzo, y otro y otro…. Era imposible mi captor me sostenía en el aire, dejando todo mi peso en sus manos.
Cuando al fin se hizo la luz, descubrí horrorizada unos enormes ojos azules que me miraban con una alegría desbordante, de repente acerco sus labios húmedos a los míos, y me besó, señor juez, no sé qué paso después, solo sé que al momento tenía a mi lado a un sapo gordo y feo y que yo solo soy una rana.
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